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Historias del 27Andrés Amorós

En Velintonia, pero no solitario, Vicente Aleixandre

El 6 de octubre de 1977, una felicísima noticia llenó de alegría a toda la cultura hispánica: la Academia Sueca había concedido el Premio Nobel de Literatura al poeta Vicente Aleixandre

Vicente Aleixandre en 1977, el año de la concesión del Nobel

El 6 de octubre de 1977, una felicísima noticia llenó de alegría a toda la cultura hispánica: la Academia Sueca había concedido el Premio Nobel de Literatura al poeta Vicente Aleixandre.

Ya el año anterior había estado a punto de conseguirlo, en una candidatura conjunta con Borges pero, a última hora, unas inoportunas declaraciones de éste lo habían frustrado.

En su comunicado oficial, la Academia Sueca, además de elogiar la poesía de Aleixandre, valoraba «su vinculación, tanto en lo personal como en lo literario, al extraordinario grupo de poetas cuya obra ha hecho que este período de la literatura española sea conocido como la segunda Edad de Oro».

Además de la indiscutible calidad de la poesía de Aleixandre, concurrían, para este Premio, otras circunstancias favorables: ante todo, significaba un evidente respaldo a la reciente democracia española.

Un Nobel que generaba simpatías

Se valoraba también que Vicente había decidido permanecer en España –igual que Dámaso Alonso y Gerardo Diego–, en vez de marchar al exilio, como hicieron sus compañeros Alberti, Salinas, Guillén y Cernuda.

Desde el punto de vista político, que tanto tienen en cuenta los académicos suecos, nadie podía identificar a Aleixandre con el franquismo pero tampoco había adoptado posiciones políticas radicales, como Rafael Alberti, por ejemplo: en su caso, haber recibido el Premio Lenin de la Paz, en la Unión Soviética, le cerró la posible puerta al Nobel.

Un dato favorable más: Aleixandre no quiso nunca ser polémico. Su personalidad suscitaba generales simpatías. Su enfermedad y su carácter habían limitado mucho su vida social pero, en su casa de la calle Velintonia, había recibido siempre a los poetas españoles, hispanoamericanos o extranjeros que pasaran por Madrid y que desearan saludarlo.

De hecho, Aleixandre había supuesto un vínculo cordial entre los poetas anteriores a la guerra y las distintas promociones de poetas posteriores, incluídos los más jóvenes.

Anecdóticamente, jugaron un papel importante, para la concesión de este Premio, dos poetas: el sueco Arthur Lundqvist y el canario Justo Jorge Padrón.

Los dos habían firmado la traducción al sueco de una antología de Aleixandre, Sombra del paraíso, que permitió que su poesía fuera conocida, en ese país. Los dos visitaron a Aleixandre, en Velintonia, en 1973.

Como especialista en la literatura hispánica de la Academia sueca, Lundqvist fue su principal valedor. Era también un activista político, pacifista, contrario a la guerra fría.

Justo Jorge Padrón había vivido en Suecia, de joven: tradujo al español los poemas de su amigo Lundqvist. Sus libros de poemas habían recibido numerosos premios (entre otros, uno, de la Academia sueca, en 1972) y tenía amplias conexiones internacionales.

Por todo ello, cuando Aleixandre declinó, por motivos de salud, acudir a Estocolmo a recibir el Premio, designó a Justo Jorge Padrón para que lo representara, en la ceremonia.

Tuve yo ocasión de charlar una vez con Arthur Ludqvist, en Canarias. Le pregunté si Federico García Lorca hubiera tenido posibilidades de recibir el Premio Nobel y no dudó en asegurarlo. Extendió luego esa valoración a los otros grandes poetas del 27: cualquiera de ellos tenía calidad suficiente para recibir el Nobel, me dijo. Evidentemente, la Academia Sueca había querido premiar, en la figura de Aleixandre, a toda la Generación.

