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Jesús Fueyo Álvarez

El Debate de las Ideas

Jesús Fueyo Álvarez, un pensador político olvidado

El mundo intelectual español es en ocasiones cicatero, y condena al olvido a personajes con mal encaje en la ideología dominante. Buen ejemplo de ello es la figura de Jesús Florentino Fueyo Álvarez, pensador, ensayista, catedrático y académico. Nacido en Langreo el 27 de febrero de 1922, hijo de militar, pasó sus primeros años en Melilla, donde su padre estaba destinado, y allí cursó el bachillerato. Licenciado en Derecho por la Universidad de Madrid, tuvo como maestros a personajes de la talla de Jaime Guasp, Javier Conde, Eloy Montero, José Gascón y Marín, José Mª de Yanguas o Carlos Ollero, y como compañeros de aula a los no menos ilustres Gonzalo Fernández de la Mora, Manuel Alonso Olea, Jesús González Pérez o Rodrigo Fernández Carvajal.

Obtuvo el doctorado con una tesis titulada Alexis de Tocqueville y la estructura de la sociedad democrática, y consiguió brillantemente una plaza de letrado del Consejo de Estado en 1947, donde ejerció su actividad en la Sección Tercera, de la que llegaría a ser Letrado Mayor. Esta sección se encargaba de las cuestiones de Interior y Administración Territorial, y allí desplegó Fueyo una especial labor para ir dando forma jurídica a los instrumentos del poder. Siempre estuvo orgulloso de pertenecer a dicha institución, como expresó Miguel Herrero en la sesión necrológica dedicada a Fueyo en la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas: «Sin duda, nuestro compañero era un hombre con espíritu de Cuerpo en el mejor sentido del término, como inserción en un orden concreto cuya articulación suprema es el Estado […] Cuando Fueyo elogia al Alto Cuerpo Consultivo, no hace la apología de un estamento privilegiado, sino de lo que considera una función sublime al servicio de la cosa pública». Acabó siendo Consejero de Estado en dos ocasiones, 1962-1970 y 1974-1977.

Consiguió por oposición la cátedra de Derecho Político en la Universidad de Santiago de Compostela (1956), pasando unos años después a ser catedrático de Teoría Política en la Universidad Complutense (1969) y de Derecho Natural en el CEU-San Pablo. Asimismo, fue profesor en la Escuela Diplomática y en la Escuela de Periodismo. Su faceta docente se completó en el Instituto de Estudios Políticos —del que llegó a ser director entre 1962 y 1969—, donde impartió diversos cursos, colaboró en sus publicaciones y dirigió la colección «Ideologías contemporáneas». Otro cargo importante que desempeñó fue el de Delegado Nacional de Prensa y Radio del Movimiento (1962), desde el que pronunció diversas conferencias en las que destacaban su claridad expositiva y sabiduría en ciencia política.

Aunque fue Procurador en Cortes (1964-1977), tuvo escasa fortuna en sus ambiciones políticas —su gran deseo era ser nombrado ministro, aunque fuese de Marina— y durante la Transición se resignó al silencio, a ese velo del olvido al que fueron condenados tantos pensadores políticos de su época. Y es que Fueyo fue leal al nuevo Estado surgido de la Guerra Civil, y utilizó su sólida formación y enorme saber para justificar intelectualmente las instituciones autoritarias del régimen de Franco. Además, aceptó con entusiasmo el legado político de Falange. Al final, si bien no se realizó políticamente, quedó en su haber una gran labor docente y la actividad al servicio de su país en el seno del Consejo de Estado.

La preocupación intelectual de Jesús Fueyo versó fundamentalmente sobre la crisis filosófico-política de la época contemporánea, del siglo que le tocó vivir. Dijo de él Manuel Alonso Olea, compañero de estudios y oposiciones, en la sesión necrológica citada: «Desde el año 1945, vivimos ambos en la turbamulta del proceso continuo de cambio en todos los planos; aprehendimos en lo que llamó Fueyo la monotonía del cambio continuo, inmersos en una historia a la que también describió como la del cambio permanente, sometidos al ritmo vertiginoso del cambio de las mentalidades y del sistema de necesidades». Ciertamente, las personas de aquella generación eran conscientes de vivir años decisivos, de moverse en un mundo muy diferente al que los había visto nacer.

