Francisco Coll proclama en 'Enemigo del pueblo' la soledad de quienes se enfrentan al poder
Después de su estreno en Valencia, acaba de llegar al Teatro Real la primera ópera grande del reciente Premio Nacional de Música, una oportuna denuncia de quienes pretenden convertir amargas verdades en bulos
Estreno de 'Enemigo Pueblo' en el Teatro Real
El público abonado a las óperas del Teatro Real tiene más de romano que de griego. Es disfrutón y, por eso, suele preferir los títulos del llamado repertorio, que le procuran alivio momentáneo ante las pesadas cargas cotidianas de la existencia, frente a aquellos otros que, bajo apariencia más adusta, sofisticada y campanuda plantean agudas reflexiones acerca de la condición humana.
Al fin y al cabo, nadie mejor que Rossini supo explorar las consecuencias del poder corruptor del dinero, evidente desde el primer minuto en una pieza musical como El barbero de Sevilla, aunque sin tomarse el asunto demasiado en serio salvo en segundas lecturas. Lo cual está muy bien porque que te permite, a poco que los cantantes escogidos sean buenos, echar unas risas (justo lo que procuraban Plauto y Terencio, las dos lumbreras del entretenimiento en la lejana Roma) y hasta enfilar la vuelta a casa silbando algunas de sus melodías por el camino.
Algo de esto ha podido volver a comprobarse, ahora, en dos días casi sucesivos, mediante la programación de I Masnadieri de Verdi, seguida de Enemigo del pueblo de Francisco Coll, en el teatro madrileño.
La primera, que contaba con la desventaja de partida de ofrecerse a palo seco, sin escena, se desarrolló en medio de una agitación efervescente, que iba cobrando fuerza con cada nueva pirueta vocal, quizá de un modo un tanto exagerado (la interpretación fue buena, pero nunca excepcional).
La exposición de tal ruidoso entusiasmo mostraba, en cualquier caso, dos realidades incontestables: las preferencias de la audiencia, por más que Mortier se impusiese como última misión educar «a la masa musical madrileña», y su deseo de subrayarlas claramente, incluso aunque se tuviese que forzar algo al alza el halago por lo servido, como el niño al agradecer risueño el dulce que hasta ese justo momento le habían negado.
Con Enemigo del pueblo, donde se observaron más huecos e invitados, la respuesta resultó del tipo austero: antes del breve descanso (con el público sentado en la sala, para evitar inoportunas fugas) casi se produjeron solo unos tibios aplausos a la caída del telón. Y los del final fueron moderados, algo más cálidos para los intérpretes principales y el director musical.
Conviene decir ya que, esta vez, la obra se hubiese merecido un reconocimiento mayor, como todos sus intérpretes, que, en conjunto, desempeñaron una labor sobresaliente. No, por fortuna no nos encontramos ahora ante otro típico pestiño como los que a menudo nos suele endilgar la «contemporaneidad» deudora de esa supuesta vanguardia que aún se resiste a abandonar el gueto.
La pieza de Coll, compositor valenciano, bien reconocido sobre todo en el ámbito anglosajón, es interesante, lúcida, provocadora en su mensaje y está muy bien concebida. Se deja escuchar con agrado y plantea asuntos complejos de absoluta vigencia (como a estas horas sabrán de sobra quienes se hallen familiarizados con el drama de Ibsen en la que ésta se encuentra basada), pero sin pedantería ni vanos circunloquios: resulta directa, clara, concisa y muy reveladora.
Una denuncia de la iniquidad del poder
El asunto es conocido: un médico denuncia la contaminación del agua del balneario de su ciudad. Las fuerzas vivas, encabezadas por el alcalde y el empresariado, se conjuran para que la noticia no trascienda por los intereses en juego. Pero incluso cuando la novedad llega a oídos de la población, ésta, en lugar de apreciar la oportunidad de la revelación de tan terrible verdad oculta, resuelve matar al mensajero.
Es mejor convertir al anunciante de la amarga realidad en «enemigo» de todos, condenándolo al ostracismo social de los propagadores de «bulos», que permitir que el asunto pueda poner en riesgo el precario «modus vivendi» de la comunidad: de la suerte final de la instalación depende toda la economía del lugar.
Álex Rigola, autor del libreto, sigue el original del dramaturgo noruego con algunos pequeños retoques para condesar la acción en una decena de escenas, muy bien resueltas. La playa y el mar recuerdan a cualquier emplazamiento del litoral levantino: de un modo general, podrían encontrarse en todo el asunto algunas reminiscencias de Crematorio, la magnífica novela de Chirbes donde se retrata una podredumbre similar, con el telón de fondo de la especulación inmobiliaria.
Del mismo modo, se aprecia aquí un hilo (quizá involuntario) que conecta esta ópera sutilmente con otra marítima y política, esa joya que representa el Simon Boccanegra verdiano: por la eterna presencia del mar, por la relación entre padre e hija y sobre todo por el asunto principal, el enfrentamiento entre la turba y el hombre providencial, aunque aquí éste, más que en el deseado caudillo redentor, se erija en pretendido villano para la plebe.
