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Rafael Núñez Huesca en la redacción de El Debate

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Entrevista a Rafael Núñez

Charlamos con Rafael Núñez Huesca sobre su libro 'La nación sin autoestima', III Premio de ensayo Sapientia Cordis, cuya segunda edición acaba de publicarse

En tu libro diagnosticas que padecemos de «endofobia». ¿De qué se trata este desorden y por qué en España es tan fuerte?

La endofobia es el antónimo de la xenofobia, que es el rechazo al extranjero. La endofobia es el autodesprecio, el rechazo a uno mismo. Es una patología social que padecen algunas comunidades políticas, resulta devastador. La tesis de mi libro es muy sencilla: todos los problemas de España son consecuencia de una falta de autoestima y singularmente los más graves. Por ejemplo, el problema separatista, con el que llevamos lidiando casi un siglo y medio, pero también problemas de orden geopolítico, como la falta de influencia en el exterior siendo una de las grandes potencias culturales del planeta. La endofobia tiene incluso un impacto económico, y en ese sentido hago referencia a la ausencia de una marca país competitiva. España no tiene su IKEA, una multinacional que ha hecho de su condición de empresa sueca uno de sus principales activos comerciales. Nosotros hacemos exactamente lo contrario: travestir nuestros productos y nuestros servicios de extranjeros por creer que así funcionarán mejor. Es el caso de Massimo Dutti, de Vittorio Lucchino… Estamos ante un fenómeno que revela que tenemos un problema con nuestra identidad y eso tiene impacto en todos los órdenes de la vida.

En cuanto al separatismo, sostienes que tiene su origen en una autoestima deprimida. ¿Es la endofobia causa o consecuencia?

El problema separatista es, originalmente, una consecuencia de la falta de autoestima, de un patriotismo desmayado, débil. Cabe recordar que irrumpen a finales del XIX, después de un siglo catastrófico para España. Y luego, con el paso de los años, a medida que el separatismo va ganando músculo, se convierte, a su vez, en un actor causante de la falta de autoestima. De manera que los movimientos separatistas, que en su origen fueron consecuencia de una falta de autoestima, hoy son causantes de ella.

Otro efecto de la endofobia sería el carecer de una narrativa internacional propia. ¿Qué impacto tiene esto en nuestro peso en el mundo?

Yo echo de menos un mayor vigor diplomático de España. Teniendo las capacidades para desplegar un poder blando descomunal, somos un actor medio, más bien declinante. Somos el tercer país más rico en Patrimonio de la Humanidad del mundo, tenemos una cultura vastísima, tenemos una lengua koiné, una industria cultural y de entretenimiento muy poderosa... y, sin embargo, no ejercemos en consecuencia. El aniversario de Cervantes se puede comparar muy bien con el de Shakespeare (ambos murieron el 23 de abril de 1616), pero los británicos proyectaron su autor al mundo y nosotros nos limitamos a hacer una celebración muy local. Es la gran diferencia entre los países que le hablan al mundo y los países que se hablan a sí mismos. España pertenece hoy al segundo grupo, y es una lástima, siendo como somos uno de los grandes países que han construido eso que llamamos civilización occidental.

Señalas en tu libro que, a diferencia de otros países europeos, en España tenemos una izquierda que tiene un problema con la idea de España. ¿Crees que esta desafección es porque España ha sido fraguada por el catolicismo?

España es un país donde la Cruz ha tenido un peso muy importante. Lo dijo Su Majestad el Rey hace pocos días, con motivo de la visita del Papa. Y lo reconoció el propio León XIV en sus discursos. De manera que que la izquierda acierta cuando hace ese diagnóstico -España no se entiende sin el catolicismo-, pero se equivoca cuando, en base a esto, rechaza a su propio país. La historia de un país supone asumir los periodos luminosos, los oscuros, las victorias, las derrotas, los laureles, las tragedias. Uno debe poder sentirse identificado con el conjunto de la historia del país. De hecho, la izquierda previa a la Guerra Civil se sentía menos incómoda con la historia de España, reconocía y celebraba hitos que después empezaron a resultarle incómodos, como el 2 de Mayo, que inicialmente fue celebrado como una revolución popular contra una potencia extranjera. El principal libro de texto de Historia durante la II República tenía a Pelayo en su portada, y en Granada, también durante los tiempos de la II República, se celebraba con total normalidad la toma de Granada por los Reyes Católicos.

