Los adioses del buen alemán
La afición madrileña ovacionó a David Afkham, que se despide este fin de semana de la ONE con una extraordinaria Novena de Mahler
Afkham, emocionado, recibió una gran ovación
El INAEM ha puesto fin a la relación contractual con David Afkham, responsable musical de la ONE durante los últimos doce años. Es bueno que las orquestas se aireen de vez en cuando, porque de lo contrario ocurre como con algunos matrimonios que, de tanto mirarse, los languidecientes ojos de los respectivos cónyuges se han convertido en rayos láser capaces de traspasar al otro sin apenas rozarlo ni reparar en sus auténticas necesidades, cuando el hábito se ha tornado en cultivada indiferencia en el mejor de los casos.
Por eso, antes de que ocurra cualquier episodio desagradable que se convierta en la espita de un divorcio inconveniente, la instancia superior ha propiciado una cordial separación que permitirá mantener la armonía entre las partes sustentada en las gratas memorias compartidas, con el acuerdo pactado de alguna visita futura.
Afkham ahora se va a su casa, pero de vez en cuando aún se dejará caer por Madrid, ciudad a la que sus pequeños hijos no están dispuestos a renunciar del todo como antídoto a la tediosa placidez germana. Retornará para reencontrarse de nuevo en próximas temporadas con la orquesta y quizá también el coro, junto a los que tan a gusto y bien ha trabajado durante este tiempo para satisfacción de esos abonados que lo aclamaron, en algunos casos, con ronquedades de emoción no disimulada, al menos tras el concierto de este último viernes.
Un periodo tranquilo y fructífero para la ONE
Este periodo reciente ha resultado uno de los más tranquilos y fructíferos en un conjunto que un antiguo ministro de Cultura me definía, en una ocasión, como una de las peores pesadillas del cargo, por sus constantes demandas. A la anhelada paz laboral, con algunas últimas rencillas aún no resueltas como la de la vestimenta de las profesoras, le han seguido magníficos resultados artísticos que se manifiestan en el excelente nivel alcanzado por una agrupación de calidad plenamente europea: nada tendría que envidiarle, en estos momentos, a muchas de esas que visitan periódicamente el Auditorio Nacional como resultado a veces de lujosos bolos cuya elevada categoría obedece, en ciertas ocasiones, más al papanatismo de nuestras élites que a la realidad presente, objetiva y concreta.
Para despedirse del cargo, Afkham ha elegido dos obras de enorme compromiso y dificultad en los últimos programas del curso que ahora concluye. La semana pasada se enfrentó por primera vez al Réquiem de guerra de Britten con estupendos resultados, y ahora acaba de elegir para el definitivo adiós otra obra de aliento crepuscular, plena de aristas y contradicciones, como todas las que este autor inserta en sus complejas, magníficamente articuladas maquinarias de vasto formato sinfónico, la Novena de Gustav Mahler.
Como siempre en este compositor, pero más si cabe con el presentimiento de una despedida próxima, y alentado además por las trágicas pérdidas familiares que le golpearían en sus últimos años, Mahler ofrece el testimonio depurado en expresivos sonidos de sus amargas impresiones sobre los aspectos más dramáticos de la existencia, junto a su indeclinable amor por la vida, a la que aquí se aferra hasta el último hálito con dosis de resignada melancolía no exenta de esa belleza que, en su caso, todo lo transforma e ilumina con distintivos fulgores.
La despedida resulta agridulce, pero en el reclamo silencioso que antecede al tránsito hay casi más tristeza por lo que se deja atrás, a pesar de las miserias padecidas, que definitivo consuelo. Y bastantes incógnitas.
Afkham, maestro de gesto siempre sutil, elegante y conciliador, preocupado por resaltar la transparencia de texturas y mantener el buen pulso narrativo gracias a un fraseo de contrastada delicadeza expresiva, se ha ocupado sobre todo en su lectura de limar los contornos más ásperos de la obra que por penetrar a fondo en el meollo de sus paradojas: el sarcasmo, por ejemplo, nunca alcanza los límites de lo grotesco, que el autor explora sin concesiones como a veces revelan batutas más enérgicas o mefistofélicas.
El recuerdo de Abbado sobrevoló el auditorio
Quizá a su concepción de esta poliédrica partitura le falte, por fortuna para él, la intuición más próxima de la muerte que Claudio Abbado nos legó, a partir de su propia experiencia personal, en aquella inolvidable interpretación de esta pieza, hace unos años, al frente de la Orquesta del Festival de Lucerna (no muy superior a la ONE en cuanto a las prestaciones actuales de sus músicos), en este mismo auditorio.
No es que falten los contrastes, como en el primer movimiento o durante los más salvajes que le siguen, pero se percibe en Afkham una cierta cautela para abandonarse sin reservas y explorar los límites del abismo. Ese cierto control, que preserva sobre todo la efusividad del discurso musical, es lo que le impide bucear sin temor a quedarse sin aire por sus vericuetos más tenebrosos, un paisaje intensamente luminoso a ratos, pero siempre impregnado de asperezas y la idea de un desenlace que se pretendería soslayar, por más que se acoja como la única posible e inevitable certeza.
Precisamente, ese final, donde Afkham imita a Abbado prolongándolo más allá del cese de la música como la idea de un silencio extendido que debiera formar parte intrínseca de la interpretación (aquí se solicita su educada observación hasta en el programa, mediante una advertencia al público de la sala), se nos ofrece en el dibujo de sus delicadas manos penetrado de una íntima, serena belleza que le resta algo de misterio, como si el enigma conclusivo, aquí cincelado con todo el debido esmero (esos reforzados pianos subyugantes de la cuerda) cediera el protagonismo a la idea redentora de la gracia. Es una opción.
Que no se intuya en estas precarias líneas el resultado de una versión incompleta, decepcionante o fallida. Nada más lejos de la realidad. La madurez, el estudio y el viaje proporcionarán seguramente a David Afkham, como resultado de una vida consagrada al arte, otras nuevas credenciales.
Saludos finales del concierto de Afkham con la ONE
La experiencia conferirá a su apasionada juventud las precisas sombras que contribuyen a ensanchar los puntos de vista, otorgándoles una profundidad no necesariamente más clarividente; porque en ese trayecto, los interrogantes aumentarán hasta darle al mundo ese perfil ambiguo que Mahler supo retratar sin concesiones, solo algún rodeo. Aunque en sus postreros días intentara despojar su música de cualquier significado literal, el corazón no sabe mentir.
La Novena mahleriana de una inspirada ONE, atenta siempre a hacer música (lo más difícil) con su más reciente líder, ha constituido uno de los hitos que seguramente se recordarán sobre el tiempo de esta colaboración fecunda. Las emocionadas ovaciones con las que se despidió al maestro (después de que Palomero, el director técnico, le entregara un ramo de flores y se fundiera en un emotivo abrazo con él), no dejan lugar a dudas sobre la importante huella que este buen alemán ha dejado en el recuerdo de la privilegiada afición madrileña. Aquí lo esperamos ya para la próxima temporada.