Un barco a la deriva, en una playa
Salir del naufragio
Pero sobrevivir no es vivir. Y creo que a lo que debemos aspirar es a vivir. A vivir después del naufragio o mientras el naufragio se está consumando
Bajo la piel de nuestro tiempo resuena el latido de un malestar. Y en cada ocasión en que nos preguntamos acerca de nuestro grado de satisfacción con la vida, cobra aliento su reflejo. No se trata, sin embargo, de una novedad histórica. Cada época tiene su propio malestar. Cada época debe hacer frente a sus propios conflictos existenciales, de los que encontramos su expresión más fidedigna en el arte, la literatura y el pensamiento que esa misma época produce. Así pues, el sentimiento de insatisfacción, la idea de lucha del hombre consigo mismo y con su entorno, son regularidades históricas que obedecen, entre otros motivos, a las limitaciones inherentes a nuestra condición. Son, por decirlo brevemente, verdades tan antiguas como el hombre.
Por otro lado, como todo fenómeno complejo, esta disconformidad natural del hombre constituye un fenómeno ambivalente. Ambivalente porque aunque puede obrar en su perjuicio, constituye al mismo tiempo uno de los grandes acicates del progreso de nuestra especie. Es decir, la humanidad prospera porque no se resigna a un estado perpetuo de necesidad. Lo que el ser humano persigue, en lucha contra una naturaleza tan pródiga como despiadada, es la mejora de sus condiciones de vida, y a su talento y su perseverancia le debemos logros tan asombrosos como, por ejemplo, que la expectativa de una muerte inminente haya desaparecido del horizonte de nuestras vidas.
Esta asombrosa sucesión de avances debería haber desembocado en un tiempo de relativo sosiego. Una vez que nuestras necesidades básicas parecen cubiertas y que la mayor parte de la población de nuestro entorno tiene acceso a la educación y a la cultura; una vez que el Estado providente nos asegura que acudirá a socorrernos en cada una de las vicisitudes adversas que se nos presenten en el curso de nuestras vidas -aunque cada vez seamos más escépticos a este respecto-, la pregunta que nos hacemos es: ¿no debería el hombre occidental disfrutar de su paso por esta vida en una actitud de armoniosa conformidad con el mundo? ¿No tendría que haber experimentado el índice de nuestras desazones íntimas un drástico descenso?
Vemos, sin embargo, que no es así. Es cierto que la salida del estado de necesidad nos liberó de múltiples servidumbres y rebajó el espesor dramático de muchas de nuestras aflicciones. Pero puede que sea el hecho de habernos emancipado de esa situación de apremio una de las circunstancias que más haya contribuido a que se manifiesten otras carencias de signo muy distinto a aquellas que comprometían la supervivencia física de nuestros ancestros. Así, por ejemplo, al ganar en autonomía, se ha agravado la tendencia a desvincularnos los unos de los otros. De un modo irónico, nos hemos vuelto tanto más individualistas cuanto más dependientes nos hemos hecho del Estado. Y el resultado es una sociedad desvertebrada, en la que afloran a diario toda suerte de disfunciones y padecimientos psíquicos que convierten la vida en una agotadora búsqueda de paliativos.
Cada época, repito, tiene su propio malestar. Cabría preguntarse, por tanto, cuáles serían las causas que convierten el malestar contemporáneo en un fenómeno singular. Creo que tales causas, en el marco de nuestras sociedades ricas y en permanente estado de transformación, confluyen en un denominador común, que no es otro que la paulatina desaparición del sentido de arraigo en las personas. En términos generales, vivimos sumergidos en un sistema social, económico y político que induce en las personas un estado de desarraigo estructural. Los patrones culturales dominantes en nuestra época, el imperio absoluto de la técnica, junto a la vigencia del progresismo como ideología todavía hegemónica en el seno de unas democracias sumidas en una crisis de dimensiones enormes, nos han convertido en seres acuciados por un hondo sentimiento de extravío, alienados en razón de la pérdida del fondo de sabiduría que proporcionaba la tradición y que le permitía al hombre de antaño edificar su vida sobre un suelo estable de certezas. Ahora, ese depósito de referentes se ha licuado, ha desaparecido, dejándonos casi literalmente en el vacío, sin capacidad de enraizamiento en una tierra común, como partículas que oscilan al albur de la corriente que en cada momento sople más fuerte.
