Cubierta de 'Fortunata y Jacinta'
‘Fortunata y Jacinta’, la Gran Novela Española
Galdós no solo escribió un espejo de España: desarrolló un universo narrativo único y absorbente
Escritores con mucho criterio defienden que Fortunata y Jacinta es la mejor novela escrita en español. Admiten que el Quijote es la primera novela moderna occidental y, como tal, tiene su merecido puesto, pero argumentan que ser un iniciador tiene sus limitaciones y que tampoco se puede aspirar a ser el primero y además el mejor. Desde el siglo XVII ha habido muchas buenas novelas que han aprendido de la obra cervantina –exceptuando el Siglo de las Luces, completamente oscuro en materia creativa– y, entre todas ellas, la más ambiciosa y mejor lograda sería la obra magna de Benito Pérez Galdós.

ALIANZA (2020). 1008 páginas
Fortunata y Jacinta
Me costaría defender lo que arriba describo, sobre todo en su comparación con el Quijote, pero que exista esa opinión me parece reseñable para valorar este libro que reseñamos aquí. Sí estoy de acuerdo con que Fortunata y Jacinta es la mejor expresión de novela total. Aunque nos cuenta las vicisitudes de dos mujeres (en realidad, las de Fortunata, que tiene mucho más peso que Jacinta), la colección de personajes, escenarios, actividades económicas y trasuntos políticos deriva en un cuadro completo de la España de la segunda mitad del siglo XIX. Y me atrevo a sostener que en nuestra literatura no se volvió a aspirar a algo similar hasta los años sesenta del siglo XX, cuando arribaron a nuestras costas literarias autores hispanoamericanos como Vargas Llosa o García Márquez.
En Estados Unidos, tan dados a la épica, tienen acuñado el término Gran Novela Americana para designar la obra capaz de capturar el carácter, los conflictos y la experiencia colectiva del país. Si hubiera que buscar su equivalente en nuestra cultura, me atrevo a decir que es Fortunata y Jacinta –el Quijote sería la Gran Novela en Español–, porque en ella se despliegan el carácter, los conflictos y la esencia de la España eterna: conflictos políticos (la novela transcurre durante el Sexenio Revolucionario y la Restauración), que, por cierto, se dirimen de una manera más sensata que ahora, gracias a los cafés; diferencias sociales en el abanico del Madrid decimonónico, donde coexisten la aristocracia antigua y la nueva, los ricos comerciantes, la exigua clase media y la vital clase popular; e incluso problemas que aún no existían, como los nacionalismos periféricos, que se anuncian en la Tercera Guerra Carlista, desarrollada durante los acontecimientos narrados, o en el empuje industrial catalán de sus factorías textiles frente a la burocrática capital.
Pero sería un error leer una novela para aprender algo –y mira que se aprende leyendo una buena novela–, y malo sería este libro si solo fuera un espejo de España. Fortunata y Jacinta es, sobre todo, una novela divertida, amable, viva, con personajes principales casi más reales que nosotros mismos y con secundarios mejor dibujados que muchos protagonistas de la novela actual.
Galdós tenía una opinión muy clara del país sobre el que tanto escribió y de su madrileña capital, que nadie ha descrito tan bien. Pero sus ideas liberales no le llevaron a encastillarse, sino a preguntarse por las razones del otro y a conocer unas ideas que no podría compartir, pero sí comprender. El resultado narrativo es que todos los estratos sociales y políticos de la novela –el «lumpen aflamencado» que tanto divierte a los señoritos, el rico comerciante con flamante título nobiliario, la santa fundadora de un orfanato o la avara prestamista– gozan del favor de la mirada humanizante del autor, que, pese a la dureza de sus acciones, se ve incapaz de maltratarlas. Todos están descritos desde dentro, con sus propios motivos, que, aunque parezcan erróneos, algo de razón encierran.
Todo ello da como fruto una novela que consigue introducirnos en un mundo completo y cerrado: no hay máquina de realidad virtual que recree ese pequeño universo madrileño. Una obra que, gracias a su ambición, logra tenernos ocupados durante días enteros, chapuzándonos en esas vidas de ficción que en ocasiones se nos antojan más reales que las que nos toca vivir y, sin duda, mucho más apasionantes.