Lorca sigue ahí, enterrado bajo un redil
Desvelamos la carta original de Manolillo el Comunista: desmiente que él fuera enterrador de Lorca y que supiera el lugar exacto de Fuente Grande donde se suponía su tumba
Federico García Lorca
Se han cumplido 90 años del asesinato del Federico García Lorca. Cientos de investigaciones de todo tipo han conseguido arrojar alguna luz sobre los últimos días de vida del poeta. La mayoría de carácter literario y periodístico. Ninguna rotunda de carácter oficial. Ha habido dos grandes excavaciones en puntos que se suponían con posibilidades.
La «tumba oficial», junto al olivo señalado por su biógrafo Ian Gibson, dejó de serlo tras las prospecciones de 2009. Un fiasco para algunos, una confirmación para otros.
Era público desde 1983 que la garganta profunda del irlandés ─Manuel Castilla Blanco, Manolillo el Comunista─ se había desdicho de todo lo revelado a los hispanistas de las décadas de los años cincuenta y sesenta.
Él ni estaba en Víznar la madrugada de 1936 cuando asesinaron a Lorca ni se encargó de enterrarlo. Una patraña que ha provocado el ridículo desde entonces. Ahora ha aparecido la carta original en la que se desdice de sus declaraciones.
Así las cosas, sigue siendo más válido que nunca el croquis del falangista Pedro Cuesta Hernández para conocer dónde está la tumba del literato: a mitad de camino entre Víznar y Alfacar. Justo en el entorno de un redil que insulta a un campo de exterminio durante la pasada guerra civil.
Nadie pone el cascabel al gato para dignificar el escenario. Tampoco se autoriza desde hace una década nueva excavación en el entorno; porque los herederos de Lorca no quieren y por el temor a otro nuevo fiasco.
Es la primera vez que veo una fotografía en prensa nacional que identifica el punto que más probabilidades sigue teniendo de ocultar los restos de Federico García Lorca. Acompañado de cinco asesinados y sepultados en él. Aquella negra madrugada del 18 de julio de 1936. Sus coordenadas ─aproximadas─ son 3,54886-37,24126 (IGN). Corresponde a una curva del
Camino del Obispo, el que discurre entre los municipios granadinos de Víznar y Alfacar. En el término municipal del segundo, frente al cortijo de Corvera o de Pepino. La instantánea la publicó El Mundo el día 1 de septiembre pasado.
Es precisamente la zona que vengo defendiendo hace más de tres décadas que reúne mayores probabilidades (del 90 %) de esconder los huesos del poeta. El otro 10 % lo dejo para las capas inferiores de los Pozos de Víznar, adonde fueron reenterrados cadáveres esparcidos por los contornos en días anteriores. Los primeros asesinados a partir del 24 de julio habían quedado al descubierto en las cunetas, tapados con trapos, montones de piedras o enterrados malamente. El capitán del sector de guerra, José María Nestares, ordenó ir sepultándolos por capas en un solo cementerio.
La Diputación de Granada compró unos terrenos, levantó un monolito, hizo un parque y cada 17 de agosto homenajea al poeta en un lugar inventado para contentar a hispanistas
Este asunto es sobradamente conocido por los abuelos y algunos padres de los lugareños. Pero no por una extensa nómina de investigadores, periodistas y escritores ─en su mayoría guiris─ arribados a Granada desde que lo hiciera por primera vez Gerald Brenan, en 1948. Casi todos ellos malinformados ─cuando no engañados directamente─ por Manuel Castilla Blanco (a) Manolillo el Comunista y un poco por Rafael Guervós Madrid.
Lo que es completamente desconocido, al menos por los medios de comunicación de ámbito nacional e internacional, es que la tumba de Lorca se ubica a las puertas de un redil de cabras. Cuando no, directamente bajo el suelo del aprisco. El fotógrafo de El Mundo lo tenía justo a su espalda cuando disparó la foto de referencia.
Se trata de una telera que fue habilitada hace ahora justo una década. Parecía instalación transitoria, solamente con permiso verbal del dueño de los terrenos. Pero ahí sigue, cada vez más agrandado con pacas de paja, recipientes de agua y un silo metálico más reciente.
Sin licencia, permiso o autorización alguna del ayuntamiento correspondiente (Alfacar). Una instalación que afea y contamina visualmente el borde del Parque Natural de la Sierra de Huétor; junto a un paseo muy transitado por veraneantes y cicloturistas. Con los orines de los ovinos que seguramente acabarán filtrándose al trazado romano-zirí de la Acequia Aynadamar (BIC). Y, por supuesto, redil ubicado en una zona declarada de interés histórico, arqueológico y de memoria de la guerra civil (1936-9).
