Pepín habla de sus amigos
«García Lorca era la persona más apolítica que he conocido en toda mi vida».
Pepín Bello
José Bello Lasierra no dejó obra escrita alguna pero fue el testigo ideal de la Generación del 27: la vivió desde dentro, en la intimidad, contando con la confianza y la amistad de todos. Federico García Lorca le dio su pasaporte al bautizarlo como Pepín y así se quedó, hasta su muerte, ya centenario.
Para todos los hombres y mujeres del 27, bastaba con decir «Pepín» para situarlo: siempre educado, amable, jovial, comprensivo, benévolo; siempre dispuesto a compartir con cada uno el tiempo que quisiera, a disculpar sus errores, a prestarle toda la ayuda que estuviera en su mano … Óscar Wilde hubiera podido escribir sobre él una de sus irónicas comedias: Un amigo ideal.
Federico le dedicó varias fotografías: «Al gran Pepín»; «Mi inolvidable Pepín. Luis Buñuel le escribió muchas cartas, contándole sus proyectos: “Queridísimo Pepín». Salvador Dalí reconocía que fue el primer descubridor de su arte.
Homenaje a Luis Cernuda (sentado, al frente de la mesa) en Madrid, en abril de 1936. De pie, de izquierda a derecha, Vicente Aleixandre, Federico García Lorca, Pedro Salinas, Rafael Alberti, Pablo Neruda, José Bergamín, Manuel Altolaguirre y María Teresa León
Pero Pepín no tenía un pelo de tonto. Era sencillo y sutil, una mezcla nada fácil. Nunca aduló a sus amigos, por mucho que los admirara. Era muy independiente de criterio. Además, tuvo siempre una gran memoria. Por eso, los dos libros que recogen sus recuerdos, el de David Castillo y Marc Sardá y el de José Antonio Martín Otín, son impagables: ofrecen un originalísimo observatorio sobre los grandes personajes de la vida cultural española, antes de la guerra.
Los juicios de Pepín son siempre muy agudos, se apartan de los tópicos habituales. Además, probablemente reflejan lo que opinaba aquel grupo de amigos, hacia 1927. Por eso, vale la pena recordar lo que él nos cuenta de algunos personajes, comenzando por los mayores.
Frente a la imagen caricaturesca que algunos dan de Valle-Inclán, Pepín lo recuerda «simpatiquísimo… muy afable y creativo, lleno de historias, la literatura personificada». Exactamente lo mismo me contaban a mí Luis Calvo y Domingo García-Sabell, que lo habían conocido de cerca, cuando ellos eran jóvenes.
Con menos simpatía ve Pepín a Unamuno:
«Hablaba mucho pero escuchar, no escuchaba a nadie… Tenía ese enorme defecto, que es que no escuchaba. El mismísimo Pío Baroja explicaba que, cuando conoció a Unamuno en la tertulia del Café Fornos, don Miguel no desaprovechó la ocasión para sacar del bolsillo algunos escritos y comenzar a leérselos, sin ningún pudor. ¡Era así, el hombre!»
Cita Pepín Bello estas frases de Unamuno:
«La conversación da igual y da igual quien venga conmigo, a quienes me acompañan yo les utilizo como frontón, mando ideas para que reboten y yo pueda elaborar la siguiente reflexión, cuando llego a casa ya tengo el artículo que debo enviar a la prensa».
Comenta Pepín: « Sólo pensaba en él…» Algo parecido me contó a mí Américo Castro sobre el viaje que hicieron juntos varios escritores al frente, durante la Primera Guerra Mundial. Jorge Guillén ha recordado que fue una vez a Salamanca, a visitar a Unamuno, y, durante una jornada completa, don Miguel apenas le dejó decir unos pocos monosílabos…
Miguel de Unamuno en 1925
A Pepín le caía muy bien Manuel Machado. Frente a la etiqueta política que algunos han pretendido darle, subraya su cercanía con los jóvenes del 27:
«Don Manuel, que venía mucho por la Residencia, era muy simpático, muy decidor, muy elegante, guapo y muy pulcro. Iba hecho un pincel, daba gusto verlo y oírlo. Un grandísimo poeta y un hombre muy atractivo».
