Hay ya una revolución en marcha
Los jóvenes parecen buscar soluciones rápidas en el otro extremo, mientras demandan a un conocido director por un presunto «asalto sexual» y en los cines también prosperan las pausas de hidratación
Imagen del Jubileo Diocesano de Jóvenes de Valencia
Quizá solo falte ya el Bakunin que aliente el primer fogonazo, aunque en algunos lugares ha sucedido. En Marruecos, Irán, Filipinas o Indonesia las recientes iras del descontento juvenil concluyeron como suelen donde moran los sátrapas, con represión, encarcelamiento y muerte. Las algaradas callejeras de Bangladés, en cambio, lograron la caída de la primera ministra, Sheikh Hasina, tras quince años atornillada en el poder, pero no sin el sacrificio ritual de casi 1500 entre los protestantes que reclamaban el ejercicio de mayores libertades, sobre todo una: la de vivir dignamente.
Por doquier parece prosperar la insumisión de quienes se niegan a aceptar el aplazamiento sine die de los sueños. Aquello que el filósofo Marías resumía de un modo admirable: «Lo grave es cuando esa facultad, esa potencia humana de proyectar e imaginar, se reduce enormemente y se angosta; entonces el hombre casi deja de ser hombre».
La crisis del capitalismo, que ensancha cada día la brecha entre los billonarios y el resto, también parece haberse presentado ante las mismas puertas del paraíso en la tierra. Estos días de ceremonias, entre bodas y graduaciones de todo tipo, estudiantes de varias universidades norteamericanas recuperan aquel apócrifo «muera la inteligencia», ahora por obra del coco de la IA.
El filósofo Julián Marías
A los invitados de postín durante esos actos académicos, que deben cortejar apropiadamente a los chicos en sus discursos convocándolos al baile de los trabajos bien remunerados por su esfuerzo, los despiden ahora entre sonoros abucheos en cuanto se les ocurre mentar a la bicha, como presunta aliada formidable para su inmediato progreso personal.
No se lo compran. En casa de Sam Altman, el CEO de Open AI, un chaval de veinte años dejó, hace unas semanas, un regalo en forma de explosivo, lo que ha sumado un reguero de aplausos infinitos en las redes. Casi tantos como los que acumula diariamente Luigi Mangione, el asesino confeso de aquel alto ejecutivo de una empresa de seguros, en Wall Street, jaleado como un ejemplar ajusticiamiento.
La música de los algoritmos ya no seduce a estos muchachos. Intuyen los recién licenciados de los prestigiosos centros estadounidenses que los golosos puestos que anhelan, por ejemplo, en el sector de los servicios financieros, los que disfrutaron sus padres y tíos, ahora podrán ser ocupados por la máquina, que además no cobra bonus. Para proponer cualquier novedoso producto, un artificio como aquellas letales «subprimes», ya no resultan imprescindibles: el aparato se encargaría de realizar los cálculos en cuestión de segundos. Las revoluciones las hace la burguesía, no se olvide.
Sam Altman, consejero delegado y miembro de la junta directiva de OpenAI
Como el ritmo al que el péndulo avanza estos días no deja de aumentar, las soluciones en las sociedades donde aún es posible aspirar a un cierto cambio mediante el remplazo democrático de los gobernantes incapaces de ofrecer salidas a las demandas más urgentes (asuntos a menudo complejos que pueden requerir hasta una generación para surtir algún efecto) no dejan de producir nuevos líderes visionarios.
En Nueva York ya gobierna un alcalde comunista, y pronto lo hará otro, esta vez una mujer, en el corazón político de aquel país, Washington, con todo lo que tiene de simbólico. Trump ha dicho ya que no lo tolerará, pero después del fiasco iraní, donde no se ha atrevido a concluir el trabajo (la sempiterna cobardía europea, revestida de campanuda sensatez, no ha ayudado), ¿recurrirá a la Guardia Nacional para impedir la probable investidura de una alcaldesa elegida por el pueblo, mayoritariamente esos jóvenes que estarían dispuestos a apostarlo todo al rojo si creen que la próxima Pasionaria demócrata les va a proporcionar un piso con el dinero que le saqueará a Elon Musk?
El multimillonario empresario Elon Musk.
Mientras, por nuestros ilustrados predios, en Francia, el abuelo Melenchon avanza como un cohete en las encuestas, dispuesto a sustituir al melifluo Macron, cabalgando desbocado hacia el Elíseo, en segunda vuelta, a lomos de un ejército de chavales airados que ya no reclaman buscar la playa debajo del asfalto, esta vez se conforman con un alquiler asequible.
Y en Andalucía, nadie parece haberse tomado en serio la señal más relevante de las pasadas elecciones autonómicas: el extraordinario auge de una formación política de extrema izquierda, gracias precisamente al apoyo de esos renovados partidarios de los viejos cantos de sirena de la colectivización forzosa, pero que halla su raíz en un asunto nada desdeñable, la rebelión contra la generalización de la servidumbre. Tampoco existe libertad verdadera si el hombre carece de las herramientas para proyectarse, como de alguna manera elocuente también ha expresado León XIV.
Hay una revolución en marcha. La de esos jóvenes insumisos que empiezan a arremolinarse ante la puerta de los palacios, por todo el planeta, pero no como en aquel simulacro del 15M ibérico. Ahora parece que podrían ir en serio, reclamando el poder, donde les dejan, para promover inquietantes regresos a fórmulas utópicas de redención social que desembocaron en lo contrario de lo que aseguraban. A lo mejor creen que con ellos sucederá de otra manera.
