El Museo del Romanticismo acoge 'El artista en Italia'
El Museo del Romanticismo rescata la mirada de los Madrazo en su viaje formativo a Italia
La exposición El artista en Italia reúne 17 dibujos inéditos de Federico y Luis de Madrazo y Vicente Palmaroli, realizados antes de la creación de la Academia de España en Roma
El Museo Nacional del Romanticismo acoge la exposición El artista en Italia, una propuesta que reconstruye el papel decisivo de los viajes de formación en la carrera de los artistas españoles del siglo XIX. La muestra podrá visitarse hasta el 20 de septiembre y reúne por primera vez diecisiete dibujos inéditos de Federico de Madrazo, Luis de Madrazo y Vicente Palmaroli.
Las piezas proceden de la colección del propio museo. Trece de ellas han sido incorporadas recientemente mediante adquisiciones del Ministerio de Cultura, lo que refuerza el valor patrimonial del conjunto.
El recorrido se centra en la experiencia de estos jóvenes creadores en Roma, antes de la fundación de la Academia de España en Roma. La ciudad italiana funcionaba entonces como un gran laboratorio artístico europeo. Allí convivían el estudio de los grandes maestros del Renacimiento con la observación directa de la vida cotidiana.
Fachada principal del Museo del Romanticismo
En ese entorno, los artistas españoles copiaban obras de Miguel Ángel, Rafael o Giotto, pero también se fijaban en escenas populares. Campesinas, vendedores y modelos improvisados en plazas como la Piazza di Spagna se convirtieron en motivos habituales de sus cuadernos de dibujo. La práctica respondía tanto a un aprendizaje técnico como a una búsqueda de lo pintoresco.
El título de la exposición toma como referencia el tratado de José Galofre, El artista en Italia y demás países de Europa. Estado actual de las Bellas Artes (1851), donde se describen los métodos de formación en las academias privadas romanas. En ese texto se subraya la importancia del estudio del desnudo y de la copia diurna del natural para evitar deformaciones en el color y la luz.
La muestra permite así revisar un momento clave en la formación de la pintura española decimonónica, cuando Roma era aún un punto de paso obligado para los artistas que buscaban consolidar su oficio.