Vicente Aleixandre había nacido en Sevilla, en 1898: el mismo año que sus compañeros Federico García Lorca y Dámaso Alonso. (Comentaba con humor este último que a él sí que se le podía considerar miembro de la Generación del 98 porque, ese año, le había sucedido lo más importante de su vida: nacer).

Tuvo Aleixandre una infancia feliz, en Málaga. Allí conoció a Emilio Prados. Málaga fue siempre, para él, la «ciudad del Paraíso»:

«Allí, el cielo eras tú, ciudad que en él morabas.

​Ciudad que en él volabas con tus alas abiertas».

La familia se trasladó a Madrid en 1909. Vicente hizo estudios de Derecho y de Intendente Mercantil. Trabó amistad con Dámaso Alonso. Descubrió la poesía leyendo a Rubén, a Antonio Machado, a los clásicos españoles, a los surrealistas franceses.

En Las Navas del Marqués, escribió sus primeros poemas, en un cuaderno que compartía con su amigo Dámaso.

En 1925, Aleixandre sufrió una grave enfermedad renal; acabaron extirpándole un riñón. Tuvo que llevar una vida tranquila, ordenada, leyendo y escribiendo, con mucho reposo: los veranos, en Miraflores de la Sierra; el resto del año, en la casa de la calle Velintonia, donde recibía a muchos poetas y amigos.

Desde 1978, se le cambió el nombre, se llama ya calle de Vicente Aleixandre, aunque él hubiera preferido que se mantuviera su nombre primitivo.

Hace poco, después de una larga y complicada peripecia, la Comunidad de Madrid ha adquirido la casa de Aleixandre y la va a restaurar. Su destino parece claro: ser el centro de la conmemoración madrileña del centenario de la Generación del 27 y convertirse en algo así como la Casa de la Poesía.

«Poesía es comunicación»

Antes de la guerra, los principales libros de poesía de Vicente Aleixandre son Ámbito (1928) y La destrucción o el amor (1935). (Conviene recordar que ese «o» del título supone una identificación, no una alternativa) . Después de la guerra, Sombra del paraíso (1944) e Historia del corazón (1954). En su etapa final, Poemas de la consumación (1968) y Diálogos del conocimiento (1974).

Si en su juventud le influyeron –más o menos– las metáforas irracionales y el mundo visionario del surrealismo, en la posguerra se difundió mucho su definición: «Poesía es comunicación».

Algunos poetas sociales la utilizaron como justificación de su escuela. En realidad, Aleixandre iba por un camino muy diferente: buscaba «una profunda verdad comunicada».

Su limitación de salud era real pero también la utilizaba, a veces, como pretexto, para liberarse de lo que no quería hacer: asistir a actos sociales; contestar encuestas; después del Nobel, rechazar muchas propuestas que no le agradaban: por ejemplo, la de Luis María Ansón, para que escribiese regularmente en ABC.

'Velintonia', la casa de Vicente AleixandreEFE

En 1970, unos jóvenes poetas granadinos, que editaban la revista El Tragaluz, con todo cariño y respeto le llamaron «el solitario de Velintonia» pero Vicente rechazó ese título:

«De solitario, nada. En Velintonia, he vivido, he sufrido, he gozado y he estado siempre rodeado de amigos que me quieren».

Ésa fue la realidad. En la posguerra, por Velintonia pasaron, entre otros muchos, Rafael Alberti, Dámaso Alonso, Max Aub, Luis Rosales, Leopoldo Panero, Luis Felipe Vivanco, José Antonio Muñoz Rojas, Gabriel Celaya, José Hierro, Vicente Gaos, Blas de Otero, Leopoldo de Luis, Pedro Laín, Dionisio Ridruejo, José Luis Aranguren, Carmen Martín Gaite, Jaime Ferrán, Gil de Biedma, Claudio Rodríguez, José Ángel Valente…

