cubierta Leaving
Legado y leyenda
Si mi suerte financiera cambiase (la otra que se quede como está), una de las primeras cosas que haría es releer este libro
Si usted es millonario, quiero decir, millonario en su apetecible sentido vulgar, esto es, en metálico –millonarios metafísicos lo somos todos–, le urge leer este libro de Johann Kurtz, titulado Leaving a Legacy: Inheritance, Charity, & Thousand-Year Families (2025). El resto de nosotros, ricos de otro modo, podemos esperar a que se traduzca al español. Amenizaremos la espera con esta reseña.
Del autor no se sabe mucho. Su nombre es un «semi-seudónimo» –ha confesado en alguna entrevista–, sea eso lo que sea. Pero tenemos los datos fundamentales: Kurtz es un joven educado en Londres, que hoy se dedica al asesoramiento de grandes patrimonios en Estados Unidos. Es un católico inglés interesado en rescatar la historia familiar perdida, también en su dimensión espiritual.
Si mi suerte financiera cambiase (la otra que se quede como está), una de las primeras cosas que haría es releer este libro. No obstante, Kurtz deja claro que una fortuna sin espíritu no sirve de nada y eso, en español, se entiende sin subtítulos. El modelo inglés (el gentleman) y el americano (el emprendedor de éxito) requieren liquidez. El hidalgo hispánico, más sólido que líquido, se exige más sosiego que solvencia. De modo que, sin ser riquísimos, podemos leer este libro pensado para las élites sintiéndonos orgullosamente concernidos.
Johann Kurtz no compra la demagógica filantropía moderna: «Lo primero es comprender qué es la caridad. Sólo entonces tendremos una idea clara de cómo transmitir nuestra riqueza para hacer el bien». La moda de dejarlo todo al morir a una ONG o similar, desheredando a los hijos o sobrinos, le parece una nueva vuelta de tuerca del nihilismo, mezclado con el hedonismo. Un «Después de mí el diluvio, o la dilapidación». Sus consejos de inversión, entretenidos y sensatos, me quedan algo lejos. Pero acierta en su explicación del sentido penúltimo de la riqueza, en línea con lo defendido entre nosotros por Higinio Marín o, antes, por Javier Hernández-Pacheco.
«Lo espiritual siempre precede a lo físico. Así, el primer paso de todo hombre para asegurar un legado es consagrar su patrimonio a Dios. Sólo entonces puede seguir la acción. […] Se remite con fruición a santo Tomás de Aquino: «Cinco virtudes son relevantes para el uso justo de los bienes: beneficencia, generosidad, limosna, magnanimidad y magnificencia». Todas, incluso la magnificencia («vestirse con belleza y vivir con elegancia»), las podemos practicar en la vida corriente. A nuestro alcance está tener virtudes de rico, que, bien mirado, es lo enriquecedor de ser rico. Insta a la caridad, pero ordenada y arraigada. Se ampara en san Agustín para instar a una caridad ordenada y cercana, que prioriza a los que el azar –o sea, la Providencia– te ha puesto al lado.
Johann Kurtz derrocha sentido común en sus consejos educativos. Los capítulos dedicados a la pedagogía de los jóvenes cachorros de las familias pudientes pueden ser los más hacederos y aprovechables del volumen. Aunque no lo haya leído, coincide con Gregorio Luri en que un método expeditivo para educar a los hijos en la moral es el orgullo de pertenencia: «Esto son cosas que los Martínez no hacemos». Concreta mucho: hay que comer con los niños, hay que dejarlos con los abuelos, hay que animarlos a que asuman riesgos, hay que enchufarlos en puestos de responsabilidad… Defiende la empresa familiar con uñas y dientes: la economía doméstica, la implicación ciudadana, la lealtad de la sangre. Y también las sagas, los clanes y las estirpes: «A pesar del mito común de que «el nepotismo genera incompetencia», el rendimiento en el deporte, al menos, sugiere lo contrario».
Otra crítica especialmente atinada recae sobre la «meritocracia»: «Representa un intento de expulsar toda una gama de riqueza humana de las concepciones tradicionales del «mérito». […] Cuando el criterio de «mérito» se aplica ahora a un adulto, normalmente significa un único factor: productividad económica». Propone salvar lo mejor de la meritocracia, para lo que «necesitamos una definición sensata de mérito que esté arraigada en nuestra orgullosa historia […] El uso moderno del término no refleja nada de su sentido original de posteridad, de lealtad, de originalidad, de excelencia, de virtud…».