Conoció y tuvo trato con Carl Schmitt, aunque su principal referencia filosófica fue Heidegger. Dominaba perfectamente el alemán y alemanas fueron sus principales referencias intelectuales. Empezó a publicar en las dos revistas fundamentales del Instituto de Estudios Políticos, a saber, la Revista de Administración Pública y la Revista de Estudios Políticos, en cuyas páginas dio muestras de una preparación intelectual muy sólida y en las que aparece claramente su deseo de analizar e interpretar el devenir social y político de su tiempo. Ensayista prolífico y erudito, su amplia y variada obra quedó dispersa en artículos, lecciones, conferencias, discursos, ensayos y otras obras de mayor fuste. A lo largo de toda su bibliografía se hace patente una faceta erudita traducida en multitud de citas y referencias, en una clara muestra de su gran conocimiento de los temas que trataba.

Así, es autor de obras como Esquema de la subversión de nuestro tiempo (1958), donde analiza el proceso de descomposición de las categorías de la metafísica tradicional y su proyección en el plano político y social. En una conferencia titulada Humanismo europeo y humanismo marxista, que pronunció en el II Congreso Internacional de Cultura Europea celebrado en Bolzano en agosto de 1957, confrontó críticamente las variaciones temáticas de los distintos humanismos de raíz europea, desde el humanismo cristiano tradicional a la filosofía del joven Marx. En La época insegura (1962) recopiló una serie de artículos y colaboraciones donde analizaba el giro radical de la sociedad contemporánea como consecuencia de los cambios de mentalidad y del proceso de aceleración histórica que a su juicio se estaban produciendo. Sobre el mismo tema y en las mismas fechas publicó los opúsculos Pueblo y Estado: La crisis contemporánea de la integración política del pueblo (1962), Desarrollo político y orden constitucional (1964). Por otro lado, y con motivo del 28 aniversario de la muerte de José Antonio Primo de Rivera, pronunció en Barcelona un discurso titulado Sistema político y voluntad de futuro (1964).

En La mentalidad moderna (1967) vuelve a ocuparse del giro de fondo que ha experimentado la mentalidad occidental a partir de la constitución del Estado moderno, así como la dialéctica de sus variantes a través de la Reforma, la Ilustración y la Revolución Francesa. Buena parte de su pensamiento político queda recogida en Estudios de teoría política (1968), obra en la que reflexiona sobre las nociones fundamentales de la ciencia política con diversos estudios jurídico-políticos sobre temas de filosofía social, de teoría política, sobre el poder e historia de las ideas, ensayos todos ellos donde se aprecia plenamente su altura intelectual.

Su principal éxito editorial fue La vuelta de los budas.

(1973), calificada por algunos como «ese raro género de obras que nada más surgir a la luz, ya demandan imperiosamente el calificativo de clásicas». Obviamente, el título es metafórico, pues no alude simplemente al budismo, sino a la aparición o retorno de mentalidades que buscan escapar del conflicto político y del sentido histórico. Es una obra compleja en la que combina reflexión filosófica, historia de las ideas y elementos literarios o simbólicos. El eje central del libro es la idea de que la civilización occidental atraviesa una profunda crisis de sentido que ha debilitado los fundamentos tradicionales de la sociedad, la política y la cultura. El autor describe una sociedad que ha perdido su identidad y sus bases espirituales, lo que provoca desconfianza hacia el Estado y hacia la clase política, percibidos como estructuras sin fundamento sólido. Fueyo interpreta ciertos rasgos del mundo moderno, como el igualitarismo, como formas de evasión o disolución del individuo en lo colectivo, comparándolos con una especie de «nirvana social». En ese sentido, el libro plantea que la modernidad tiende a sustituir proyectos históricos fuertes por aspiraciones de paz, equilibrio o neutralidad, que podrían acabar diluyendo el impulso creador de las civilizaciones.

No se puede concluir este esbozo biográfico e intelectual de Jesús Fueyo sin mencionar su paso por la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas. En efecto, Fueyo fue uno de los muchos catedráticos y pensadores políticos asturianos que han engrosado las filas de esta institución.

Resultó elegido el 18 de diciembre de 1979 para la medalla nº 33, vacante por el fallecimiento de Alberto Martín Artajo, a propuesta de los académicos Carlos Ollero, Manuel Alonso Olea y Leopoldo-Eulogio Palacios. Ingresó en la Academia el 6 de octubre de 1981, donde leyó un discurso titulado Eclipse de la historia, siendo contestado en nombre de la corporación por Manuel Fraga.