Esta tendencia a la disgregación, cuya semilla fue plantada por la modernidad política y filosófica, ha experimentado un impulso notable a raíz del surgimiento de un fenómeno que, en el transcurso de las últimas décadas, se desarrolla con absoluta independencia de la voluntad de quienes lo padecen. Ese fenómeno es el globalismo. Dirigido y fomentado por unas élites apátridas, que han traicionado los valores fundacionales de la civilización a la que dicen representar, el globalismo ha conseguido generar un sistema de poder prácticamente opaco, que no rinde cuentas de lo que hace y tras el cual resulta difícil identificar un rostro que asuma la responsabilidad de cada una de las decisiones cuyas consecuencias recaen sobre un pueblo al que, para mayor escarnio, se le hace creer que aún es dueño de su soberanía.
Se trata de una estructura de poder tan inmensa que incluso logra generar en la opinión pública un clima favorable a la aceptación de políticas que van en contra de la supervivencia de las naciones y de la viabilidad de las sociedades que las conforman. Pretende homologar a los pueblos, los vacía de su sustancia histórica y propugna la instauración de un único estilo de vida, a saber, el del sujeto despojado del sentido de identidad colectiva, sumido en un estado permanente de indiferenciación cultural.
Este vacío al que aludo la modernidad creyó poder rellenarlo por medio de las ideologías de corte utópico. Nuestra época, por su parte, y una vez que las utopías han quedado un tanto desacreditadas en razón del sangriento desmentido de la historia, lo fía todo al hedonismo consumista, al disfrute compulsivo del instante, a la búsqueda de la autorrealización del yo. Se ansía la liberación de la cadena genealógica que nos vincula con el pasado y nos proyecta hacia el porvenir, y se fomenta la militancia en causas que deparan una fácil gratificación psicológica. A ello se suma el cultivo de una sentimentalidad epidérmica que rehúye el compromiso y que, a la postre, resulta incompatible con una expectativa de estabilización emocional. Si hubiera una palabra con la que sintetizar todos estos aspectos, seguramente esa palabra sería «inmadurez».
A mi entender, es la insuficiencia de tales modos de huida de la realidad lo que está en la raíz del malestar que aflige al individuo contemporáneo. Sucede que el vacío que se pretende llenar es demasiado profundo, y lo es porque lo que pone de manifiesto es la enormidad de una quiebra de índole religiosa. A este respecto, traigo a colación una cita de un ensayista norteamericano, Daniel Bell, que reza: «Nuestros antepasados tenían un basamento religioso que les daba raíces, por muy lejos que trataran de deambular. El individuo desarraigado sólo puede ser un peregrino cultural sin un hogar al que volver».
Y ese peregrino cultural, deberíamos preguntarnos ahora, ¿quién es en realidad? Considerando que de lo que se trata aquí es de delimitar a grandes trazos el perfil de un arquetipo sociológico, se trata de alguien que camina errante por la vida. Va a la búsqueda de experiencias que le transmitan la sensación de que sigue vivo. A su alcance dispone de una mayor abundancia de recursos materiales de la que gozaron sus antepasados, pero puede que, en su interior, se sepa desprovisto de las cualidades necesarias para sobreponerse a la frustración que se desprende del inevitable incumplimiento de todos sus deseos. Quizá le gusta pensar que su actitud vital resulta transgresora, pero lo cierto es que se adapta, de manera milimétrica, a las pautas de pensamiento y a los hábitos de conducta que dicta el capitalismo de seducción que impera en nuestros días; un sistema económico y político que hace del individuo actual un sujeto desclasado, condenado a una existencia en la que los lazos afectivos se hacen difusos y donde todo se reviste de un agónico sentido de provisionalidad.
En definitiva, un sujeto desposeído de una noción clara y distinta de su identidad, desorientado e incapaz de definirse a sí mismo. Pero también alguien abocado a una existencia en la que la acumulación de sucedáneos vitales tales como el acceso a entretenimientos baratos y bienes superfluos, no alcanza a compensar la imposibilidad de acceder a un trabajo estable y a una vivienda propia, impidiéndole, por tanto, formar un hogar.
Llegados a este punto, vuelvo al título de mi reflexión, Salir del naufragio, en el que comprendo que se encierra un contrasentido. Porque no se sale de un naufragio. Un naufragio es, por definición, un suceso irreversible. Si interpretamos, además, que lo se está hundiendo es nada menos que la nave de nuestra civilización, es de temer que nuestras fuerzas sean insuficientes para evitar la catástrofe.
