En la Viena de Mozart todos eran negros
Una nueva serie convierte en negros a Daponte, su libretista favorito, y al discípulo de Mozart, mientras Pérez-Reverte denuncia que la RAE se ha rendido a la vulgaridad rampante, Delcy hostiga a los empresarios amigos de Maduro y el Madrid rechaza a Mou
Escena de la serie Amadeus
La publicidad de la serie estrenada estos días, Amadeus, sostiene que Mozart vuelve ahora a estar de moda. La publicidad vive de crear estas falsas ilusiones, que a veces logran cristalizar por la mera fuerza de la insistencia. Me temo que este no es el caso.
Quizá en los 80, cuando se estrenó aquella película de Milos Forman sobre la presunta rivalidad entre el compositor Antonio Salieri y el autor de La flauta mágica, pudiera verificarse, durante un periodo breve, una suerte de «mozartmanía»: la banda sonora del filme vendió millones, como se sabe.
Y aquella, llamémosle «tendencia», llegó incluso hasta la música pop: la constatación más evidente de que un asunto determinado ha suscitado, al menos, un cierto interés de la masa. El grupo Falco coló, durante aquellos días, la machacona canción Rock me, Amadeus hasta las mismas listas de éxitos de las radios, el termómetro más fiel de la celebridad pasajera en la época del pretérito esplendor de las ondas.
Pero ahora, el cine ya no ocupa el lugar central en el consumo de productos culturales (superado hace tiempo por los videojuegos), y se estrenan tantas series de televisión, aunque en el fondo todas sean casi la misma (siempre hay un adolescente que desaparece en la primera escena, sobre todo en las españolas), que es raro que se produzca ese consenso mayoritario entorno a una única producción audiovisual hasta convertirla en una referencia mundial; eso de lo que todo el mundo habla, al menos más allá de un par de semanas.
Así que no, Mozart seguirá cautivando a quienes hagan el esfuerzo de aproximarse al genio sin prejuicios, con interés y algo de paciencia (sus mayores óperas tienen la duración de toda una serie, como las que se ofrecen en capítulos troceados de media hora para no aburrir). Pero, desde luego, no parece que este Amadeus, que insiste con mucho menos talento sobre la peregrina tesis del asesinato (en toda serie que se precie debe haber uno) del genio musical, consecuencia de la enfermiza envidia de Salieri, buen hombre e interesante músico, vaya a provocar ahora que el exitoso rapero caribeño Mozart La Para (existe y tiene hasta su propia película) se decida a concebir un tema inspirado en Las bodas de Figaro, quizá solo en los detalles más íntimos del enlace.
Lo más sorprendente de esta nueva producción es el celo que sus creadores han puesto en retratar la Viena imperial de José II, en pleno siglo XVIII, como si se tratara de Saint Domingue, el futuro Haití, por esos mismos días. Se supone que, durante aquella época, los únicos habitantes negros de la capital de los Habsburgo se dedicaban a las labores propias de esclavos: básicamente al servicio, y algunos pocos ejercían como músicos en las iglesias.
En cambio, en esta versión libérrima de la supuesta vida de Mozart, Viena parece haberse convertido en una urbe moderna, multicultural, donde los africanos, o sus descendientes, ocupan lugar prominente en la corte; frecuentan el trato de las familias principales, los Thun, Greiner, Trattner, … e incluso acuden frecuentemente a la ópera, bien visibles en algunos palcos de los teatros.
Aunque lo verdaderamente delirante, en cuanto a la verosimilitud histórica, consista en el detalle de que aquí tanto Franz Xaver Süssmayr, el alumno austriaco de Mozart, aquel que le ayudó a concluir su Réquiem, como el antiguo sacerdote italiano Lorenzo da Ponte, libretista de sus óperas más importantes, también sean negros.
¿Con qué intención? El «wokismo» pretende, por ejemplo, que solo se contrate ya a intérpretes de color para interpretar a personajes como el Otelo de Verdi/Shakespeare. Al menos eso poseería cierta sólida base: en la ficción, el personaje tiene la tez oscura, y no consecuencia de un bronceado (como el difunto Berlusconi le alabó una vez a Obama).
Pero ¿de dónde demonios concluyen que Da Ponte o Süssmayr, que en otro disparate de la serie abandona por unos momentos el estreno de Las bodas de Figaro para mantener relaciones con Constanze, la esposa de Mozart, eran negros?