Sobre todo, acudían allí con frecuencia algunos grandes amigos suyos: Carlos Bousoño, José Luis Cano, Francisco Brines, Paco Nieva, Pere Gimferrer, Antonio Carvajal, Guillermo Carnero, Antonio Colinas, Jorge Urrutia…

Dámaso Alonso, uno de sus mayores amigos, le comparó metafóricamente una vez con la estatua romana del río Nilo, que está en los Museos Vaticanos: un majestuoso semidios, sabio y poderoso, apacible, siempre reclinado, rodeado de una corte de chiquillos, que encarnan las corrientes fluviales…

No, no era precisamente un solitario Vicente Aleixandre. Lo recuerdo yo como un personaje muy educado, inteligente, discreto, púdico, amable con todo el mundo… No había construido un personaje público, como Rafael Alberti o Antonio Gala. Era auténtico y cordial pero también tenía su alma en su almario.

Para conocer cómo era de verdad Aleixandre, en la intimidad, me parece utilísimo el libro de José Luis Cano Los cuadernos de Velintonia. Conversaciones con Vicente Aleixandre (1986).

José Luis Cano fue un gran amigo mío: un poeta y crítico de poesía andaluz, siempre nostálgico del sol y de la luz de su tierra. Dirigió la colección Adonais y fue el alma de la revista Ínsula, que supuso un impagable puente entre la España del franquismo y la del exilio. Era una persona de una extremada bondad, rayana a veces en la inocencia.

En su despacho de la CAMPSA – donde trabajaba bien poco, ésta es la verdad – o en las tertulias de Ínsula, José Luis Cano recibía con perenne amabilidad a los escritores que volvían del exilio; a los hispanistas que aparecían por Madrid; a los poetas que buscaban una editorial para publicar sus libros; a los que preparaban una Tesis Doctoral sobre poesía y necesitaban algún dato; a los jóvenes – como yo, entonces - que no sabíamos casi nada pero queríamos aprender…

Interior de VelintoniaEUROPA PRESS

José Luis nos hablaba de André Bretón y de Gala, que escandalizó a los poetas malagueños del 27 apareciendo con los pechos desnudos; de un joven argentino llamado Cortázar, al que la censura española prohibió un cuento, en el que contaba que un viajero le tocaba el trasero a una señora… Y, siempre, volvía a hablarnos de Pedro (Salinas), de Jorge (Guillén) y de Vicente (Aleixandre).

A lo largo de muchos años, lo visitó José Luis Cano en Velintonia y charló con él en las tertulias del café Lyon: en la calle Alcalá, en frente del edificio de Correos . Desde 1951, comenzó a tomar notas, después de sus encuentros. A partir de ellas, reconstruyó sus conversaciones, que duraron hasta 1984, el año de la muerte del poeta.

El mejor estudioso de Aleixandre, Carlos Bousoño , ha señalado que el tema central de toda su obra es la solidaridad amorosa: con otra persona, con los demás hombres y con todo lo creado.

Para Aleixandre, el ser humano no debe quedarse en la soledad sino abrirse a los demás, en gozosa comunión; no debe sentir temor a entrar, simbólicamente, en la plaza (el título de uno de sus mejores poemas).

Amó a muchas mujeres

Desde esa perspectiva hay que entender la gran frecuencia, en su obra, del tema erótico. Una y otra vez, el poeta repite: «Si sé algo, en esta vida, es de amor».

No era dado Aleixandre a las confesiones autobiográficas. Hablando con José Luis Cano, en cambio, le cuenta muchos detalles de algunas mujeres a las que amó, en su juventud.

En el verano de 1920, a los veintidós años, conoció en la Residencia de Estudiantes a Margarita Alpers, una joven californiana, casada, muy atractiva:

«Pronto fuimos amigos y, luego, amantes. Fue un amor feliz, alegre, quizá porque no hubo ni un instante de sombra o disgusto entre los dos, sin las complicaciones sentimentales que suele arrastrar la pasión».

