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España existía; México, no

¿Fue el Imperio español la encarnación misma de la barbarie que los progres como Sheinbaum quieren hacernos creer? En modo alguno

Isabel Díaz Ayuso y Claudia SheinbaumGTRES

Hemos asistido estos últimos días a la enésima polémica absurda, nacida, como las anteriores y las que vendrán, de la inveterada manía de los políticos de servirse de la historia como arma arrojadiza en el debate público. Me refiero, claro está, al revuelo provocado por el intercambio de exabruptos, que no argumentos, entre esas dos mujeres de armas tomar que son la presidenta de la Comunidad de Madrid, Dª Isabel Díaz Ayuso, y la de los Estados Unidos Mexicanos, Dª Claudia Sheinbaum Pardo.

No se trata aquí de tomar partido, sino de aclarar las cosas. Razón no tenía ninguna de ellas; razones, ambas. Pero se hace necesario desfacer entuertos, como diría don Quijote, pues la polémica ha sacado a la luz cuantos tópicos circulan en nuestros días sobre el pasado español y ha revelado, una vez más, cuánta es la ignorancia histórica del vulgo y, por ende, qué fácil resulta manipularlo.

México no existía en 1519

México, desde luego, no existía en 1519; España, sí. Lo que había en las tierras hoy regidas, con permiso de los narcos, por Dª Claudia era un estado rudimentario, el Imperio de la Triple Alianza. Había nacido en 1428 y lo integraban los altépetl o ciudades-estado de México-Tenochtitlan, Tetxcoco y Tlacopan, que dominaban por la fuerza un territorio comparable a la mitad de la península Ibérica en el que habitaban numerosos pueblos culturalmente distintos. La guerra no cesaba, pues los mexicas no solo deseaban someter a sus vecinos, sino allegarse un suministro continuo de prisioneros para sacrificarlos a su dios Huitzilopochtli a Tláloc solo le gustaban los niños y devorar luego sus cuerpos.

Lo que había, sin embargo, en la Iberia de entonces era un estado que, dentro y fuera de sus fronteras, nadie conocía por otro nombre que el de España. No era, por supuesto, una nación en el sentido moderno, pues tal cosa no existió hasta mucho después, pero sí una monarquía compuesta, como lo eran todas entonces, en la que el poder del soberano había de vérselas con una plétora de fueros locales y regionales que amparaban privilegios heredados del Medievo.

La conquista no supuso la sustitución completa de un mundo por otro, sino la fusión de dos mundos en uno nuevo que poseía elementos de ambos

Ciertamente, cuando Cortés y los suyos desembarcaron en la futura Veracruz el Jueves Santo de 1519, no llegaron allí buscando obrar el bien, sino hacerse ricos pronto y con poco esfuerzo, cayera quien cayera. Tras varios años de lucha, en la que los españoles contaron con ayuda de los pueblos indígenas sometidos, el Imperio mexica se desmoronó y sobre sus ruinas se levantó un nuevo Estado que se duró tres siglos. Sin embargo, ni su construcción fue obra exclusiva de los españoles ni la sociedad sobre la que se levantó careció por completo de elementos propios de la cultura anterior. La conquista no supuso la sustitución completa de un mundo por otro, sino la fusión de dos mundos en uno nuevo que poseía elementos de ambos. El México actual es hijo de ese mundo, no del Imperio mexica.

¿Fue el Imperio español la encarnación misma de la barbarie que los progres como Sheinbaum quieren hacernos creer? En modo alguno. Por supuesto, se trataba de un imperio, y los imperios nunca nacen del refrendo voluntario de quienes los sufren. Su construcción supuso incontables abusos, violencia y muerte. Pero el español no fue peor que muchos otros, y sí mejor que algunos, o al menos trató de serlo, aunque no siempre lo lograra.

El oro y la plata

No cabe negar que la presencia española destruyó en gran medida, aunque no por completo, las civilizaciones que encontró a su llegada a tierras americanas, ni que causó una hecatombe demográfica, aunque más como fruto de las epidemias que de la evidente brutalidad del trato hacia los indígenas.

Tampoco puede obviarse que los pueblos conquistados fueron evangelizados por la fuerza, a pesar de que la doctrina cristiana lo prohibía explícitamente, sin respeto alguno hacia sus creencias. Por último, es necesario asumir que los nativos fueron integrados en un sistema colonial que enriqueció a muchos emprendedores de origen peninsular; sufragó la construcción de notables infraestructuras civiles y militares, y drenó hacia las arcas del Estado una enorme cantidad de oro y plata que ayudó a sostener el formidable esfuerzo militar que la Monarquía hispánica hubo de asumir en defensa de sus territorios europeos entre los siglos XVI y XVII.

Sus monarcas concedieron enseguida a la población local derechos que la doctrina cristiana consideraba inherentes a la condición humana

No obstante, los españoles debatieron con franqueza desde el primer momento acerca de la legitimidad de su derecho a ocupar las tierras americanas y a someter por la fuerza a sus pobladores. Sus monarcas concedieron enseguida a la población local derechos que la doctrina cristiana consideraba inherentes a la condición humana, prohibiendo que se la esclavizara y preocupándose incluso por su bienestar, aunque la mayor parte de las leyes que así lo disponían se cumplieran en muy escasa medida y terminaran por ceder ante la desmedida codicia de los colonos.

Sus sacerdotes y funcionarios se interesaron, de igual modo, por conocer sus lenguas y culturas, aunque obraran movidos por el deseo de recaudar más tributos y evangelizarlos con mayor facilidad antes que como fruto de un interés genuino por sus instituciones, costumbres y creencias. Y, sobre todo, en ningún momento levantaron muros impermeables entre peninsulares e indígenas, e incluso cuando el número de estos últimos empezó a disminuir, los nuevos esclavos de origen africano se integraron también en el seno de una sociedad que, gracias a su elevado mestizaje, permitió la supervivencia de lo autóctono y su hibridación con lo colonial para dar lugar a un mundo en verdad distinto de los dos, a un tiempo europeo y americano.

Ah, y se me había olvidado: Colón llamó Española a la isla que los taínos, en su lengua arahuaca, conocían como Haití cuando la alcanzó el 5 de diciembre de 1492. Y Cortés escogió Nueva España, no Nueva Castilla ni Nuevo Aragón, para denominar el territorio que luego sería México. Y eso que España no existía, ¿verdad, señora Sheinbaum?

Luis E. Íñigo es historiador e inspector de educación