Porque si con esta licencia dramática lo que se pretende demostrar ahora es que cualquier actor puede representar el papel que sea, sin importar su raza (antiguos agravios no se reparan con nuevas arbitrariedades que empañan la auténtica naturaleza de una historia), entonces, que no se lleven las manos a la cabeza cuando Timothée Chalamet sea requerido para protagonizar las próximas biografías filmadas de Martin Luther King o Sammy Davis, jr.
Pérez-Reverte tiene razón, la RAE quiere ser «guay»
Lleva razón Pérez-Reverte. La nueva polémica que se cierne sobre la RAE parece de mayor relevancia, y calado intelectual, que la anterior. Porque aquella aún reciente era de raíz política, o sea, pasajera, y esta nueva se ocupa de lo esencial: la propia razón de ser de la institución, su fundamento y misión. O sea, su propia supervivencia más allá de esta u otra afinidad partidista.
Las academias (también las del cine, televisión y hasta las gastronómicas), instituciones que antaño solían convocar a lo mejor de cada casa para ofrecerse como faro sobre la aspiración ideal de una cierta excelencia común, basada en el mantenimiento de principios sólidos y rigurosos que regularan desde la preservación de las esencias de añejas recetas culinarias, pero de indudable beneficio para el paladar y la salud, hasta el grosor de los remos en las regatas para facilitar la competición más limpia, noble y pura, han comprometido hoy todo su prestigio con un único objetivo: lograr zafarse del anatema del elitismo.
Han claudicado ya ante el avance imparable de la vulgaridad para parecerse a uno de esos viejos, exclusivos clubes ingleses donde uno iba a pasar la tarde, con gente similar, preferiblemente hombres, sin que allí se decidiera nada relevante. Como mucho se ponía verde a la autoridad, se exponían quejas sobre el servicio o se compartían lances amorosos con mayor o menor fantasía.
O sea, a la RAE se va hoy a chismorrear, pero se trabaja poco, y casi nada sobre lo esencial. La institución no quiere suscitar el recuerdo de don Cicuta, aquel anciano cascarrabias que abroncaba a los concursantes del «Un, dos tres» cuando se equivocaban al elegir la palabra o término inadecuados. Por el contrario, aspira a ser la vedette de muslos prietos y escote menguante con los que Chicho se aseguraba de inflamar la imaginación (y otras cosas) del complacido espectador.
Como esos padres «guays» que a la hora de la cena compran cualquier argumento de sus hijos sin rechistar para no crear mal ambiente en la casa, y parecer ellos también los más modernos, la RAE ha renunciado, desde hace tiempo, a procurar no ya el esplendor de la gran lengua común, casi la más hablada, sino hasta preservar lo que resta de su eterna belleza.
A partir de ahora se validará el uso de 'random', equivalente no se sabe muy bien a qué, pero muy entretenido porque lo emplean como comodín a todas horas todos los chicos, chicas y chiques
Por eso mismo, para no incomodar a la turba, la Academia de la Lengua ha adoptado a youtubers, influencers y otros analfabetos funcionales como sus más valiosos consejeros antes que hacerse odiosos antes quienes han elevado a máxima categoría moral aquella frase inolvidable de Harry el sucio: «Las opiniones son como los culos, todo el mundo tiene una».
Más o menos es lo que ha venido a desvelar el autor de Alatriste, que de esto debe saber bastante porque él, académico militante (por lo que se aprecia, preocupado con su tarea) no suele saltarse los cónclaves donde se decidiría que a partir de ahora se validará el uso de «random», equivalente no se sabe muy bien a qué, pero muy entretenido porque lo emplean como comodín a todas horas todos los chicos, chicas y chiques.
Delcy le complica la vida al amigo de Maduro
Las últimas tretas conocidas de la Lady Macbeth del Orinoco comienzan a apuntalar claramente su vocación traicionera. Lo cual podría tener consecuencias sobre los precarios equilibrios del nuevo poder en Venezuela. Si Maduro aún conserva partidarios en su país, más allá de su hijo, el bobalicón Nicolasito, sería lógico que se rebelasen contra las recientes pruebas de la felonía, o bien, sobre todo en el caso de este último, resolvieran astutamente acumular los agravios conocidos a la espera de otros tiempos más propicios para una futura venganza.
Este lunes se supo, por ejemplo, que Delcy Rodríguez se entrevistó con miembros de la CIA en una reunión celebrada en Doha, antes de la «extracción» del tirano.
Pero pocos días antes, el New York Times, a veces menos dogmático en el ejercicio del periodismo que algunos medios españoles, dio a conocer una noticia aún más reveladora sobre las auténticas intenciones de la presidenta por accidente, dispuesta a ocupar el cargo que siempre ambicionó, durante todo el tiempo posible.
