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Historias del 27Andrés Amorós

El fuego del flamenco castellano: Vicente Escudero

Vivió Vicente Escudero hasta 1980. No sé si esta longevidad ayudó a su fama. Con cerca de noventa años, seguía manteniendo su imagen estrafalaria y su actitud arrogante

Fotografía del bailarín Vicente Escudero realizada por Richard Avedon en 1955Richard Avedon / Europa Press

En los años sesenta, el bailarín Antonio estaba en la plenitud de su éxito: había rodado la película Luna de miel, dirigida por Michael Powell, con Ludmilla Tchérina; asombró en su primera actuación en la Unión Soviética; en un gesto generoso, recuperó para su espectáculo a Rosario, su antigua pareja artística; bautizó a su compañía «Antonio y sus Ballets de Madrid»; arrasaba en los Festivales de España…

Parecía entonces que, dentro del baile español, Antonio no tenía rival. En medio de este imparable huracán, no recuerdo bien cómo, tuve yo noticias de que un viejo bailaor, de más de setenta años, lo enjuiciaba con claro desdén, declarando que él era el único genuino representante del baile español… Se llamaba Vicente Escudero.

Fui averiguando datos sobre este singular personaje. Avergonzado por mi ignorancia, descubrí que Falla le encargó la coreografía para el estreno en París de El amor brujo; que había triunfado en los Estados Unidos, donde algunos críticos lo situaron en el primer nivel mundial de la danza; que fue amigo y compañero, en París, de los más grandes artistas y poetas de vanguardia; que había escrito un Decálogo del baile flamenco…

Vivió Vicente Escudero hasta 1980. No sé si esta longevidad ayudó a su fama. Con cerca de noventa años, seguía manteniendo su imagen estrafalaria y su actitud arrogante. Se le tributaron, eso sí, varios homenajes. Después, no han sido pocos los que han luchado por reivindicar su importancia.

Es evidente que, al valorar el reconocimiento y la proyección internacional de la danza española, en los años de la Generación del 27, no cabe olvidarse de la gran aportación de Vicente Escudero.

Puede resumirla la autorizada opinión del folclorista García Matos, catedrático del Conservatorio de Madrid:

«Entre los bailadores (sic) españoles de los tiempos actuales, ninguno, en verdad, puede equiparársele en punto al respeto y fidelidad con que ha sabido siempre y sabe, en su arte, mantenerse en la recta línea de la tradición pura del llamado ‘baile español’: el de ‘escuela’ y el ‘flamenco’ ».

Y el elogio de Gerardo Diego, gran poeta y experto músico:

«Vicente Escudero es el gran maestro del baile y de la danza española (…) nos da una lección perenne de la verticalidad y la seriedad fundamental de España. Él supo asimilar lo mejor de la gran tradición gitana, andaluza y castellana, y sublimarla, al contraste con lo más puro y clásico de la danza europea».

En un arte por definición tan efímero como es la danza, ¿cómo puede uno informarse sobre un artista histórico, como es Vicente Escudero? Lo facilita la reedición de sus libros y escritos, en un volumen, titulado –como su obra más popular– Mi baile, ahora con prólogo de Pedro G. Romero (eds. Athenaica, Sevilla, 2017). También, su aparición en algunas películas, que luego mencionaré.

¿Cómo era el personaje Vicente Escudero? Vale la pena que los curiosos lectores lo vean en internet, pero intento resumirlo. Tenía un aspecto muy singular: alto y delgado, con la faz angulosa. Hasta el final de su vida, conservó su peculiar peinado, para disimular la calvicie, con un peluquín y una raya en medio, cuidadosamente trazada; los pelos, muy planchados, con una goma especial que él mismo elaboraba.

Incluso cuando andaba, parecía que bailaba… Se alejaba radicalmente de los tópicos de un barato andalucismo. Se identificaba con su tierra castellana. No le gustaban las «monerías» que hacían algunos bailarines:

«Castilla, parda y dura; mi baile es igual y se expresa con el mismo lenguaje… Al estilo, trataba de imprimirle mi sequedad».