Sir John ha vuelto a hacerlo
Sir John Eliiot Gardiner ha vuelto a tensar la cuerda, pero esta vez las consecuencias quizá le resulten aún peores que la última vez. El prestigioso director de orquesta inglés, el mayor intérprete vivo de Bach del último medio siglo (al que además le ha dedicado un último libro formidable como el gran intelectual que es, La música en el castillo del cielo), ha provocado un nuevo incidente, parecido al que protagonizó hace un par de años, también por verano, y que ya le había costado su trabajo de casi una vida.
Se ve que, con los calores estivales, sir John, un tipo afable y cordial en las distancias cortas, bien provisto de infinitas dosis de vitriólica ironía británica para mediar con las estupideces habituales de este mundo, recurre a la cerveza. Al menos eso dijo para justificar, en aquella ocasión anterior, el puñetazo que le propinó a un joven barítono recién concluida una actuación, sin venir a cuento.
El cantante aceptó educadamente las disculpas del anciano maestro, no se propuso a dirimir ridículamente aquel incidente en la comisaría de guardia, pero los equipos sanitarios de la opinión pública hicieron algo peor: montaron tal escandalera que Gardiner tuvo que renunciar a seguir dirigiendo al Coro Monteverdi y su orquesta, que sin él al frente no representan casi nada, pero lo importante era escarmentar al viejo gruñón jubilándolo.
John Eliot Gardiner
De paso, entonces lo enviaron al psiquiatra para exigirle un posterior acto de pública contrición estalinista y así poder perdonarle la vida. Quienes conocemos a sir John intuíamos que si este hombre había decidido someterse a aquella pantomima médica solo podía tener un objetivo: volver a dirigir, su gran pasión. Calmada la turbulenta marea farisaica, Gardiner no tuvo problemas para fundar nuevos conjuntos con los que salir otra vez por el mundo para seguir predicando a Bach y sus otros apóstoles, siempre en beneficio del público.
Pero ahora se ha visto de nuevo involucrado en el tipo de feo asunto que quizá le cueste definitivamente la carrera. La semana pasada, al finalizar un concierto suyo en el Festival Bach de Leipzig, se presentó en el escenario una chica con unos pergaminos para él y los miembros de la orquesta. Sorprendido por la ofrenda, que desconocía, Gardiner «se hizo un Aznar». Cogió el rollo de papel e intentó metérselo a la chica por el interior de la camiseta, aunque según él solamente pretendía colocárselo detrás del collar.
Todo resultó muy breve. Fueron un par de segundos, pero suficientes para el desarrollo del drama posterior. La organización ofreció a la empleada apoyo psicológico, el maestro se disculpó tras reconocer su estupidez, aunque todo resultó insuficiente para la dama ofendida que, según la prensa alemana, ha presentado una demanda penal en los juzgados. Algunos medios hablan ya de inequívoco «asalto sexual» como el motivo esencial de la querella.
Las imágenes, que andan por ahí (búsquenlas), parecen muy claras. Gardiner tenía que haberse limitado a devolver amablemente el presente no solicitado. Incurrió en una falta de clase impropia de un caballero, pero todo lo demás resulta una exageración común de estos tiempos desquiciados. Si a los de 83 años ya no sabe comportarse, quizá el director deba elegir su retiro para consagrarse definitivamente a las labores de jardinería en su mansión que tanto aprecia. Pero de ahí a meterlo en la cárcel como un vulgar violador…
La soporífera antesala de los cines
No ocurre como en Italia, pero casi. Las últimas dos veces que acudí al cine en el país de Dante me llevé una sorpresa desagradable. Mediados ambos filmes, en salas céntricas de Milán y Roma, cuya duración no llegaba a las dos horas en cada caso, se produjo una especie de «pausa para la hidratación» jamás consensuada. Sin mayores anuncios, se encendieron las luces para lo que resultó ser un innecesario intermedio con aroma de coitus interruptus.
Pero lo peor vino después. Tras la interrupción, en lugar de proyectar la otra mitad de la película inmediatamente, volvieron a pasar antes otra larga tanda de anuncios con sus respectivos tráilers de las películas por llegar. Lo cual debería advertirse con la debida antelación por dos razones esenciales: o bien decides esperar a ver la película en alguna plataforma, donde tú ya eliges libremente si quieres parar o no y cuándo, o te llevas un bloc desde casa para ir anotando cosas, de modo que puedas ir repasando los apuntes durante el descanso para que no se te olvide lo ya visto.
Sala de cine (Foto de archivo)
En España, ese tipo de paradas solo se producen en casos muy determinados de cintas raramente largas, como en otro tiempo ocurría cuando ofrecían Lawrence de Arabia, que además venía con música para amenizar la espera. Pero aquí sucede, también, que antes de que comience la función te endilgan un anticipo de comerciales y propuestas futuras que en ocasiones puede rozar ya hasta los veinte minutos. Cada vez van a más.
El otro día estuve a punto de levantarme para reclamar al proyeccionista que pusiera fin a aquel calvario, y nos condujera sin más dilación al grano (me habrían aclamado como a un Luigi Mangione). Fue después de unos novedosos anuncios de esos que apelan al buenismo, perpetrados por el amparo de instituciones financieras, que ahora han decidido convertir sus simples anuncios de otra época en extendidos cortometrajes en blanco y negro. Pretenden querer disputarles a las obras cinematográficas su primacía mediante insoportables dosis de un sentimentalismo atroz, envueltas como artificio levemente conceptual. Lo que hace la espera aún más insoportable.