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Marco Aurelio en sus Enseñanzas para una conducta moral

Cómo pensar por sí mismo en la era woke

Las precauciones que Cseszneky recomienda al joven librepensador que intenta resistir a la nueva ortodoxia

«Intenta persuadirlos, pero cuando la razón de la justicia así lo exija, obra a pesar suyo. Sin embargo, si alguien emplea la violencia para oponerse, recurre a la amabilidad y al buen humor». Es uno de los consejos incluidos por el emperador Marco Aurelio en sus Enseñanzas para una conducta moral (VI, 50). El recién aparecido libro de Miklos Cseszneky –«Free Minds in Woke Times»- tiene algo de tratado neoestoico para jóvenes de la generación Z atosigados por el pensamiento de grupo y el adoctrinamiento ideológico escolar. Buscar la verdad, seguir la propia conciencia, conservar la dignidad, intentar el diálogo racional cuando sea posible y evitar la violencia y el fanatismo…: tal es la senda que propone el autor a sus lectores. La naturaleza humana es atemporal, y los jóvenes de 2025 necesitan un bálsamo de sensatez tanto como los del 170 AD: «Si no es decente, no lo hagas; si no es cierto, no lo digas. Sé dueño de la iniciativa» (XII, 7).

Las precauciones que Cseszneky recomienda al joven librepensador que intenta resistir a la nueva ortodoxia –no hay que librar todas las batallas, no hay que entrar a todos los trapos, pero debe quedar claro a los demás que uno no traga la mentira o la demagogia– recuerdan inquietantemente a las que el gran Solzhenitsyn dirigía a sus conciudadanos soviéticos en su exhortación de 1974 titulada «Vivir sin mentiras» (Live Not By Lies!): «Un hombre que se niegue a vivir en la mentira no dirá, escribirá, afirmará ni distribuirá nada que deforme la verdad. No irá a ninguna manifestación ni participará en ninguna acción colectiva a menos que realmente crea en la causa. No participará en ninguna reunión en la que se imponga una línea de debate y nadie pueda decir la verdad. Saldrá de un evento en el que el orador mienta, distribuya estupideces ideológicas o propaganda desvergonzada». Y digo «inquietantemente» porque esa analogía estaría indicando que la situación en muchas escuelas occidentales dominadas por el dogmatismo woke empieza a parecerse a una de «totalitarismo blando», como ha señalado, entre otros, Rod Dreher. Un cuasi-totalitarismo que, además de ser pernicioso en sí mismo, mina la superioridad moral del Occidente democrático para plantar cara al totalitarismo duro, el de Gulag y Laogai, que sigue vigente en países enemigos de Occidente como Rusia, China o Irán.

Los consejos de Cseszneky a los jóvenes van todos en la dirección de intentar apelar a la razón en una atmósfera intoxicada por el adoctrinamiento dogmático y la emotivización victimista. El criterio para establecer la corrección de una opinión no es si «hiere los sentimientos de alguien» o «resulta ofensiva», sino si se corresponde o no con la realidad fáctica.

El joven dispuesto a seguir siendo racional en un entorno presidido por la histeria ideológico-emocional tendrá que superar dificultades sin cuento. Aunque el wokismo -o «identity politics»- parezca haber retrocedido unos pasos respecto al apogeo que alcanzó hacia 2020, su hegemonía en el ámbito mediático y educativo sigue siendo abrumadora. El wokismo prevalece porque ha sido impuesto como una especie de doctrina oficiosa de Estado. Pero no sólo por eso: otra clave de su triunfo es que es una visión del mundo «gratificante» de varias formas. Por ejemplo, sustituye la investigación meticulosa de fenómenos complejos por relatos maniqueos y simplistas. Externaliza la responsabilidad hacia chivos expiatorios colectivos o sistémicos: si he fracasado profesional, académica o sentimentalmente y pertenezco a alguno de los grupos que el wokismo preconceptúa como «oprimidos» (mujeres, razas distintas de la blanca, homosexuales, etc.), podré consolarme diciéndome que la culpa no fue mía, sino del machismo, el racismo o la homofobia ambientales. Y ofrece a jóvenes necesitados de una causa (y de «una tribu», como dice Cseszneky) la satisfacción moral de luchar contra «el fascismo», «el colonialismo», etc. El wokismo apela a lo mejor del ser humano -el deseo de luchar por lo justo y ayudar a las víctimas- y a lo peor (el deseo de ser uno misma víctima y exigirle al mundo la reparación de las «injusticias» padecidas). De ahí su éxito.

