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Interior de la Mezquita-Catedral de Córdoba.Getty Images/iStockphoto

Ni marroquíes ni obra marroquí: la Alhambra y la Mezquita de Córdoba fueron andalusíes

Al-Ándalus fue, en su momento de mayor esplendor, una civilización, ante todo, hispanomusulmana

¿Puede Marruecos reclamar como propia la Alhambra de Granada o la Mezquita-Catedral de Córdoba? Cada cierto tiempo resurge, con distinta intensidad, la afirmación de que estos monumentos son «marroquíes» o fueron «hechos por marroquíes», una idea que en los últimos años ha ganado terreno incluso en declaraciones institucionales magrebís sobre un supuesto «legado andalusí compartido».

Conviene exponer esa tesis con honestidad antes de examinarla. Una parte de la historiografía marroquí y magrebí reivindica el papel de las dinastías almorávide y almohade –de origen bereber norteafricano, con capital en Marrakech– como parte constitutiva, y no meramente episódica, de la civilización andalusí, y subraya la continuidad cultural, artística y religiosa entre ambas orillas del Estrecho durante buena parte de la Edad Media: un único espacio civilizatorio, dicen, que no reconocía la frontera que hoy separa España de Marruecos. Es un argumento con base real –esas dos dinastías existieron y gobernaron efectivamente a ambos lados del Estrecho– y no debería despacharse sin más.

Pero basta con mirar quién construyó la Mezquita y la Alhambra, cuándo y desde dónde, para que ese argumento se derrumbe por su propio peso. Ni un solo ladrillo de la Mezquita se puso bajo autoridad magrebí, y ni un solo palacio de la Alhambra se debe a una dinastía llegada de Marrakech.

Un origen que mira a Damasco, no a Marrakech

La Mezquita de Córdoba comenzó a levantarse en el año 785, por orden de Abderramán I. Este príncipe no era marroquí: era un omeya huido de Damasco, último superviviente de la dinastía que había gobernado el califato desde Siria hasta que los abasíes la derrocaron en Oriente Próximo.

Su proyecto en Córdoba fue, precisamente, recrear en Al-Ándalus el esplendor arquitectónico de la mezquita omeya de Damasco, no importar un estilo magrebí.

Durante los dos siglos y medio siguientes, el califato de Córdoba fue una potencia autónoma, mediterránea y profundamente conectada con Oriente, gobernada por árabes sirios, muladíes (hispanos convertidos al islam) y una administración que se pensaba a sí misma como heredera de Damasco, no como provincia de ningún reino del actual Marruecos.

La Alhambra, por su parte, es obra fundamentalmente de la dinastía nazarí (1238-1492), el último reino musulmán de la Península. Los nazaríes eran un linaje árabe local, asentado en Granada, que gobernó un reino ibérico independiente –vasallo en distintos periodos de Castilla, no de ningún poder marroquí– y que desarrolló un estilo decorativo propio, el llamado «arte nazarí», con artesanos, alarifes y talleres radicados en la propia Granada.

Sus yeserías, sus atauriques, sus techos de mocárabes y sus versos epigráficos –muchos firmados por poetas cortesanos granadinos como Ibn al-Jatib o Ibn Zamrak– son producto de una corte andalusí, no de una corte magrebí.

La confusión del «Marruecos» anacrónico

El error de fondo es proyectar hacia atrás una categoría nacional moderna. Marruecos, como Estado, no existe hasta el siglo XX; ni siquiera como entidad dinástica unificada y reconocible tiene continuidad directa con las dinastías que en ciertos periodos –y solo en ciertos periodos– gobernaron a ambos lados del Estrecho.

Es cierto, y no conviene ocultarlo, que entre los siglos XI y XIII dos imperios bereberes norteafricanos, los almorávides y los almohades, sí dominaron Al-Ándalus desde sus capitales magrebíes (Marrakech, sobre todo), y que su impronta arquitectónica –el uso del ladrillo, ciertos arcos, la Giralda sevillana como alminar almohade– es innegable.

Pero ese episodio, con ser real, no es intercambiable con «marroquí» en sentido nacional actual, y sobre todo no corresponde ni a la Mezquita de Córdoba (anterior en dos siglos y medio a los almorávides) ni a la Alhambra (posterior en varias décadas a la caída almohade, ya bajo un reino nazarí que se definía frente a, y no como parte de, los poderes del Magreb).

¿Y por qué se parecen tanto, entonces?

Si ni la Mezquita ni la Alhambra son obra marroquí, cabe preguntarse por qué la arquitectura tradicional de ciudades como Fez, Tetuán o Chauen resulta tan reconociblemente «andalusí» a ojos de cualquier visitante: los mismos arcos de herradura, las mismas yeserías caladas, los mismos patios con alberca central, la misma tradición musical de raíz cordobesa. La respuesta habitual –que todo ello llegó a la Península desde Marruecos– es, en la mayor parte de los casos, exactamente la inversa de lo que documenta la historia.