En consonancia con su obra anterior, en este discurso reflexiona el nuevo académico sobre la crisis del sentido histórico en el mundo contemporáneo y sobre el papel que la historia ha tenido en la comprensión del ser humano y de la cultura occidental. Su tesis principal es que el hombre contemporáneo parece estar perdiendo la capacidad de entender su realidad a través de la historia. Según el texto, vivimos una época en la que el presente se separa del pasado y el futuro se vuelve incierto, lo que provoca una especie de «oscurecimiento» (eclipse) del sentido histórico. Y es que durante siglos la historia ha sido la forma fundamental mediante la cual el ser humano ha interpretado su existencia, su cultura y su destino. Filósofos como Vico, Hegel o Dilthey defendieron que la historia es la expresión del desarrollo humano y el principal medio para comprender el mundo y proyectar el futuro. Sin embargo, el siglo XX habría provocado una ruptura en esa visión debido a guerras, avances tecnológicos y cambios sociales acelerados, que generan una sensación de pérdida de sentido del tiempo histórico.

También analiza cómo la conciencia histórica no ha sido universal en todas las culturas ni en todas las épocas. Señala que la concepción occidental de la historia surge principalmente en Grecia y se consolida en la tradición europea, donde se interpreta el tiempo como un proceso con significado y dirección; en contraste, otras civilizaciones han entendido el pasado de forma más mítica o simbólica. Finalmente, advierte el nuevo académico que la posible desaparición o debilitamiento de la visión histórica podría tener consecuencias graves, ya que la historia ha sido el fundamento de los sistemas morales, políticos y culturales de Occidente. El «eclipse» de la historia simboliza, por tanto, una crisis profunda en la manera en que el ser humano se comprende a sí mismo y orienta su futuro.

Fueyo encontró un buen acomodo en esta Academia, centro interdisciplinar de debates y discusiones en el que siempre recalaron muy diversos profesionales y pensadores de las ciencias sociales sensu lato. Así, en los años previos y posteriores a su ingreso hicieron lo propio el sociólogo Salustiano del Campo, el pedagogo Víctor García Hoz, el jurista Jesús González Pérez, el psicólogo José Luis Pinillos o el economista Luis Ángel Rojo.

No solo escribió Fueyo sobre la crisis ideológica y cultural del mundo contemporáneo, su tema predilecto; colaboró, por ejemplo, en el homenaje que la Academia tributó a Juan Pablo II con motivo de su visita pastoral a España en 1982. En dicho homenaje publicó un trabajo titulado La relación transcendental de Cristo con el hombre en el pensamiento teológico de Karol Wojtyla. A lo largo de los 12 años en que fue académico pronunció diversas conferencias que están publicadas en los Anales de la Real Academia ( y accesibles a través de su página web): El problema de la representación en las democracias de masas (Anales, 60, 1983), Sobre la inteligencia política (Anales, 63, 1986), Sobre Heidegger y el nacional-socialismo (Anales, 65, 1988), Europa y la revolución del Este (Anales, 67, 1990), Reflexión sobre la época ahistórica (Anales, 68, 1991), El mundo postsoviético (Anales, 69, 1992) y La crisis moderna del principio de realidad (Anales, 70, 1993), leída esta última pocos meses antes de su fallecimiento. Como puede observarse, su análisis no fue ajeno a la actualidad de la época, y analizó la caída del comunismo como el momento de gran magnitud y aceleración histórica que supuso.

En sus últimos años, angustiado intelectualmente, se agudizó su desencanto ante las crisis de las categorías jurídico-políticas, que ya veía como destrucción del derecho y de la política. Tuvo tiempo, finalmente, para impartir sendos cursos de tercer ciclo en el Instituto de España con los títulos de «Dialéctica de las ideologías» (1990-1991) y «La crisis de la modernidad» (1991-1992).

Jesús Fueyo falleció en Madrid el 12 de junio de 1993. Además de Colegiado de Honor del Colegio de Doctores y Licenciados en Ciencias Políticas, estaba en posesión de las grandes cruces de Alfonso X el Sabio y de la Orden de San Raimundo de Peñafort, de la Gran Cruz del Mérito Militar con distintivo blanco y de las Encomiendas de las Órdenes de Cisneros y del Mérito Civil.

En conclusión, Jesús Fueyo Álvarez fue un intelectual de gran erudición y profundidad filosófica que dedicó su vida al estudio de la política, la historia y la crisis espiritual de la modernidad, combinando su labor académica con el servicio al Estado y una clara implicación en las instituciones de su tiempo. Aunque su pensamiento estuvo vinculado al contexto político surgido tras la Guerra Civil y por ello quedó relegado en la memoria colectiva, su obra destaca por su rigor, su capacidad de análisis y su preocupación por el debilitamiento de los fundamentos culturales e históricos de Occidente. Su legado permanece como el de un pensador serio y comprometido, cuya aportación intelectual refleja el esfuerzo por comprender y dar sentido a las profundas transformaciones del siglo XX.