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César Wonenburger
Bocados de realidadCésar Wonenburger

Julio Iglesias, antes que acosador, un invento de Franco

A las acusaciones contra el cantante se une ahora la indagación en el supuesto falangismo de su familia, mientras el tal Uclés se muestra un sectario de manual y en Cataluña sentencian a Filmin por traición

Act. 29 ene. 2026 - 00:06

Julio Iglesias en una imagen de archivo

Julio Iglesias en una imagen de archivoEuropa Press

El negocio obliga a veces a realizar precarios ejercicios de un funambulismo que, para quien los aprecie bajo estrictos criterios morales, pueden restar credibilidad al empresario, pero engordan la cuenta de resultados para satisfacción del accionista, lo que debe prevalecer según el mercado.

En esa asidua práctica que a veces consiste en la aplicación del viejo dicho «A Dios rogando y con el mazo dando», hay un grupo de comunicación español que sobresale sobre el resto. Un ejemplo de estos días.

A propósito de Julio Iglesias, hemos visto las dos caras de la misma moneda casi en idéntico horario, con distintos protagonistas. El fiscal general Vallés exponía los hechos: la fiscalía, la de verdad, había tenido que recular por una cuestión formal (para no reconocer que seguramente tampoco había fondo). Váyanse ustedes con sus denuncias a otro lado, porque aquí no hay competencia para examinarlas. Punto y final al sainete en torno a Iglesias.

Pero en la otra cadena, al poco, el abogado del Estado Ferreras no iba a dejar que ese pichón alzase el vuelo impune, como si nada. El daño sobre la reputación ya estaba hecho, aunque había que seguir con la maldita vaina del acosador en paraísos caribeñas. Así que nada mejor que acudir, de paso, al espantajo del falangismo.

Spain Singer Julio Iglesias and Dr. Puga Iglesias (father of Julio Iglesias)     attend the communion of the former's youngest son and receive a prize from     the "El Tiempo" newspaper. Madrid, SPAIN - 05/1984.

El cantante Julio Iglesias y su padre, el doctor Puga, en mayo de 1984GTRES

Una hora de reportaje en horario de máxima audiencia para establecer la indubitada correlación entre el éxito de Julio Iglesias y las conexiones de su padre con el franquismo. O sea, que si el cantante no hubiera sido hijo de un connotado falangista (según las afirmaciones), ya podría haber resultado una reencarnación del mismísimo Enrico Caruso que el frustrado portero (también se encargaron de asegurar que su trayectoria deportiva fue otra engañifa, que jugar en los juveniles del Madrid le tocó en otra lotería de los privilegios) jamás hubiera triunfado como «crooner» latino.

Lo que nunca se explicó en este bodrio periodístico (al final se vieron obligados a comentar, solo de pasada, que la fiscalía no iba a proceder con la denuncia) es cómo el falangismo de Iglesias le permitió, además, llegar a conquistar el mundo.

Ahí se encuentra la diferencia entre cómo España trata cotidianamente a algunos de sus mitos y cómo se les aprecia desde fuera. Hace un par de años, la cadena franco-alemana Arte produjo un documental sobre Julio Iglesias. En los inicios de esta interesante pieza audiovisual, se comentaba que el despegue del artista había coincidido con la apertura del franquismo, iniciada en los años 60.

De alguna manera se afirmaba ahí que tanto el régimen como el cantante se habrían beneficiado mutuamente, justo en ese momento: la renovada imagen de Iglesias exhibía una cierta modernidad en contraste con ciertos estereotipos folclóricos del pasado. Y al intérprete, protagonizar en parte ese lavado de cara le resultaba beneficioso para su proyección.

Pero este detalle, que no incidía sobre ese particular falangismo de la familia Iglesias, como el informativo español, ocupaba solo un instante de la «introducción al mito».

El reportaje se centraba luego en el éxito mundial de Iglesias, que le procuró fundamentalmente su talento con la lógica ayuda de sus asesores. La parte medular del documental repasa las virtudes que realmente encumbraron al ídolo: su inagotable capacidad de trabajo y la ambición de llegar a ser un número uno; el carisma basado en unas dosis de simpatía, su imagen pulcra y el estudiado cultivo de su faceta como seductor, el inteligente empleo de unos medios de partida no demasiado generosos pero utilizados con astucia (una voz pobretona, sin las resonancias heroicas de otros vocalistas del pasado, aunque con las justas dosis de almíbar y elegancia para servir como vehículo a las aterciopeladas melodías casi susurradas al oído de sus fans).

