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Por qué David Uclés y Lucía Solla, autores de los libros del año, son la guerra y la paz, respectivamente

Con solo leer las diez primeras páginas de La península de las casas vacías y las diez primeras de Comerás flores uno se puede hacer idea del perfil de novela y de escritor o incluso del personaje

David Uclés y Lucía Solla Sobral

A la quizá más famosa novela de Tólstoi, Guerra y paz, algunos le dicen La guerra y la paz. Precisamente Tólstoi, en el prólogo de su gran obra, confesaba que solo escribía sobre lo que conocía (y explicaba las razones), que en este caso era sobre la aristocracia, sobre la vida de los nobles.

Esta es una decisión noble, en el otro sentido, también práctica y quizá una norma oficiosa del escritor que debiera ser oficial. Escribir sobre lo que se conoce es fundamental. Esa era una de las normas personales de Hemingway: escribir sobre algo que conociera.

También dijo que el truco para empezar a llenar la página en blanco era escribir una primera frase verídica, lo cual se relaciona con lo anterior. Son hábitos sencillos que los escritores «profesionales» en buena medida olvidan. Uno puede no saber y documentarse, lo cual requiere de estudio y esfuerzo considerables.

La posibilidad de error siempre existe en estos casos. Y no solo la posibilidad de error, de que se descubra, sino también de que se descubra que el escritor está forzando una historia, lo alejado de la naturalidad que ni con la investigación, ni con el afán, logra transmitir la gozosa sensación de ligereza al lector.

Saber o no saber

Esto es lo que se advierte con solo leer las diez primeras páginas de los dos libros más exitosos del año: La península de las casas vacías de David Uclés y Comerás flores de Lucía Solla Sobral. En el primero se advierte desde la primera línea el sudor y una suerte de resistencia que se contagian al lector, aunque no lo parezca.

En el segundo sucede todo lo contrario: parece que, como Tólstoi o Hemingway, la autora está escribiendo con la soltura de saber sobre lo que escribe, como si el relato se escribiera solo en esa especie de culminación que se advierte, igual que si se hubiera sobrepasado la atmósfera desde las primeras páginas.

Hay que desbrozar el campo de Uclés, mientras por el de Solla se pasea libremente, como si tras cada párrafo la maleza se aclarara con el poder de su escritura. A Uclés se le atraganta el realismo mágico en el intento claro de emular a García Márquez.

A Lucía Solla se le nota también que trata de emular a alguien (consciente o inconscientemente, lo lógico en un escritor que escribe sobre lo que ha leído pasado por los años y la vida propia), pero no se sabe a quién o, mejor, a quienes, solo se presiente sin objeciones algo que además hace sin obstáculos, con la fluidez del nado y no la dificultad de la escalada.

Uclés escala lo que no conoce y Solla se desliza sobre lo que sí conoce. Y se nota mucho. Se siente. En la narración lineal, suave, y en la metáfora: la de Uclés abigarrada y la de Solla deshaciéndose al degustarla como un manjar. Todo en Uclés es chillón y en Solla callado.

Dos escrituras antagónicas cuyas características se repiten en el perfil de cada uno: la sobreexposición mediática frente a la discreción. La guerra ideológica de Uclés y la paz personal o la intimidad de Solla que es literatura sin más sobre el papel, guste más o menos. La guerra y la paz.