Esta relación duró dos años, hasta que ella volvió a los Estados Unidos, con su marido. Al poco tiempo, ella dio a luz a una niña, Juanita. Treinta años después, la madre y la hija visitaron a Vicente, en Miraflores. Lo recordaba Vicente:

«Cuando vi a Juanita, me sorprendió: era rubia, no morena, como su madre, y tenía los ojos azul claro, como los míos…»

'Cabellera negra'

En 1922, su amigo Dámaso Alonso le presentó, para que le diera clases, a una profesora de alemán, Eva Seiffert. Vicente tenía entonces veinticinco años; ella, treinta y tres. No le pareció muy guapa pero le inspiró una gran ternura:

«Primero fui alumno suyo y, al mes de clase, me di cuenta de que se había enamorado de mí… Aquello me halagó, naturalmente, y no tardó en comenzar, entre nosotros, una relación amorosa que ha durado más de treinta años».

La guerra civil interrumpió sus encuentros. Después de la guerra mundial, varios veranos, Eva veía desde Alemania para pasar con Vicente veinte días, ya como viejos amigos.

Mientras estuvo con Eva, él también persiguió a Dorita, una joven rubia y delicada, que le hizo poco caso. A la vez, se enamoró de Carmen de Granada, que era el nombre artístico de María Valls, «una morena de grandes ojos negros y cuerpo espléndido». Al joven poeta no le importó que ella tuviera un amante fijo, que la mantenía:

«No paré hasta conquistarla. Por primera vez, vivía una gran pasión, que me absorbía por completo y nos veíamos diariamente».

Años después, reconoce Aleixandre que esta pasión le inspiró varios poemas; entre ellos, he localizado éste, Cabellera negra, del libro Sombra del paraíso:

«¿Por qué te miro, con tus ojos oscuros,

​terciopelo viviente, en que mi vida lastimo?

​Cabello negro, luto, donde entierro mi boca…».

Un lector fiel de Aleixandre no imaginaría, probablemente, que la inspiradora de estos versos fuera una joven que cantaba y bailaba, en un cabaret madrileño

Javier Barreiro ha localizado datos sobre esta artista. Álvaro Retana, el historiador del cuplé, la enjuicia con ironía. Ella siguió actuando hasta la guerra civil; en internet he visto yo fotos suyas, que confirman su rotunda anatomía.

La relación no tuvo un final feliz: ella le contagió una enfermedad venérea, que le afectó la rodilla, dejándole una pequeña cojera… y el poeta eligió otro camino para sus amores. Eso no lo comenta José Luis Cano (aunque, evidentemente, lo sabía de sobra).

El recuerdo de estos amores le inspira a Aleixandre una reflexión, que repite varias veces, sobre su carácter:

«Siento como una incapacidad para decepcionar. No tengo fuerzas para ello y esta incapacidad me hace arrastrar amores muertos y amistades gastadas. Como no me ofendan, yo jamás romperé, o entibiaré una amistad. La amistad –y el amor, claro– es mi alimento».

Admiración por Galdós o Baroja

Buena parte de las conversaciones de Aleixandre con José Luis Cano tratan de temas literarios, la pasión de ambos. Ante todo, Vicente afirma rotundamente que sí existe una Generación del 27, a la que él pertenece:

«Llamarlo grupo es muy vago y no obedece a la realidad. Nosotros no éramos sólo un grupo de amigos, como decía Guillén, sino algo más: una generación literaria, aunque ahora esté de moda negar las generaciones».

De los escritores españoles del siglo XIX, habla Aleixandre con admiración de Galdós y de Valera. De la Generación del 98, menciona con gran cariño a Azorín, a Baroja y, sobre todo, a Antonio Machado : «Mi fervor por él no ha menguado nunca». Cree que se equivocaron –aunque fueran amigos suyos– algunos jóvenes poetas que, en la posguerra, lo desdeñaban.

