Hemingway posando con un fusil en la sierra de Guadarrama
Escritores que lucharon en la Guerra Civil española: de las letras al frente
Se cumplen 90 años de los primeros meses de la Guerra Civil, un conflicto que empujó a varios escritores a empuñar las armas
La Guerra Civil española (1936-1939) es uno de los grandes protagonistas de nuestra literatura (y de nuestro cine) en el siglo XX y el XXI.
De hecho, es una de las constantes quejas por parte del público: ya se ha retratado demasiadas veces, ¿es que no hay otros períodos de la historia de España que también merezcan una buena novela o una buena película?
La crítica es parcialmente cierta. Hay muchas propuestas sobre la Guerra Civil, pero en los últimos años también han llegado a las librerías novelas históricas centradas en episodios centrales de la Reconquista, la conquista de América o los Tercios.
Sin embargo, es lógico que la Guerra Civil siga llegando periódicamente a las librerías y a las salas de cine: es el acontecimiento histórico que más ha impactado en la conciencia colectiva reciente y, aunque ya han pasado 90 años de su estallido, sigue siendo muy reciente.
El estallido de la Segunda Guerra Mundial poco después del fin de la Guerra Civil española, por otro lado, ha eclipsado la intensidad con que se vivió la Guerra Civil en la sociedad europea en su momento.
La Guerra Civil suscitó un enorme interés tanto en Europa como en Estados Unidos, interés que incrementó al implicarse en el conflicto la Unión Soviética y la Alemania de Hitler.
Eso hizo que numerosos escritores extranjeros se trasladaran a España para cubrir el conflicto. La guerra, evidentemente, había implicado a varios escritores españoles. Sin embargo, lo más interesante de todo, es que muchos de ellos empuñaron las armas, participaron en los combates y plasmaron esa experiencia en su obra literaria.
El caso más evidente es el de Ernest Hemingway. El escritor estadounidense ya era un gran admirador de España y de sus tradiciones (en Fiesta refleja la grandeza de la tauromaquia).
Hemingway llegó a Madrid a finales de 1936 como corresponsal extranjero. Desde su centro de operaciones instalado en el Hotel Florida cubrió la batalla de Madrid y los combates en la sierra de Guadarrama. Después cubriría también el asedio al Alcázar de Toledo, la batalla de Guadalajara o la decisiva batalla del Ebro.
En un primer momento mostró una clara simpatía por el bando republicano, aunque la crueldad de la guerra y la represión en la retaguardia lo irían desencantando.
Fruto de aquella experiencia fue su novela Por quién doblan las campanas, sobre un grupo de guerrilleros republicanos apostados en la vertiente segoviana de la sierra de Guadarrama que planean una operación de sabotaje de las fuerzas franquistas.
En dicha novela, Hemingway se muestra claramente partidario de la República, pero no oculta, y las retrata de forma crítica, las atrocidades cometidas por los milicianos.
La gran incógnita fue si Hemingway participó en los combates. Veterano de la Primera Guerra Mundial, donde sirvió como conductor de ambulancias y resultó herido (experiencia que narra en su otra gran novela bélica, Adiós a las armas), Hemingway se dejó fotografiar empuñando un fusil Mosin-Nagant en las trincheras españolas, y le gustaba que se difundiera la leyenda de que, efectivamente, había combatido en la guerra, aunque lo más probable es que la imagen fuera un mero posado.
Quien sí participó en la guerra como voluntario republicano fue el británico George Orwell. El autor de la distopía 1984 plasmó en Homenaje a Cataluña su experiencia en la guerra.
Orwell vivió la guerra desde el frente catalán. En un principio su intención era cubrir el conflicto como periodista, y con esa intención llegó a Barcelona en diciembre del 36.
Sin embargo, su implicación emocional en la guerra le llevó a alistarse como miliciano en el POUM. Como combatiente miliciano tomó parte en el frente de Aragón, donde resultó gravemente herido. Después fue testigo de excepción de la guerra civil dentro del bando republicano entre comunistas, socialistas y anarquistas.
Ser testigo de los crímenes de los milicianos y del odio con que se mataban incluso entre ellos mismos fue motivo de su desencanto, que plasmó fielmente en Homenaje a Cataluña.
Ese desencantó le llevó a rechazar el totalitarismo comunista con el mismo convencimiento con que rechazaba el fascismo, lo que inspiraría su distopía 1984.
En cuanto a los autores españoles, en los últimos años ha tomado fuerza el libro de relatos A sangre y fuego, de Manuel Chaves Nogales. El periodista plasmó en dicho libro hechos de los que fue testigo directo como cronista de guerra. Sin embargo, Chaves Nogales no participó en los combates.
Sí que combatió, en cambio, Miguel Hernández. Según se recoge en su biografía publicada por el Instituto Cervantes, Miguel Hernández se alistó el 23 de septiembre de 1936 en el Quinto Regimiento del Ejército Popular republicano.
Miguel Hernández, arrastrado a las ideas comunistas por Alberti, sentía una enorme insatisfacción por su papel como mero intelectual en la retaguardia, y quería combatir en primera línea. Participó en la defensa de Madrid pero también en otros frentes.
Desde el frente escribió varios panfletos propagandísticos, así como poemas de combate, destinados a mantener la moral alta de las tropas donde, entre otras consignas, advertía contra la burguesía y pedía imponer la «sencillez y hombría» del comunismo.
Miguel Hernández realizó una visita a Moscú en septiembre de 1937 y, al comprobar en primera mano la realidad liberticida del comunismo llevado a la práctica en la Unión Soviética, regresó con serias dudas sobre el proyecto estalinista que se trataba de imponer en la España republicana.
Uno de los escritores más implicados en los combates fue Ramón J. Sender, quien luchó como miliciano, oficial del Estado Mayor y como propagandista republicano.
Ramón J. Sender no era un advenedizo en temas bélicos arrastrado por la ideología a una trinchera. Había participado en la guerra de Marruecos, experiencia que le inspiró varias novelas de las que la más recordada es Imán.
La guerra destrozó la familia de Ramón J. Sender con el asesinato de su mujer en Zamora y de su hermano, alcalde de Huesca. Dos crímenes en la larga lista de infamias cometidas en las retaguardias.
Ramón J. Sender consiguió salvar a sus hijos y con ellos marchó al exilio a Francia en 1938. La experiencia de Ramón J. Sender quedó plasmada en su novela corta, pero absoluta obra maestra, Réquiem por un campesino español. La experiencia bélica hizo del escritor un firme antibelicista que rechazaba toda clase de ideología totalitaria.
No combatió directamente en el frente, pero tomó parte activa en la retaguardia, el escritor Arturo Barea. Su actividad como censor y propagandista al frente de los servicios de censura de prensa extranjera desde el edificio de Telefónica en Gran Vía sigue siendo hoy objeto de controversia.
Barea fue testigo de los bombardeos sobre Madrid y del asedio a la capital. En 1938 abandonó España y se exilió. Su obra magna, La forja de un rebelde, una inmensa novela dividida en tres tomos, es, tal vez, la novela más ambiciosa sobre la Guerra Civil.