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Gary Cooper y Grace Kelly en Solo ante el peligro

Gary Cooper y Grace Kelly en Solo ante el peligro

El Debate de las Ideas

'Solo ante el peligro', radiografía de la cobardía y sus excusas

El clásico de Fred Zinnermann ayuda a iluminar las sombras de nuestro presente casi 75 años después

Merece la pena volver a Sólo ante el peligro, una película que está a punto de cumplir 75 años y que, sin embargo, sigue aportándonos una cartografía útil para iluminar las sombras de nuestro tiempo. El director Fred Zinnermann utiliza el formato del western para ofrecer una mirada de amplio espectro, y no política, sobre el ser humano. Una mirada centrada, sobre todo, en dos aspectos: la cobardía y sus excusas, y los conflictos de conciencia a los que inevitablemente nos aboca la realidad.

Cobardía es la palabra adecuada, desde luego, para describir el comportamiento de los vecinos de Hadleyville cuando se enteran de que el forajido Frank Miller está a punto de regresar al pueblo para vengarse del sheriff que lo metió entre rejas. Como recordarán los que hayan visto esta obra maestra, Will Kane (Gary Cooper) da por hecho que sus vecinos le ayudarán en el enfrentamiento, pero pronto descubre que no. Todos le recomiendan, incluso exigen, que huya de la ciudad y que evite el conflicto —para poder evitarlo ellos a su vez— pero, cuando el sheriff se niega, ninguno está dispuesto a prestarle su ayuda.

Cobardía es la palabra, desde luego, aunque para usarla haya que vencer una especie de pudor cultural que la ha convertido en un término inconveniente. La desmitificación de los héroes clásicos —como el que Kane representa— y la exaltación de la figura del antihéroe, han llevado a considerar la cobardía como una opción legítima, no como una insuficiencia moral. A fin de cuentas, los cobardes son los que sobreviven, como les gusta proclamar a los cínicos. Y sí, es cierto, que la cobardía puede ser conveniente para evitarse problemas, pero nunca es el mejor camino para relacionarse con la realidad. Precisamente porque lo tiene claro, Kane se niega a huir. A fin de cuentas, el que decide evitar el conflicto hoy deberá evitarlo siempre, y eso supondría, en el caso de Kane y su esposa, pasarse el resto de su vida huyendo de una amenaza viva, sin poder asentarse en paz en ningún lugar. Además, hay una cuestión de carácter, importante para quien ejerce un trabajo como el de sheriff: «Yo no he huido nunca».

Significativamente, en el Cómo se hizo con motivo del 40 aniversario de la película, grabado en el año 1992, hace más de treinta años, no se menciona la palabra cobardía en ningún momento. Siempre se habla de miedo. El extraordinario guion de la película, de Carl Foreman, es visto como «una indagación en la anatomía del miedo». Pero miedo lo tiene también Kane. Lo que marca la diferencia es el modo como se actúa cuando aparece. En la escena final, Kane no se va decepcionado con sus antiguos amigos porque hayan tenido miedo; eso lo entiende. Lo que no puede perdonarles es que le dejaran solo ante el peligro.

El director Fred Zinnermann lo explica de esta manera: «Muy a menudo vemos a la mayoría de la gente, buena gente, que bajo presión traiciona sus conciencias. Actúan así por diversos motivos, algunos honorables, otros no tanto. Pero junto a esa mayoría, hay ciertas personas que prefieren morir a traicionar sus ideas». Queda claro que el realizador tiene una visión realista del ser humano y asume que el valor y el heroísmo son escasos. El novelista William Faulkner describió Sólo ante el peligro de este modo: «Tiene todo lo que necesita una buena historia: un hombre haciendo lo que tiene que hacer, a pesar de sí mismo y de su entorno. No se trata de valor necesariamente». Otros pensamos que sí se trata de valor, aunque, desde luego, la idea del deber moral es esencial en el comportamiento de Kane.

Me he acordado muchas veces, a lo largo de los años, de una escena de Sólo ante el peligro. Se trata de aquella, en la iglesia, en la que el alcalde de Hadleyville le reprocha al Gary Cooper su empecinamiento en enfrentarse a unos forajidos que vienen dispuestos a matarle. «Debiste marcharte», le reprocha. «Si no te hubiera encontrado aquí, Frank Miller no le habría hecho nada al pueblo, porque nada tiene contra nosotros, sino contra ti». Kane es el representante de la ley que le envió a prisión, una pena de la que Miller acaba de ser eximido y por la que busca venganza. Ahora, en cambio, explica el alcalde, tendremos que sufrir la mala fama de ser un pueblo 'salvaje' en el que se producen tiroteos y será como si todo se hubiera retrasado cinco años.

Me he acordado de esta escena cada vez que alguien decía que no había que plantar batalla cultural a la izquierda, porque defender las propias ideas era peor que someterse a las del enemigo. «Si nos oponemos, se movilizan más, y eso nos impide ganar elecciones» era un argumento común. Pero, ¿de qué sirve conquistar el poder si previamente has renunciado a tu visión del mundo y asumido dócilmente la de tu rival? El tópico de «no provocar» todavía funcionó en las últimas elecciones, y aún conserva partidarios, si bien cada vez menos. La experiencia de los últimos años evidencia que sólo dando la cara puede haber cambios. Por otra parte, los otros se han revolucionado por defecto, así que cualquier afán apaciguador tendrá poco éxito.