El antídoto de este libro para la seductora droga woke es el racionalismo crítico. El criterio para rechazar una afirmación no es la respuesta emocional que suscite, sino la demostración de su falsedad: la verdad no tiene por qué resultar emocionalmente satisfactoria. El debate racional no puede basarse en la «experiencia vivida» incomunicable de las supuestas víctimas, sino en criterios objetivos validables por todos. El sujeto moral no es el colectivo -de clase, de raza o de sexo u orientación sexual- sino el individuo. Los sexos no son ejércitos rivales abocados a competir por «el poder», sino las dos mitades de la humanidad, llamadas a complementarse, respetarse, formar familias y asegurar la reproducción de la especie.

Y no, el sexo no es una construcción cultural o una autopercepción subjetiva, sino un hecho biológico. Y sí, la participación de varones biológicos que dicen considerarse mujeres en competiciones femeninas está poniendo en peligro el deporte de las mujeres.

El libro exhibe la misma sobria claridad en muchos otros asuntos, sin evitar los más espinosos: cambio climático, educación sexual, institución familiar, orgullo nacional, esclavitud, derechos humanos, inmigración, feminismo, Israel… Cseszneky no proporciona al lector certezas definitivas, respuestas listas para consumir, sino pistas y estrategias para resistir a la ortodoxia ambiental. Pero esas pistas tienen una raíz histórico-filosófica clara: la confianza en la razón, en la dignidad humana y en las libertades clásicas, traicionadas por el falso «liberalismo» woke actual. Y el amor a Occidente, no sólo por ser «lo nuestro», sino por ser la civilización que -aunque, como todas, tenga pecados históricos que lamentar- inventó los derechos humanos, la democracia, la igualdad moral y jurídica entre los sexos o la abolición de la esclavitud.

Uno de los efectos más tóxicos del adoctrinamiento woke es la forma en que siembra el resentimiento entre grupos: so pretexto de «combatir el racismo», por ejemplo, enfrenta a los blancos con las demás razas, explicando a los primeros que deben pedir perdón por sus «privilegios sistémicos» y a los segundos que son víctimas y tienen derecho a reparación; lo mismo cabría decir sobre las relaciones entre hombres y mujeres, sobre la situación de las personas LGTB, etc. El consejo de Cseszneky no es contestar al victimismo sectario con un victimismo de signo opuesto (por ejemplo, levantar el estandarte de una nueva tribu oprimida, los varones blancos heterosexuales), sino apelar a la naturaleza humana común y oponer el razonamiento, los buenos modales y el empirismo sobrio a la histeria y los sofismas.

El wokismo, llevado a sus últimas consecuencias lógicas, desemboca en una guerra civil multi-plano: hombres contra mujeres, blancos contra negros, heterosexuales contra homosexuales, «mujeres cis» contra «mujeres trans»… Su lógica es la de la división y el resentimiento. A ello debe responderse, no sólo con argumentos, sino con un cierto talante, un espíritu de magnanimidad, flexibilidad, bonhomía… El «social justice warrior» que tanto nos irrita con su fanatismo es también un ser humano; es, sí, una víctima, pero no del «machismo y racismo sistémicos» (desaparecidos, o como mínimo menos intensos que en cualquier otro momento de la Historia de la humanidad), sino de una ideología tóxica especialmente seductora para los jóvenes. El autor de este libro no lo olvida nunca.

Miklos Cseszneky reúne en su propia biografía y formación varias fibras valiosas de Occidente: la cultura centroeuropea, pero también la hispánica y la anglosajona. Es un ejemplo perfecto de homo occidentalis. Y es la supervivencia de Occidente lo que está en juego.