En eso coincidía con Pepín, siempre atildado. En cambio, no le agradaba el descuido de Antonio, que él mismo reconocía: «Ya conocéis mi torpe aliño indumentario»... Lo califica con una expresión popular muy gráfica:
«Era un sopas. Iba siempre mal vestido, muy harapiento, mal lavado, no era nada presumido».
Reconociendo su gran valía como poeta, más tajante es la opinión de Pepín sobre Juan Ramón Jiménez, como persona:
«Era un hombre dificilísimo. De una pureza exacerbada, casi un místico. ¡Era intratable!... Había que tener cuidado con él. Había reñido hacía tiempo con la Residencia de Estudiantes. Estaba reñido con gente tan encantadora como Dámaso Alonso y Jorge Guillén… Dalí y Buñuel le enviaron una carta muy hiriente, atacando con fiereza el Platero y yo, diciéndole que era el burro menos burro que habían conocido y acusándolo, eso sí, de ‘putrefacto’… Era un hombre imposible».
Juan Ramón Jiménez, en la terraza de su casa de la calle de Lista de Madrid, en 1923
Como sus compañeros, Pepín Bello ve con mucho respeto a Ortega: «Era un gran seductor y un poco imponente… la mente más lúcida que he conocido nunca». Advierte en él, sin embargo, una grave limitación: «Era muy poco permeable a la poesía». Por eso, aún reconociendo su valía y su gran influencia, los jóvenes poetas no podían sintonizar mucho con él. Añade Pepín algo bien curioso:
«Azaña tenía un poco de celos de don José Ortega y, siempre que podía, le lanzaba alguna puñalada».
Admira Pepín la música de don Manuel de Falla pero no sintoniza con el personaje:
«Era el hombre más aburrido que se puedan figurar, muy serio y soso. Era muy bondadoso y católico hasta el extremo. Era un carca tremendo, muy señor; era tan delgado y tan poca cosa, muy feo y calvo. Aparentemente, no tenía ningún interés. Era, sin embargo, el primer valor musical de España. Federico le tenía verdadera adoración y mucho respeto».
Concierto con Manuel de Falla al piano
Naturalmente, aumenta mucho el interés de las opiniones de Pepín cuando se refiere a su grupo de amigos más cercano. El retrato más pintoresco que ofrece es el de Salvador Dalí. Cuando llega a Madrid, lo ve como un personaje anacrónico:
«Les gustaba mucho a las mujeres pero a él no le interesaban nada. Era absolutamente asexuado, como una mesa».
La inutilidad de Dalí para la vida práctica era asombrosa: no sabía consultar el reloj ni comprar una simple pastilla de jabón…
Salvador Dalí legó en su testamento al Estado su obra y bienes
Sin embargo, fue Pepín Bello el primero que descubrió el gran talento de Dalí como pintor y el que lo recomendó al grupo. Los dos se hicieron amigos, colaboraron en varios proyectos. Pepín lo veía entonces con gran simpatía. Visitaban juntos el Museo del Prado y Dalí era un magnífico guía. Les dijo una vez que lo mejor de toda la pintura universal era esto:
«El aire de Las Meninas. ¡El aire! Dalí era capaz de verlo en ese cuadro y en todos los cuadros».
Sin embargo, cuando Dalí se inventa su personaje, Pepín, sin perder el cariño por el amigo, lo analiza con crudeza:
«Ya se había adaptado tanto a ese fingimiento que era así de una forma natural. Se convirtió en ese personaje a puro de digerir, a puro de autocontemplarse y a puro de autoadmirarse».
Salvador Dalí y su ocelote
Cuenta también una anécdota muy significativa. Muchos años después, a fines de los setenta, volvieron a encontrarse los dos amigos en el Hotel Palace de Madrid. Estuvieron charlando cordialmente hasta que Salvador cambió de tono:
«Se metió, de repente, en su mundo psicodélico. Es decir, en su papel de farsante, y empezó a decir unas cosas incomprensibles, exagerando muchísimo, montando el numerito. Se comportó conmigo como si estuviese en Nueva York, delante de un gran público, dispuesto a admirar sus extravagancias».
Reaccionó entonces Pepín con su buen sentido aragonés:
“Oye, Salvador, que soy yo, Pepín, Pepín Bello, que conmigo no hace falta todo esto “.
