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Imagen de archivo de unos niños corriendo por una playa, junto a unas chanclas

Imagen de archivo de unos niños corriendo por una playa, junto a unas chanclasGetty Images/iStockphoto

El Debate de las Ideas

Chanclas, carne y paloma

Unas chanclas con la bandera de Brasil compradas en los chinos. Luego dos pies, parecidos pero no iguales, de los que arrancan tres palmos de piel velluda. Las rodillas medio ocultas por unas bermudas azul marino, con buenos bolsillos, profundos. Una camiseta de Álvaro Moreno verde menta, heredada del suegro. Después el cuello e, inmediatamente, la cabeza, con el bigote y la frente perlados de sudor. Lo quiera o no, estoy de vacaciones.

Los polos no se han derretido con la suficiente diligencia, de modo que Fuengirola sigue por encima del nivel del mar. Doy fe. Este año no íbamos a venir, pero una serie de eventualidades ha frustrado nuestro propósito, el de Matilde y el mío, que era firme como una roca. Primero fueron surgiendo inconvenientes variados en cada una de las alternativas. Que si el precio, que si la lejanía, que si el viento de levante. Y cuando ya nos veíamos sin playa, en Osuna, con el aire acondicionado a todo trapo, las casualidades empezaron a concatenarse para que acabáramos otra vez en Fuengirola, por supuesto. A todo este baile de acontecimientos, Matilde asistía sorprendida, boquiabierta, patidifusa.

Los caminos del Señor me han traído hasta aquí, a una calle malagueña, a un porche, a una butaca donde leo a Vicente Risco para no tener que bajar a la playa todavía. En una de sus miniaturas, compendiadas en el Libro de las horas, el escritor orensano afirma algo con cierto aire veraniego. Dice: «Es admirable saber que sobra el tiempo y que cada hora vale mucho más que si, como dice la gente, se aprovechara». Me seduce eso de que el tiempo «sobra». No sé si es cierto o falso, pero sin duda es conveniente, una idea habitable, así que, por lo que a mí respecta, el tiempo sobra. Que sobre, sin embargo, no supone que sea infinito, pues a nadie le agrada lo infinito, pero sí abundante, tanto como para no preocuparse demasiado por él ni verse en la obligación de aprovecharlo. No hace falta, por tanto, bajar todavía a la playa. Hay tiempo.

II

Al final bajo, a la hora de la siesta, mientras los niños ven una película en el chalé. El mar está agitado, color de alga. A unos metros de la orilla, donde las señoras suelen echarse en remojo, se ha formado una espuma verdosa.

Entre la tumbona y el mar hay una franja de arena en la que a cada poco se planta un desconocido medio desnudo. Se queda delante unos minutos, dándome la espalda mientras reúne la determinación suficiente para meterse en el agua de una vez. Como va prácticamente en cueros, lo que se ofrece a la mirada es piel, metros y metros cuadrados de piel. Las hay de todos los colores y tipos: tersas, accidentadas, celulíticas, varicosas, pecosas, peludas, arrugadas, drapeadas, achicharradas por el sol. La mayoría de las pieles no hacen bonito, pues raro y breve es el esplendor de la carne. Sospecho, eso sí, que parte de mi desagrado se debe a que son bañistas anónimos de los que nada sé: 70 u 80 kilos de materia humana en mi campo de visión. Supongo que si supiera algo de ellos, si me aprendiera sus nombres, si les conociera las manías o les consintiera los vicios, si pudiera de algún modo adivinarles el alma, se desafearían un poco.

III

Por la tarde los niños se retrasan porque su tía María Jesús le ha dado 30 euros a José, el mayor, y ahora el niño se comporta como un catarí. Ha insistido en invitar a todos sus hermanos a merendar en la heladería. Llegan churretosos e histéricos. José se muestra decepcionado porque no le he dado la oportunidad de invitarme al café.

Con el desembarco infantil, la playa mejora. Deja de ser un muestrario de precadáveres, abandona su marasmo mortecino para llenarse de bullicio y salpicaduras. Los niños niñean, y eso implica sentarse cogidos de la mano en el rompiente para ser revolcados por las olas, construir efímeras fortalezas de arena y pegarle un pelotazo a un británico distraído. En la arena, hasta entonces monótona e igual a sí misma, afloran conchas relucientes y piedras de formas singulares. A Inés, la más pequeña, le parece intolerable la proximidad de una paloma.

Quizá cabría aquí una moraleja, algún tipo de conclusión, pero me pilla ocupado con la paloma. Es un animal callejero, escéptico. Viene de vuelta de todo y no se deja espantar fácilmente.

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