En fin, que aún si se lo propusiera con todos los vastos recursos a su alcance, ninguna ideología sería capaz de empaquetar por sí misma, como cosa propia, el estilo personal de un artista e impulsarlo, hasta lograr imponerlo mundialmente, en el traspaso de fronteras, tiempos y prejuicios.

No, Julio Iglesias es un mito mundial por derecho propio, no porque su padre fuera un falangista, como ahora se ha encargado de proclamar La Sexta con mañas de mal perdedora.

La boina de Uclés no es la de Baroja

Uclés no viene a hacer literatura, que ya está hecha. Por eso lo de menos en él son las novelas que nunca leeremos porque en la desigual batalla contra el tiempo todavía nos queda repasar muchas veces a Thoman Mann, sin abandonar nunca el Quijote.

Así que como para todo en la vida hay que empezar ya a hacer la criba, desde las amistades hasta la colonia. Y Uclés no está destinado a aparecer en el canon de Bloom, ni habría hecho que Steiner se molestara en buscarlo en Google.

David Uclés, escritor

David Uclés, escritorIranzu García Vergara

Uclés viene a decir unas cuentas tonterías de esas que mantienen vivas las brasas en la pira de Internet, y de paso a vender libros como en el pasado se despachaban enciclopedias a domicilio, que luego nadie leía, pero quedaban bien en el salón. Ahora lo que adorna es comprar lo último del Uclés, y regalarlo en abril para pasearlo por la Plaza de Pedro Zerolo.

Con la oportunista intuición de su época en los dedos manchados de tinta (necesariamente escribe en cuaderno de espiral, con boli bic gastado), Uclés incide en los cuatro tópicos que generan adhesiones, multiplicadores de likes: se mete con Ayuso porque en Madrid solo puede emanciparse ya la hija mayor de la Preysler (y aun así le costó); finge espanto ante el trance de tener que darle la mano a Aznar, el Charlot de todos los perejiles para el progresismo (y un poco para los otros, en privado), y mete en el saco, ya de paso, a Espinosa de los Monteros, seguramente por envidia, porque es uno de los pocos españoles que dominan el inglés con cierta propiedad, gracias a que sacó buen rendimiento de la fortuna familiar.

De refilón le tocará, además, atizarle a Pérez-Reverte, siguiendo aquel dicho castellano que reclama palo para el indeciso. El académico quiso ganárselo para para la causa (no se sabe cuál) con unos halagos improvisados, poco convincentes, pero luego hubo de recular en cuanto el escorpión le salió por peteneras con su mala educación, que en su caso resulta atributo jaleado por la variopinta tribuna de sus seguidores, entre los que se encuentra Ábalos, voraz lector presidiario, mientras Koldo presta servicios en el gimnasio como entrenador personal y cultiva tomates.

Pérez-Reverte perdió con Uclés ese tiempo indispensable para terminar de pergeñar la última obra, salir a pescar lubinas o pasarse tres horas escuchando las suites para violonchelo de J.S. Bach, como hicieron el pasado domingo en el Auditorio Nacional casi dos mil personas, con el gran Queyras.

En unos años, en cuanto pase este sarampión, de Uclés no quedará ni la boina, que tanto parece fascinar ahora a quienes nunca se dejaron seducir por la que con mucha más naturalidad y encanto lucía Baroja, ni por los botines acharolados de Valle-Inclán o el chaleco malva de Umbral. Todos ellos personajes empeñados en la forja de su propia imagen, pero sobre todo inmensos creadores.

Los héroes de la policía y la cobardía de Filmin

En Hong-Kong, La Habana, Teherán, Caracas… y ahora parece que también en Minnesota, las protestas contra el orden establecido suelen terminar en baños de sangre. En esas ciudades, las fuerzas policiales y el ejército no tienen reparos en aplicarse a fondo para repeler a los manifestantes, entre los que suele haber pocos alborotadores espontáneos, y sí muchos héroes anónimos dispuestos a jugarse una vida que nos les merece la pena sin libertad.

A la muerte, en el peor de los casos, o la mutilación de estas víctimas, los acompaña una humillación a veces mayor: la del olvido. Su inmolación poco importa a quienes en la comodidad de sus cátedras, escaños o púlpitos mediáticos reclaman para sus territorios unas ideales conquistas que desprecian sus ídolos al sojuzgar a los propios pueblos, mucho menos afortunados. Los justifican porque comparten con ellos la ideología.