Presumía Escudero de tener una «voluntad de hierro» pero, a la vez, reconocía ser «indisciplinado y bohemio». Bautizó a su estudio, en París, como «Gallinero bohemio».

No le importaba el dinero. Al comienzo, bailaba por unas perras. En su etapa parisina, gastaba todo lo que tenía en producir pequeños espectáculos de vanguardia.

Llegaron a pagarle muy bien, el caché propio de una gran estrella: en Estados Unidos, dos mil dólares semanales. Pero nunca se hizo rico:

«Lo gané para gastarlo. No ahorré nada. Pero ¿qué me importa? Hasta que me muera, seguiré bailando».

Acabó viviendo pobremente, en Barcelona, gracias a la ayuda de Joan Miró, uno de sus grandes amigos, y de María Márquez, su pareja artística.

En sus últimos años, vendía a precio muy módico los cuadros que él seguía pintando: apuntes esquemáticos, casi infantiles, sobre la danza, el único tema que le obsesionó, toda su vida. (Me informó de que los vendía y me recomendó comprar uno Federico Sopeña, mi maestro, que era vallisoletano, paisano del bailarín).

Desde chiquillo, Vicente Escudero se dedicó a bailar, no estudió nada: al escribir, cometía faltas de ortografía y de sintaxis; se inventaba palabras. Sin embargo, estuvo siempre «ilusionado por saber», según cuenta Juan González Posada, comisario de una de las exposiciones que se le han dedicado.

Como tantos artistas, Vicente Escudero suplía su escasa formación cultural con una sensibilidad muy despierta; también, con una capacidad para asimilar – a su manera – todo lo que él escuchaba; especialmente, lo que decían sus amigos: los pintores cubistas, los poetas surrealistas y futuristas.

A diferencia de su admirada amiga La Argentina –confesaba Escudero– «nunca fui gran amigo de la música». Sí estimaba, como es lógico, a los grandes compositores españoles de su tiempo: Falla, Enrique Granados, Isaac Albéniz. Pero su pasión – su única pasión – era el baile y, para eso, él no necesitaba música: como luego comentaré, podía bailar con cualquier clase de sonido o, incluso, en silencio…

Al actuar, Vicente Escudero estaba totalmente seguro de lo que hacía: nunca sintió el famoso «trac» de tantos músicos, ni ningún temor al público, pero sí un enorme respeto a la verdad del arte que él perseguía:

«¿Miedo, yo? ¿Por qué? ¿Quién es el público para meterme a mí miedo? A lo que sí tengo miedo es a mis bailes. La lucha que sostengo con ellos, sólo a fuerza de mucha voluntad logro poder vencerla. Porque quiero que mis bailes sean de hierro y, claro está, a veces pueden ellos conmigo».

Si existe una virtud que Vicente Escudero desconocía por completo es, sin duda, la humildad (me refiero, por supuesto, al terreno estético, no al personal).

No es un caso único. Siempre me gusta recordar la inteligente frase de don Gregorio Corrochano, el gran crítico, referida a otro arte: «En el toreo, solamente es humilde el que no puede ser otra cosa».

La realidad evidente es que el orgullo, como artista, fue el motor fundamental de toda la biografía de Vicente Escudero, lo que impulso todas sus luchas.

Aunque luego hablaré de su concepto de la danza, debo anticipar su creencia básica: que el arte flamenco auténtico vivía, en ese momento, una profunda crisis, porque la mayoría de los artistas buscaban el fácil éxito con adornos innecesarios y con exhibiciones de un virtuosismo superficial.

A luchar contra todo ello dedicó Vicente Escudero toda su vida. En esta tarea, él se sentía único. Por eso, estaba convencido de que le correspondía una responsabilidad histórica:

«Hoy, el cante y baile ‘grande’ están en franca decadencia, hasta el punto de que soy, por desgracia, el único que lo interpreta».

