Fundado en 1910

Legado para mis hijosAlberto Guerrero

Simone Weil: raíces y frutos

Su vida también es extremosa y admirable. Nace en París en una familia judía muy intelectual y laica

No es casualidad que el nombre de Simone Weil (París, 1909–Ashford, 1943) suene más y más, y ya hasta inspire el último disco de Rosalía y el último libro de Byung-Chul Han. David Cerdá traduce de nuevo La gravedad y la gracia para Rialp. Carlos Marín-Blázquez no rehúye el eco y titula su ensayo Arraigo (CEU Ediciones, 2025). Se la cita continuamente. Natural: su llamada de atención a la importancia de las raíces se vuelve, en nuestro tiempo desarraigado, un manual urgente de primeros auxilios.

Tampoco puede decirse que haya pasado desapercibida hasta ahora. Aunque sus grandes libros no se publicaron en vida, nada menos que T. S. Eliot, Gustave Thibon y Albert Camus la admiraron hasta el punto de editarla y prologarla con pasión y cuidado. Y eso que no era fácil: ni como persona ni como escritora. Fiel a la importancia que daba a las raíces, era muy radical. Eliot recomienda leerla conteniendo nuestros propios prejuicios y dando margen a los de ella («asombrosas aberraciones y exageraciones», dice, sin caer en el understatement precisamente…). Pero añade que compensa exponerse (en los dos sentidos) a su personalidad. «Su genio es análogo a la santidad», advierte, y concuerda con el sacerdote que dijo: «Je crois que son âme est incomparablement plus haute que son génie» (un alma aún más alta que su genio). E. M. Cioran anota en los Cuadernos: «En Simone Weil hay una faceta propia de Antígona, que la preservó del escepticismo y la aproximó a la santidad». El sistemático Charles Moeller, autor de la monumental obra crítica Literatura del siglo XX y cristianismo, no derrochó paciencia con ella. Critica sus opiniones heréticas, sus rechazos a la Iglesia y su aversión por todo lo romano. A la vez, no deja de pasmarse ante su grandeza y su profundidad.

Su vida también es extremosa y admirable. Nace en París en una familia judía muy intelectual y laica. Enseguida dio signos de un carácter indomable y un inflexible apego a la verdad. Con una sensibilidad social poco común, no solo se preocupó por los obreros: compartió su suerte. Trabajó en una fábrica de Renault. Fue profesora y cuando la cesaron, contestó: «Señor Inspector, siempre he considerado la destitución como el coronamiento normal de mi carrera académica». Luchó brevemente en España en el bando republicano. Se incorporó a una columna anarquista en el frente de Aragón. Tras ser testigo del fusilamiento de un joven falangista, escribió en su diario: «Me tumbo de espaldas, miro las hojas, el cielo azul. Es un día precioso. Si caigo presa, me matarán… Pero lo tengo merecido. Los nuestros han vertido sangre de sobra. Soy moralmente cómplice. Se están produciendo formas de control y casos de inhumanidad absolutamente contrarios al ideal libertario». De vuelta a Francia, viviría sólo del subsidio, pero llevaba su delicadeza con los pobres hasta dejarse ganar a las cartas por ellos. Por las noches, contaba cuentos al hijo discapacitado de su hospedera.

Su libro El arraigo (que citamos en la versión de Elena M. Cano e Íñigo Sánchez-Paños publicada por Alianza Editorial) lo escribe en Inglaterra, donde se había unido a las fuerzas de la Francia Libre. Se presentó voluntaria para ser lanzada en paracaídas en la retaguardia francesa para realizar misiones de sabotaje. No la escogieron. Trabajó en labores culturales, en un empeño muy loable de reconstruir intelectualmente la Europa de después de la guerra y poner unos cimientos morales más firmes.

¿He olvidado los errores contra los que advertían Eliot (que la califica de marcionita), Czesław Miłosz (que la llamó cátara) y Moeller (que la considera maniquea)? No, pero, primero, ella nos ofrece su propio antídoto: «Debemos dar la bienvenida a todas las opiniones, pero deben ser ordenadas verticalmente y mantenidas en sus niveles adecuados». Su respeto a la verdad por encima de sus propias opiniones es una salvaguarda. En segundo lugar, sus errores son también admirables y conmovedores, como cuando dice: «Cada vez que pienso en la crucifixión de Cristo, incurro en el pecado de envidia», una radicalidad que ni Léon Bloy. En tercer lugar, la calidad de sus frases y la profundidad de su pensamiento facilitan que la leamos como a una dignísima heredera de los moralistas franceses. Eso permite el espigueo de una lectura aforística. Y entonces a ver quién no se admira y queda personalmente transformado al leer propuestas como éstas:

