Dietrich von Hildebrand junto con su esposa Alice Jourdain, en los años 60
Barbero del Rey de Suecia
El gran maestro es el amor
Alice von Hildebrand publicó en 1989 El amor que transforma, que ahora trae a España la editorial Eunsa con traducción, prólogo y notas del matrimonio formado por Teresa Pueyo-Toquero y José María Forment Costa. No sólo está bien traducido y comentado, sino que es bonito que un libro sobre el matrimonio tenga por embajadores en España a estos dos esposos.
A esta feliz circunstancia se suman otros dos ecos poéticos. Ya desde el título, Alice von Hildebrand rinde tributo al gran ensayo de su marido, Dietrich von Hildebrand: Nuestra transformación en Cristo (Madrid, Encuentro, 1996). Más aún, el libro hace continuas referencias explícitas a la vida matrimonial de la autora. Implícitamente, el libro es también un comentario o corolario de su propio matrimonio, convertido desde siempre en materia de reflexión. Otro libro del marido fue Matrimonio: el misterio del amor fiel (1992).
Aunque de evidente textura ensayística, El amor que transforma se presenta en forma epistolar semificticia. El libro se compone de las cartas que la autora escribe a una joven ahijada y amiga, Julie, recién casada con Michael. El lector reconoce enseguida la potencia ensayística de la forma epistolar, que insufla tensión narrativa y encarnadura a las reflexiones más profundas. Sin embargo, Alice von Hildebrand no logra extraer del género todas sus posibilidades literarias. A veces se ven las costuras filosóficas; otras, los personajes no cobran suficiente vida. Queda lejos de ese monumento del ensayo epistolar que es Cartas del diablo a su sobrino, de C. S. Lewis.
En cambio, si el lector va buscando una reflexión pragmática sobre el amor y el matrimonio, tendrá pocas pegas que ponerle a esta obra. Transmite perfectamente la dimensión aventurera y épica: «El matrimonio es una gesta de audacia». «Cuanto más os dejéis refinar por el amor, más perfecto será vuestro matrimonio», propone una Alice von Hildebrand que no idealiza. De hecho, si le tuviese que poner un pero, sería precisamente el contrario: una sensibilidad quizá excesiva ante los problemas, incluso los casi insignificantes. Ella misma explica por qué: «El matrimonio es esa relación humana en la que cosas que en sí mismas son moralmente irrelevantes se vuelven moralmente relevantes: el amor dota a todo de importancia».
Aprovecha sus conocimientos antropológicos para arrojar luz sobre la vida conyugal: «Somos seres espiritualmente turbulentos: nuestros sentimientos a menudo no están en armonía con nuestras acciones». Y propone soluciones: «Aquí lo más importante es tu voluntad, pues todo amor auténtico debe ser confirmado por muchos actos de voluntad que nos sostienen cuando —por la razón que sea— nuestros sentimientos decaen».
Otra tensión que contribuye a electrificar el libro es la conciencia de que, precisamente por ser muy de su tiempo, resulta muy a contratiempo y contra mundum. Con cuánta delicadeza y verdad, con qué respeto a la libertad personal y con qué valor afronta el tema del trabajo fuera de casa y la conciliación.
Da su sitio al humor. Cuenta la historia de una chica a la que se le pincha una rueda en California. Nadie se detiene a ayudarla. Hasta que «exasperada, escribió en un gran trozo de papel en letras grandes: «¡No soy feminista!». A los pocos minutos llegó la ayuda de un joven encantado de echar una mano».
La obra tiene un gran final. El matrimonio conoce pequeñas mejoras y adaptaciones, pero el desenlace no consiste en que quede arreglado y empiece de pronto a funcionar como un reloj, sino en algo mucho más grande: ¡Julie y Michael esperan un hijo! Esa es la culminación, no un ascenso profesional ni una sincronización perfecta. Los von Hildebrand no tuvieron hijos, pero Alice da un testimonio precioso de la importancia de la fecundidad conyugal. Es una paradoja de dimensiones chestertonianas y, por tanto, auténtica y feliz.
Al leer El amor que transforma, Juan Pablo II, amigo personal de la autora, dijo: «Que el Señor conceda a este libro el éxito que merece, ya que trata un tema muy importante y amenazado». Que por el barbero del rey de Suecia no quede.
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Tenéis en vuestras manos el poder de crear un cielo o un infierno terrenal. […] Un gran amor puede ser la fuente de felicidad más profunda de este lado del Cielo.
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[La casa:] crear un lugar donde sea bueno estar.
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Con los ojos del amor, se te concedió una visión Tabor de Michael. […] Sólo quien ama ve y quien ve más claro ama más profundamente.
