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Montaje undécimo mandamientoRealizado con IA

El Debate de las Ideas

Ya no se respeta ni el «undécimo mandamiento»

El escritor Milan Kundera defendía que «algún mandamiento debía gobernar a la gente de nuestro tiempo», ya que el Decálogo bíblico ha caído prácticamente en el olvido. Por eso el mismo Kundera señalaba en La inmortalidad (1989) que toda la estructura moral de nuestra época se apoya en el «undécimo mandamiento» que consistente en «decir la verdad», la verdad sencilla, la que se atiene a los hechos.

Al hilo de esto situaba a los periodistas como los administradores de este nuevo orden moral. Los periodistas como nuevos sacerdotes «gracias a una resolución secreta de la historia». Citaba a la grandísima Oriana Fallaci cuando se batía en duelo en cada entrevista con los políticos de comienzos de los años 70´, demostrando que «el poder del periodista no está basado en el derecho a preguntar, sino en el derecho a exigir respuestas».

Cita (¡cómo no hacerlo!) a Carl Bernstein y Bob Woodward, inmortalizados en el cine por Dustin Hoffman y Robert Redford, respectivamente, en Todos los hombres del presidente, cuando, con sus investigaciones e interpelaciones al gobierno y al público a través del Washington Post, obligaron al presidente Richard Nixon a, primero, mentir y, después, reconocer su mentira. Nixon hubo de salir de la Casa Blanca cabizbajo y humillado, imagen que quedó de él para la posteridad.

Periodistas así fueron héroes de entonces y de ahora, simplemente por defender la verdad simple y llana o el «undécimo mandamiento», por algo tan sencillo como que el gran público veía que se hacía justicia.

Cierto que aún hay periodistas así, algunos de los nuestros, esos que llevan tiempo investigando las miserias del gobierno de Sánchez y de su entorno, del PSOE e, incluso, de otros asuntos aun cuando se refiriesen a otros políticos y a otros partidos.

Se trata de mostrar la verdad, la verdad fundamental en el plano ético, la verdad de una metafísica humildísima o, como sostiene Kundera, «una verdad de la planta baja de la ontología», esa «verdad puramente positiva de los hechos».

Hoy quienes nos privan de esa ontología mínima, quienes nos tratan como incapaces de ver los acontecimientos y discernir los fenómenos, quienes minusvaloran nuestra posibilidad de reconocer los principios éticos más básicos y nos presuponen «subdotados» moralmente para reconocer el bien y realizarlo son, sin duda, unos facinerosos que nos tratan como necios o como dementes. ¡Basta ya!

Todos los días contemplamos, muy a nuestro pesar, cómo miembros del gobierno, parlamentarios, políticos y (pseudo) periodistas a sueldo, nos tratan así. Unos y otros ya no administran el «undécimo mandamiento» sino que lo vulneran, esta vez a costa del erario público, con infames campañas de publicidad institucional, con despilfarro innecesario y perverso para mantener a las cadenas de comunicación acalladas o atenuadas. Para que ciudadanos o súbditos (¿qué más les da?) se silencien bajo el peso insoportable de su censura.

Han llenado los medios con complacientes aduladores, voceros de su propaganda y de su fasto; papagayos de su neolenguaje, inquisidores de medio pelo: fascista, machista, racista, negacionista, populista, sionista son sus des-calificativos favoritos que recogen al fondo la acusación de «antidemócrata» a quienes mantenemos despierta la crítica y una viva respuesta a su vulgar ideología.

Muchos siglos atrás San Agustín precisaba la imagen de una Roma decadente donde la moralidad pública solo buscaba, como mucho, proteger a un hombre de otro mientras el vulgo se conformaba con «alcanzar sus propias satisfacciones». Escribe en La Ciudad de Dios, II, 20:

«Que los pobres obedezcan a los ricos por saciar su hambre y que a su amparo gocen de una tranquila ociosidad. Que los ricos abusen de los pobres para sus clientelas y para satisfacción de su fasto. Que los pueblos aplaudan no a los servidores de sus intereses, sino a los proveedores de sus placeres. Que no se les mande cosa dura ni se les prohíba cosa impura».

Así andamos hoy, inmersos en esa «máquina de fango» que Pedro Sánchez atribuía a sus opositores mientras la activaba en la misma entraña de su gobierno y allegados. Acusan con la boca lo que ellos realizan a escondidas, en lo soterrado de sus cloacas.

Ahora empezamos a vislumbrar la magnitud de su entramado corrupto. Pero esa «maquinaria de fango» solo se sostiene porque hay otra maquinaria más profunda y sutil, una corrupción oblicua y trasversal: la «máquina del sinsentido». Una cultura que vagabundea por el solar vacío de la nada, como es hoy la cultura liberal que ha dejado un espacio para que le aboquen más y más basura ideológica: plásticos de colores, retales de izquierdismo rancio, un cascada de temáticas tocadas con más o menos ingenio por putrefacción. El solar de la izquierda ocupado por ideología de baratillo.

Pero, digamos la verdad, con dinero público a raudales y fondos europeos se puede hacer «magia potagia». Se puede llevar a las gentes a comulgar con ruedas de molino.

Si la estructura moral de la modernidad tardía, si la planta baja de la ontología tardomoderna consistía, cuanto menos, en respetar la verdad básica y simple, esa verdad positiva de los hechos, ahora ni siquiera esto se respeta, porque una oleada de opinadores va de decir la voz de su amo.

Por ejemplo:

– ¿Era «A» su amigo y su hombre de mayor confianza? -pregunta de periodista–.

– ¡No, no conozco a «A»! Al menos no le conocía profundamente -respuesta de «P»–.

Estos opinadores dirán que sí, que ciertamente «P no conocía suficientemente a A». Otros opinarán que cuando «P conoció a A, no era en ese momento P sino S y que ahora al ser P podemos decir que no le conoce, porque quien le conoció bien fue S (aun siendo la misma persona P y S) pero que ahora no es S sino P. Por lo tanto, P no conoce a A».

¡Échenle guindas al pavo!

Hace un tiempo una Oriana Fallaci le hubiera sacado los colores a un político así o a quienes le secundan. Algo más que los colores, hubiese logrado, como Bernstein y Woodward, que saliese de la Moncloa, como Nixon salió de la Casa Blanca.

Sin embargo, hoy una periodista a lo Oriana Fallaci no puede ni preguntar; no tiene turno de palabra, no tiene la ocasión de interpelar. Hoy tenemos un gabinete de gobierno que son papagayos parlanchines que repiten con exactitud el breve argumentario que les proporciona Moncloa en cada situación.

Y yo me pregunto: ¡Qué menos que respetar el undécimo mandamiento! Ese que aun respetaban (o querían respetar) los posmodernos como Kundera.

No olvidemos nunca que la libertad y la democracia son un «logro moral», que defender la verdad, por mínima y básica que esta sea, aun el undécimo mandamiento de Kundera, nos hace libres y que, si nos preocupa nuestro futuro, debemos involucrarnos más en la reconstrucción de nuestros pilares morales comunes.