Abrió una conferencia, «bailada y cantada», con esta rotunda declaración:

«Yo puedo ofrecer esta nueva modalidad en el arte flamenco puro, modestia aparte, por ser el único artista que abarca estas tres facetas, que son: estar documentado, bailar con pureza los bailes flamencos y cantar con la misma pureza los cantes grandes».

Al comienzo de su carrera, a Vicente no le bastó con aprender las normas clásicas del baile; en términos flamencos, con llegar a ser un «enterao». Una vez que ya las dominaba, quiso ir más allá, romperlas. (Igual que Picasso, su amigo, al que tanto admiraba). Su carácter era «independiente, de aire libre». No encajaba en ninguna escuela:

«A pesar de mi incultura, latía dentro de mí una rebeldía intuitiva, que me hacía presentir que existía algo más importante que la perfección mecánica de los pasos».

Por eso, pronto fue granjeándose la enemistad de muchos compañeros, que hicieron correr la voz de que estaba loco. Eso, a él, no le importaba: «Yo prefiero estar loco que idiota». Y también chocó con varios guitarristas que le acompañaron, a los que aplicaba una metáfora hiriente:

«A mí no me gustan los cementerios. Sí, señor, porque tocan a muerto y a un loco no se le puede tocar así».

Conviene recordar algunos datos de su azarosa biografía, teniendo siempre en cuenta que proceden de lo que él fue contando, en sus libros y en entrevistas periodísticas: probablemente, los adornó bastante, con sus fantasías.

Nació en Valladolid, una ciudad que posee una tradición flamenca muy arraigada. La fecha exacta no se sabe: hacia 1888. No era gitano sino payo pero su barrio, San Juan, estaba muy cerca del de los gitanos. Allí se iba a jugar Vicente, con los chiquillos de su edad: de muy niño, descubrió ya y comenzó a practicar el baile flamenco.

Era hijo de un zapatero, pero no le interesaba ese oficio. Tampoco le gustó trabajar de aprendiz en una imprenta, en la que su padre le había colocado: olvidaba el trabajo para bailar, al ritmo de las linotipias.

Parece ser que ya actuaba en público con poco más de diez años: primero, por las calles, pasando la gorrilla, al concluir. Recorrió de este modo varios pueblos castellanos con un guitarrista, hasta que alguien le contó que su acompañante musical le sisaba parte de los dineros y acabaron los dos a palos.

Bailó en los cines, como entonces era habitual, acompañando la proyección de películas mudas. Muchos años más tarde, le contaba a Alfredo Marqueríe –el conocido crítico teatral del ABC– que llegó a dar dieciocho funciones diarias por catorce reales (si no me fallan las cuentas, son 3’50 pesetas; un céntimo y medio de euro). Supongo que exageraba un poco, pero, quizá, no demasiado.

Siguió Escudero la ruta habitual de los flamencos, la de los cafés cantantes, pero, con su exigente concepto del arte, no le gustaba nada el ambiente de los señoritos borrachos. Viajó a Granada para aprender algunos secretos del arte puro, con los gitanos del Albaicín y del Sacromonte.

Tuvo la fortuna de encontrar un gran maestro, al que, aunque había nacido en Sevilla, le llamaban Antonio, el de Bilbao, porque actuaba en el Café de las Columnas, de esa ciudad. Él le enseñó el arte del auténtico zapateado clásico. Toda su vida proclamó Vicente su admiración por este personaje y su perenne agradecimiento.

Alcanzó el joven su primer éxito notable en 1906, en Madrid, en el Café de la Marina, uno de los más famosos. Estaba situado en la calle Jardines y allí se dieron a conocer artistas como La Niña de los Peines, La Macarrona, Pastora Imperio…

Un par de años después, Escudero se fue a Portugal (según algunos, para huir del servicio militar). Desde allí, marchó a París, donde hizo contactos que le abrieron las puertas de los grandes escenarios de toda Europa. Bailó, por ejemplo, y pasó muchísimo frío en San Petesburgo, en la época de los zares:

«En mi vida vi tanta nieve. ¡Vaya país de abrigo!».