Entre los maestros próximos, reconoce Aleixandre a Ramón Gómez de la Serna:

«Yo he admirado siempre a Ramón y le he creído un escritor de genio. Su obra, tan rica e imaginativa, influyó en nuestra generación, como bien demostró Cernuda, en un ensayo que le hace entera justicia. En España, a partir de la guerra, se ha sido injusto con Ramón».

Proclama una y otra Vicente su estimación y su afecto por sus compañeros de Generación: Lorca, Alberti, Salinas, Guillén, Gerardo Diego, Neruda, Miguel Hernández…

Su cariño por Dámaso Alonso le permite trazar un retrato entrañable, fraternal, de sus grandes virtudes y de sus debilidades: lo ve como alguien contradictorio, cascarrabias, tacaño, suspicaz, que a veces siente temores excesivos y celos infantiles.

De vez en cuando –cuenta– Dámaso se pone mustio porque cree que nadie le quiere. Otras veces, se desespera con la situación política española: «Yo me debí quedar en América, enseñando en una universidad…» Pero muy pronto se le pasa todo eso porque lleva a España en su corazón. Y anda siempre buscando a Dios y peleándose con la Iglesia española.

Para Aleixandre, los dos personajes más complicados son Juan Ramón y Luis Cernuda. A los dos los estima como grandes poetas pero opina que, personalmente, eran muy difíciles.

Cuando Vicente le envió a Luis Cernuda el tomo de sus Poesías completas, se extrañó de que no le dijese nada. Al preguntarle si le había llegado, él le contestó:

«Devuelvo todos los paquetes de libros que me llegan de España porque hay que pagar derechos de aduanas, al recibir el paquete».

Son numerosas las anécdotas de Juan Ramón que Aleixandre cuenta y que muestran su muy difícil carácter . Baste con una:

«Dámaso me contó que , cuando visitó a Juan Ramón en Washington, éste se pasó todo el tiempo hablando mal de todos nosotros. Cuando terminó la visita y Dámaso salió de la casa, se dijo, para sus adentros: 'Coño, ahora me tocará a mí el turno de ponerme verde…».

Vicente Aleixandre se consideraba un liberal, no era comunista, en absoluto. En principio, no se sentía monárquico pero le dijo a José Luis Cano que aceptaría la monarquía «si trae la libertad al pueblo español». Temía la radicalización de los extremismos de izquierdas y de derechas:

«También temo que, al caer Franco, la extrema izquierda se desborde y consiga el poder, instaurando una dictadura de la derecha que acabaría con el intento democrático…»

Cuando el gran crítico de arte Juan Antonio Gaya Nuño puso reparos al estilo de Gaudí, a Aleixandre le pareció un absurdo que, en Barcelona, algunos consideraran esto un ataque a Cataluña…

Le indignaban algunas actitudes de los sectores clericales más carcas: los ataques a Unamuno, a Ortega… No le gustaba nada la intervención del Opus Dei en la política española.

A Aleixandre le costaba creer en un Dios que permite las crueldades e injusticias del mundo (lo que tantas veces se ha llamado «el silencio de Dios»). Se consideraba un agnóstico:

«Como la vida es puro misterio, yo no afirmo tajantemente que no existe Dios. Me limito a dudar de él; por eso, más que ateo, soy agnóstico, un agnóstico que incluso lamenta no tener fe».

No estaba seguro de qué iba a hacer él, cuando le llegara la hora de la muerte. Sí le gustaba recordar la frase que , según le habían contado, fue la última de Ortega:

«Yo he estado siempre en manos de Dios».

Se alegraba muchísimo Aleixandre de no haberse exiliado, a diferencia de los que hicieron varios de sus mejores amigos:

«Para mí, el exilio hubiera sido como lo fue para Machado: la muerte. Estoy muy contento de haberme quedado en España… Siempre he querido vivir y morir en Velintonia».

Allí, no en solitario, sigue muy vivo el recuerdo de la poesía de Vicente Aleixandre.