Es decir, a la izquierda española empieza a incomodarle verdaderamente su país a final de los años sesenta, que es cuando Occidente cambia su ciclo cultural. Hablamos de Mayo del 68, del Concilio Vaticano II, de las Olimpiadas de Los Ángeles y el Black Power, del anticolonialismo, de la herencia intelectual de la Escuela de Frankfurt… de un clima intelectual y político que provoca que la izquierda vea con escepticismo a sus patrias occidentales por entender que son la causa de muchos problemas. España encaja perfectamente en el papel de perfecto culpable: en tanto que país occidental, en tanto que país católico, en tanto que país colonial y que además expulsa al islam. De ahí la islamofilia de la izquierda española: empatizan con la «víctima».

¿Crees que esta actitud se ha intensificado a partir de los años 90, cuando la izquierda, con la caída del comunismo real, busca una ideología de recambio es ese magma que se ha venido a llamar woke?

Sí, yo creo que esa es la última fase de ese proceso de mutación que ahora llamamos wokismo y antes se llamó corrección política o izquierda postmarxista. La izquierda cambia su tesis principal, según la cual había que redimir al obrero en lo material, y pasa a buscar la redención de todo tipo de «minorías»: sexuales, raciales, nacionales… Considero este wokismo como la última fase del proceso de mutación ideológica de la izquierda. Y cuando digo última, no me refiero solo a la más reciente, sino la última antes de su ocaso.

¿Qué juicio te merece el patriotismo constitucional?

Yo soy crítico con esa fórmula, con el intento de hacer digerible el patriotismo desproveyéndolo de cualquier matiz emocional y fundando toda su legitimidad en ámbitos estrictamente legales.

No es inocente que sea un autor alemán, Habermas, quien después de la conmoción del nazismo hiciera popular esta forma de patriotismo. En España se ensayó, inicialmente de mano de algunos socialistas., y luego el Partido Popular toma esa bandera en los años de la presidencia de Aznar.

Yo creo que hoy, y es algo de lo que deberíamos felicitarnos todos, la defensa del patriotismo español ya no sólo atiende a una narrativa legalista. Debemos y podemos reivindicar la patria y la nación española más allá de la arquitectura jurídica del país. Además de ciudadanos, que lo somos, somos herederos de una historia. España, al contrario que los Estados Unidos, no tiene un momento fundacional concreto. Y carecemos de él porque somos una vieja nación histórica cuya génesis se pierde en las brumas de la historia. En tanto que la Constitución se fundamenta en la indisoluble unidad de la nación española, se infiere que la nación es previa a la Constitución. Hay una identidad común, y yo me atrevo en el libro a reivindicar esa identidad. La identidad es una buena cosa que forja a las naciones, construye comunidades y consolida las tramas de afectos.

Otro de los intentos por superar el concepto de España es el relato europeizante que aboga por disolver España en Europa. ¿Lo ves posible?

El relato nacional español que asume el felipismo fía su legitimidad en la Constitución de 1978 (y su modelo territorial) y, a partir de 1986, también en la integración de España en Europa. Esto supone una doble descentralización, hacia las comunidades autónomas y hacia Bruselas. Y la consecuencia es un vaciamiento progresivo de la administración central.

Yo creo que el balance de nuestra integración en la Unión Europea es positivo, pero como toda obra humana tiene aspectos que se pueden mejorar. Europa está recorrida por un hilo antropológico común, pero no podemos olvidar que las naciones que la componen son y deben seguir siendo soberanas. Debemos atender a lo que une a los 27, pero sería absurdo ignorar que a veces existirán intereses diferentes, y a veces opuestos, dentro de la Unión.