Le encantó realizar, al revés, el mismo viaje que, según él, había hecho el arte flamenco, hasta desembocar en España. Llegó hasta la India y encontró allí unos vestidos que le parecieron los más antiguos ejemplos de trajes flamencos.

En 1914, bailó con La Argentina en Londres, en el Teatro Alhambra (se había puesto de moda entonces en Europa como estilo arquitectónico el «alhambrismo»).

Poco después, alcanzó enormes éxitos en Nueva York y en La Habana: cuentan que sorprendió al público cubano al bailar con los pies ligados.

En el Olympia de París, Vicente había conocido a Carmita García. Fue su gran amor y su compañera artística hasta que murió, en 1964: «la mitad de mi baile», reconocía él . Vicente la estimaba al máximo, como artista:

«No digo que es la mejor porque, en el momento presente, puede decirse que este título está repartido entre Carmita y dos o tres bailarinas».

Le gustaba recordar que, por su gran musicalidad, La Argentina llamaba a Carmita «oído de lince»; por sus movimientos frágiles y ligeros, él la calificó como «bolero de cristal».

Se sucedieron los triunfos: en 1920, en París, ganó el Concurso internacional de Danza. En 1922, ofreció un espectáculo experimental, en la prestigiosa Sala Gaveau.

En esa etapa, vivió la bohemia de Montmartre junto a un grupo de grandes poetas y artistas, de los que se hizo amigo: Picasso, Joan Miró, Picabia, Man Ray, Buñuel, André Breton, Aragón, Eluard… Ellos le permitieron descubrir los movimientos de vanguardia: el cubismo, el surrealismo, el futurismo, el dadaísmo…

Se ha dicho, por ejemplo, que Vicente Escudero fue uno de los primeros que, en la España de la posguerra, difundió el nombre de su amigo Marcel Duchamp…

Un hito decisivo de su carrera tuvo lugar en 1925. Por encargo de don Manuel de Falla, Vicente Escudero actuó como coreógrafo y como bailarín en la nueva y definitiva versión de El amor brujo (la anterior, la «gitanería», la había estrenado en el Teatro Lara de Madrid Pastora Imperio). Esta vez, Escudero bailó con La Argentina y con Carmita, en el Teatro Trianon de París.

Su fama ya se reconocía en España. En 1929, estrenó sus Bailes de vanguardia. Al año siguiente. Ernesto Giménez Caballero lo incluyó, junto a otros personajes famosos de la época, en su película documental Noticiario de Cine-Club.

En 1931, en Londres, Vicente Escudero bailó en el gran homenaje póstumo que se dedicó a la Pavlova, la mítica bailarina rusa que había cautivado al mundo entero con La muerte del cisne. Según él recordaba, los demás bailarines eran rusos y actuaron con orquesta; él lo hizo acompañado sólo por «una guitarrita» (sic), para que su homenaje tuviera un carácter más español y más flamenco.

En 1932, en Nueva York, realizó la que él consideraba su mayor hazaña artística: ser el primero que se atrevió a bailar la siguiriya gitana.

Dos años después, participó en una nueva versión de El amor brujo, con La Argentina, Pastora Imperio y Miguel de Molina. (La actuación de este último no le gustó nada, por dar una imagen del Espectro muy amanerada). Ese espectáculo se estrenó en Madrid y fue luego al Radio City de Nueva York.

Pensaba Escudero reunirse con La Argentina, su admiradísima amiga –lo que no había impedido que tuvieran los dos alguna pelea– en 1936, cuando ella falleció.

Después de la guerra, Vicente estrenó Estampas románticas, en el Teatro Español de Madrid. Realizó la coreografía de la película Goyescas, de Benito Perojo, con Imperio Argentina, la gran estrella del cine español de aquel momento.