La dirección de actores resulta concisa pero clara, y la apuesta por un decorado único, el arenal reconvertido en oficina y plaza pública, se beneficia del hábil empleo de la luz, cuya evolución natural marca el tono de la peripecia: desde la luminosidad del prometedor inicio a los nubarrones, que poco a poco tiñen el horizonte de incertidumbre, hasta desembocar en el rojo flamígero de la escena de la condena del insumiso para concluir finalmente en gris, íntimo reflejo de la ambigüedad que se instala en un personaje que se cree un héroe, pero cuya soberbia encierra también unas inquietantes inclinaciones despóticas.
Coll reconcilia tradición y presente
Musicalmente, Enemigo del pueblo es como un catálogo del corpus musical de Coll, quien lejos de traicionar sus esencias vuelve a reivindicarlas: el sonido festivo de las bandas valencianas se asocia con el pasodoble que suena en el relajado inicio, hasta identificarse después con las reivindicaciones populistas del alcalde, de un modo grotesco.
Curiosamente, este recurso, de alguna manera, se encontraba ya en la primera ópera de otro magnífico compositor español, Juan Durán, que también buscaba inspiración teñida de modernidad en O Arame, al servirse del número más célebre de La del manojo de rosas para perfilar a sus personajes, dos perdedores carne de circo que también parecen disolverse en la nada.
Hay reinterpretación del pasado en Coll, reconocimiento de la tradición, no solo la hispana, que se inserta sin complejos en la variada paleta de sonidos y recursos actuales, con ese empleo reiterado de todas las posibilidades que le brinda la percusión como un elemento primordial; el sutil tejido de interludios que remite a Britten para engarzar acciones otorgándoles esa deseada fluidez que mantiene el pulso desde el inicio sin decaimientos ni fisuras, y hasta un cierto lirismo deconstruido de más que vagas reminiscencias debussynianas. Y en todo palpita y aflora la personalidad de Coll.
La escritura vocal discurre por los cauces de una declamación ajustada al significado de la palabra de manera plástica y a veces audaz, aunque sin renunciar al canto más puro en algunos instantes, de modo particular en esa suerte de aria destinada a Petra, muy bien encarnada en esta ocasión por la soprano Brenda Rae.
Cada personaje se distingue mediante una caracterización claramente delineada. El recitado se vuelve áspero y autoritario, enfático en ocasiones, en el caso del doctor, un magnífico José Antonio López. Y en el caso del alcalde, los caprichosos saltos interválicos, que denotan su naturaleza desquiciada, envilecida, no representan un problema si se cuenta con un tenor de la solvencia técnica de Moisés Marín para lidiar con tesituras imposibles, al filo de la navaja.
El resto de los roles fueron cubiertos con acierto, aplomo y esmero, tanto por Marta Fontanals-Simmons, no siempre pulcra en la dicción, y un entregado Isaac Galán. Al frente de la Sinfónica de Madrid, dúctil y precisa en la ejecución de una partitura que brilla por su extraordinaria riqueza tímbrica, no pudo presentarse el propio Francisco Coll, como estaba anunciado.
En su lugar acudió al rescate Christian Karlsen, que satisfizo todas las expectativas con su conocimiento y compromiso en un empeño de enorme dificultad. También el coro rindió al nivel acostumbrado. Tanto en esos internos en los que comenta la acción a la manera griega como en su poderosa encarnación del pueblo se mostró magníficamente preparado, como suele ser habitual en esta formación.
Una manifestación callejera por Venezuela
Curiosamente, un poco antes del inicio de la representación, en la misma plaza de Ópera, un grupo de estudiantes venezolanos clamaban envueltos en banderas por el cumplimiento del anuncio de Delcy Rodríguez, la empleada de Trump, que parece resistirse a soltar ya de una vez a todos los presos políticos del oprobioso régimen chavista.
Cuando se verifique el verdadero cambio en ese país, habrá que felicitar, también, a esa parte heroica de la prensa que nunca dudó, desde el primer día, en proclamar la ilegitimidad de los sucesivos gobiernos por su vocación aniquiladora de las libertades, el desprecio absoluto del derecho que algunos invocan solo ahora, cuando el final de una de esas tiranías que sojuzgan al pueblo y obnubilan a los foráneos comunistas de salón con nómina asegurada parece más próximo.
De eso mismo habla Enemigo del pueblo, de manera muy particular, sobre la incomprensión que a veces implica exponerse a denunciar las iniquidades del poder, o simplemente mantener posturas alejadas del mayoritario consenso popular, a menudo moldeado por la propaganda gubernamental o la claudicación voluntaria que en el fondo solo oculta egoístas intereses espurios.
El alto precio que resulta de todo ello es la soledad que implica no dejarse avasallar, intimidar o arrastrarse por el cómodo fluir de la corriente primordial. El único refugio seguro frente a eso lo proporciona solamente el amor, como de un modo un tanto vago se sugiere en el final de esta ópera importante en la que se reconocen algunos de los mejores valores de la composición actual española, moderna y a la vez anclada en su rica historia, como ya sabían los grandes, Albéniz y Falla.