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Montaje sobre la evolución humana y los dos mundos en los que vivimosRealizado con IA

El Debate de las Ideas

Saberlo todo y no entender nada

El miedo, esa vieja arma social hoy desplegada con una gran eficacia, inmoviliza, petrifica y reduce las aspiraciones humanas a la mera resistencia material

Hay una forma muy moderna de perder la cabeza que consiste en conservar todos los datos y extraviar por completo la realidad. El mundo sufre hoy una crisis de confianza total y absoluta. Frente a este descalabro, nuestros miedos son los que son, y nuestro mecanismo biológico fundamental funciona de igual manera en todos nosotros. Es decir, el cerebro no busca primariamente que seamos felices, solo quiere que sobrevivamos.

Subsistimos abstraídos en un murmullo perpetuo, una vorágine incesante que nubla el entendimiento y desdibuja los contornos de lo real. A veces, pienso que el drama actual no es que haya demasiada mentira o irrealidad, sino que se ha perdido el gusto por la verdad.

Desde los alarmantes titulares astrológicos o climáticos que nos advierten que estamos entrando en conjunciones que no se veían desde hacía miles de años, pasando por el delirio de una sociedad desorientada fruto de una falsa alienación identitaria, hasta las decisiones de gobernantes y su destructivo efecto en la sociedad y el tejido social. Vivimos, sin duda, en una vorágine y confusión por doquier.

El miedo, esa vieja arma social hoy desplegada con una gran eficacia, inmoviliza, petrifica y reduce las aspiraciones humanas a la mera resistencia material

Gracias a Dios, entre las nubes oscuras que acechan el horizonte educativo —ideologizado, tecnocrático y deshumanizante—, surge un genuino destello de luz en algunas instituciones: lo bueno, lo verdadero y lo bello (bonum, verum et pulchrum). Esto es, sin lugar a dudas, excelente. Pero es vital anunciar que antes del bonum, del verum y del pulchrum está el esse: el ser. Porque si no hay realidad, si nada es, todo se negocia.

El olvido del ser es el problema más serio para la educación de nuestra época. Como escribe Jacques Maritain: «El ser es el objeto formal del intelecto, es decir, el objeto que capta principalmente y en sí mismo y en función del cual aprende todo lo demás».

Todo lo que existe en el orden creado está indisolublemente marcado por la monotonía (la mismidad) y la diferencia. Yo soy exactamente igual a ti en cuanto a nuestra condición de seres humanos, compartimos la misma naturaleza; pero, al mismo tiempo, soy radicalmente diferente de ti por el simple hecho de ser yo, una persona única e irrepetible. Incluso cuando en el lenguaje cotidiano decimos que dos cosas son «exactamente iguales», seguimos necesitando la diferencia, pues si no la hubiera, no serían dos cosas, sino la misma. Esta tensión metafísica arraiga en la realidad misma de las cosas existentes, y es maravilloso.

No se si les pasa, pero es recurrente, muchos tienen su propia definición de lo bueno, reduciéndolo a un mero utilitarismo o sentimentalismo.

La verdad, por su parte, apenas subsiste en sus mentes como un perspectivismo atomizado y desconectado: «tu verdad y mi verdad». En este orden de cosas la belleza tampoco la perciben como algo real u objetivo, ya que afirman, repitiendo el dogma moderno, que depende enteramente de los diferentes gustos subjetivos. Para gustos… los colores.

Trágicamente, parte de la sociedad ha renunciado de antemano a lo bueno, verdadero y bello porque los perciben como construcciones gaseosas, sobre todo los más jóvenes. Pero lo que he experimentado y que todo el mundo entiende, y esto es precioso, es que la cuestión del ser es primaria. Cualquier esencia o naturaleza debe ser real primero, o de lo contrario carecerán de toda importancia.

Esto me lleva a que quien no aprende a mirar acaba aprendiendo sólo a opinar. No se educa a un niño enseñándole primero a opinar, sino enseñándole a obedecer humildemente a lo que es. Obedecer no en el sentido servil, sino en el sentido más alto: escuchar la realidad.

Es decir, la inteligencia empieza cuando el yo deja de ocupar todo el escenario. El niño aprende cuando descubre que la luna no sale porque él la mire o que la historia no cambia porque él la siente o percibe de otra manera.

A ello se refería san Gregorio de Nisa cuando escribió: «Los conceptos crean ídolos, solo la admiración nos revela algo».

Parece de perogrullo pero un árbol no es sólo un recurso natural ni un fondo monísimo para fotografías, es ante todo un árbol. Un cuerpo es un don. Una persona es un misterio llamado por su nombre.

La cosa es muy sencilla, no se puede amar lo que no se percibe como real. Por tanto, lo que importa es el sentido del valor que reside en el acto de existir. Por ejemplo, en la escuela, para entrar realmente en una materia, ya sea las matemáticas o las ciencias sociales, se necesita la intuición previa de que aquello es real, de que posee una consistencia ontológica.

De ahí que el arte supremo de la educación consista en provocar ese salto a la existencia, a la realidad concreta.