Quizá cuando Pablo Iglesias concluya con la lectura y análisis de la obra de Uclés nos regale, algún día, sus reflexiones sobre la matanza de Tiananmén. Pero incluso si estas vinieran a apuntalar los postulados de un trasnochado maoísmo, como no podría ser de otra manera, quizá servirían para suscitar el siempre estimulante debate público.

Nunca hay que temerle a la confrontación de las ideas (algo que Uclés ignora, e Iglesias repudia si se trata de debatir en Irán). También, en Cataluña, una parte relevante de la población, las más ruidosa, piensa de otro modo. Al discrepante hay que estigmatizarlo, siempre y en cualquier caso. Ha vuelto a ocurrir allí estos días.

La plataforma audiovisual Filmin, quizá la mejor de este país por la calidad de su fondo de armario, ha tenido la osadía de programar Icarus, un documental en el que varios miembros de la UIP, la policía que participó en el sofoco de los disturbios surgidos a raíz de la sentencia del procés, cuentan a pecho descubierto, sin esconderse bajo voces distorsionadas, las experiencias que vivieron durante aquellos días de ira.

De sus declaraciones, no resulta nada ofensivo en contra de los manifestantes. Los propios policías establecen dos categorías: las personas que salieron a protestar con total normalidad, en su derecho, contra lo que estimaban como una injusticia, y el aquelarre que vendría después: cuando replegados los pacíficos, la guerrilla urbana, jaleada desde el propio gobierno de la comunidad con la consigna bélica del «¡Apreteu!», se dedicó a sembrar caos y terror en el centro de su propia ciudad, la bella Barcelona, para entonces convertida en Beirut.

Al contrario de lo que habría sucedido en Shanghái si se hubiese producido una algarada similar, la policía española actuó entonces con una profesionalidad casi temeraria para sus propios intereses: la preservación de la integridad de su propio físico.

Conmueve el testimonio de dos agentes a los que los miembros de aquella horda organizada (entre la que había jóvenes que solo habían ido hasta allí para hacerse un selfi, según reconocerían ellos mismos cuando resultaron detenidos) les abrieron la cabeza mediante la salvaje lluvia de adoquines, piedras, tuercas y demás objetos que les lanzaron envalentonados al saber que, del otro lado, bajo ninguna circunstancia, recibirían una de esas balas mortíferas tan frecuentes en otros destinos menos proclives a los usos y costumbres democráticos.

Da gusto contemplar el nivel y la preparación de estos agentes, la moderación y el sentido común: no entran a valorar la pertinencia de las manifestaciones, la validez o justeza de la reivindicación. Pero ponen de manifiesto la necesidad de preservar el orden frente al caos, y justifican su implicación en ello a pesar del elevado coste personal: los dos policías heridos, sin rencor, han tenido que jubilarse en plena juventud por las tremendas secuelas de sus heridas.

La emisión de este documental le ha costado a Filmin una campaña de descrédito y acoso: los ultranacionalistas acusan a sus responsables de colaboracionismo con el estado español por semejante traición.

Lo más decepcionante ha venido después. Jaume Ripoll, el alma máter de Filmin, responsable de sus contenidos, en lugar de defender la libertad de expresión, ha acudido a una radio catalana para disculparse. El hombre que controla al milímetro, con exquisito mimo, todo cuanto emite su creación, se ha puesto de perfil para decir que aquello se les había colado sin ninguna intención. Él no sabía nada, ni siquiera lo había visto.

Desde hace un año, Filmin está en venta: lo cual también nos retrata. Mucho decir que esta plataforma es el paradigma de la calidad, pero luego no la ve nadie, algo muy español. Por eso, quizá, sus propietarios buscan ahora deshacerse de la empresa, y por lo mismo no encuentra fácilmente compradores.

Tienen lo que se merecen, dirán algunos. Y sí, es cierto, el gesto cobarde de Ripoll resulta censurable. Quizá busque la complicidad de algún fondo próximo al catalanismo de los que siempre tienen dinero fresco, y ahora más del ICO, que adquiera el negocio.

Pero si, más pronto que tarde, toca entonar un réquiem por Filmin, al menos que este último episodio tan lamentable no se lleve por delante el magnífico empeño cultural de un catálogo que contiene algunas de las mejores series y películas en streaming.

Como con algunos artistas y creadores cancelados, que las humanas flaquezas no destruyan la obra, lo único relevante.

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