Se abrió también Escudero a nuevos horizontes estéticos. En 1946, invitado por Walter Starkie –el hispanista director de la institución– dió en el Instituto Británico de Madrid una conferencia, «bailada y cantada», con la ayuda de Carmita, sobre El misterio del arte flamenco. (Ningún artista flamenco había hecho, hasta entonces, nada semejante).

En 1947, publicó su libro fundamental, Mi baile, que tuvo una amplia repercusión y suscitó notables polémicas. Cuatro años después, presentó en Barcelona su Decálogo del arte flamenco. Algunos lo interpretaron como un ataque disimulado –poco, en realidad– a los artistas flamencos que entonces alcanzaban mayor éxito popular.

Todavía logró uno de los mayores triunfos de su vida en su gira por Estados Unidos, en la temporada 1956-1957. En sus conferencias, se atrevía ya a cantar en público (no lo había hecho antes, de joven).

Recibió el homenaje promovido por un grupo importante de pintores. Algunos de ellos se habían dado ya a conocer en la Generación del 27: José Caballero, Vázquez Díaz, Pancho Cossío, Mignoni. Otros, pertenecían a la llamada Escuela de Madrid (Redondela, Álvaro Delgado, Martínez Novillo) o luchaban por introducir entre nosotros la pintura abstracta: Viola, Millares, Saura, Tapies… El prestigio de Vicente Escudero trascendía ya los estilos y las generaciones.

Participó en varias películas: Fuego en Castilla (1957), la segunda parte de su Tríptico experimental de España, del interesante simo experimentalista granadino José Val del Omar.

Aparece en una escena de Con el viento solano (1965), la adaptación de una novela de Ignacio Aldecoa, dirigida por Mario Camus, junto a Antonio Gades, seguidor de su estilo. También, en Flamenco en Castilla (1970), de López Clamente.

El documental que le dedicó Julio Diamante se abre con una escena en la que le ve bailando, él solo, en una llanura manchega, con el fondo de un quijotesco molino de viento, mientras suena esta copla:

«Eres un molino bueno,
​que mueve muy bien el trigo
​y no desperdicia ná…».

Son documentos muy valiosos, que nos permiten ver bailar a Vicente Escudero. (Se encuentran ahora fácilmente en internet).

Cuando quisieron filmar en Hollywood un documental sobre su baile, Vicente Escudero exigió que «debía filmarse completo y supeditando los movimientos de la cámara a mis evoluciones».

Consideraba totalmente inadmisible «que, cuando uno baila, le corten los pies, para sacarle en uno de esos medallones, como decían los fotógrafos antiguos de busto imperial».

Con su rotundidad habitual, sentenciaba:

«Un bailarín debe antes consentir que le corten la cabeza, que los pies».

Lo mismo digo yo de otro arte, el del toreo, al que Vicente Escudero era también muy aficionado. En ese error ha incurrido, por ejemplo, el director catalán Albert Serra, aunque él presume de ser el mejor montador del mundo, en su documental sobre Andrés Roca Rey, titulado Tardes de soledad.

En 1964, murió Carmita, la mitad del baile y de la vida de Vicente Escudero. Viejo y pobre, se ocupó de él la bailaora María Márquez, que truncó su carrera, para atenderlo.

Vivió sus últimos años en Barcelona, en la Plaza Real, debajo del piso de Nazario y de Ocaña. Hasta el final, seguía imaginando proyectos para recuperar el flamenco puro. Murió el 4 de diciembre de 1980.

Dejo para otro capítulo recordar algunas de sus pintorescas anécdotas y su exigentísimo concepto de la danza.

En su versión de la siguiriya gitana –dijo una vez Vicente Escudero– «quise coger el cielo con las manos». Opinan algunos que, a pesar de su bisoñé y de su egolatría, él, bailando, se quedó muy cerca de eso.