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El Debate de las Ideas

Liberalismo y catolicismo: ¿compatibles o irreconciliables? La libertad negativa frente a la libertad para el bien

Yo afirmo, sin embargo, que puede hablarse de «liberalismo» y que existe un hilo «invisible» que une las tesis de Constant y las de Von Mises, las de Locke y las de Rawls

¿Puede hablarse, en rigor, del liberalismo? Los expertos señalan su pluralidad. ¿Qué tienen que ver Locke con Hayek, Constant con Tocqueville, Hobbes con Nozick? ¿No es acaso un fenómeno demasiado amplio, demasiado plural, como para designarlo con un término común? «Liberalismo» sería apenas un flatus vocis, el recurso arbitrario de quienes simplifican la realidad porque son incapaces de explicarla en su complejidad. No habría un liberalismo, sino muchos; no una tradición, sino una maraña. Antes de sentenciar su incompatibilidad con la fe católica, deberíamos aclarar de qué liberalismo hablamos: si del progresista o del conservador, si del radical o del moderado.

Yo afirmo, sin embargo, que puede hablarse de «liberalismo» y que existe un hilo «invisible» que une las tesis de Constant y las de Von Mises, las de Locke y las de Rawls. Como dice Danilo Castellano, el liberalismo es fenomenológicamente plural y esencialmente unitario. Nuestro propósito, según creo, es descubrir el lecho oculto bajo la hojarasca, rastrear los rasgos que hermanan estas teorías aparentemente diversas, encontrar algo así como un mínimo común denominador. ¿Qué comparten, pese a sus diferencias, todos los pensadores liberales? ¿Es esta esencia común compatible con la fe católica?

Como Hobhouse, teórico liberal, creo que el liberalismo «es un movimiento de liberación, una remoción de obstáculos y de apertura de canales para el flujo de actividades libres, espontáneas, vitales». El liberalismo defiende una libertad negativa, esto es, la libertad ejercida con el solo criterio de la libertad (es decir, sin ningún criterio). El liberal concibe la libertad tan sólo como autodeterminación o como emancipación: liberación de la condición finita, liberación de la propia naturaleza, liberación de la autoridad, liberación de las necesidades, etc. Como señala William Cavanaugh, nada más opuesto a una idea católica de la libertad:

La libertad, desde el punto de vista de san Agustín, no consiste simplemente en la falta de interferencia externa. La visión de la libertad que tiene san Agustín es más compleja: la libertad no es simplemente una libertad negativa de, sino una libertad para, una capacidad para lograr ciertas metas que valen la pena. Todas esas metas se integran en el telos que rige la totalidad de la vida humana, el retorno a Dios.

Para san Agustín no es libre quien carece de interferencias, sino quien sirve al bien; no se libera quien elige sin impedimentos, sino quien elige rectamente. En ocasiones se afirma que el liberalismo reclama para el hombre una libertad divina. Es una visión imprecisa por optimista. Aunque omnipotente, Dios no puede hacer el mal; se negaría a sí mismo si lo hiciese. La libertad liberal, la libertad entendida como autodeterminación no es la libertad de Dios, sino la del diablo.

El liberalismo se revuelve contra el telos que menciona Cavanaugh, considerado opresivo. Si la Iglesia afirma la existencia de una finalidad intrínseca al hombre —«nos hiciste para ti, Señor, y nuestro corazón estará inquieto hasta que descanse en Ti»—, el teórico liberal la descarta. No habría un fin inherente y, como tal, ineludible. El individuo liberal, señor de sí mismo, decide autónomamente los horizontes a los que encaminarse. Ya no estaría llamado a la realización en el bien, sino a la autodeterminación, aunque sea en el mal. Ya no estaría constreñido por una vocación natural, sino empoderado por una soberanía irrestricta. En un célebre pasaje de La libertad de los modernos, Benjamin Constant asegura que libertad es también, por supuesto, «libertad para abusar». Hayek, más grandilocuente, erige al individuo en «juez supremo de sus fines». Incluso Marcello Pera, referente liberal conservador, afirma el derecho de «escoger y perseguir la propia concepción del bien» siempre que sea compatible con las normas públicas.

Se entiende entonces que el liberalismo degrade el quehacer político. El fin de la política no estribaría en procurar el bien común —incognoscible en el mejor de los casos, inexistente en el peor—, sino en neutralizar el conflicto. El político no habría de afanarse en fomentar la virtud, como afirmaba santo Tomás, sino apenas en garantizar una coexistencia pacífica. Ya no se trataría, bajo ningún concepto, de conducir a los gobernados a una excelencia. ¿No se incurriría de ese modo en un intolerable paternalismo? ¿No se sentarían las bases de una opresión? El liberalismo conlleva una visión escuálida de la vida pública: no tendría que ocuparse de nada salvo de la gestión de derechos subjetivos, de la supervisión de las relaciones contractuales, de la custodia de la libertad individual. El rey degenera así en árbitro. La política decae en gestión. El poder, antaño un bien herido, se revela tan sólo como un mal necesario.

La conclusión se impone por sí sola. Sin un fin compartido, sin un bien común, la comunidad no puede ser más que una suma amorfa de individuos condenados a la cohabitación, como los reos en el presidio, como los réprobos en el infierno.

Este texto es una versión de la intervención de su autor en el debate titulado «Verdad y libertad. Sobre la posibilidad de un liberalismo católico» que tuvo lugar en el Real Círculo de Labradores de Sevilla el pasado 24 de febrero de 2026.