Bad Bunny durante la actuación del intermedio de la Super Bowl
Así consiguió Bad Bunny que su música machista se convierta en icono de la izquierda woke
Bad Bunny, conocido por el machismo extremo de las letras de sus canciones, se ha convertido en un referente de la izquierda feminista
Cualquiera que hace tan solo un par de años dijera que Bad Bunny y su música se convertirían en un referente cultural de la izquierda más woke dirían que se había vuelto loco.
Pero en los tiempos de ideologías, creencias y valores más que líquidos, gaseosos, no es de extrañar que un cantante en cuyas canciones denigra a las mujeres y las cosifica a extremos vergonzosos sea ahora todo un icono de la izquierda feminista.
Lo visto hace unos días en el intermedio de la Super Bowl, donde el cantante puertorriqueño se alzó como la gran figura anti Trump, personificación de los derechos de inmigrantes, mujeres y miembros de la comunidad lgbt, haría que más de uno se frotara los ojos hace no tanto tiempo, cuando Bad Bunny era un referente de todo lo contrario, de una cultura machista que había que erradicar.
Los mismos que estos días han aplaudido y ensalzado a Bad Bunny como el gran dique cultural contra el trumpismo en Estados Unidos, hace no mucho se echaban las manos a la cabeza con las letras de canciones como Safaera, Baticano o Tití me preguntó, y hacían llamamientos para cancelarlo y vetar su música entre jóvenes y adolescentes, precisamente los sectores donde más se han extendido sus canciones, gracias en parte a redes sociales como TikTok.
En España, incluso el Gobierno, por medio de su portavoz Elma Saiz, recomendó en plena rueda de prensa tras el Consejo de Ministros ver la actuación de Bad Bunny: «Como saben, siempre me gusta terminar con un apunte cultural. Me van a permitir que les recomiende ver la actuación de Bad Bunny en la Super Bowl». ¿Palabras sinceras o simplemente lo dice porque a Trump le pareció «absolutamente terrible» la actuación de Bad Bunny?
Pero, ¿Cómo ha logrado Bad Bunny pasar de ser un «casposo machista» a un símbolo de la izquierda woke?
El espectáculo de Bad Bunny en la Super Bowl ha tenido todos los elementos propios de los productos culturales woke: feísmo por bandera, nula calidad artística (en absoluto es eso lo que se busca), una generosa ración de victimismo y mucha diversidad, equidad e inclusión.
Bad Bunny ha sido lo suficientemente listo como para darse cuenta de la dirección desde donde soplaban los vientos del establishment cultural, los nuevos preceptos de las agendas culturales de una izquierda que en Estados Unidos, como en tantos otros lugares del mundo occidental, marca lo que triunfa y lo que no. Lo que se ensalza y lo que se cancela.
Si en la primera legislatura de Trump fueron los derechos LGBT y de las comunidades negras de Estados Unidos lo que centró la agenda izquierdista para desgastar al presidente republicano, ahora es la cuestión de la inmigración procedente de los países hispanoamericanos. Y Bad Bunny se ha subido de forma muy habilidosa a ese carro, lo que lo ha convertido en el principal ícono de la izquierda estadounidense y global.
¿Que la música de Bad Bunny denigra a las mujeres, es machista y patriarcal? Nadie lo niega, pero basta con obviarlo para que la fábrica ideológica funcione.
Nadie, o casi nadie, ha mencionado en los análisis de estos días la contradicción de que la izquierda feminista se apropie de la cultura del reguetón, porque lo que ahora prima es mostrar unos Estados Unidos «latinos» frente a los Estados Unidos que supuestamente busca Trump: blancos, anglosajones y protestantes, simbolizados por las redadas del ICE (policía de inmigración) contra inmigrantes irregulares en varias ciudades de Estados Unidos.
La actuación de Bad Bunny en la Super Bowl ha estado llena de victimismo, críticas a Trump, y a su policía y política de inmigración. Se ha echado de menos, sin embargo, la autocrítica, la razón por la que millones de inmigrantes buscan emigrar a Estados Unidos.
¿Y si Bad Bunny hubiera cantado contra las dictaduras de izquierda (como la chavista en Venezuela, la castrista en Cuba o la sandinista de Daniel Ortega en Nicaragua), contra el narcotráfico y el crimen organizado o contra la corrupción institucionalizada? Sin duda habría sido más acertado, pero no habría servido para lo que verdaderamente se buscaba: darle un palo a Trump.