90 años del asesinato de José Calvo Sotelo
Casi un siglo de herencia política, espiritual y moral que el nieto del ministro de Hacienda con Primo de Rivera desgrana íntimamente en un discurso en un evento celebrado en el CEU junto a otros familiares y los catedráticos Luis Togores y Alfonso Bullón de Mendoza
Soy nieto de José Calvo Sotelo; nuestra madre, Queta, fue hija suya, como Concha, Pepe y Luis Emilio.
Hace 90 años de aquel fatídico 13 de julio de 1936...
Un golpe helado. Para entender la dimensión de lo acontecido, menciono una coincidencia poética. En enero de ese año, Miguel Hernández escribía su Elegía: «Un manotazo duro, un golpe helado, un hachazo invisible y homicida, un empujón brutal te ha derribado».
Así fue… En una España sacudida por la sinrazón, y como prólogo del enfrentamiento fratricida, ese día se produjo el vil asesinato de nuestro abuelo. Según varios testimonios y análisis de historiadores, fue un crimen de Estado planificado. Así lo subrayaba en 2018 Francisco Vázquez, recogiendo la declaración del chófer de la furgoneta-ambulancia que llevó el cadáver al cementerio.
Ese fue el hecho, cruel e injusto, fruto del más siniestro propósito.
Han transcurrido 90 años. Y cabe preguntarse qué hacer... El vacío permanece, como una herida helada, pero también una memoria firme, cimentada en una honra conducida con paradigmática discreción.
Pertenezco a una gran familia, cuyo pasado se tiñó con una sangre inocente. Balas del ayer capaces de dinamitar toda esperanza y fundir a negro el futuro de generaciones venideras… Pero no fue así, porque en la oscuridad del dolor y el desgarro, la luz del perdón se encendió en el alma de nuestra abuela Enriqueta Grondona. Y se propagó durante décadas.
Quiero centrar mis reflexiones en la herencia de Calvo Sotelo, un legado luminoso, encauzado en 4 direcciones: política y académica, moral, familiar y espiritual (el perdón), a la que dedicaré singular atención.
Herencia política y académica: Ya ha sido exhaustivamente glosada por numerosos historiadores. Figura clave en el inicio del siglo XX, su entrega a España trasciende el tiempo y la ideología política. Fue Ministro de Hacienda, creó el Monopolio de Petróleo (CAMPSA), así como diversas entidades bancarias. Y el reconocido Estatuto Municipal, que en 2024 cumplió 100 años. En la esfera académica, alcanzó el Grado de Doctor en 1914, con su tesis «La doctrina del abuso del derecho, como limitación del derecho subjetivo». Opositó con brillantez a la Abogacía del Estado en 1916 (cabe recordar que desde 1938 figura en el escalafón «sin asignación de número»).
Herencia moral: La moral caracteriza a quien actúa conforme a los valores establecidos. Es un compromiso universal, que Calvo Sotelo ejerció en diversos frentes, como la lucha contra el caciquismo y la desigualdad social, o la gestión del voto a las mujeres emancipadas. Añado una pincelada menos conocida: fue presidente honorario de la Casa de Beneficencia, en cuya placa conmemorativa reza lo siguiente: «En vista de su acendrado amor hacia el desvalido».
José Calvo Sotelo decidió adquirir dicho compromiso moral (tributando a la ética), siendo plenamente consciente del riesgo que acarreaba en aquella España atormentada. Un riesgo que le costó la vida
Herencia familiar: En su hogar se respiraba una fe familiar apacible. Su hija Queta lo describía así en 2009:
«El único momento serio de estas fiestas familiares era el rezo del Rosario, que se hacía antes de la cena. Lo guiaba mi abuelo, y al llegar al final y decir: «Un Padrenuestro por nuestros difuntos», se emocionaba invariablemente y lloraba».
Esa tradición del Rosario la continuaron nuestros padres, Queta y Marcial, en la Navidad, rodeados de sus 11 hijos.
En José Calvo Sotelo, lo espiritual está teñido de trascendencia. Baste recordar discursos como el pronunciado en el Congreso de los Diputados el 16 de junio, pocas semanas antes de su asesinato:
«Yo digo lo que Santo Domingo de Silos contestó a un rey castellano: 'Señor, la vida podéis quitarme, pero más no podéis'. Y es preferible morir con gloria a vivir con vilipendio».
El tiempo convirtió en dramática profecía aquellas palabras…
La madrugada del domingo al lunes 13 de julio, José Calvo Sotelo encaró la muerte con una dignidad ejemplar, cuando unos asesinos —disfrazados de legalidad— violentaron la paz de su hogar. Seres desalmados con sangre de cianuro y aliento de pólvora. Fue raptado de su familia con alevosía, prepotencia y podredumbre moral. Unos minutos después, y a escasos metros de su domicilio, el odio en forma de proyectil le atravesó su noble cráneo...