Señalas en tu libro que la Transición fue un intento de conciliar tendencias centrífugas, pero también señalas que ha ocurrido lo contrario. Se acordó tácitamente eludir el relato nacional español, pero ese vacío ha sido ocupado por una carrera de construcción nacional por parte de los nacionalismos periféricos para ir construyendo unas identidades contrapuestas a la identidad común española. ¿Se puede afirmar que las expectativas de la Transición han resultado fallidas?

En la medida en que el patriotismo es la renuncia magnánima de los intereses particulares en favor de un interés general, la Constitución de 1978 constituye un ejemplo químicamente puro de patriotismo. Un hito virtuoso en la historia de España. Ahora bien, ¿fue inmaculada la Constitución de 1978? Yo creo, de nuevo, que como toda obra humana contiene errores que en su momento no se vieron y que hoy nos parecen obvios. Por ejemplo, el redactor constituyente no pudo prever que alguien de la catadura moral de Pedro Sánchez podría dirigir los designios del país. Seguramente los sistemas de contrapesos diseñados en el 78 no se dotaron de fuerza suficiente como para resistir los envites que hoy está padeciendo el Estado de Derecho. Lo mismo puede decirse respecto del procés, que culmina en el año 2017 con un golpe al modelo constitucional.

¿Qué opinión te merece el concepto de «España plurinacional»?

Ocurre que hay una parte de la izquierda que busca reducir España a en un mero andamiaje administrativo; un cascarón que contendría a, estas sí, las verdaderas naciones. Los pocos ejemplos que a lo largo de la historia se han presentado como estados plurinacionales han acabado regular, como Yugoslavia o la URSS. O antes Austria-Hungría. Si el modelo imperial o el modelo soviético es la propuesta de la izquierda española para nuestro país, yo creo que hay motivos para estar alarmados.

¿Por qué la izquierda es tan crítica con el supuesto nacionalismo español, pero tan comprensiva con los nacionalismos periféricos? ¿Es un cálculo meramente electoral o hay algo más?

Una de las causas es el clima intelectual y político que se fragua en los años 70 con los discursos anticoloniales: Cataluña y al País Vasco serían «colonias» pendientes de descolonizar. Por eso Palestina ha sido una de las banderas de ETA. Además, en España contamos con un hecho singular, una dictadura que se alarga hasta 1975 y que hace del patriotismo español una de sus señas de identidad. En tanto que para la izquierda franquismo y patriotismo español eran sinónimos, para rechazar la dictadura había que rechazar a España. Y esa equivalencia absurda tiene consecuencias devastadoras. Así se explica la filia de la izquierda hacia los micronacionalismos y su fobia hacia el patriotismo español.

Dedicas un capítulo de tu libro al «franquismo eterno». ¿Llegará el día en que la izquierda nos dejarán vivir sin estar pendientes de Franco día y noche?

Probablemente no. Me temo que el antifranquismo es una herramienta de movilización demasiado tentadora como como para renunciar a ella. Hubo una época en que la izquierda renunció por patriotismo, pero hay un momento concreto en la historia reciente de España en que todo cambia: el 11 de marzo de 2004. La irrupción, después de un atentado salvaje, de José Luis Rodríguez Zapatero, acaba con los consensos de la Transición y resucita una peligrosa dialéctica guerracivilista. Se dota de una prima extra de legitimidad a la izquierda, y se busca inhabilitar a la derecha como actor político. Es un relato falsario, pero desde el punto de vista de la estrategia política resulta muy rentable.

La izquierda nos viene a decir que la historia de España no sería otra cosa que una sucesión de acontecimientos que presagiarían el advenimiento de Francisco Franco Bahamonde en el siglo XX. Así, los Reyes Católicos serían franquistas, Felipe II sería franquista, y por supuesto la Reconquista y la expulsión del invasor musulmán son muy franquistas… la clave franquista opera también de manera retrospectiva: sirve para explicar el conjunto de la historia de España, la posterior a Franco, pero también la anterior a Franco. Por lo tanto, no cabría otra opción que hacer una enmienda a la totalidad de nuestra historia.

También criticas lo que llamas la trampa de la equidistancia ¿En qué consistiría?

