Con toros flojos y descastados de cuatro ganaderías, no hay arte que valga
Un toro al corral, después de diecinueve descabellos de Pablo Aguado
José María Manzanares, este jueves en Las Ventas
Como las demás artes, la Tauromaquia es un mundo muy amplio, rico y variado. El miércoles, tres diestros que torean poco lidiaron los temibles –se supone, aunque luego no lo fueron tanto– toros de Saltillo. Esta tarde, en cambio tres primeras figuras, los tres de la línea artística, lidian una noble –también se supone– corrida de El Puerto de San Lorenzo.
Por séptima vez, se coloca el cartel de «No hay billetes»; más aún, ésta fue una de las primeras corridas de esta Feria que logró ese éxito. La influencia benéfica del ministro Urtasun sobre la Fiesta se mantiene invariable, en lo que toca a la asistencia de público; no así, me temo, en la fuerza y la casta de las reses.
Se lidian toros salmantinos de El Puerto de San Lorenzo (1º y 3º) y La Ventana de El Puerto (5º y 6º) más dos sobreros: 2º bis, de José Vázquez; 4º bis, de El Freixo. Todos, flojos, con poca casta, deslucidos.
El cartel de toreros de esta tarde busca la armonía, no el contraste: los tres pertenecen a la misma línea estética. Con toros así y diestros conformistas, el resultado es desastroso: seis silencios; ni una ovación; un toro al corral.
José María Manzanares, con el primero de esta duodécima corrida de la Feria de San Isidro
Cualquier aficionado conoce de sobra las cualidades de José María Manzanares: el empaque natural, la solemne elegancia. Superó ya una mala racha de salud pero sigue sin estar a su nivel. ¿Qué le sucede a José María? La verdad, no lo sé. Si antes conseguía con facilidad la armonía, ahora le cuesta mucho más esfuerzo: se advierte en los toques bruscos, las voces, la irregularidad con la espada (antes, su gran arma). El arte –definió certeramente Leonardo de Vinci– es «cosa mentale». Pero la sabiduría popular taurina afirma que «el que tiene la moneda (la onza, decían antes) la cambia». ¿Cuándo la recuperará Manzanares? Sólo está anunciado esta tarde, en este San Isidro.
El primero se llama Cardilisto (un nombre ilustre, en esta ganadería): mete bien la cara en las verónicas de recibo pero flojea mucho, apenas lo pican. Con un toro parado, resuelve bien las banderillas el malagueño Juan José Trujillo. En el segundo muletazo, el toro está en el suelo: ¡desastre! El público se encrespa con razón, el trasteo no tiene emoción alguna: un espectáculo triste, lamentable. No hay nada que hacer en absoluto. Mata fácil. Resumen: cero.
Si no hubiera sido el primero de la tarde, lo hubieran devuelto por flojo. Pero algunos profesionales continúan cantando la nobleza y el buen fondo de este tipo de toros…
Recibe José María con suaves lances al cuarto, que en seguida pierde las manos: lo devuelven. El sobrero es de El Freixo, la ganadería de El Juli: es astifino, corretón, cumple en el caballo, embiste sin clase, engancha la muleta. Manzanares no ha estado a gusto con él en ningún momento. Se lo quita de delante pronto: una tarde muy gris.
A la pareja sevillana que hoy torea en Las Ventas, Juan Ortega y Pablo Aguado, no les ha costado demasiado heredar la pasión de su tierra por el toreo estético, de calidad. (La verdad es que, hoy en día, abundan los pegapases y las faenas interminables). Desde muy pronto, se les viO a los dos como los aspirantes a continuar la línea de Curro Romero, de Pepe Luis hijo, a Morante…
No olvidemos que Madrid ha tenido siempre predilección por esa estética sevillana: Curro abrió más veces la Puerta Grande de Las Ventas que la de la Maestranza. Eso sí, cuando no hay toros, el público madrileño solía manifestarse con más aspereza. No sé si el nuevo público mantiene esa dura exigencia…
Ortega y Aguado tienen personalidad y buen gusto, sin duda. Creo que les faltan claramente dos cosas: resolver las dificultades de los toros complicados y redondear las faenas. Dentro de eso, el estilo de Juan es más trianero, arrebatado, belmontino: las medias verónicas y los molinetes lo demuestran claramente.
