Delcy, la nueva lady Macbeth, y el modelo de ropa deportiva
Trump apura los días coleccionando imágenes para su álbum personal, mientras Gracián ya explicaba el presente en el siglo XVII, un arquitecto inteligente se confiesa y lo que de verdad prospera aquí son los bailes ilegales
Delcy Rodríguez, la primera presidenta de Venezuela
Si Trump se hiciera con un buen «negro», en el sentido literario, su particular gesta de la madrugada del sábado pasado podría pasar a la historia como un episodio de sus personales «Comentarios a la guerra de las Galias».
Un ejemplo de finura estratégica como las de Julio César, ya adelantada en pasadas temporadas de «Lioness», la serie de Taylor Sheridan (el creador de «Yellowstone»), donde la «extracción» de narcos hispanoamericanos en sus propios países, para hacerlos comparecer inmediatamente ante los jueces estadounidenses, mostraba ya un deslumbrante nivel de detallismo que rivaliza en verosimilitud dramática con la del propio Maduro.
Pronto podremos compararlo en alguna nueva ficción patrocinada por las plataformas audiovisuales, inspirada en la sobresaliente pericia profesional del comando ahora reclutado.
Taylor Sheridan es el creador de 'Yellowstone'
Lástima que Trump, el único presidente estadounidense, entre los últimos, con una visión algo atropellada, pero cabal, sobre la batalla que el llamado mundo libre libra contra los partidarios del totalitarismo (no «ha quedado obsoleta la visión materialista histórica de que el capitalismo perecerá inevitablemente y el socialismo triunfará inevitablemente», de un discurso de Xi Jinping a los líderes de su partido), se aburra siempre demasiado pronto de las cosas, como los niños con los juguetes que recibieron ayer en sus hogares.
«El aburrimiento es el eco en nosotros del tiempo que se desgarra», decía Cioran. Trump avanza contra las manecillas del reloj constitucional, cada día una oportunidad menos de ejercer el tasado cargo. De ahí su vigorexia.
La perentoriedad de la encomienda popular le obliga casi a pasar de un asunto a otro sin apenas detenerse en los matices: véase cómo quiso acabar con la guerra de Ucrania hasta dar con el hueso duro de Putin, que no tiene prisa porque a él no hay obstáculo que lo limite: más allá de lo que decida su destino, durará lo que se proponga, y con él sus ensoñaciones imperiales.
Lo que cuenta en realidad para el padre de Ivanka (la única entre sus hijos que podría haberle sucedido, y no quiere, de ahí las prisas) es la foto de Maduro. Del mismo modo que a la gente, fuera de los sesudos analistas, lo que más le interesa de todo este lío es poder hacerse cuanto antes con el chándal del dictador, que al ser tendencia se ha convertido ya en el regalo favorito para cambiarlo, en los próximos días, por alguno de los que les dejaron los inadvertidos monarcas de Oriente.
Quizá los portaviones enfilen ya a estas horas hacia las costas de Cuba, ojalá, para algarabía del pueblo e irritación de esos nuevos adalides del Derecho Internacional que nunca encontraron tiempo de consultar uno de sus gruesos manuales cuando, hasta ayer mismo (y aún en La Habana), los renovados Tirano Banderas masacraban a sus opositores cegando cualquier posibilidad de democracia.
Pero me temo que, en ese caso, a Trump lo que de verdad le ponía era la posibilidad de exhibir en una jaula a Fidel Castro. Para eso llega tarde, Raúl está gagá y Díaz Canel es un pobre aficionado, que también caerá.
El presidente de Cuba, Miguel Díaz-Canel, saluda al salir de la Plaza Roja tras el desfile militar del Día de la Victoria en el centro de Moscú
El inquilino de la Casa Blanca lleva razón, reparar el destrozo perpetrado por los orangutanes venezolanos convencidos de encarnar el sueño imposible de Bolívar: recomponer el tejido institucional, volver a encauzar la economía y, tan importante como lo demás, unir de nuevo a las familias, va a llevar algún tiempo, una o seguramente varias décadas.