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Nuestra preocupación no es qué es más fácil; nuestra preocupación es qué es más hermoso.
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La misteriosa esfera del sexo no siempre da lo que parece prometer (por eso las personas inmaduras, que suelen equiparar el sexo con el paraíso, se desilusionan tan a menudo del sexo).
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La alegría es un don que no puede esperarse como derecho, ni siquiera esperarse en general.
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Quien ha vivido una vida impúdica y luego se convierte, se enamora y se casa con la mujer que ama, descubre el sexo por primera vez.
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Tu irritación por el distraído chasquido de nudillos de Michael despierta mi simpatía. Es algo sin importancia que sería mejor ignorar, pero las cosas sin importancia a veces nos ponen de los nervios.
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Ver a alguien desde fuera es una falta de caridad; ver a quien se ama desde fuera es una especie de traición.
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La discreción es una virtud tan importante que debe permanecer incluso en el matrimonio.
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[No identifiquemos a nadie con su peor versión ni con sus comportamientos menos dignos.] ¿No te gusta que te digan sobre una mala fotografía que «no se parece a ti en nada»? […] Debemos dar a nuestro cónyuge el crédito del amor.
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Una actitud moderna muy extendida agrava nuestras dificultades en el matrimonio y en todas nuestras demás relaciones: la falta de reverencia. […] En sus escritos, mi marido llamaba a la reverencia «la madre de todas las virtudes».
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La belleza de vuestro matrimonio depende en gran medida de la reverencia que os profeséis mutuamente.
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El secreto es no dejar nunca que nuestras bromas se alejen de nuestras profundidades espirituales. Siempre me ha sorprendido la facilidad con que las personas santas pueden pasar de la recreación a la oración.
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Entonces se forma un triángulo: el objeto y vosotros dos mirándolo juntos. […] Platón tenía razón: en su encuentro con la belleza, al alma humana le crecen alas.
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Las pequeñas obras en la cocina hechas por amor tienen más valor que una brillante fusión en Wall Street llevada a cabo por codicia.
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Uno de los grandes errores de nuestro tiempo es la idea de que el servicio es degradante. ¡Qué error tan catastrófico!
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El hombre y la mujer están llamados a menudo a tocar instrumentos diferentes en la gran sinfonía de la vida.
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Platón: «Un hombre debe enorgullecerse más de servir bien que de mandar bien».
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San John Henry Newman: «No es posible encontrar a dos personas, por muy íntimas que sean, por mucho que congenien en sus gustos y apreciaciones, por mucha afinidad de sentimientos espirituales que exista entre las mismas, que no se vean obligadas a renunciar, en beneficio mutuo, a muchos de sus gustos y deseos si quieren vivir juntas felizmente».
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Además, si dos personas pudieran fusionarse, no podrían amarse, porque el amor exige dualidad.
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Anunciar los sacrificios es una mala manera de hacerlos.
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Por lo general, las personas son muy sensibles a los errores que han cometido y es especialmente doloroso si la persona a la que quieres es quien se los restriega.
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Uno de los grandes recursos en manos de las mujeres: apelar a ese sentido de la caballerosidad que se encuentra en lo más profundo del corazón de la mayoría de los hombres.
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Michael (como la mayoría de los hombres dignos de ese nombre) se conmueve especialmente cuando le haces saber lo mucho que le necesitas.
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Estoy convencida de que, aunque muchos hombres parezcan toscos e indiferentes, en el fondo la mayoría son caballerosos: sienten que su misión especial es ayudar a los que son físicamente menos fuertes: mujeres, ancianos, niños. Pueden ser heroicos en su deseo de rescatar a alguien necesitado.
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El agotamiento acorta los ánimos.
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[¡Cuánto nos preparamos para una entrevista de trabajo!] Es lo apropiado: está en juego nuestra carrera. Sin embargo, tras un largo día de separación, cuando estamos a punto de volver a ver a la persona más importante de nuestra vida, rara vez nos preparamos en absoluto. Entramos en casa dando por sentado que podemos venir como estamos. Siempre debemos prepararnos para el tiempo que pasamos con nuestro cónyuge en casa.
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Vuestro matrimonio debería ser aún más bonito que vuestro periodo de noviazgo. Si no fuera así, ¿para qué casarse?
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Estar con los demás exige estar siempre alerta, despierto, presente.
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La paz sólo llega cuando nos preocupamos sobre todo de nuestros propios defectos.
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El matrimonio está destinado a ser una antesala del Cielo.
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El gran maestro en el matrimonio es el amor, no uno de los cónyuges disfrazado de maestro de escuela.