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Cubierta de 'Febrero de 1933'

Cubierta de 'Febrero de 1933'Ladera Norte

‘Febrero de 1933. El invierno de la literatura’: crónica de la persecución nazi a los escritores

Uwe Wittstock describe las consecuencias de la llegada al poder de Hitler para los principales escritores alemanes

Escribir un libro sobre la Alemania nazi que resulte novedoso y original se antoja un desafío casi imposible. Los cientos, cuando no miles de volúmenes publicados anualmente en torno a esta temática obligan cada vez más a los investigadores a centrarse en aspectos muy concretos o en perspectivas tradicionalmente olvidadas sobre lo que sucedió en Alemania durante esta apasionante y trágica época histórica.

Cubierta de 'Febrero de 1933'

Ladera Norte (2025). 304 páginas

Febrero de 1933. El invierno de la literatura

Uwe Wittstock

Esto es lo que ha llevado a Uwe Wittstock a escribir Febrero de 1933. El invierno de la literatura, una obra en la que el prestigioso escritor y periodista germano pone el foco en cómo vivieron los escritores y artistas alemanes las semanas posteriores a la llegada al poder de Adolf Hitler.

Como Wittstock explica en la introducción, la elección de esta temática viene motivada en gran parte porque precisamente debido a su oficio, los poetas, novelistas y dramaturgos han dejado muchos testimonios escritos de cómo vivieron esta época. A ello debemos sumarle que, desde su llegada al poder, Hitler y sus acólitos dedicaron especial atención al mundo de la cultura: con el objetivo de asegurarse que todas las manifestaciones culturales estuvieran en sintonía con la ideología nacionalsocialista, los dirigentes nazis se emplearon a fondo para acallar y perseguir a los escritores y artistas disidentes.

A lo largo del libro, Wittstock narra las consecuencias profesionales y personales que la llegada de Hitler al poder tuvo para una treintena de autores alemanes, entre los que destacan nombres ilustres como Thomas Mann, Alfred Döblin o Erich Maria Remarque. A la hora de organizar la narración, el autor opta por ir entrelazando las historias de todos ellos, una elección que ciertamente dificulta al lector el seguimiento de las diferentes tramas.

Aunque en gran medida el libro tiene un carácter rigurosamente objetivo, basado en la presentación de hechos y datos incontrovertibles, en la parte introductoria encontramos algunas valoraciones personales del autor con respecto a lo sucedido en esa época. En esta parte, Wittstock esboza una idea que acompaña a toda la narración: su convicción de que, en gran medida, los escritores y artistas alemanes se vieron sorprendidos por las medidas tomadas por los nazis. «No eran capaces de imaginar», dice el autor, «de lo que eran capaces Hitler y su gente», y añade que todo «ocurrió con una rapidez vertiginosa».

Se trata de una tesis bastante repetida, pero que no se sostiene desde un punto de vista histórico. La realidad, por difícil de aceptar que pueda resultar (especialmente a las nuevas generaciones), es que los alemanes conocían las ideas nazis desde hacía muchos años. Para muestra, un botón: en el programa político del partido nazi, hecho público en una fecha tan temprana como febrero de 1920 (trece años antes del nombramiento de Hitler como canciller alemán), los nazis prometían que, con ellos en el poder, «sólo un miembro de nuestra raza podrá ser un ciudadano alemán», y que «en consecuencia, ningún judío podrá ser miembro de la raza, y por ende, ser ciudadano alemán». Por si fuera poco, en las numerosas y convulsas elecciones que se sucedieron en 1932, y que finalmente auparon a los nazis al poder, Hitler y el resto de líderes nazis no habían ocultado sus intenciones en caso de llegar al poder, llegando a prometer explícitamente la abolición del resto de partidos políticos y la persecución a judíos y otros grupos «indeseables», entre los que sin duda se encontraban los escritores y artistas disidentes.

A pesar de ello, y de que, como mencionábamos, el libro es algo difícil de seguir debido a la multitud de nombres y tramas que se entrecruzan, se trata de una lectura de gran interés, ya que permite conocer de primera mano cómo vivieron los grandes escritores alemanes los días posteriores a la llegada de Hitler al poder, y qué mecanismos utilizó el régimen para perseguir a las voces disidentes.

Un aspecto este último que resulta de especial interés habida cuenta del auge de los movimientos autoritarios que presenciamos en la actualidad; unos regímenes que, con unos medios tecnológicos a su disposición mucho más avanzados que los que tenían los nazis, persisten en la tarea de reprimir a los que piensan de manera diferente. Algo que, por otro lado, se está extendiendo a las democracias liberales. Pues, como decía el inspector Beatty en Fahrenheit 451, «los buenos ciudadanos no piensan». Conviene no olvidarlo.

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