También me acordaba de Sólo ante el peligro cuando periodistas como Jordi Évole advertían de que sería un error mayúsculo ilegalizar a Herri Batasuna, porque eso iba a incendiar las calles del País Vasco. El rigor de la ley debía ceder ante la 'prudencia' de la conveniencia. Pero no pasó nada. Y similares argumentos se esgrimieron ante el golpe catalán de 2017. Era un error aplicar el artículo 155, era un error «judicializar un conflicto político». Pero nunca estuvo tan calmado el avispero catalán como después de la sentencia que condenó los hechos y a sus responsables. Por una vez tuvimos la sensación de disfrutar de un Estado sólido y eficaz, aunque enseguida se encargaron nuestros gobernantes de bajarnos los humos y hundirnos en la parálisis de la decepción y la desolación, como es bien sabido.

En todos los casos, el dilema que estaba en juego puede resumirse así: afirmarse o esconderse. Defender la ley o realizar alguna interpretación creativa para que quepa lo que de natural no cabría. En el caso de la película que nos ocupa se trataba de 'defenderse o irse'. Y mientras todos animan a Kane a marcharse, incluso su mujer, él parece ser el único en entender que ese camino conduce a un futuro de huida permanente y miedo.

Suele comentarse que el guion de Foreman incorpora elementos de su experiencia personal como víctima de la 'caza de brujas', un periodo en el que, ciertamente, el miedo se impuso al coraje. Pero aquello queda muy lejos ya, y hemos podido ver situaciones similares en tiempos más recientes. Aunque las campañas de cancelación parecen haber perdido algo de fuelle, conviene no olvidar que, cuando J. K. Rowling se opuso al dogma trans y defendió la existencia de sólo dos sexos, fueron muy pocos los que salieron en su apoyo, pese a tratarse de la creadora de Harry Potter. Y la propia autora decidió crearse una nueva línea narrativa y un pseudónimo para sus siguientes novelas, para evitar que fueran víctimas de campañas de acoso. Así de intimidante podía ser el wokismo en el mundo. Y es sólo un ejemplo: el volumen de los que callaron o rectificaron ideas perfectamente legítimas, o ciertas, es incontable. Lo que ahora la propia izquierda denomina wokismo.1 fue, en efecto, una locura. Una locura muy parecida a la caza de brujas, que fue posible porque los hombres buenos no se atrevieron a actuar.

Hay que insistir en que el guion de Solo ante el peligro es extraordinario. «No me extraña que no puedas reclutar voluntarios», le explica a Kane el antiguo sheriff jubilado. «Ha ocurrido demasiado rápido. La gente debe convencerse de que hace falta ley y orden antes de hacer algo al respecto. Quizás en el fondo sea porque no les importa». Una de las vecinas parecía recordarlo y su intervención en la iglesia alentaba la esperanza: «¿Es que no os acordáis de los tiempos en los que una mujer decente no podía pasear sola por la calle?». El problema es que, cuando se conquista, el orden parece ser algo natural, intocable. Hasta el punto de que podemos pensar que quien se empeña en defenderlo es, en realidad, el que lo pone en peligro. Es puro pensamiento mágico creer que, ante las agresiones, es mejor no hacer nada. Y, sin embargo, no son pocos los que piensan así. Sin embargo, las amenazas están siempre ahí. A veces los daños son menos visibles, y otras más, como estamos viendo estos días en Ceuta. Pero el orden legal, y la seguridad que proporciona, son siempre frágiles y precarios. No se pueden dar por sentados.

Que los vecinos de Hadleyville creyeran que la venganza de Frank Miller no iba con ellos es también pensamiento mágico. Y sus argumentos son reveladores del tipo de excusas que la cobardía alimenta. «Los encerramos una vez y los políticos del norte los soltaron. Es su problema», se queja uno de los vecinos. Otro viene a decir que pagan impuestos para que el sheriff y sus agentes les defiendan, y no tener que ser héroes. Ambos parecen creer que tienen el poder para decidir dónde se estrellará un meteorito. Otro entra incluso en el detalle 'técnico': «ya advertí de que necesitábamos más agentes». Tales afirmaciones revelan que creen que pueden quedarse al margen y salir indemnes. Pero la mexicana Helen Ramírez, una mujer de negocios pegada a la realidad, tiene claro que no será así. «Me voy de Hadleyville porque cuando maten a Kane en este pueblo no se podrá vivir».

Una de las escenas más tristes es aquella en la que un amigo de Kane le dice a su mujer que, cuando llame buscando su ayuda, le diga que no está en casa. Ella protesta y le recuerda que es su amigo y que no puede actuar con él de una manera tan desleal, pero su marido la obliga a compartir su miedo: «¿Es que quieres quedarte viuda?». Paradójicamente, son las mujeres las que manifiestan más dignidad en Sólo ante el peligro. Incluida la esposa de Kane (Grace Kelly) que inicialmente le abandona para no verle morir pero que, a la postre, regresa y es decisiva en la eliminación de los forajidos, hasta el punto de que mata a uno.

El repertorio de justificaciones dibuja un universo humano —de entonces y de ahora— al que le cuesta plantar cara al mal, a la amenaza, si ve en peligro su propia supervivencia. Y que prefiere pensar que el peligro no es tan grave para no sentirse impelido a actuar y no tener que complicarse la vida. Pero si los hombres buenos, normales, no reaccionan, el poder de los forajidos se multiplica. Y cada vez es más difícil hacer nada. Conviene no olvidarlo.

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