Siguiendo la estela de la herencia familiar, llegamos al perdón, cuestión que considero crítica.
Herencia espiritual (el perdón): El perdón en la familia de Calvo Sotelo se encendió en el alma de su esposa. Su hija la ensalzaba de este elocuente modo:
«Mi madre fue, para mi padre, la intuición luminosa, el consejo acertado, la palabra oportuna, el consuelo en las horas amargas y siempre y cada día, la ternura y la paz».
La paz… preámbulo necesario para acceder a la dimensión espiritual del perdón.
Nuestra madre nos recordó siempre cuanto sucedió la noche del 12 al 13 de julio. Estaba algo enferma. Su padre se acercó a su lecho y, al besarla en la frente, le dijo: «Mañana ya estarás buena». Fueron las últimas palabras que oyó de alguien a quien quiso con inmensa devoción. Ya anciana, si se le mostraba una fotografía suya, se emocionaba, balbuceando: «…mi padre…»
Enriqueta Grondona fue en efecto el alma del perdón. Sólo unas horas después del crimen, pidió a sus aterrorizados hijos que perdonasen… (Me sigue sobrecogiendo ese episodio…). Y habló así a aquellos 4 niños, cuya juventud acababan de reventar unos siniestros verdugos en la cabeza de su padre:
Mi madre nos dijo algo más, cogiendo nuestras manos con sus manos: «Nos han quitado a vuestro padre, niños míos, y nos han destrozado la vida. Pero nosotros somos cristianos y vamos a perdonar como Cristo perdonó desde la Cruz».
De todo el legado de nuestros abuelos, en la esfera humana sobresale efectivamente el perdón. Una virtud que se nos ha transmitido durante décadas, de un modo casi mágico, portando dos esencias espirituales: amor y valentía.
Perdón y amor: Perdonar es una forma de amar, no abstracta, sino específica. Inspira afecto, y el amor adquiere en ocasiones forma de perdón. Es una energía constructora de esperanza. Sin el perdón, la familia de José Calvo Sotelo habría sucumbido al desencanto terminal, o quizá al odio... Pero sucedió algo diametralmente opuesto. El perdón fue un salvoconducto para la supervivencia emocional, sin el cual aquellas cinco personas destrozadas por la barbarie no habrían superado tan espantosa encrucijada.
Perdón y valentía: Hoy nuestra querida España sufre... Debiera llorar a sus verdaderos mártires, y avergonzarse de sus rémoras; pero… Atraviesa otra época convulsa. Abundan los autoproclamados portadores de la verdad histórica que osan hurgar impúdicamente en las heridas del ayer, cuando ya habían cicatrizado. Remover la tragedia con fines espurios, adornados con una patética y falsa autoridad moral… Y nos despiertan de la paz del perdón con su ruido, grotesco e ignorante, forzándonos irremediablemente a sentir indignación. Pues bien, es hoy cuando debemos escuchar a nuestra abuela y a nuestros padres, y renovarnos en ese perdón trascendente. Cuanto más hirientes son las ofensas, más debemos mirarnos en el espejo de aquella mujer ejemplar, quien demostró lo mejor de la condición humana tras el asesinato de su marido.
Reinventar el perdón… Una opción humanizadora compatible con sentir desgarro e irritación. Como vida tras la muerte, aquel perdón nacido el 13 de julio de 1936 no fue buenista ni sometido, sino de una profunda inteligencia espiritual. Emergió como un salvavidas tras la tragedia, que convirtió metafóricamente —si se me permite la licencia literaria— la losa del sepulcro del miedo en un altar de esperanza… Es la mejor lección que ofrecer a nuestros hijos, el único camino luminoso.
Hay que ser más valiente para perdonar que para odiar. Si el odio es la puerta de una prisión oscura, el perdón es una ventana a la luz de la supervivencia vital.
Quisiera que concluyese mi intervención nuestra madre, quien evocó a José Calvo Sotelo de este modo en 2006:
«Nos enseñó a amar a España desde que nacimos. Fue una enseñanza silenciosa, sin lecciones, sin clases, sin apenas palabras. Sólo con su ejemplo. Amaba él tanto a España, que bastaba vivir con él, verle, oírle, para que ese amor suyo tan hondo se nos fuera filtrando dentro del alma a nosotros. (…) Descanse en paz, José Calvo Sotelo. Se lo ha ganado a pulso. En herencia, nos ha dejado a sus hijos el dolor incurable de su ausencia y un nombre limpio y glorioso. Bendita sea su memoria. (...).
Confío en que la Historia más justa y generosa le habrá guardado el sitio que le corresponde».
Que así sea, madre.