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Historias de la músicaCésar Wonenburger

Chopin contra el olvido

El próximo estreno de la película Chopin y la publicación de una nueva versión de sus «mazurkas», a finales de este mes, devuelven a la actualidad a uno de los más populares compositores del romanticismo, que vivió una temporada en Mallorca

El compositor Frederic ChopinGTRES

Parece que en octubre está previsto que se estrene en los cines españoles Chopin, la película del director polaco Michael Kwiecinski. Como yo he podido verla con algo de anticipación, puedo asegurar que resulta recomendable, como curiosidad, para los devotos del compositor, entre los que siempre se han encontrado varios colegas suyos.

Carlos Chávez, el estupendo compositor mexicano, en su estudio de las Lomas de Chapultepec, poseía un retrato de este músico, del que solía presumir con las visitas: «Es el auténtico y no tiene nada que ver con las versiones idealizadas tan conocidas», les decía orgulloso.

Fotograma de la película 'Chopin', la película del director polaco Michael Kwiecinski

El nuevo filme, que quizá sirva también para aproximar la figura de Chopin a nuevos públicos (por ejemplo, si se proyectara en los colegios durante las improbables horas destinadas a la música), tampoco incurre en esa supuesta «idealización» que a veces lo ha presentado como el prototipo del artista romántico, dandy quebradizo, propenso a las vagas ensoñaciones melancólicas.

En su renovado retrato cinematográfico, Kwiecinski se aparta de cintas anteriores, como aquella Canción inolvidable, centrada sobre todo en evocar los aspectos más sentimentalmente sórdidos de los amores entre el moribundo y la escritora, George Sand.

Aquí se evoca el decisivo episodio, con la conocida parada en Mallorca, donde los españoles aparecemos brevemente retratados como meros fanáticos ajenos a la razón (como la propia dama reflejó en sus memorias); pero no constituye el meollo de la narración ni su mayor interés.

Un duelo musical con Listz

La película comienza en París, en cuyos salones el ya reconocido Chopin despliega su doble talento para la música y las relaciones sociales. En una de sus primeras escenas, se le hace comparecer durante una de aquellas fiestas a las que lo invitaban junto a Listz, para ponerlos a competir a modo de diversión para los asistentes. Ellos se prestan sin reparos y buen ánimo.

A partir del dúo de I Puritani, conocido como Suona la tromba (tan popular desde su estreno), los dos hábiles intérpretes despliegan sus respectivos talentos, enfrentados mediante una variación improvisada de su propia cosecha, sobre el marcial tema de esta pieza.

El futuro suegro de Wagner despliega toda una carga de audaces fuegos artificiales. Mientras, su amigo y rival para la ocasión, propone todo lo contrario: una suerte de nocturno que parece evocar al Bellini intimista por el que sentía mayor devoción, el de la cautivadora «melodía infinita».

A partir de ahí, despega una acción que, por supuesto, no obvia la enfermedad que tan tempranamente lo conduciría al cementerio. Al contrario, convierte esta fatalidad, la aparición en su vida de la tuberculosis, en el leitmotiv de sus renovados esfuerzos.

Chopin, que jamás se rinde, parece concebir su obra, plena de luces y sombras, no como doloroso reflejo de una condena inevitable: será la lucha obstinada, tenaz e imprescindible contra el olvido.

Fotograma de la película 'Chopin'

Conocedor de que su final se encuentra tasado, se sumerge en la composición no para dar testimonio de una injusticia (nadie reclama venir hasta aquí, nadie puede oponerse a su señalada partida) sino como el deseo de perdurar más allá de sus circunstancias, a través del tiempo.

Consciente de las excepcionales cualidades que configuran su talento, sabe que todo empeño que lleve a cabo para distraer a la parca le será plenamente recompensado más allá de su desaparición física, mediante el futuro recuerdo de su grandeza.

El protagonista toca el piano

Hay buenas actuaciones: el protagonista, Eryk Kulm, se enclaustró durante cuatro meses no solo para afinar los matices de su personaje, sino también con el objetivo de ensayar las piezas que él mismo interpreta al piano.

Y tanto la dirección de arte como el vestuario recrean con verosimilitud los ambientes y el tipo de personas a las que Chopin frecuentó durante sus días de gloria: aristócratas, artistas consagrados y hasta Luis Felipe I de Francia, aquí interpretado por Lambert Wilson.

Más discutible parece la elección de música electrónica para completar la banda sonora (compuesta en su mayor parte por obras del propio protagonista), en lo que parece un guiño ya inevitable en ciertos filmes de época para servir a esa idea del artista como un tipo «cool», el equivalente a una juvenil estrella del rock.

En el resto aparecen, aquí y allá, entre sus secuencias, fragmentos de sus obras más populares: recuérdese que en el obligado retiro mallorquín de Valldemosa pudo completar los Preludios op.28, retocar la Balada en fa mayor y concebir la Polonesa en do menor opus 40 o la Mazurka en mi menor, op.41, número dos.

Precisamente, un nuevo registro con la integral de sus mazurkas se presentará a finales de este mes, en Madrid. Ahora las ha grabado uno de los más destacados pianistas españoles de hoy, Josu de Solaun.

Será una oportuna manera de resarcirlo póstumamente de algunas de las vejaciones que Chopin sufrió durante su poco feliz estancia balear, en parte fruto de la intransigencia de aquel «terrible Gómez» que lo echó de su casa por tuberculoso.