¿Puede, o merece, capitanear la reconstrucción de ese maltratado país una lady Macbeth como Delcy, figura de inesperadas dimensiones shakesperianas, que sirvió en bandeja la cabeza de su principal valedor para salvar la suya, como tantos traidores, y cumplir así el sueño de una ambición personal ausente de cualquier principio?
No parece que el problema venezolano esté resuelto, ni mucho menos. Pero Trump ya ha asistido en directo a la filmación de su película, la de la captura en pijama de un tirano elevado ya para los restos a la categoría de meme, nuevo modelo por accidente, al que libró de correr la misma suerte de los Ceaucescu o Gadafi.
Nicolás Ceaucescu y su mujer, fotografiados en 1986
Lo que venga ahora, incluido lo del petróleo, que aún se demorará un rato, le importa menos pese a quienes solo distinguen en él a un monstruo codicioso: en todo caso, de gloria, honores y reconocimiento; dinero no necesita ya mucho más.
Sea por acierto u omisión, Trump es el único que mueve ficha contra el implacable eje del mal, con el que seguramente la lista Delcy ya negocia, a la vez, por el otro teléfono: con su aparente nuevo patrón solo le resta disimular durante tres años.
Actualidad de Gracián, como todos los clásicos
Volver a los clásicos resulta siempre como reencontrarse con la tierna imagen de un amor adolescente: en ambos casos lo que atrapa es la evocación de antiguos descubrimientos, sabores cuyo enigma se ha desentrañado después en sucesivas ocasiones, pero nunca con la fuerza primigenia de aquellos inaugurales escarceos.
Cada cierto tiempo conviene regresar a Gracián y su esclarecedor «Arte de la prudencia», que tanto sedujo a Schopenhauer y a Nietzsche con la docta clarividencia de su pensamiento. Volver a asomarse de nuevo a sus sencillas páginas, concebidas en el siglo XVII, debería resultar revelador para quienes creen que el hombre, mediocre imitador de Sísifo, consigue alcanzar cimas jamás conquistadas cada vez que dobla una nueva página del calendario: básicamente, somos siempre el mismo, como se anunciaba en aquella borgiana «Milonga de dos hermanos».
Baltasar Gracián
Aplíquese todo lo que Gracián sugiere a los acontecimientos de estos días, y podrá apreciarse sin reparo la vigencia de nuestra sempiterna necedad. Aquí va una dosis: «La extravagancia es un cierto engaño plausible al comienzo: admira por la picante novedad. Pero después, con sus malos resultados, queda maltrecha. Es una suerte de engaño que, en los asuntos de política, causa la ruina de los Estados». Parecería hablar, por ejemplo, del «niño bonito» de Delcy, el hoy otra vez enmudecido Zapatero, que a tantos incautos cautivó en sus inicios, y hoy, quizá el cautivo pueda resultar él.
La propia nueva presidenta venezolana, más inteligente de lo que se cree, seguramente también leyó al de Belmonte, cuando expresa: «El saber más práctico consiste en disimular. El que juega a juego descubierto tiene riesgo de perder».
Para Trump, quizá, podríamos sugerir este otro: «Hay hombres refinados por naturaleza, por dentro y por fuera, en ideas y en palabras, en las gracias físicas (que son como la corteza) y las cualidades espirituales (que son el fruto). Por el contrario, hay otros tan groseros que todas sus cosas, y a veces sus buenas cualidades, las deslucieron con una intolerable y bárbara falta de refinamiento».
Aunque también podría cuadrarle perfectamente el siguiente, que además le serviría para emplearlo contra su bestia Biden: «Menos daña la mala ejecución que la falta de decisión».
Y este seguramente también le encantaría: «El que vence no necesita dar explicaciones»; pero, sobre todo, se complacería con lo que se sugiere aquí: «La regla es ir contra las reglas cuando no se puede conseguir de otro modo un resultado feliz». Si alguien se lo indicara, cualquiera de estas noches, haría que lo inscribiesen en la fachada de la ONU contra los inesperados propagandistas del derecho internacional (Sánchez).