La equidistancia es una posición intelectual y política confortable para aquellos que buscan hacer equivalentes los nacionalismos periféricos con un presunto nacionalismo español. Yo trato de explicar en el libro que no hay equilibrio posible entre unos nacionalismos separatistas, extraordinariamente agresivos -a veces con una versión terrorista-, y un nacionalismo español que no ha hecho sino retroceder desde hace varias décadas. En España se han primado las partes en detrimento del todo, y hoy tenemos un déficit nacional en muchos lugares del país. No hay relación posible de equivalencia. Ni simbólica ni institucional.

¿Qué es ese nacionalismo banal del que hablas en tu obra?

El término es del sociólogo Michael Billing. El nacionalismo banal es un nacionalismo cotidiano y muchas veces imperceptible. Es la sección de nacional en los periódicos, la bandera colgando en los edificios institucionales, la representación deportiva de la nación, los museos u orquestas que se presentan como museos «nacionales», los medios de comunicación públicos... Este tipo de nacionalismo cotidiano español ha ido desapareciendo de Cataluña y ha sido sustituido por otro nacionalismo banal, el catalán, que facilita una desconexión progresiva del resto de España.

Dedicas un capítulo a la importancia de la industria del entretenimiento como vector de desafección hacia España. ¿Por qué tenemos que pagar a unos señores cuyo trabajo es denigrarnos?

No lo podría haber resumido mejor. ¿Por qué tenemos que pagar a unos señores cuyo trabajo consiste básicamente en deprimir la comunidad política común? Yo soy partidario de que el Estado financie o cofinancie las industrias culturales y de entretenimiento. Hoy ya encontramos fácilmente ensayos o novelas históricas favorables a la historia de España, pero aún no hemos llegado a que nuestro país haga producción de entretenimiento favorable a nuestra historia.

Los españoles tenemos querencia por la comedia, singularmente por la autoparódica, nos resulta placentero reírnos de nosotros mismos. Esto puede ser un ejercicio muy sano, pero muta en patología social cuando hacemos de la autoparodia nuestra identidad. Ese es el caso de España. Cuando los anglosajones presentan a Superman, nosotros presentamos a Súper López, si tienen a James Bond, nosotros tenemos, en el mejor de los casos, a Anacleto Agente Secreto, y en el peor, a José Luis Torrente. Quien crea que esto es inocuo se equivoca.

Acabas el libro con un toque de esperanza y afirmas que está en marcha una recuperación del patriotismo que opera al margen de las instituciones. Esto me recuerda a lo ocurrido en Cataluña, cuando en los momentos más críticos, la gente, de manera digamos muy poco organizada, salió masivamente a la calle a defender su españolidad. ¿Crees que esa recuperación del orgullo nacional es un síntoma de que España existe y es más difícil de echar a la basura de la historia de lo que algunos pensaban?

Absolutamente. Recuerdo perfectamente cuando, en octubre de 2017, miles de catalanes salisteis a la calle para frenar el golpe separatista. Recuerdo especialmente el núcleo de los jóvenes de Plaza Artós. Creo que ahí está la clave: los jóvenes. La generación Z son una generación que ha nacido ya completamente ajena a nuestros complejos históricos, han crecido en una España que, por ejemplo, en el ámbito deportivo es extraordinariamente exitosa. Atendiendo al modelo de significantes vacíos de Laclau, han llenado los símbolos nacionales con gloria en lugar de miseria. Esta generación irrumpe de manera desacomplejadamente española, con una autoestima, incluso una altanería, absolutamente inédita. Son ellos quienes reclaman épica a los poderes públicos. En el caso de Madrid se han levantado estatuas a la Legión y a Blas de Lezo, y el Museo Naval es uno de los más visitados. La generación a la que habíamos condenado al mundo líquido de Bauman está reclamando certidumbres, identidad, raíces y un pasado que entienden como positivo. También sucede en el ámbito de la religión, e incluso con la tauromaquia. El libro es bastante oscuro y sin embargo acabo con un epílogo muy luminoso. No lo hago por una cuestión comercial o literaria, lo hago porque lo creo, y lo creo porque lo veo: algo está cambiando.

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