A través de los ojos de Carl Bloch, pintor académico danés reconocido por sus pinturas sobre la vida y el ministerio de Jesucristo, vemos representada la última estación del Vía Crucis. El cuerpo de Cristo, envuelto en una sábana de lino, descansa sobre un féretro de madera a la entrada del sepulcro, mientras José de Arimatea dirige su colocación desde la abertura excavada en la roca. Nicodemo, siguiendo la tradición funeraria judía, dispone las especias aromáticas, completando los preparativos del entierro. A los pies de Jesús se reúnen los dolientes: san Juan, que sostiene la corona de espinas, acompaña a la Virgen María y a María Magdalena en un silencio cargado de dolor contenido. Sin embargo, al tercer día encontraremos el sepulcro vacío como «signo de victoria definitiva de la verdad sobre la mentira, del bien sobre el mal, de la misericordia sobre el pecado, de la vida sobre la muerte», reflexionó san Juan Pablo II. Bloch representa esta esperanza a través de las flores blancas como anticipo de la Resurrección, transformando la escena en una meditación sobre la muerte que se abre a la vida.