Una familia muy numerosa en la playa
El Debate de las Ideas
Henchid la tierra
Entre otras excentricidades, nuestra familia se caracteriza porque nos reproducimos como conejos y porque, como asegura mi cuñado Curro, estamos obsesionados con las vistas. Ambas particularidades se pusieron de manifiesto el fin de semana pasado. Teníamos previsto viajar a tierras placentinas, con la intención de ver unos olivos que mi padre y mi hermano Miguel han hecho brotar de la tierra. Como la idea era no llevar a los niños, salvo a los de pecho, primero hubo que colocar 19 criaturas, repartiéndolas entre canguros y los abuelos del otro lado. El viernes por la mañana, tras realizar las últimas gestiones, partimos los adultos: 2 abuelos, 9 hijos y 7 políticos sacramentados. Una vez en nuestro destino, bromeamos, banqueteamos y andurreamos por los caminos en busca de las mejores vistas del lugar.
El domingo íbamos de vuelta con la idea de almorzar en Trujillo, pero a María se le ocurrió hacer antes una parada y subir al castillo de Monfragüe: le habían asegurado que desde allí las vistas eran excelentes. Aunque hubo ciertos refunfuños —íbamos vestidos para cervecear a los pies de la estatua de Pizarro—, al final no nos arrepentimos. Incluso la ascensión mereció la pena, en especial por los acebuches, esos olivos rebeldes, cimarrones, más dados a la rama y al tronco que al fruto. Ya en la cima, después de pasar más fatigas de las que María había prometido, pudimos entregarnos al vicio familiar. Las vistas eran, en efecto, bellísimas. Desde la torre pentagonal se divisaba el parque nacional de Monfragüe al completo: las dulces dehesas de encinas y alcornoques, las aguas del Tajo aquietadas en las colas del embalse de Alcántara, los buitres planeando, o en sus roquedales, mirándonos sin prisas. Al nordeste, la sierra de Gredos, adusta y con sus cumbres aún nevadas. Aquello era apenas un tercio de lo que se contemplaba; los otros dos tercios, cielo, un cielo enorme y de un azul apabullante que, sin embargo, palidecía en contacto con el horizonte. Era un cuadro digno de Patinir, de un Patinir extremeño.
Otro rasgo de nuestra familia es una cierta fobia a la modernidad en todas sus expresiones, lo cual, si bien rima con el asunto de la fecundidad animal, encaja peor con nuestra pasión por el paisaje, en especial por el montañoso. En Breve tratado del paisaje, Alain Roger advierte que durante siglos la humanidad ha rechazado las montañas por su monstruosidad yerma y hostil: meras verrugas y salientes, un país horrible del que no podían sacarse más que disgustos. Lo expresó de forma modélica Étienne-Gabriel Morelly al recomendar dejar las rocas escarpadas a los «amantes desgraciados, a los hipocondríacos y a los osos», y preferir «la pendiente redondeada de una colina» o «la depresión de un bello valle».
Para que nuestros ojos se abrieran a las bellezas alpinas, se requirió que la percepción estética se enriqueciera con la categoría de lo sublime, un ensanche de la sensibilidad. Hicieron falta pioneros que, desde las artes y la filosofía, nos mostraran que la belleza natural no se agotaba en los parajes bucólicos, sino que podía elevarse altiva entre precipicios, que podía ser intimidante, peligrosa y, con todo, bella. Las montañas siempre estuvieron ahí, pero fue el siglo XVIII el que nos las descubrió. De modo que cuando cada verano acudimos a la tierra de nuestro abuelo materno y pasamos una quincena en los puertos de Tortosa-Beceite, saltando de risco en risco, sudando la gota gorda y emulando a las cabras montesas, ejercemos prácticamente de ilustrados. Nuestras botas chirucas, tan dieciochescas como una peluca empolvada. Siempre creí que los lugareños nos miraban raro porque éramos ciento y la madre, medio andaluces y dados a las excursiones intempestivas, pero ahora caigo en que quizá fuera por nuestra deplorable modernez.
La idea fundamental del tratado de Roger no es suya, sino de Oscar Wilde. El resumen sería que, en contra del pensamiento común, la vida imita al arte mucho más de lo que el arte imita a la vida. En La decadencia de la mentira afirma que el arte educa nuestra mirada, y que luego nuestra mirada puebla el mundo: «Nada se ve mientras no se ve su belleza. Entonces, y solo entonces, adquiere existencia». Incluso se atreve a sostener que las nieblas que se arrastraban por las calles de Londres no eran causadas por un fenómeno atmosférico, sino por los impresionistas, que con sus pinturas habían despertado la mirada de los londinenses a sus efectos. ¿Hubo nieblas con anterioridad en la capital inglesa? Probablemente sí, pero «nadie las veía, y por lo tanto nada sabemos de ellas. No existieron hasta que el Arte las inventó».
Como en todas las ideas de Wilde, en esta hay algo frívolo y decadente; pero, como con todas las ideas de Wilde, nos equivocaríamos si creyéramos que no hay en ella más que decadencia y frivolidad. Bien mirado, el irlandés tiene razón: nuestra mirada llena la realidad como si fuera un vaso, la colma. Si no fuera por nuestra conciencia y nuestra percepción estética, si no hubiera en el mundo más que seres inconscientes e insensibles, animales y filisteos, casi lo mismo daría que no hubiera mundo ninguno. Este nos habla porque nosotros le damos palabras con las que hablarnos; se engalana en la medida en que sabemos apreciar sus galas. En definitiva, nuestra mirada completa la creación, y hasta que algo no es percibido, gustado, no se puede decir que haya nacido del todo.
«Sed fecundos y multiplicaos», se ordena en el Génesis, y bastan los rudimentos matemáticos más básicos para comprobar que en eso mi familia ha cumplido. Pero tampoco es como para presumir, pues lo mismo les había mandado Yahvé a las aves y los peces seis versículos antes. El auténtico orgullo, lo verdaderamente humano que hemos cumplido a rajatabla, ha sido lo de «henchid la tierra»: henchirla con nuestra mirada, con esa manía por las vistas que señalaba mi cuñado Curro. Nuestra admiración habrá creado regiones enteras. Cuando le hemos señalado a un hermano el encanto de un valle, hemos propiciado ese valle, lo hemos dado a luz. Es normal que los lugares feos o anodinos nos parezcan inhabitables: ¿Cómo habitar algo que apenas existe? Es la nuestra una labor importante. Dejamos un mundo acrecentado, una herencia que espero nos redima de nuestras concesiones a la modernidad, incluso aunque hayan sido por omisión.