Ahora bien, en un naufragio puede haber supervivientes. Y si unimos ambos términos, naufragio y supervivientes, todos pensamos de inmediato en una de las figuras emblemáticas de la modernidad literaria, que no es otra que Robinson Crusoe. Su peripecia es de sobra conocida. Es la peripecia de quien consigue sobrevivir durante años en una isla desierta mediante el uso instrumental de su razón.
Robinson, por tanto, y éste es el detalle decisivo, funda su dominio civilizacional sobre la base de una soledad autosuficiente. Y precisamente por eso se ha convertido en una figura tan afín al paradigma cultural que predomina en nuestros días. Nuestro mundo se está llenando de solitarios robinsonianos que viven como si no necesitaran a nadie. Me parece que éste es un acontecimiento insólito en la historia de la humanidad. Se está elevando a rango de vida deseable el propósito de encastillarse en una soledad autorreferencial, encapsulada en una sucesión de placeres evasivos y sobrellevada mediante el auxilio de relaciones personales donde la finalidad utilitaria prima sobre el establecimiento de vínculos incondicionales.
Pero sobrevivir no es vivir. Y creo que a lo que debemos aspirar es a vivir. A vivir después del naufragio o mientras el naufragio se está consumando.
La cuestión es cómo hacerlo. Si el barco se ha hundido o se está hundiendo, ¿qué podemos hacer nosotros? Continuando con la metáfora acuática, sólo se me ocurre una respuesta: buscar la compañía de otros náufragos y salvar lo que se pueda de los restos del pecio. Pido disculpas si mi propuesta parece poco ambiciosa. No obstante, mi impresión es que acarrea una dificultad mayor de lo que pueda juzgarse a primera vista. No es tan sencillo encontrar personas que compartan una visión análoga acerca del estado de cosas presente, y más complicado aún resulta hallar la ocasión de entablar un contacto directo con ellas. Se necesita interés, algo de suerte, y sobre todo avenirnos a un gesto de confianza hacia el otro. Creo que es esencial en una época como ésta, atravesada por fuerzas que buscan la fragmentación humana, volver al encuentro cara a cara con el otro, y asumir los compromisos que tal género de relaciones comporta.
Por lo que respecta a salvar algo de auténtico valor de entre los restos del naufragio, doy por hecho que todos pensamos en la familia, en los amigos, en la continuidad de un determinado número de hábitos y tradiciones, en la patria, en una cierta noción de decoro también… Son elementos indispensables para la preservación de la civitas, es decir, para que la realidad que nos rodea siga presentándonos un rostro lo bastante familiar como para que podamos reconocernos en él.
Yo sólo añadiría un componente más, porque a veces se pasa por alto y lo cierto es que su ausencia deja en nuestras sociedades un hueco inconmensurable. Para resaltar su importancia vuelvo a Daniel Bell, quien en otra breve cita declara: «Si hay un hecho psicológico fundamental en la cultura moderna, se puede resumir en la frase Nada es sagrado».
Es Bell, entre otros pensadores, quien nos recuerda que antes que las ideologías u otros modos de creencias seculares, la religión es el fundamento de un orden social compartido. Dicho de otro modo: hasta que no se restaure el sentido de lo sagrado, el ethos de un pueblo, es decir, el núcleo de su conciencia colectiva, no acabará de fraguar.
Entretanto, sobreponernos a lo que Alasdair Macintyre llama «las nuevas edades oscuras que ya caen sobre nosotros» requerirá de gestos sencillos, pero constantes, gestos tales como atender al prójimo, cuidar de quienes tenemos más cerca o cumplir con nuestro deber de la mejor manera posible. Con esas humildes armas estamos llamados a entablar nuestro diario combate espiritual. Sin perder la alegría, sin extraviar la esperanza. Sabiendo que nuestra apuesta se extiende en el largo plazo.
En definitiva, estamos llamados a crear orden y llevar amor (esa palabra tan prostituida) allí donde el caos y la discordia luchan por prevalecer. Y así, al final de nuestra carrera, quizá nos sea concedido percatarnos de que no sólo hemos pasado indemnes a través de los fuegos de este tiempo, sino que, como en la parábola evangélica, se nos ha otorgado la gracia de multiplicar nuestros talentos.
Este texto está basado en la ponencia del autor presentada en el marco del congreso «(Des)Arraigo» organizado por CEU-CEFAS y la Universidad CEU Cardenal Herrera.