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El presidente de la Bienal de Venecia, Pietrangelo Buttafuoco

El presidente de la Bienal de Venecia, Pietrangelo ButtafuocoEP

La Bienal de Venecia cambia las reglas: los visitantes elegirán a los ganadores tras la dimisión del jurado

En 2021, la Bienal tuvo que recurrir a esta medida excepcional debido a la pandemia del COVID-19

La polémica en torno a la 61.ª edición de la Bienal de Arte de Venecia, uno de los foros artísticos más importantes del mundo, ha ido creciendo progresivamente hasta desembocar en una crisis institucional, artística y diplomática sin precedentes.

El punto de partida de esta situación se encuentra en la decisión de la organización de permitir la participación tanto de Rusia —vetada desde 2022— como de Israel, una medida que generó un intenso debate en las semanas previas al evento.

En este contexto, el jurado internacional fijó su postura en una declaración difundida el 23 de abril, en la que defendía que debían quedar fuera de la competición aquellos países cuyos líderes estuvieran «acusados de crímenes de lesa humanidad». En el marco del proyecto curatorial de Koyo Kouoh, afirmaron su intención de expresar un compromiso firme con la defensa de los derechos humanos.

Sin embargo, la organización mantuvo su decisión inicial. Esta discrepancia llevó a los cinco miembros del jurado a dimitir en bloque. Según un comunicado difundido en E-Flux, la renuncia se produjo «en respeto» a su propia posición de excluir a ambos países de los premios.

La dimisión tuvo consecuencias inmediatas en la estructura del certamen. Tras la salida del jurado, la Bienal anunció la cancelación de la ceremonia oficial de entrega de premios prevista para el 9 de mayo, día de la inauguración. En su lugar, la proclamación de los ganadores se trasladó al 22 de noviembre, coincidiendo con la clausura de la exposición. Además, se introdujo un cambio significativo: serán los propios visitantes quienes decidan los galardonados.

En paralelo, la organización confirmó la readmisión en la competición de Israel y la Federación Rusa. Ambos países podrán optar a los dos únicos premios que se mantendrán: Mejor Artista y Mejor Pabellón Nacional, una decisión impulsada por el presidente de la Fundación Bienal de Arte de Venecia Pietrangelo Buttafuoco.

La institución defendió esta postura apelando a los principios de inclusión, igualdad de trato y rechazo de cualquier forma de censura, subrayando que la Bienal debe ser un espacio de apertura, diálogo y libertad artística. «Esto es coherente con el espíritu fundacional de la Bienal de Venecia, basado en la apertura, el diálogo y el rechazo de cualquier forma de cierre o censura. La Bienal aspira a ser —y debe seguir siendo— un espacio de tregua en nombre del arte, la cultura y la libertad artística», reza el comunicado de la institución.

Desde el inicio de la controversia, Buttafuoco ha sostenido que el arte no debe excluir a nadie. En esa línea, ha reivindicado la Bienal como un lugar de encuentro para países como Rusia, Ucrania, Israel, Palestina o Irán, especialmente en un contexto internacional delicado.

Esta posición ha generado inquietud tanto en la Unión Europea como en el Gobierno italiano, particularmente en el ministro de Cultura, Alessandro Giuli, quien ha mostrado reservas ante la participación rusa. De hecho, ni él ni el comisario europeo de Cultura, Glenn Micallef, asistirán a la inauguración, al considerar que la decisión de la Bienal es incompatible con la posición de la UE.

En el ámbito político italiano también han surgido discrepancias. El viceprimer ministro Matteo Salvini respaldó abiertamente la decisión de Buttafuoco, celebrando que la Bienal sea «autónoma y democrática».

Las tensiones se han trasladado igualmente al plano artístico. Belu-Simion Fainaru, representante de Israel en el certamen, calificó de «discriminatoria» y «racista» la idea de excluir a su país de los premios, defendiendo que los artistas deben ser juzgados únicamente por la calidad y el mensaje de su obra.

A todo ello se suman las presiones externas, como las cartas de protesta de colectivos de artistas y comisarios —entre ellos Art Not Genocide Alliance— que pedían la exclusión de Israel, y la amenaza de la Unión Europea de retirar su financiación, cifrada en dos millones de euros, por un posible incumplimiento de las sanciones contra Rusia.

En este contexto, la Bienal de Venecia llega a su apertura marcada por la incertidumbre. Sin jurado, con los premios aplazados, con Rusia e Israel readmitidos y con el público convertido en árbitro final, el certamen afronta su inicio en medio de una crisis que ha alterado por completo su funcionamiento habitual, incluso antes de que la exposición haya abierto oficialmente sus puertas.

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