Acude bien al caballo el segundo toro pero se derrumba y lo devuelven. (El primero parecía todavía más flojo). El primer sobrero es de José Vázquez, de encaste Domecq. El animal sale huido y pierde en seguida las manos, aunque apenas lo pican. En el segundo muletazo, por alto, el animal se derrumba: ¡horror! Y continúa flaqueando: crece la bronca. Juan Ortega no ha podido dar ni un lance ni un muletazo lucido. Se lo quita de delante rápido.
Queda corto en el intento de lances de recibo el quinto, un bonito colorao chorreado en verdugo, ojo de perdiz. Lo pican trasero, empuja; espera, en banderillas. El toro humilla pero queda corto. Comienza Ortega con torería: unos pocos muletazos por bajo, muy pocos y no todos limpios. Ha habido estética pero ha faltado dominio. Corta pronto, machetea y mata desprendido.
Juan Ortega, con el quinto de la tarde, colorao chorreado en verdugo, ojo de perdiz
Supera los 600 kilos el tercero; lo pican muy poco pero no se derrumba, como los anteriores. «¡Albricias y pan de Madagascar!», se decía en tiempos de Lope de Vega, cuando sucedía algo extraordinario… Tampoco Aguado ha logrado ni un lance lucido. Una tarde más, se luce con los palos Iván García. Este toro sí que aguanta y Pablo traza derechazos con naturalidad, su gran virtud. Como hasta ese momento no habíamos visto nada en absoluto, estos correctos muletazos saben a a gloria pero el animal se abre al final de cada pase, desluce la reunión y se raja a tablas. Después de un pinchazo en lo alto , anoto que Aguado ha dado diecinueve descabellos: tres avisos.
El diestro no ha alterado el ademán. Antes, escuchar tres avisos en Madrid se interpretaba como una tragedia, algo que había que evitar, a toda costa; ahora, se considera, simplemente, un accidente de la lidia…
Una vez más, repito algo que me parece evidente: tantos descabellos suponen un feísimo espectáculo. Además de limitar el tiempo de la faena, habría que limitar el número de pinchazos y de descabellos. Estoy seguro de que nadie me hará caso.
Pablo Aguado con el sexto de la tarde, un toro negro listón salpicado de 545 kilos
El sexto, negro listón salpicado, echa las manos por delante, por la falta de fuerza; sale suelto del caballo. Intenta Pablo Aguado el primer quite de la tarde (¡qué pena!) pero no logra lucirse. Tras los ayudados iniciales, el toro flaquea pero tiene cierta casta, engancha la muleta. Todo queda en apuntes, esbozos: el público, demasiado bondadoso, acaba impacientándose. Mata a la segunda.
Los datos de la tarde son concluyentes: reses de cuatro ganaderías. Seis silencios. Un toro al corral. ¿Hace falta añadir algo más?
Me cuenta un vecino el resumen de la tarde que ha hecho uno de los diestros: «Ha habido pocas cosas»… Tiene razón, no cabe duda. En una corrida han de aportar muchas más cosas los toros y los toreros. Sin toros con casta y fuerza y sin toreros con ambición, el presunto arte se viene abajo.
POSTDATA. Dentro de una semana, en Zaragoza, el ministro de Cultura y el presidente de Aragón presentarán los actos conmemorativos del bicentenario de la muerte de Goya, que falleció en Burdeos en 1828. Goya es uno de los mayores genios del arte español y universal. Su afición a los toros es indiscutible. Lo atestiguan sus Cartas a Martín Zapater (edición de Xavier de Salas, ed. Turner) y el voluminoso Epistolario de Leandro Fernández de Moratín (edición de mi amigo René Andioc, ed. Castalia). Goya firmaba «don Francisco, el de los toros». Con su conocida ecuanimidad, supongo que el ministro Urtasun no olvidará, en estas conmemoraciones, la pasión de Goya por los toros.
FICHA
- Madrid. Plaza de Las Ventas. Duodécimo festejo de la Feria de San Isidro. Jueves, 21 de mayo de 2026. «No hay billetes».
- Toros de El Puerto de San Lorenzo (1º y 3º), La Ventana de El Puerto (5º y 6º). Segundo bis, sobrero de José Vázquez. Cuarto bis, sobrero de El Freixo. En general, todos flojos y deslucidos.
- JOSÉ MARÍA MANZANARES, de nazareno y oro, estocada (silencio). En el cuarto, estocada (silencio).
- JUAN ORTEGA, de pistacho y oro, estocada (silencio). En el quinto, estocada desprendida (silencio).
- PABLO AGUADO, de gris perla y oro, pinchazo hondo y diecinueve descabellos (tres avisos, pitos). En el sexto, pinchazo y media defectuosa (silencio).