Lecciones de arquitectura y vida de un maestro
En Filmin estrenan un documental sobre un personaje fascinante, de otra época. Óscar Tusquets es arquitecto, pintor y a veces escribe de maravilla sobre asuntos de interés, el Arte y la vida, en libros repletos de inteligencia, humor y sentido común, como «Sin figuración, no hay diversión», donde cuestiona desde dentro, o sea, con su propia experiencia, algunos de los dogmas del arte contemporáneo, tan propicio a la impostura y el camelo.
El arquitecto Oscar Tusquets
Pertenece este hombre a esa rara estirpe de genios a los que todo se les da bien, para desesperación de quienes solo son rutinarios maestros de la envidia. En un momento de la filmación, Tusquets, al que siempre le fue de maravilla, como apunta en un momento Antonio López, cuenta porqué ya no trabaja en su primera profesión.
Recuerda que al poco de graduarse (ha superado con clase, buenos licores y algo de mala leche los 80 años), cuando un arquitecto iba a la obra, casi le hacían reverencias. Se respetaba su fundamentado criterio, se atendían sus órdenes como los designios de alguien que había pensado sobre todo aquello con conocimiento de causa, mucho estudio.
Ahora, sostiene, a los nuevos profesionales se les considera poco menos que un incordio. Si sugieren cualquier cambio para mejorar este o aquel aspecto sobre la marcha ya están estorbando como moscas cojoneras.
Conviene no salirse del plano. El resultado que se pretende no es el del oficio al servicio de la imaginación, sin caer en la excentricidad o el derroche, sino la mera adecuación a un sinfín de taxativas normas municipales, regionales o comunitarias que excluyen cualquier atisbo de libertad creadora y desaniman a los más audaces.
La forma perseguida, el contenido final lo impone el burócrata de turno, según una retorcida maraña legislativa para que todo resulte lo mismo, esa uniformidad que convierte a las ciudades modernas en cementerios. Gaudí, hoy, tendría que emigrar a Emiratos Árabes para plasmar sus sueños.
El tolerado emprendimiento de las fiestas ilegales
El otro día, una persona querida, emprendedora nata, decidió crear una web para ofrecer unos servicios comerciales que hasta ahora no existen en España. Después de semanas de arduo trabajo, con muchas horas robadas al sueño, la página ya se encuentra finalmente lista y funcionando para alegría de sus usuarios.
Al ponerla en marcha, esta mujer decidió recurrir a una antigua empresa suya, a la que había dado de baja en el pasado, cuando cesó su anterior misión. Y de ese modo, la primera «felicitación» al impulso de su nuevo emprendimiento le llegó en forma de una ágil notificación de la Agencia Tributaria, requiriéndole informes sobre la nueva actividad.
No se cuestiona la oportunidad, sino el celo y la celeridad que no se emplean en otros ámbitos para actividades de dudosa legalidad.
La rave ilegal de Ciudad Real
En este país resulta mucho más rentable organizar «raves», esas multitudinarias reuniones de personas que llegan aquí desde todos los rincones de Europa para ensuciar cualquier paraje campestre de la geografía ibérica mientras bailan sin freno y consumen drogas, hasta que el cuerpo aguante.
Así ha ocurrido estos días y así lo retrata, con algo más de épica y grandes dosis de efectismo, la muy promocionada película «Sirat», de vacuas pretensiones existencialistas cuando, en la cruda realidad, todo parece mucho más sórdido y cutre.
Estas personas cuentan hasta con protección policial, ya que a la Guardia Civil solo le permiten, en estos casos, como el reciente de la última «rave» manchega, observar el jolgorio desde la barrera, para no molestar a tan augustos visitantes en su imprescindible entretenimiento.
Y que se sepa, hasta ahora, ninguno de los anónimos organizadores, seguramente sin domicilio conocido, ha recibido la visita del correspondiente funcionario recaudador de públicos tributos. Basta con abrasar convenientemente a quienes deciden jugar limpio.