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Lorca junto a un cartel de La BarracaWikimedia Commons

Se cumplen 90 años del asesinato de Lorca: el crimen que aún hoy conmociona a España

El asesinato del autor de Romancero gitano ha estado desde el principio marcado por la desinformación y las incógnitas por resolver bajo un manto de silencio interesado, lo que ha alimentado bulos y manipulación por cuestiones ideológicas

Fuera de España –ese curioso baremo por el que se miden muchas cosas en nuestro país– Federico García Lorca tal vez sea el escritor español más conocido e identificable después de Cervantes.

En cualquier caso, lo cierto es que Lorca es uno de los escritores centrales de la historia de la literatura española: uno de los introductores de la vanguardia en las letras hispanas, renovador del teatro en lengua española y buque insignia de la Generación del 27.

Su trágica muerte durante la Guerra Civil, asesinado en las primeras semanas de la guerra en la retaguardia del bando nacional, y la desaparición de su cadáver, son causa aún de una honda fractura en la sociedad española.

Lorca se ha alzado como la figura más reconocible de la represión durante la Guerra Civil en ambos bandos. No fue la única muerte entre los escritores y creadores culturales en la España de la Guerra Civil.

En el bando republicano, los milicianos asesinarían a Pedro Muñoz Seca en la matanza de Paracuellos y a Ramiro de Maeztu en el muro del cementerio de Aravaca. Mejor suerte corrieron otros escritores, como Wencelsao Fernández Flórez, o Agustín de Foxá, que lograron escapar del terror rojo de forma casi milagrosa.

También Manuel Chaves Nogales –por otro lado reconocido republicano, aunque liberal confeso y crítico con la deriva revolucionaria y, por lo tanto, tildado de burgués y sospechoso– escapó del «Madrid rojo» tras ser obligado a dirigir el diario Ahora bajo los designios de las milicias del Consejo Obrero y a punta de fusil.

En el bando nacional, además de Lorca, moriría en prisión Miguel Hernández (de enfermedad, que no asesinado como sostiene el Ministro Urtasun).

El caso de Lorca sigue siendo el más paradigmático de la represión en las retaguardias durante la Guerra. No solo el lugar donde reposa su cuerpo, sino la identidad de sus asesinos y el motivo de su muerte sigue siendo motivo de disputa.

La izquierda, propensa a adueñarse de cualquier bandera ideológica que se le ponga por delante, aunque para ello tenga que hacer un notable ejercicio de simplificación y manipulación, se ha apropiado tanto de la figura como de la reivindicación de Lorca.

El discurso oficial mantiene que Lorca fue asesinado por franquistas por ser homosexual y de izquierdas. Así se defiende, por ejemplo, en la película La bola negra, de los directores conocidos como los Javis, planteada como nuevo juguete propagandístico con motivo de la efeméride.

Pero la realidad es más compleja. Como señalaron los profesores de Historia de la Universidad CEU San Pablo José Luis Orella y Jorge Álvarez Palomino, en declaraciones concedidas anteriormente a El Debate, el asesinato de Lorca se debió más a un ajuste de cuentas resultado de rencillas personales entre derechistas e incluso entre familiares del propio Lorca que a un asesinato político.

Lorca, de hecho, y en contra de la imagen que hoy se tiene de él, no era una figura particularmente política. De hecho, tenía buenos amigos entre escritores de todas las ideologías.

Sin ir más lejos, cuando deja Madrid justo antes del estallido de la guerra y se refugia en Granada, en su falsa creencia de que la ciudad andaluza presentaba mayor seguridad para él, lejos de los asesinatos que regaban de sangre las aceras de la capital, busca el acomodo de sus amigos y conocidos, tanto de izquierdas como de derechas.

De hecho, con la guerra ya en curso y con Granada en el lado nacional, y espantado por la represión contra militantes y simpatizantes de izquierda, acepta la propuesta de su amigo el escritor Luis Rosales, falangista de prestigio e influencia tanto él como sus familiares, y se refugia en su casa el 9 de agosto. Se suponía que allí estaría seguro, pues contar con la protección de Rosales era una suerte de salvoconducto.

Pero no contaban Lorca y Rosales con el clima de división dentro de las derechas. Decía el profesor Orella que Lorca fue asesinado «por un exdiputado de la CEDA» (Ramón Ruiz Alonso) con quien la familia Rosales mantenía una disputa. A ello hay que añadir la animadversión existente en el bando nacional entre la Falange y la CEDA.

En términos similares se expresa el profesor Álvarez Palomino: «Su asesinato está instigado por una rencilla personal con una rama de su familia que organizó el asesinato».

Es la tesis que sostiene también el historiador Miguel Caballero Pérez, en su libro Las trece últimas horas en la vida de García Lorca (La esfera de los libros), donde arroja luz sobre la muerte del poeta, evidenciando que su asesinato no fue únicamente resultado de una cuestión ideológica, sino que existían detrás fuertes intereses particulares, y odios personales, que confluyeron en el clima de violencia política para acabar con la vida de Lorca.

El hecho es que el 16 de agosto el exdiputado Ramón Ruiz Alonso, al frente de un grupo de pistoleros armados voluntarios, dirigió un asalto a la casa de los Rosales y procedió a detener a Lorca.

Los Rosales trataron de liberar a Lorca en los días siguientes, y hasta lograron una orden de liberación que presentaron al gobernador José Valdés, quien había firmado la orden de detención. Pero todo ello fue inútil. El 18 de agosto el autor de La casa de Bernarda Alba o Romancero gitano moría asesinado en un camino a las afueras de Granada.