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El escritor David Foster Wallace

El motivo genial por el que un tostón como 'La broma infinita' es una obra maestra de la literatura

Se cumplen tres décadas de la publicación de la novela de 1.200 páginas del fantástico narrador David Foster Wallace, quien se ahorcó en su casa en 2008 a los 46 años y en pleno éxito

Cuando se piensa en novelas largas clásicas que son consideradas obras maestras, suele venir a la mente un buen puñado de ellas, mayormente conocidas (que no leídas) por todos: Guerra y paz de Tolstói, Los hermanos Karamazov o El idiota de Dostoievski, La Regenta de Clarín o El conde de Montecristo de Dumas, por ejemplo.

La broma infinita de Foster Wallace, publicada en 1996, mucho más tarde que las anteriores, literatura contemporánea, no suele estar entre ellas.

Eduardo Lago, crítico y traductor, posiblemente el mayor sabio en literatura norteamericana, también escritor premiado con el Nadal, tradujo, conoció y entrevistó a David Foster Wallace en distintas ocasiones. La conversación de uno de estos encuentros la incluyó en su libro Walt Whitman ya no vive aquí. Ensayos sobre literatura norteamericana.

Un narrador portentoso

Foster Wallace se suicidó en 2008. Sufría depresión crónica. Su mujer, a la que dejó una nota, lo encontró ahorcado en el garaje de su casa al volver de un evento al que él también iba a ir, pero al que renunció en el último momento.

Todo el conocimiento de este escribiente sobre la obra del malogrado escritor se resume en la lectura del libro de relatos La niña del pelo raro, el ensayo El tenis como experiencia religiosa, un artículo publicado en el New York Times sobre Roger Federer y menos de cien páginas, quizá bastantes menos, no se recuerda bien, de La broma infinita.

Un artículo reciente, precisamente de Eduardo Lago, con motivo de los treinta años de la publicación de la novela, ha traído aquel recuerdo vago de hace quizá unos diez años. Se guarda la misma impresión que en muchos de sus relatos en la remembranza de la inacabada lectura de La Broma infinita: la de un narrador portentoso, como si en sus letras viese aquellos signos verdes de Matrix en lugar de líneas.

La broma infinita (1996) de David Foster Wallace

No parece que pase nada más que una narración en cascada, al modo de aquella novela escrita sin rumbo y sin terminar de 3.000 páginas del protagonista escritor de Jóvenes prodigiosos, la novela sobre escritores de Michael Chambon llevada al cine por Curtis Hanson, que vive en un bloqueo vital y literario.

La broma infinita es la película que conecta todos los escenarios de la novela, un filme tan interesante sobre el papel como para que sus espectadores lleguen a morir de hambre. Pero La broma infinita es también la propia novela, con su título polisémico y polimetafórico. El caudal narrativo pasmoso de Foster Wallace llevado hasta las últimas consecuencias.

El talento desbocado

No hay nada y está todo en La broma infinita. Sus lectores completos y admiradores han podido destacar sus cualidades enormes, sus también enormes significados, el porqué de su nada y de su todo que se vio tan solo en la aproximación de un servidor: contar maravillosamente una suerte de flujo de una imaginación única, un prodigio, un mundo interior fantástico, dejándola libre, sin referencias, ni sentido, ni conclusión (por lo que cuentan) visibles (aunque existentes).

Como si hubiera soltado las riendas de su naturaleza y de su talento y se hubiese dejado llevar, desbocado, hasta donde aquellos quisiesen: qué mejor título para esta obra en la forma y el concepto, en la novedad absoluta, en el hallazgo simple e impensable, en el tostón aparente, único, que La broma infinita.