Dalí se quedó blanco y le dio un fuerte abrazo, sin decir una palabra.
Por supuesto, sentía Pepín absoluta devoción por Federico García Lorca, como amigo y como poeta:
«Es, junto a Ignacio Sánchez Mejías, el mejor amigo que he tenido nunca».
Y lamenta tanto que los dos murieron antes de tiempo:
«Yo les renuevo diariamente en mi memoria y, así, nunca quedan viejos».
Imagen de archivo del escritor Federico García Lorca
Recuerda Pepín a Federico como «una persona extraordinaria, luminoso, brillante de verdad». Se adhiere plenamente a la feliz expresión inventada por Jorge Guillén:
«Estando con Federico, no hace ni buen ni mal tiempo, hace Federico».
Pero también alude a sus «dramones», a sus “gritos de angustia:
«Tenía de vez en cuando unos ramalazos de melancolía que se notaban, pero que se le pasaban rápidamente».
La Residencia de Estudiantes
A la caída de la tarde, de vuelta en la Residencia, solían reunirse los amigos en alguna habitación y celebraban el rito que Federico llamaba «la desesperación del té». (Ha usado la expresión José Antonio Martín Otín como título de su libro sobre Pepín Bello):
«A Federico le daba miedo la madrugada, el nuevo día, especialmente cuando trasnochábamos. Empezaba a amanecer y Federico, casi histérico, nos hacía cerrar los porticones de las ventanas. Era muy supersticioso y creía que el amanecer era el momento en el que morían los enfermos».
Coincide Pepín con todos los amigos de Federico en elogiar su encanto, su bondad. Escucharle recitar era todo un espectáculo : «algo extraordinario». (Por desgracia, añado yo, no se ha conservado ninguna grabación de su voz).
Federico se sabía de memoria muchísimos poemas, igual que Alberti: competían los dos, recitando. Lorca sentía especial devoción por Lope de Vega. Creo yo que le influyó mucho la lectura de la edición de las poesías liricas de Lope, extraídas de su teatro, que preparó José Fernández Montesinos.
Federico García Lorca
Añade Pepín un dato mucho menos conocido. En contra de lo que podemos suponer, Federico no era un poeta fácil:
«Era muy premioso, un gran trabajador, se exigía mucho a sí mismo. Le costaba un gran trabajo componer sus poesías. Lo hacía con una gran lentitud. Mientras yo estudiaba o hacía los deberes, se sentaba en la cama de mi habitación erguido, con la espalda recta y las piernas cruzadas. Tenía un mazo de cuartillas entre las piernas. Escribía algo, lo borraba, lo rectificaba, hasta que no le había dado a su escrito más de cien vueltas».
En eso, era todo lo contrario que Alberti:
«Tenía una facilidad casi morbosa y patológica para componer versos».
Rafel Alberti
Se enamoró una vez Pepín de una joven, llamada Araceli, y, paseando por la Castellana, le pidió a su amigo Alberti que le compusiese un poema porque iba a ser el Santo de ella. En cuanto llegó a casa, antes de ponerse a comer, recibió la llamada telefónica de Rafael:
«Yo le dije: ‘¿Qué hay? ¿Qué pasa?’ Él me dijo: ‘No, nada, nada. Que eso ya está hecho’. Y me recitó un soneto que no lo mejoran ni Lope ni los Argensola ni el mismísimo Quevedo».
Es bien conocida una anécdota paralela. En 1927, unos meses antes del acto del Ateneo, Ignacio Sánchez Mejías quiso conmemorar el séptimo aniversario de la muerte de Joselito, su ídolo. Llevó a Alberti a Sevilla, lo encerró con llave en la habitación de un Hotel: no le dejaría salir hasta que no hubiera escrito un poema sobre José. Esa noche, en el Teatro Cervantes, Rafael leyó su precioso poema Joselito, en su gloria, que dedicó a Ignacio:
“Llora, Giraldilla mora,
lágrimas en tu pañuelo:
mira cómo sube al cielo
la gracia toreadora”.
