Recreación del algoritmo fáustico
El Debate de las Ideas
El dominio planetario del «algoritmo fáustico»: una lectura spengleriana
Para Oswald Spengler, la expansión global de la técnica, impulsada por la civilización occidental, no representa el triunfo culminante de la racionalidad humana, sino una encrucijada profundamente trágica
Desde hace un par de décadas asistimos a un resurgimiento del interés por la obra de Oswald Spengler, que parece amoldarse en sus planteamientos generales a los acontecimientos que vivimos. No cabe duda de que su método de aplicar una plantilla rígida a las culturas históricas, desechando todo lo que se salía de la horma, derivaba en conclusiones y juicios a menudo tildados por la historiografía académica de caprichosos o arbitrarios. Sin embargo, muchas de sus intuiciones y deducciones han resultado enormemente productivas y sugerentes para analizar las tendencias que marcan el presente. Como ya afirmó Theodor W. Adorno, un pensador que desde luego no pertenecía a su órbita política, Spengler se venga teniendo razón.
Para Oswald Spengler, la expansión global de la técnica, impulsada por la civilización occidental, no representa el triunfo culminante de la racionalidad humana, sino una encrucijada profundamente trágica. En su obra El hombre y la técnica, publicada en 1931, el pensador alemán ya vislumbraba un escenario que hoy se despliega ante nosotros con una precisión asombrosa y alarmante: cómo la tecnología nacida de las entrañas del alma occidental —caracterizada por su ansia insaciable de innovaciones, infinitud y explotación radical de las fuerzas de la naturaleza— terminaría por desvincularse de su matriz geográfica para convertirse en un fenómeno puramente planetario.
Hoy, esa avidez de conocimientos y conquistas presente antaño en las expediciones, los descubrimientos científicos, en las revoluciones industriales, sociales, políticas, ha mutado; ha abandonado el mundo material para instalarse en la ubicuidad de una red virtual, encarnándose en una estructura invisible, omnipresente y abstracta que conocemos como el algoritmo. Hablar del «algoritmo fáustico» supone constatar la fase terminal y definitiva de la técnica occidental, su consumación irrevocable. Es el tránsito del control sobre la materia al imperativo del código, una fuerza que busca la omnisciencia y la omnipotencia mediante la conversión de la contingencia de la vida humana en la certeza absoluta del cálculo determinista. En términos spenglerianos podría decirse que este entramado digital terminará por saturar por completo el globo, impidiendo de forma irreversible el nacimiento de cualquier otra cultura originaria; la humanidad se encaminaría así hacia una mutación existencial sin precedentes: una civilización técnicamente omnipotente, pero espiritualmente muerta, que avanza a marchas forzadas hacia su propia petrificación.
Para comprender el alcance de este nuevo orden algorítmico se hace preceptivo acudir a la morfología de la historia spengleriana. Spengler sostenía que la historia humana no consiste en un progreso lineal ni acumulativo, sino en el transcurso de diferentes culturas independientes que nacen, maduran, envejecen y mueren, representando cada una de ellas una forma única de ver el mundo. Mientras que el alma «apolínea» de la cultura grecolatina sentía horror ante lo ilimitado, identificaba la perfección con la proporción y la delimitación precisa, y carecía de un sentido de la historia, el alma fáustica —inspirada en el célebre mito de Goethe— se caracteriza por la obsesión por el espacio infinito, el dinamismo puro y una insaciable voluntad de poder. Desde esta perspectiva metafísica, la inteligencia artificial no sería un accidente histórico o un mero avance de la ingeniería; sería, más bien, el destino inevitable, la consecuencia ineludible del alma fáustica. Representa el intento definitivo del hombre occidental de independizar el intelecto de la materia biológica, logrando crear una suerte de pensamiento puro que trascienda las limitaciones del espacio y el tiempo. Si la técnica industrial clásica seguía dependiendo de la materia y del cuerpo, el algoritmo moderno crea y gestiona la información, colonizando incluso el futuro a través de la predicción masiva de datos.