Inevitablemente llega a la reflexión política y al desolador páramo de nuestras élites. «Hay un nombre para el gobierno de una clase rica que ejerce el poder sin sentido de la historia o de la noblesse oblige: la plutocracia». Coincide con Robert Michels y Dalmacio Negro. ¿Cómo mantener el nivel ético, estético y de eficacia de las élites? Se hace inevitable un recuerdo a Rafael Atienza, marqués de Salvatierra, y a su reciente ensayo sobre esta cuestión titulado Heredar el mérito. Para el estado de postración de nuestras élites actuales, Ralph Linton sólo encuentra un paralelo histórico: la decadencia de Roma.
Pero Kurtz no está por bajar los brazos y rendirse. Propone una restauración con acciones concretas, locales, operativas e ilusionantes. Y de fondo recurre a la cultura animi y a la lección imprescindible de Leo Strauss: «La educación liberal es el contraveneno para la cultura de masas. La educación liberal es el esfuerzo necesario para fundar una aristocracia dentro de la sociedad democrática. La educación liberal recuerda la grandeza humana a aquellos que tienen oídos para oír». No promete una nueva élite: propone volver a merecerla.
El amor y la comunidad están inextricablemente ligados: un conocimiento mutuo es un componente necesario de la virtud.
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La filantropía no puede sustituir a la caridad; las burocracias no pueden reemplazar a las buenas personas.
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Cuando hacemos por los necesitados lo que ellos tienen la capacidad de hacer por sí mismos, les despojamos de poder.
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¿Hacemos algo para salvar sus almas o para fortalecer su espíritu?
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Recuerda que tienes más que dinero para ofrecer; de hecho, tienes activos mucho más valiosos: experiencia, conocimientos, habilidades, relaciones, pasión y amor. Cuando separas estos aspectos esenciales de la caridad, se produce el caos.
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Las filantropías pueden convertirse en actos de autoindulgencia, donde lo único que importa para quien da es saber (él y los demás) que él ha contribuido. Esta actitud libera de tener que entender las sutilezas de la causa y el efecto, de la acción y la reacción.
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La última moda de dar dinero a organizaciones benéficas lejanas solo después de la muerte vuelve imposible comprender los efectos de las propias acciones.
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La verdad incómoda es que gran parte del mundo no necesita dinero ilimitado de una mano invisible: necesita un liderazgo directo basado en relaciones personales.
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Muchos ahora rechazan tener sirvientes, porque lo perciben como un capricho decadente. Ni mucho menos. Tienes la responsabilidad de contratarlos entre la comunidad local con un buen salario para que sirvan en tu casa de forma digna y sostenida. Su ayuda te permitirá vivir en entornos más bonitos y alentadores, y dedicar tu tiempo a proyectos mayores.
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Tu familia es el vehículo adecuado para transportar tu riqueza hacia el futuro.
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El dinero es una fuerza voluble y no puede ser enviado al mundo, desarraigado de la familia y la comunidad, y esperar que haga el bien. Debe ser guiado por un custodio fuerte –idealmente preparado desde el nacimiento– para controlar esa fuerza salvaje en direcciones virtuosas.
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Lega a tus descendientes fe, orgullo, identidad y propósito.
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Los psicópatas triunfan rápido.
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El mérito entendido como productividad económica recompensa la tolerancia a los horarios inhumanos de trabajo, una personalidad sumisa, la disposición a sacrificar la juventud por empollar y la elección de la obediencia servil frente a las críticas inteligentes. No es un destino que debas desear o planear para tus hijos. Existen métodos mucho más poderosos para inculcar virtud.
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La meritocracia tiene el efecto constante de corromper a las élites. El carrerismo es un mal maestro de moralidad.
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En una meritocracia, no existen los menos afortunados, sólo los menos merecedores.
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No es casualidad que el valor particularmente anglosajón del fair play surgiera entre la aristocracia británica. [Lógico, como tampoco es casualidad que el refrán «En la mesa y en el juego / se conoce al caballero» surgiese –y antes– entre la hidalguía hispánica.]
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Los desafíos físicos tienen un papel esencial en la educación, y siempre lo han tenido desde la fundación de la nobleza.
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La primera virtud que se puede obtener a través de la auténtica práctica del deporte es la disciplina para abrazar con alegría las dificultades y el dolor. El niño que domina su cuerpo contra la pereza, la gula y la cobardía está bien dispuesto a dominar más adelante su espíritu contra la lujuria, la avaricia y la corrupción.
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Su fe debe ser auténtica e intensa, y reforzarse desde una edad temprana. El único rey de Francia que llegó a ser santo, Luis IX, fue dulcemente informado por su madre Blanca de Castilla de que preferiría que yaciera muerto a sus pies antes de que cometiera un solo pecado mortal.
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Nuestra concepción de la caridad debe ir más allá de lo puramente material. Ante todo, es una misión para elevar el espíritu.