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La enorme represión cultural en Marruecos que silencian el Gobierno de Sánchez y sus socios

El ministro Marlaska confirmó hace unos días la «lealtad» del Ejecutivo español al régimen totalitario de Mohamed VI

Pedro Sánchez y Mohamed VIEFE

Los españoles asisten con asombro a las incalificables relaciones «diplomáticas» entre España y Marruecos. Los ceutíes no asisten con asombro, sino que viven con miedo tras la reciente invasión a la que el Gobierno de Sánchez no ha respondido, ni ante el país invasor, ni por los ciudadanos españoles de Ceuta abandonados ante la delincuencia que campa a sus anchas por la ciudad autónoma.

Todo es extraña rendición y pleitesía del Gobierno español al régimen autoritario de Mohamed VI. Una monarquía absoluta en pleno XXI, donde la cultura no existe porque no existe la libertad para expresarse, como demuestra el exilio y la persecución de sus artistas más destacados.

Criticar al rey de Marruecos sigue acarreando penas medievales, y todo a pesar de unas supuestas reformas, de camino a una democracia o a una monarquía constitucional pretendidas que están muy lejos de llegar.

Poder religioso y político absoluto

Una transición falsa con medidas superficiales con un sistema electoral «diseñado deliberadamente para impedir el triunfo de cualquier candidato, por lo que es imposible obtener más del 20 % de los escaños en el parlamento, lo que permite que la monarquía domine», según Mohamed Daadaoui, profesor de ciencias políticas en la Universidad de Oklahoma, en Estados Unidos.

Palabras de hace 15 años, reciente la Primavera Árabe, que no tuvo ninguna consecuencia, convenientemente manejados todos los pasos, por y para el régimen alaouita. Daadaoui es un ejemplo de la cultura marroquí exiliada. Solo se puede criticar desde fuera el poder religioso y político absoluto del rey, al que el Gobierno democrático español muestra su «lealtad», en palabras de Marlaska.

Muy conocido fue el caso del periodista Ali Lmrabet, crítico con el régimen, quien fue detenido al llegar Marruecos y liberado después gracias a las presiones internacionales. Otro caso es del rapero y cineasta El Mahdi Lyubi, encarcelado desde el 15 de julio. Un artista contrario a la monarquía que denuncia la falta de libertad en sus obras y trabajos.

Acusados de delitos comunes

En 2020, otro rapero, Gnawi, criticó directamente al rey oponiendo su opulento estilo de vida frente a la pobreza y ausencia de oportunidades de los marroquíes en su canción Viva el pueblo, un gran éxito en redes. Poco después de publicarse el tema, el artista fue arrestado y condenado a prisión en un dudoso juicio.

Pegasus, el tristemente célebre (también relacionado con el Gobierno de Sánchez) software de espionaje es un detector infalible de críticos al régimen, que son inmeditamente detenidos como, por ejemplo, Suhaib Qebli y L7a9ed , el primero condenado a ocho meses de cárcel por publicar vídeos en Youtube, y el segundo por sus canciones antisistema, quien hoy vive exiliado por la persecución.

Una persecución de la que huyó el escritor y cineasta Abdellah Taïa. Como Omar Brouksy, autor de libros de investigación muy críticos con el rey de su país, y también Abu Bakr Jamaï, escritor que pasó por la cárcel y el exilio por denunciar al régimen. O el caso de Hicham Mansouri, otro investigador que fue encarcelado bajo la acusación de adulterio, una práctica habitual cuando se quieren silenciar las críticas.

Control de la publicidad

También se puede citar a Aboubakr Jamaï, fundador del famoso semanario independiente Le Journal Hebdomadaire, que investigaba la corrupción de Mohamed VI, quien fue enterrado a base de multas insoportables y tuvo finalmente que exiliarse a Francia. Casos interminables de censura y persecución apoyadas en la censura económica y el Código penal marroquí que asfixia la disidencia con el control estatal de los anunciantes en el primer caso, lo que provoca la quiebra de los medios críticos, o el boicot en la distribución o las multas imposibles de asumir.

Este es el régimen con que el Gobierno de España, presidido por Sánchez, asegura mantener relaciones de «lealtad», en palabras de Marlaska. Ni una palabra, en cambio, de, por ejemplo, el activista ministro de Cultura, Urtasun, sobre estos abusos. Sobre el mismo régimen que usa prácticas propias de la Stasi para condenar por delitos comunes (como al «adúltero» Mansouri) a artistas, escritores y periodistas críticos.