Esta evolución marca el ahondamiento definitivo de lo que Spengler denominaba Civilización. La Cultura representa la fase creativa, orgánica, natural y espiritual de un pueblo; la Civilización, por el contrario, es la fase tardía, mecánica, artificial en grado sumo, y decadente, donde el intelecto puro y frío reemplaza al alma caliente, y todo lo cualitativo se transforma en cuantitativo. La inteligencia artificial se erige hoy como el colofón de esta Civilización Occidental. Más que una fuerza renovadora, la automatización algorítmica representa la momificación de nuestra sociedad. Al delegar de forma masiva la creación artística, la escritura, el análisis legal y el pensamiento crítico a los sistemas de aprendizaje profundo, la humanidad abdica de su propia vitalidad orgánica. Los modelos de lenguaje no engendran nuevos símbolos vivos; se limitan a procesar y recombinar estadísticamente los detritos de nuestro pasado cultural. Es el genio creador reemplazado por la eficiencia del procesamiento de datos, una inteligencia insensible que, no por casualidad, emerge con fuerza descomunal precisamente cuando el corazón espiritual de nuestra cultura ha dejado de latir.
Uno de los nudos más trágicos de esta filosofía reside en lo que Spengler llamó la traición de la técnica. El ser humano occidental creó la técnica moderna con el propósito inequívoco de someter la naturaleza, pero el destino histórico dicta que la herramienta termina invariablemente por esclavizar a su propio creador. El pensador de la máquina se cansa de ella y el señor del mundo se convierte en su esclavo. Esta paradoja podría manifestarse con crudeza en redes neuronales que mutan, aprenden y toman decisiones autónomas a velocidades medibles en milisegundos, una escala temporal completamente inalcanzable para el cerebro biológico. Hemos construido un entorno de finanzas globales y flujos informáticos tan complejo que la mente humana ya no puede gestionarlo sin la asistencia perpetua de la propia inteligencia artificial. Nos encontramos en un punto de no retorno donde las democracias, los mercados mundiales y las infraestructuras críticas dependen de tal manera de esta red que sería imposible apagarla sin provocar el colapso inmediato de la civilización entera. El pacto fáustico se consumaría al entregar nuestra autonomía a cambio de un poder de procesamiento planetario.
Este fenómeno tiene, además, una vertiente geopolítica desestabilizadora. Según Spengler en Años decisivos, Occidente cometió el error fundamental de exportar su tecnología a otros pueblos en aras del lucro y la hegemonía a corto plazo. Al volverse planetaria, la técnica occidental se independiza de sus diseñadores originales. Las herramientas de dominación creadas por el alma fáustica han pasado a manos de miles de millones de personas que no comparten la estructura psíquica ni los imperativos éticos de Occidente, pero que han aprendido a utilizar esa tecnología con una eficacia considerable como un mero instrumento de fuerza material. La actual carrera geopolítica por la supremacía tecnológica entre grandes potencias encaja rigurosamente en este conflicto de la civilización tardía. El resultado de estos impulsos universalistas no es, ni mucho menos, un planeta armónico o un orden estructurado, sino un mundo fragmentado bajo la pátina tecnológica, inmerso en luchas de poder, y que se revuelve contra la hegemonía de la propia civilización que lo alumbró.
En el plano interno de las sociedades, la degradación final de la democracia formal abre la puerta a lo que Spengler denominó el Cesarismo: el surgimiento de figuras de poder amorales y autoritarias que gobiernan ya sea mediante la fuerza o la manipulación de la opinión pública. La inteligencia artificial y el diseño algorítmico contemporáneo constituyen los instrumentos de control social más perfectos con los que un César podría haber soñado jamás, permitiendo un nivel de monitorización y modificación conductual sin parangón en la historia. A través de los algoritmos de recomendación de las plataformas digitales y la proliferación de simulaciones que disuelven la verdad fáctica, la realidad se atomiza y se vuelve maleable. Las poblaciones quedan desarmadas intelectualmente, flotando en un mar de estímulos instantáneos y propaganda tecnocrática diseñada a medida por líderes políticos autócratas o magnates tecnológicos. La soberanía del ciudadano es sustituida por la docilidad del usuario optimizado.
En su última fase civilizatoria, la cultura occidental agota sus posibilidades creativas, alcanza una dimensión planetaria y se despoja de sus tensiones metafísicas, por lo que la humanidad entera corre el peligro de transformarse en lo que Spengler llamaba una masa fellah, una existencia desprovista de historia viva donde los seres humanos vegetan, preocupados únicamente por la supervivencia económica y el confort material. Es el advenimiento del «último hombre» descrito con inmensa aversión por Nietzsche. En esta jaula de hierro globalizada, la existencia se reduce a una dimensión puramente zoológica dentro de un entorno de altísima tecnología, donde el entretenimiento automatizado por algoritmos de recompensa agota los horizontes de la vida. Las personas se convierten en apéndices biológicos de un ecosistema técnico que decide por ellos qué consumir, qué pensar y en qué creer.