El torero Ignacio Sánchez Mejías fue el principal impulsor de la Generación del 27
Desmiente Pepín rotundamente que Lorca tuviera una posición política:
«Los republicanos utilizaron su muerte, elevándolo a mártir. ¡Eso es una salvajada! Federico nunca tuvo que ver con la política… Estaba a favor de los que sufrían, del sufrimiento humano y universal, ya fuesen pobres, gitanos, negros, ricos, aristócratas o reyes. Era la persona más apolítica que he conocido en toda mi vida. De ninguna manera simpatizaba con la causa republicana o con la causa nacional».
También en eso era opuesto Federico a Rafael: «Alberti estaba totalmente politizado». Pepín fue gran amigo suyo y siempre lo consideró «un poeta extraordinario», a pesar de sus diferencias políticas, que se mantuvieron toda la vida:
«Nunca hablábamos de esto. No nos hacía ninguna falta porque nos sobraban temas mucho más interesantes que la política. Con Alberti se podía hablar de todo con profundidad y brillantez. Cuando volví a ver a Rafael, tuvimos el gusto de no hablar de política. Él seguía tan comunista como siempre; yo, tan anticomunista como siempre».
María Teresa León, mujer de Rafael Alberti
Señala Pepín que, al comienzo, Rafael no era así:
«María Teresa León era una chica muy guapa y muy amiga mía. Era una chispa cursi y tenía el veneno del comunismo metido dentro. Ella fue la que se lo contagió a Rafael. Él estaba muy enamorado de ella».
Junto a Lorca y a Alberti, el más querido amigo de Pepín Bello fue Ignacio Sánchez Mejías. Confirma Pepín su generosidad, su papel de mecenas del 27:
«Era hombre muy sensible a todas las manifestaciones artísticas, invitó a Rafael Alberti, a Dámaso Alonso y a José Bergamín al Hotel Madrid, que era el mejor Hotel de España, y en aquel entonces valía un Congo… Fue una cosa generosa que hizo Ignacio porque sabía que algunos de ellos no iban bien de dinero. No fue algo de dar limosna, fue más bien una invitación elegante».
Toreros y caballos en la Monumental, en una corrida de Joselito el Gallo, en 1918
Pepín adoraba a Ignacio Sánchez Mejías:
«Era uno de los hombres más inteligentes y mas seductores que he conocido en mi vida. Era la seducción misma. En cuanto a la inteligencia, la tenía de una forma natural. Tenía una intuición y un talento proverbiales. Cogía un libro, que ya podía ser abstracto, y, al acabar de leerlo, sacaba unas conclusiones de lo más inauditas».
También estimaba mucho Pepín a La Argentinita, la pareja de Ignacio:
«Era la mujer más decente y más señora que he conocido en mi vida».
La Argentinita
Aporta, sobre ella, un dato nuevo y pintoresco. Según Pepín, Sánchez Mejías, tan temerario en los ruedos y tan seductor, sólo tuvo miedo en su vida a una persona:
«Le tenía pavor a doña Bernardina, el mal nombre que le daba a su amor cerrado, La Argentinita».
Debo sintetizar otras valoraciones que hace Pepín Bello. Para él, Dámaso Alonso era «un monstruo de saber… un santo, un estoico, un gran bebedor de coñac y un hombre con un sentido del humor impresionante».
Dámaso Alonso en 1980
Moreno Villa , «una persona muy grata y encantadora. Se pasaba el día pintando y escribiendo».
Menos cariño sentía por Bergamín:
«Lo mismo iba a misa que era comunista… De todos los poetas de la Generación del 27, era el único al que todos le tenían un poco de miedo porque tenía mala uva».
Muy duro se muestra con Negrín, que fue profesor suyo y que también vivió cierto tiempo en la Residencia de Estudiantes:
«Me parecía un hombre abominable. Era una persona totalmente rechazable, de deshonesto, de amoral, de borracho, de mujeriego y de codicioso… Lo dominaba todo, con el beneplácito del Partido Comunista y de los soviéticos».
