Montaje sobre un caso de bulling en las redes sociales
El Debate de las Ideas
Un caso de bullying en las redes sociales
Hace unos días, mientras trabajaba tranquilamente en el ordenador en el silencio de la Abadía, irrumpió un grupo de personas en mi habitación. No pude distinguir cuántas eran. Llevaban el rostro cubierto por una malla negra. ¿Cómo lograron entrar en una Abadía sin ser vistos? No lo sé, pero lo cierto es que abrieron la puerta con violencia, me agarraron del brazo, me arrancaron de la silla y me golpearon: primero en el pecho, después en la cabeza y, por último, contra el ordenador desde el que escribía. Caí al suelo. Allí comenzaron a gritarme. Utilizaban fragmentos de mi vida privada para acusarme, ridiculizarme y hacerme sufrir.
Eran muchos. Quizá tres. Quizá diez. No lo sé. Apenas podía distinguirlos. Solo recuerdo el ruido, la confusión, el miedo y la extraña sensación de que la crueldad puede adoptar una forma casi impersonal cuando se ejerce en grupo. No me defendí. El terror tiene una capacidad curiosa: no siempre empuja a huir; a veces inmoviliza. Permanecí en el suelo sin comprender qué estaba ocurriendo ni por qué yo me había convertido en el blanco de tanta hostilidad.
Cuando, horas más tarde, conseguí incorporarme, la puerta volvió a abrirse de golpe. Regresaban para continuar la agresión. Durante varios días sentí como si siguiera tendida en aquel suelo imaginario, intentando comprender qué había sucedido.
Nada de esto ocurrió físicamente.
Y, sin embargo, el ataque violento fue real. La habitación era una pantalla. La puerta era una publicación. Los golpes eran cientos de palabras. La agresión tuvo lugar en Substack.
Durante varios días recibí insultos, descalificaciones y ataques personales. Algunas personas utilizaron información perteneciente a mi vida privada para humillarme públicamente. Aquello me hizo comprender que no estaba ante simples desconocidos que discrepaban de mis ideas. Había personas que conocían aspectos de mi historia y decidieron utilizarlos como armas.
Todo comenzó después de publicar un artículo en el que reflexionaba sobre determinadas dinámicas humanas que considero peligrosas y que, por los testimonios que he recibido a lo largo de los años, causan un profundo sufrimiento. Procuré escribir con respeto, sin señalar a ninguna persona ni a ningún grupo concreto. Mi intención era invitar a la reflexion, no atacar.
Esperaba argumentos, pero solo llegaron ataques personales. No se respondió al contenido de lo que había escrito. En lugar de discutir las ideas, la conversación se desplazó hacia mi persona y a destruir mi credibilidad. Descubrí, quizá por primera vez con toda su crudeza, que existe una forma de violencia cuyo objetivo no es demostrar que alguien está equivocado, sino conseguir que deje de escribir.
Nunca había experimentado algo semejante. He tenido que aprender incluso el nombre de lo que viví: ciberacoso y bullying. Antes de vivirlo, sinceramente pensaba que esas palabras describían una realidad ficticia, algo propio de una película de ficción. Después comprendí que describe algo mucho más profundo: la experiencia de sentirse rodeado por una multitud invisible que deja de verte como un ser humano para convertirte en una pantalla sobre la que proyectar sus miedos, sus inseguridades, sus luchas interiores y su desprecio.
Lo más doloroso no fueron los insultos y las descalificaciones. Las discrepancias y los insultos existen desde siempre. Lo verdaderamente inquietante fue descubrir la facilidad y la impunidad con la que una persona (o un grupo) puede convencerse de que el sufrimiento del otro carece de importancia cuando cree estar defendiendo una causa superior. Ese es un mecanismo profundamente humano y, precisamente por eso, merece toda nuestra atención. Desde que ocurrió, ahora entiendo perfectamente que un adolescente se suicide como consecuencia.
Cuando una causa –sea religiosa, política, ideológica o de cualquier otra naturaleza– termina justificando la humillación del discrepante, algo esencial se ha roto. La búsqueda de la verdad deja paso a la necesidad de vencer y de humillar. El otro deja de ser un interlocutor y se convierte en un obstáculo.
No es un problema exclusivo de una comunidad, de una religión o de una corriente de pensamiento. Es una tentación que puede aparecer allí donde el grupo acaba teniendo más valor que la conciencia individual, cuando recordemos que todo grupo es para la persona, no la persona para el grupo. Por eso lo que escribo no pretende señalar culpables, sino señalar un fenómeno.
Las redes sociales han multiplicado extraordinariamente nuestra capacidad para comunicarnos. Sin embargo, lamentablemente, también han multiplicado nuestra capacidad para hacer daño. Basta una pantalla para olvidar que detrás hay una persona con una historia, una familia, unos sueños, heridas, esperanzas y límites.
Mientras escribo estas líneas sigo intentando comprender por qué alguien puede experimentar satisfacción al contribuir al sufrimiento de otra persona. No tengo una respuesta. Lo único que sé es que ninguna idea, por elevada que se considere, debería exigir la destrucción moral de quien piensa de otro modo.
Escribo estas palabras sin deseo de venganza. Tampoco escribo para despertar compasión, ni como ejercicio de defensa personal. Las escribo porque guardar silencio ante la violencia nunca ha servido para hacerla desaparecer.
Si este testimonio ayuda a que una sola persona reconozca una situación semejante, decida no participar en una campaña de bullying o acoso, sea más respetuosa a la hora de comunicarse a través de una pantalla, o encuentre fuerzas para no sentirse sola cuando atraviese algo parecido, entonces habrá merecido la pena. Las heridas que produce la violencia digital no dejan cicatrices visibles, pero son reales. Existen.
El debate no debe ser si se utiliza IA o no, sino si decidimos permanecer humanos. Quizá la primera forma de combatirlas sea recordar una verdad tan sencilla como olvidada: detrás de cada perfil, detrás de casa pantalla, hay un ser humano. Y ningún ser humano debería ser tratado como si hubiera dejado de serlo. Solo así podremos construir comunidades seguras en la era digital que nos ha tocado vivir.