Resulta que, en las primeras horas del desconcierto tras la caída de Maduro, un petrolero aprovechó la confusión del instante para abandonar el país caribeño con todo el sigilo posible. La rauda partida levantó sospechas porque, al parecer, la carga no había sido abonada del todo o en parte a la oportuna empresa estatal.
El impulsor de la operación no era otro que un tal Schaab, turbio empresario de origen colombiano, pero establecido en Caracas, muy estrechamente vinculado a la familia de Maduro y sus negocios particulares. Hasta el punto de que, en una ocasión, cuando estuvo preso en EE UU por algún delito serio, el otrora mandatario se empeñó en solicitar un intercambio de presos con el gobierno estadounidense que propició el regreso triunfal de este hombre a su segunda patria, donde había podido seguir con sus comercios sin grandes preocupaciones, bajo el benéfico amparo del régimen.
Posiblemente, en el pasado, este tipo de operaciones con embarcaciones que salían de Venezuela repletas de petróleo que alguien se había olvidado de pagar previamente al estado resultasen una práctica común, quizá hasta tolerada por el propio Maduro, y necesariamente conocida también por la entonces vicepresidenta Rodríguez, que supervisaba personalmente la comercialización del crudo venezolano.
¿Y qué ha sucedido en este último caso? Según la versión del diario neoyorquino, Delcy llamó personalmente a Trump (ese mismo al que en público culpa de una injustificada intromisión en la soberanía de su país, cuando propició el «secuestro» del glorioso camarada Maduro) y le pidió discretamente que hiciera posible el regreso de la nave a puerto venezolano, lo antes posible.
Dicho y hecho. El barco fantasma del empresario amigo de Maduro resultó incautado «ipso facto» en alta mar y devuelto a puerto. La dama tiene agenda propia, y el preso del norte ninguna influencia ya sobre quien supuestamente le habría propinado el último empujón.
Cuando se trata de colmar íntimas ambiciones personales, no hay adhesiones inquebrantables ni amistad que resista. Los peores traidores suelen chapotear siempre en el círculo más próximo.
El Madrid aún no salda su deuda con Mou
Ya se ha olvidado que hace unos años, los mejores del Barça por su juego y la obtención de títulos relevantes (la Champions), cuando Messi se resbalaba al borde al área, o incluso un poco más atrás hacia el medio del campo, el árbitro de turno avanzaba raudo hasta el punto de penalti para señalar sin titubeo la pena máxima.
En cambio, si en el transcurso del mismo partido, Cristiano Ronaldo no lograba liberarse del severo placaje al que le había sometido un comando de cuatro defensas, hasta derribarlo incluso sin mayores contemplaciones, el colegiado desviaba la mirada hacia la grada, quizá en busca de la mirada complaciente del máximo directivo de tuno.
Luego, al final de la contienda, abatido pero insumiso, salía el visionario Mourinho a proclamar sus sospechas acerca de la auténtica naturaleza de la derrota: oscuros patrocinios, contubernios fraguados en despachos, …
El club ha preferido a su fiel discípulo, el aguerrido Arbeloa
Ya está otra vez ese llorón, solían decir incluso hasta algunos madridistas por lo bajo. Sin sospechar que, en el fondo, con sus palos de ciego había expuesto la raíz del asunto: sí, había gato encerrado por más que genios incuestionables de la categoría de Busquets, Xavi, Iniesta o «la pulga» no precisaran de este tipo de colaboración.
Y a pesar de todo, el entrenador portugués logró superar algunas de aquellas nada casuales celadas arbitrales hasta llevar al Real Madrid a imponerse al eterno rival en una Copa del Rey, algunos partidos aislados y una liga. Lo cual adquiría un mérito indudable, añadido.
Solo por eso ya habría merecido regresar al equipo de sus amores, ahora, en tiempos del VAR (que tampoco es garantía de nada, como a veces se ha visto, pero retrata mejor la infamia). En cambio, el club ha preferido a su fiel discípulo, el aguerrido Arbeloa, para una nueva etapa que ojalá sea larga si los resultados lo avalan.
Veremos si aprendió de aquel lo suficiente, aunque en cualquier caso el equipo de Florentino aún no ha saldado la vieja deuda con Mou, el héroe que incluso en tiempos más turbios aún le proporcionó alguna conquista inesperada y defendió su mancillado honor con gallardía y algún vehemente exceso.