Fundamentalmente, esto significa atraer a los alumnos hacia la maravilla, hacia el asombro ante el milagro cotidiano de que las cosas existan y que tengan una razón de ser, cuando bien podrían no existir.

Paradójicamente, en este imperio de la simulación en el que nos movemos, si todo puede ser manipulado, nada digital será del todo creíble. Llegará un momento en que nada ya capte nuestra atención. Y es precisamente ahí donde volverá a tener un valor incalculable lo real, lo físico, lo tangible. El hombre moderno, hay esperanza, volverá la mirada hacia lo auténtico. Estoy segura.

Aunque la educación sí incluye, lógicamente, la transmisión sistemática del conocimiento, en el fondo implica dos movimientos fundamentales de la persona: avivar el deseo ardiente de conocer lo real y cultivar la articulación y el conocimiento razonados de esa misma realidad.

Me explico, debes querer saber «qué es» una cosa si alguna vez vas a intentar adentrarse en ella. Si pierdes esa pasión por lo real, perderás irremediablemente tu movimiento natural hacia lo superior, lo trascendental y, por lo tanto, hacia la sabiduría misma. Por tanto, necesitamos situar el salto apasionado hacia el ser en el corazón mismo de la pedagogía.

La educación moderna, en demasiados casos, ha confundido despertar con excitar. Excita emociones, excita opiniones, excita diferencias, excita susceptibilidades. Pero despertar es otra cosa. Despertar es abrir los ojos a lo real.

Si lo pensamos bien, en nuestra niñez el combo de estrechez y deseo nos hizo bastante felices, pues nos salvó de la pérdida de los sentidos directos. Todo pasaba a fin de cuentas, por «ese salto apasionado» por la picardía de la experimentación de conocer a través del ser. Y lo más bonito, a fin de cuentas, enfrentarse valientemente a lo real era siempre, de manera implícita o explícita, una forma de crecer hacia la trascendencia; en última instancia hacía Dios.

La Carta encíclica Magnifica Humanitas del Santo Padre León XIV, sobre la custodia de la persona humana en el tiempo de la inteligencia artificial, advierte que cuando se pierde la verdad sobre Dios y sobre el ser humano, y se adopta una visión «individualista y técnica», la realidad queda reducida a «materia» que puede modelarse según intereses egoístas.

También afirma que, si el ser humano es tratado como algo que debe ser «perfeccionado o superado», resulta más fácil considerar a algunos como «menos útiles, menos deseables, menos dignos», especialmente a los vulnerables.

Es decir, que cuando el hombre se desconecta del ser y de lo real, el prójimo pasa a convertirse en un estorbo.

Una perversión ideológica que ya el San Juan Pablo II criticó con asombrosa lucidez en Evangelium Vitae:

«Si la promoción del yo se entiende en términos de autonomía absoluta, las personas inevitablemente llegan al punto de rechazarse mutuamente. Todos los demás son considerados enemigos de los que uno debe defenderse».

Esta quiebra de los lazos mutuos ha arrastrado consigo virtudes que antes sostenían la arquitectura moral de nuestros pueblos, aun en épocas de menor instrucción académica. Antaño, sin haber demasiada educación formal en las capas sencillas de la población, existía por lo menos un temor santo a la indecencia. Había límites que nadie se atrevía a cruzar porque la conciencia comunitaria estaba viva.

Como bellamente sintetiza Peter Kreeft: «La dignidad del hombre descansa sobre su destino. Él no es sólo del polvo y para el polvo, sino de Dios y para Dios».

Hoy, la pérdida del ser ha diluido la entraña y el estilo: esa consistencia interna, ese señorío espiritual que unía indisolublemente la voluntad, el honor y la redención.

El filósofo y ensayista Jorge Freire ha captado la degradación de esta dimensión humana al afirmar que: «Quienes reducen la palabra a la palabrería, atacan la esencia de lo humano, que a su vez lleva ínsita una chispa de lo divino.».

Para el hombre de honor, su palabra es un reflejo de su propio ser.

El honor auténtico no necesita testigos. Es, resplandece en la intimidad de la persona ante la mirada del Creador. La honra, en cambio, depende trágicamente del mudable «qué dirán». Esta pérdida del honor se conecta directamente con la inmensa confusión que rodea hoy al concepto de dignidad humana.

Una educación verdadera debe formar hombres de honor, no hombres esclavos de la honra y el aplauso mundano.

Sigue habiendo un saber manifiesto en el «ser» de las personas y de las cosas. La realidad nos ofrece el conocimiento del orden natural, de su propósito y su naturaleza. Como escribió san John Henry Newman en su sermón El mundo invisible, existen «el poder y la virtud oculta en las cosas que se ven y por la voluntad de Dios se manifiestan»

La esperanza en el porvenir, señores, pertenece a quienes custodian el ser, porque el ser, en su infinita verdad y belleza, permanece para siempre. Solo así, entre tantos datos y tan poca realidad, el hombre puede volver a encontrarse.