Ante el vacío espiritual dejado por el ocaso de las religiones tradicionales y el agotamiento del racionalismo, emerge entonces lo que Spengler llama una «segunda religiosidad». La fe que antaño se depositaba en la providencia divina se diluye en prácticas pseudorreligiosas eclécticas, en sincretismos o en sucedáneos. Contemplamos a los líderes tecnológicos actuar como sumos sacerdotes, profetizando el advenimiento de una Singularidad informática como si de un juicio final se tratase o, en el caso del magnate Peter Thiel, obsesionados con la figura del Anticristo y el Kathéchon. Esta fe ciega es profundamente sintomática de la decadencia, pues esperamos de manera irracional que la técnica nos salve milagrosamente de las crisis existenciales, ecológicas y económicas que la propia hipertrofia técnica ha provocado.
El peligro verdaderamente apocalíptico del algoritmo fáustico, avizorado por Spengler, radica en que no se presenta como una opción civilizatoria, sino como un destino absoluto que se impone globalmente, homogeneizando las mentes y destruyendo las condiciones orgánicas y los arraigos locales que históricamente permitieron el nacimiento de nuevas culturas. La Tierra entera se ve reducida a una inmensa fábrica automatizada donde todo lo que no es cuantificable es condenado a la inexistencia. Fiel a su visión trágica y cíclica de la historia, Spengler no creía que esta «mega-máquina» fuese a perdurar eternamente en un progreso indefinido. Al contrario, profetizó su colapso por hipertrofia y falta de renovación vital.
El fin de esta era se dibuja en el horizonte a través de una colisión inevitable. Para Spengler, el ser humano inició una guerra contra el orden biológico para imponer su voluntad, pero la naturaleza es, al final, infinitamente más fuerte que el hombre. La escasez de determinados recursos materiales, la desconexión radical de las estructuras orgánicas de la vida y el agostamiento espiritual conducen a una catástrofe sistémica. Cuando la máquina fáustica finalmente colapse por la fatiga psicológica de sus élites o por guerras globales de aniquilación material, lo que quedará tras de sí no será un territorio virgen para una nueva cultura. Lo que aguarda al final de la expansión fáustica es un desierto. Una vez destruido el suelo orgánico y tras haber delegado nuestra capacidad de pensar a los fríos circuitos del código, el ser humano de la post-civilización habrá olvidado por completo cómo vivir de forma humana. ¿Asistimos, pues, al penúltimo acto del drama, donde la humanidad contempla fascinada el parpadeo de una pantalla que ilumina su propio eclipse histórico?
Al ser la civilización fáustica de alcance mundial, su decadencia arrastraría a todo el globo a una era plana, pues la muerte de la cultura trae como consecuencia que ya no se haga historia. Las estructuras globales (organizaciones internacionales, mercados financieros) podrían mantenerse durante un tiempo por inercia como caparazones vacíos, incluso durante siglos, pero la humanidad viviría gestionando las ruinas tecnológicas de la modernidad, sin la capacidad —ni el deseo— de generar una nueva dimensión cultural.
Spengler, en una actitud polémica y sumamente incomprendida, enraizada en su fatalismo estoico, decide asumir este destino hasta sus últimas consecuencias, pues no se puede alterar. Spengler rechazaba de forma tajante el optimismo progresista de su época (la idea de que la humanidad avanza linealmente hacia un futuro siempre mejor). Para él, luchar contra la decadencia de una civilización era tan absurdo como que un anciano intente luchar contra la vejez para volver a ser un adolescente. No se puede dar marcha atrás. Hay que aceptar la decadencia porque el destino no se puede negociar; la única opción digna para el hombre moderno es mantenerse en pie entre las ruinas de su cultura, asumiendo con orgullo el invierno de la historia. Asumir el destino no significa, sin embargo, hundirse en el nihilismo o en la desesperación, sino cumplir con el deber que a uno le ha tocado en suerte, sin falsas esperanzas de salvación, pero con dignidad, disciplina y valentía, obedeciendo a un ethos o código de honor que se remonta a los orígenes de la cultura occidental.
Esta actitud trágica y paradójica de Spengler ha sido sometida a numerosas críticas. Se la ha calificado de fría, inhumana, fatalista o de un pesimismo despiadado. Pero cumplir con el deber en una civilización agonizante puede interpretarse asimismo como el equivalente secular a la función del Katéchon. Es la consciencia de que, aunque el fin es inevitable y el destino está sellado, existe una dignidad suprema en sostener el orden, la estructura y el deber hasta el último minuto, retrasando la caída en la nada o la barbarie total. El final honorable es lo único que no se le puede quitar al hombre.