GARCIA LORCA, FEDERICO ESCRITOR ESPAÑOL. FUENTEVAQUEROS (GRANADA). 1898-1936 HOMENAJE A GONGORA EN EL ATENEO DE SEVILLA EN EL AÑO 1927 IZQDA -DERECHA : RAFAEL ALBERTI , GARCIA LORCA , J . CHABAS , M . BACARISSE , ROMERO MARTINEZ ( ATENEO ) , BLASCO GARZON ( PRESIDENTE DEL ATENEO 9 , JORGE GUILLEN , J . BERGAMIN , DAMASO ALONSO , Y GERARDO DIEGO REPRODUCCION FOTO
Recuerda Pepín Bello divertidísimas anécdotas de sus años de juventud. Por ejemplo, que un primo segundo de Ignacio Sánchez Mejías, que trabajaba en Pino Montano como albañil, era capaz de recitar de memoria , completo, Así habló Zaratustra, de Nietzsche.
José María de Cossío era un gran trabajador pero solía proclamar que «mis ocho horas de café no me las quita nadie».
A un poeta del 27 – cuyo nombre omito, por piedad-, muy bohemio, los amigos le dieron «veinte o treinta duros para que se pusiese una dentadura postiza, porque no tenía dientes, pero se gastó el dinero en vino».
El poeta surrealista malagueño José María Hinojosa viajó a la Unión Soviética con el matrimonio Bergamín:
«Cuando llegó la hora de desembarcar, los que estaban en el puerto debieron de quedarse atónitos: lentamente, como si estuviera haciendo un paseíllo, por las escaleras del navío descendía, para tomar posesión de la antigua Rusia, el singular José María Hinojosa, ¡vestido de torero!»
Salvador Dalí, María Luisa González, Luis Buñuel, Juan Vicens, José María Hinojosa y José Moreno Villa en Toledo (Venta de Aires) en 1924.
Era, sin duda, una España mucho más pobre que la actual pero mucho más pintoresca…
A Pepín, nunca le importó mucho el dinero. No era un carca. Como muchos de sus amigos, recibió con ilusión la llegada de la República. Y, como muchos de sus amigos, se sintió luego profundamente decepcionado:
«Por lo mal que lo hicieron. Nunca fui un apasionado, pero lo hicieron tan sumamente mal que me desencanté en seguida… Porque la República no es la República. Es un izquierdismo sin freno, sin límite y desbordado».
Proclamación de la II República en la Puerta del Sol de Madrid el 14 de abril de 1931
Pepín pasó la guerra en Madrid, escondido en su casa, en el barrio de Chamberí:
«Lo peor del mundo. No creo que haya una sociedad que viviera peor que como vivimos aquí en Madrid los tres años de guerra».
Lo detuvieron. Estuvo preso en una checa. Se libró gracias a un amigo suyo, comunista, con el que solía discutir pero que era una persona decente…
Nunca pensó Pepín en exiliarse pero, después de la guerra, había cambiado ya la idea que tenía de España. Se seguía sintiendo «demócrata hasta los huesos» y aceptaba la monarquía: «El rey es de los únicos que actúa bien en España».
Madrid durante la Guerra Civil
Sin retóricas, Pepín se sentía español. No podía entender a los independentistas:
«Lo de Cataluña y el País Vasco nunca ha estado tan mal como ha estado ahora. ¡Jamás ha estado tan mal, tan enconado y tan absurdo como está ahora! Bueno, y eso de que hace poco declarasen Andalucía como nación, eso ya, vamos, eso ya da risa».
Si hubiera vivido unos años más, ¿qué habría dicho el republicano Pepín Bello de la actual España, de los independentistas y del gobierno? Me lo imagino pero me hubiera gustado mucho poder reproducir sus palabras exactas…
A los ciento dos años, él no se sentía mayor pero echaba en falta a los amigos : «Me encantaría volver a ver a mucha gente muerta». Le gustaba releer a Lope, a Cervantes, a Galdós, a su amigo Federico: «Con los clásicos tendríamos suficiente».
Pepín Bello
Confesaba que se había enamorado en serio de dos mujeres, Araceli (la destinataria del poema de Alberti) y otra , «de la que no puedo decir el nombre», pero nunca se casó. Al final, veía claro que el amor es lo más importante:
«Es lo único de la vida que se evade de la vida. A través del amor, se intuye lo que puede ser el cielo».
Se sentía un privilegiado por haber podido conocer a sus amigos. Muchos de ellos se hicieron famosos, en el mundo entero, pero él nunca los envidió. Como define el verso de Fray Luis de León, vivió siempre «ni envidiado ni envidioso».
Hasta el final, él siguió siendo solamente Pepín: feliz, recordando a sus amigos.