Hay lectores que prefieren Los Buddenbrook a las andanzas de Hans Castorp. Otros, como un servidor, ni siquiera han intentado escalar esas dos montañas. La muerte en Venecia es un buen remedo para una tarea titánica en una vida a toda velocidad. Todo el mundo necesita un verano, o varios, de los de entonces, para superar cordilleras semejantes, adentrarse en ellas y acampar, dormir bajo sus estrellas y respirar el aire puro de los Alpes (aunque sea el de Davos), en este caso, o de los recovecos dublineses en otros (Dublineses, qué recoveco justo para quedarse saciado de Joyce). El tiempo que pasó, pero que nunca hay que dar por perdido.