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Ilustración con el logo del Partido ComunistaLu Tolstova

El Debate de las Ideas

Un rechazo del Logos: el islam y el comunismo

Últimamente, la alianza ideológica entre algunos sectores del mundo islámico y el socialismo en, por ejemplo, lo relativo a la forma de analizar lo que sucede en Oriente Medio, ha vuelto a ponerse de manifiesto. Quienes enarbolan carteles con la consigna «Tax the Rich» defienden a Hamás o al régimen de los ayatolás iraníes.

Si atendemos a la historia, este fenómeno no es ninguna anomalía. Durante la Guerra Fría, la Unión Soviética ya apoyó el terrorismo islámico. ¿Qué impulsa esta alianza? ¿Se trata simplemente de un desprecio compartido por la libertad, ausente tanto en las utopías marxistas como bajo la ley islámica, la sharia? ¿O existe una conexión más profunda y fundamental?

El islam y el comunismo, a pesar de sus diferencias, comparten un común rechazo al logocentrismo, un concepto fundamental en el cristianismo y el judaísmo. Este rasgo común alimenta la hostilidad de musulmanes y comunistas hacia estas religiones y condiciona el modo en que conciben la verdad y la moralidad. Comprender esta dinámica es fundamental para dar una respuesta ética a los retos globales a que nos enfrentamos.

El «logocentrismo», del griego logos («palabra» o «razón»), postula una verdad absoluta que sustenta la realidad. Para los cristianos, se trata del Logos encarnado en Jesucristo, la Palabra eterna por medio de la cual fueron hechas todas las cosas (Juan 1, 1-14). Este Logos divino es la verdad última e inmutable. El judaísmo se centra de manera similar en la Torá, la ley revelada por Dios, una guía inmutable para la vida. Ambas tradiciones sostienen que la verdad no es una construcción humana, sino una realidad divina: absoluta, trascendente y que deriva de la naturaleza de Dios. Este fundamento da forma a sus cosmovisiones, dándoles un ancla moral en un mundo caótico.

El islam, aunque monoteísta, se aleja de esta tradición logocéntrica. El Corán es venerado como la palabra literal de Alá, pero su aplicación suele dar prioridad al mandato divino por encima de un principio racional y universal. La doctrina del tawhid —el monoteísmo absoluto— afirma la soberanía de Alá, pero esta soberanía no está sujeta a un Logos coherente y cognoscible. Por el contrario, la voluntad de Alá reina suprema, a menudo más allá de la capacidad de comprensión humana. La frase Inshallah —«si Dios quiere»— refleja esta visión: todo es contingente y depende del decreto divino, que puede desafiar la lógica. Esta flexibilidad teológica fomenta un enfoque relativista, en el que la verdad y la moralidad cambian según la voluntad de Dios, y el actuar humano debe someterse a la intención divina. A diferencia del Logos o de la Torá, el islam carece de un centro fijo y racional, dando prioridad a la sumisión sobre el razonamiento.

El concepto de taqiyya, un disimulo permitido principalmente en el islam chií, ilustra esta divergencia. Si bien las enseñanzas islámicas promueven el ser veraz (Sura At-Tawbah 9:119), la taqiyya permite a los creyentes ocultar su fe o mentir ante la persecución (Sura An-Nahl 16:106). Aunque depende del contexto, pone de relieve un precedente en el que la verdad puede subordinarse a otros fines, eminentemente pragmáticos. En contextos modernos, algunos musulmanes han utilizado la taqiyya para justificar el engaño, adaptándola para promover la yihad. El estilo retórico y no lineal del Corán, arraigado en la tradición oral árabe del siglo VII, lo aleja aún más de la coherencia sistemática del logocentrismo. Este estilo enfatiza la sumisión (islam) por encima de la verdad racional. A diferencia del Logos del cristianismo o de la Torá legal-racional del judaísmo, el islam se centra en la soberanía divina, a menudo a expensas de un núcleo estable y lógico.

El comunismo, tal y como lo expusieron Marx y Engels, adopta una postura diferente pero igualmente antilogocéntrica. Al ser una ideología materialista, niega la verdad trascendente y considera la historia como una sucesión de luchas de clases impulsadas por fuerzas económicas. La verdad y la moral son producto de las condiciones materiales, no de principios eternos. No existe ningún logos divino ni ninguna ley sagrada, sino únicamente el materialismo dialéctico.

La religión, especialmente el cristianismo y el judaísmo, es desacreditada como el «opio del pueblo», una herramienta de opresión burguesa. La hostilidad del comunismo hacia estas religiones es filosófica: sus pretensiones de verdad absoluta amenazan el núcleo relativista del marxismo. Al reducir la verdad a dinámicas socioeconómicas, el comunismo rechaza cualquier norma trascendente. Quizás esto explique el odio de Marx hacia los judíos, a quienes culpaba de «corromper» a los cristianos, tal y como expresó en su ensayo «Sobre la cuestión judía».

Este enfrentamiento filosófico tiene consecuencias en el mundo real. A lo largo de la historia, la expansión del islam entró en conflicto con las comunidades cristianas y judías, desde la conquista de Jerusalén hasta la caída de Constantinopla. Las disputas teológicas —el rechazo del islam a la Trinidad o a la divinidad de Cristo— ponen de manifiesto su oposición al logocentrismo cristiano.

De manera similar, los regímenes comunistas han perseguido a los creyentes religiosos, desde las purgas de Stalin hasta la represión de cristianos y musulmanes uigures en China. El rechazo común de la verdad absoluta en el islam y en el comunismo explica su frecuente alineamiento contra Occidente y su herencia judeocristiana. Ambos consideran como enemigas a las religiones que defienden una verdad inmutable.

Esta lucha se libra entre visiones contrapuestas de la verdad. El cristianismo y el judaísmo presentan la verdad como algo eterno, derivado de la naturaleza de Dios. El islam y el comunismo, al rechazar esta concepción, presentan un mundo en el que la verdad es fluida, contingente y dependiente de la voluntad divina o de las fuerzas materiales, y a menudo subordinada al poder. Para quienes se adhieren a una cosmovisión forjada por Atenas, Roma y Jerusalén, la tarea es clara: defender el Logos en un mundo a la deriva sumido en el relativismo.

  • Publicado originalmente en The European Conservative