*
[A diferencia de los derechos] Una obligación, aunque no fuera reconocida por nadie, no perdería nada de la plenitud de su ser. […] Un hombre que se encontrara solo en el universo no tendría ningún derecho, pero sí tendría obligaciones.
*
La primera necesidad del alma, la que está más cerca de su destino externo, es el orden. […] La obediencia es una necesidad vital del alma humana. […] Quienes someten a las masas humanas mediante la coerción y la crueldad las privan al mismo tiempo de dos alimentos vitales: libertad y obediencia.
*
La verdadera jerarquía tiene por efecto llevar a cada cual a que se instale moralmente en el lugar que ocupa.
*
La necesidad de verdad es más sagrada que ninguna otra.
*
Incluso sin conquista militar, el poder del dinero y la supremacía económica pueden imponer una influencia extranjera hasta tal punto que provoca la enfermedad del desarraigo. […] El dinero triunfa fácilmente sobre los demás móviles porque requiere mucho menos esfuerzo de atención. No hay nada tan claro ni tan sencillo como un número.
*
En nuestros días, un hombre puede pertenecer a los medios llamados cultos, por un lado, sin llegar a ninguna concepción acerca del destino humano y, por otro, sin saber, por ejemplo, que no todas las constelaciones son visibles en todas las estaciones.
*
Quien está desarraigado, desarraiga. Quien está arraigado, no desarraiga.
*
Son las gotas de pasado vivo lo que hay que preservar celosamente en todas partes, en París o en Tahití indistintamente, porque no hay demasiadas en todo el globo.
*
El pasado destruido no regresa nunca más. La destrucción del pasado es quizá el mayor de los crímenes. Hoy la conservación de lo poco que queda debería convertirse casi en una idea fija.
*
Es preciso cambiar el régimen de la atención a lo largo de las horas de trabajo […] incentivos que hoy no son más que el miedo y el dinero.
*
Los niños vendrían después de las clases para encontrarse con su padre y aprender a trabajar, a una edad en que el trabajo es, con diferencia, el más apasionante de los juegos. […] El trabajo estaría iluminado de poesía para toda la vida gracias a las fascinaciones infantiles. [Nota del barbero: Nunca agradeceré bastante a mi padre que me llevase a su laboratorio de una bodega de Jerez cuando yo era pequeño.]
*
La formación de la juventud obrera implica una instrucción y una participación en una cultura intelectual. Hace falta que los jóvenes se sientan cómodos en el mundo del pensamiento. [Nota del barbero: Si hay algo por lo que quisiera que me recordasen mis alumnos de FP es por este empeño.]
*
Los intelectuales —un nombre horrible, pero de momento no se merecen un nombre más bello.
*
Una mujer, unos hijos, una casa, un huerto que le proporcionara gran parte de su alimento, un trabajo que lo vinculara a una empresa de la que sentirse orgulloso y significase para él una ventana abierta al mundo, eso basta para la felicidad terrenal de un ser humano.
*
Las revistas Confidences y Marie-Claire, frente a las cuales la cocaína es un producto inofensivo.
*
Nada en el mundo compensa la pérdida de alegría en el trabajo.
*
La corriente idólatra del totalitarismo no puede encontrar obstáculo alguno sino en una auténtica vida espiritual. Si se adoctrina a los niños para que no piensen en Dios, se convertirán, por la necesidad de entregarse a algo, en fascistas o comunistas.
*
La belleza es algo que se come, es un alimento.
*
Las desafortunadas poblaciones del continente europeo necesitan la grandeza incluso más de lo que necesitan el pan, y sólo hay dos tipos de grandeza: la grandeza genuina, que es espiritual, y la vieja mentira de la conquista del mundo.
*
Pero nadie piensa hoy en aquellos de sus antepasados que murieron cincuenta años o incluso veinte o diez años antes de que él naciera, ni en aquellos de sus descendientes que nacerán cincuenta años o incluso veinte o diez años después de su muerte. Por consiguiente, desde el punto de vista de la colectividad y de su función propia, la familia no cuenta.
*
En el siglo XV, el pago de impuestos, salvo contribuciones excepcionales admitidas para la guerra, se consideraba un deshonor, una vergüenza reservada a los países conquistados, el signo palpable de la esclavitud. Ese mismo sentimiento se encuentra expresado en el Romancero español, así como en Shakespeare: «Esta tierra ha hecho de sí una conquista vergonzosa».
*
La pérdida del pasado, colectiva o individual, es la gran tragedia humana, y hemos tirado el nuestro igual que un niño destroza una rosa.
*
La herencia de los bárbaros se cruzó con el espíritu cristiano para dar forma a ese producto único, inimitable y perfectamente homogéneo que se ha dado en llamar caballería.
*
El Estado tiene el deber de hacer de la patria, en el grado más elevado posible, una realidad.
*
[San Juan de la Cruz] La belleza de su obra es una marca de autenticidad más que evidente.
*
¿Por qué la política, que decide el destino de los pueblos y tiene por objeto la justicia, iba a exigir menos atención que el arte y la ciencia, que tiene por objeto lo bello y lo verdadero? La política tiene una afinidad muy estrecha con el arte.
*
Una de las verdades fundamentales del cristianismo es que el progreso hacia una imperfección menor no se produce por el deseo de una imperfección menor. Sólo el deseo de la perfección tiene la virtud de destruir en el alma parte del mal que la mancha. De ahí el imperativo de Cristo: «Sed perfectos como vuestro Padre celestial es perfecto» (Mt 5,48)
*
Un método educativo no es prácticamente nada si su inspiración no es la concepción de cierta perfección humana.
*
La fe es más realista que la política realista. Quien no tiene la certeza de que es así, no tiene fe.
*
Amor a la verdad es un término impropio. La verdad no es un objeto de amor. […] La verdad es el resplandor de la realidad. El objeto de amor no es la verdad sino la realidad.
*
El pensamiento humano se nutre de la alegría.