El flujo dominante fue de norte a sur, no al revés, y en al menos tres oleadas bien documentadas. La primera, ya en el siglo IX: tras una revuelta duramente reprimida en Córdoba (la llamada «matanza del Arrabal», hacia el año 818), varios miles de familias cordobesas emigraron a Fez, donde fundaron el todavía existente Barrio de los Andaluces, con su propia mezquita –la Mezquita de los Andaluces– y sus propios oficios artesanos.

La segunda, en 1483-1492: tras la caída del reino nazarí, el militar granadino Sidi al-Mandari reconstruyó desde sus cimientos la ciudad de Tetuán con refugiados de Granada, dotándola de una trama urbana y una arquitectura conscientemente andalusíes; su medina sigue siendo, cinco siglos después, uno de los conjuntos urbanos «hispanomusulmanes» mejor conservados del mundo, y está reconocida como tal por la UNESCO.

La tercera, tras la expulsión de los moriscos en 1609: decenas de miles de andalusíes se instalaron en Fez, Tetuán, Rabat y Salé, donde reforzaron una tradición artesanal y musical –la llamada música al-âla, heredera directa de la escuela cordobesa del músico Ziryab (siglo IX)– que Marruecos conserva hoy como parte de su patrimonio nacional.

Dicho de otro modo: se le puede dar perfectamente la vuelta al argumento que hoy repite cierta propaganda oficial marroquí. No es que la arquitectura andalusí sea una prolongación del arte magrebí; es que buena parte de lo que hoy se exhibe como «arquitectura tradicional marroquí» –sobre todo en el eje Fez-Tetuán-Chauen– es, en su origen documentado, arquitectura andalusí exportada al sur del Estrecho por los propios andalusíes, en sucesivas oleadas de exilio forzoso.

Quien cruzó el mar llevando el oficio de yesero, el arco de herradura y la nuba cordobesa no fueron los marroquíes hacia España, sino los granadinos y cordobeses hacia Marruecos.

Conviene, eso sí, no caer en el espejismo inverso de convertir esta oleada en el origen absoluto y exclusivo de toda la cultura marroquí, como si el país careciera de tradiciones propias anteriores o paralelas: la propia arquitectura bereber, meriní y saadí tiene raíces autónomas, y algunos historiadores discuten hasta qué punto la integración real de los exiliados andalusíes –a menudo recibidos con recelo por la población local– fue tan profunda como sugiere el relato romántico posterior.

Pero como corrección al argumento contrario –que presenta lo andalusí como derivado de lo marroquí–, la evidencia documental apunta con claridad en sentido contrario.

Al-Ándalus fue una civilización peninsular

Lo decisivo es que Al-Ándalus fue, durante casi ochocientos años, una civilización arraigada en suelo ibérico, con población mayoritariamente autóctona islamizada, con una lengua propia (el árabe andalusí, distinto del magrebí, y el romance mozárabe), con una identidad cultural que los propios cronistas árabes de la época –orientales y magrebíes por igual– reconocían como diferenciada, a menudo con una mezcla de admiración y recelo hacia «los andalusíes».

Reducir ese mundo a una simple prolongación de Marruecos no solo es anacrónico: invisibiliza la genealogía siria y omeya de Córdoba, la genealogía local y granadina de los nazaríes, y la enorme contribución de la población ibérica convertida –la inmensa mayoría de los habitantes de Al-Ándalus en su momento de mayor esplendor– a una civilización que fue, ante todo, hispanomusulmana.

Llamar «marroquíes» a la Alhambra o a la Mezquita de Córdoba no es un homenaje a la riqueza del islam clásico, sino una simplificación que despoja a España de una parte legítima –y no ajena– de su propia historia, y que de paso empobrece la comprensión de lo que realmente fue Al-Ándalus: no una colonia magrebí, sino un mundo propio, mediterráneo, que dialogó con Damasco, con Bagdad, con Marrakech y con la Europa cristiana, sin reducirse a ninguno de ellos.

Sobre el argumento del anacronismo

Cabe anticipar una objeción obvia: si «Marruecos no existía como Estado» invalida la etiqueta «marroquí», el mismo razonamiento podría usarse para negar que la Alhambra sea «española», puesto que tampoco existía en 1238 un Estado español unificado en el sentido moderno.

La diferencia no es el anacronismo en sí –inevitable al hablar de cualquier época premoderna–, sino la continuidad histórica y territorial: Granada, Córdoba y sus artífices pertenecen a una tradición política, cultural y territorial ininterrumpida que desemboca en la España peninsular actual, mientras que su vínculo con el actual Marruecos se limita, en el mejor de los casos, a dos siglos de dominación dinástica bereber (almorávide y almohade) que ni construyó la Mezquita ni la Alhambra.

Es decir: el argumento no es «no existía Marruecos, luego no es marroquí», sino «quienes lo construyeron –omeyas sirios primero, granadinos nazaríes después– no formaban parte de ninguna entidad política, dinástica ni territorial identificable con el actual Marruecos, ni antes ni durante su construcción».

La tesis del «legado compartido» descansa en dos siglos reales de dominación magrebí; pero ni uno solo de esos dos siglos puso una piedra en Córdoba o en Granada.

*María Jesús Aparicio González es Prof. Dra. de Bellas Artes de la Universidad CEU San Pablo. Magister en Estética y Teoría del Arte.