Este asunto ya fue denunciado en la prensa local de Granada hace diez años. No existe la más mínima constancia de que los responsables políticos hayan movido un solo dedo para solucionarlo. Tampoco ninguna asociación ni colectivo memorialista. Ni, por supuesto, ninguna de las sobrinas-nietas del poeta Federico García Lorca.
Actitud que contrasta con la presión tan efectiva que mostró Isabel García Lorca en 1998, cuando Alfacar movió tierras próximas para construir un campo de fútbol: consiguió paralizar el proyecto deportivo para siempre.
Hispanistas y su búsqueda infructuosa
Son ya noventa años de búsquedas infructuosas de la tumba de Federico García Lorca. O, mejor dicho, de quienes se supone fusilados junto a él. Porque la hermana y los sobrinos del poeta siempre se mostraron opuestos a individualizarlo del resto de represaliados durante la guerra civil. Y continúan oponiéndose.
La ausencia de concreciones sobre el punto exacto de su muerte y su enterramiento ha dado pie a infinidad de teorías, especulaciones, conjeturas, fantasías e invenciones sobre el paradero de sus restos: si fue desenterrado por sus padres a los pocos días y sepultado en los cementerios de Valderrubio, Fuente Vaqueros o Santa Fe.
Por supuesto, en una tumba sin identificar. Que si está en la Huerta de San Vicente. Sin descartar las tapias del cementerio de Granada. O quizás en la finca que compró la familia al regreso de su exilio en Meco (Madrid) o su chalé de veraneo en Nerja. También se menciona el cementerio de Víznar. Incluso la cinematografía fabuló con su no muerte, cambió de identidad y murió de viejo. Por fantasear que no quede.
El segundo bloque de teorías se basa en indicios históricos y geográficos más reales. Todas ellas se mueven en el entorno del antiguo Camino del Obispo, es decir, la carreterilla que serpentea entre la parte alta de Víznar y la fuente Aynadamar, por encima del barrio de las Canteras de Alfacar.
Un trayecto de unos dos kilómetros de distancia. Se trata de un terreno áspero, en la linde del Parque Natural de la Sierra de Huétor; por encima, el Camino estuvo salpicado algunos olivos de secano, apenas prosperaron; por debajo se escalonan paratas de regadío.
A partir de los años cuarenta del siglo pasado, el ICONA empezó a repoblar las parcelas públicas, mientras el resto de olivos iban desapareciendo por falta de agua y atenciones. Y, lo más importante, por el repelús de los agricultores tras constatar que en sus olivares habían sido asesinadas y enterradas bastantes personas. En las labores agrícolas y de reforestación fueron varios los cadáveres levantados por los arados.
Pues en aquel Camino del Obispo, especialmente en su vertiente alta, fue donde empezaron a husmear los primeros hispanistas y curiosos que se atrevieron a visitar la zona. Todos preguntaban, los vecinos callaban. Había un miedo insuperable. Además, poquísimos lugareños tuvieron oportunidad de acceder en la guerra más allá de donde estaban los controles impuestos por los sublevados. Todo eran comentarios de oídas.
El primer investigador extranjero que husmeó por allí fue Gerald Brenan, en 1948. En su libro La faz de España recogió el ambiente de terror que se respiraba todavía en Granada y Víznar. También infinidad de leyendas tejidas sobre los últimos días del poeta. En 1951 fue el francés Claude Couffón el que visitó los campos de Víznar. Éste ya ubicó el punto del asesinato en el lugar llamado los Pozos, un barranco del que se sacaba tierra y se convertía en laguna invernal.
Entre los años 1953-55 estuvo tres veces en Granada el escritor francés Jean-Louis Schonberg.
Buscó y rebuscó sobre la vida y muerte de Lorca. En Víznar se percató de que los vecinos le daban largas y tenían miedo.
La Guardia Civil estaba al acecho. Lo más que consiguió saber es que lo habían asesinado «junto al camino de la Fuente», «quizás en los Pozos». Aunque no cita su fuente informativa, fue el primero que especuló con que el punto aproximado estaba en el olivar más cercano al cortijo de Pepino. Incluso su texto lo prologó con una foto de los olivos moribundos que lindaban con el campo de instrucción de Falange, primitivo campo de fútbol.
Nace la mentira de Manolillo el Comunista
En 1955-56 fue el hispano-estadounidense Agustín Penón el que investigó de manera abierta y con conocimiento de las autoridades del momento (Se decía que era un miembro de la CIA).
Fue quien mejor trabajo de campo desarrolló con fuentes primarias, pero nunca llegó a publicar sus conclusiones. Fue el primero que contactó con Manuel Castilla Blanco, Manolillo el Comunista. Un vividor que tan pronto hacía de camarero, como vendía lotería, era semanero o se empleaba de conserje en la Jefatura de Falange.
Manolillo el Comunista se tomó muy en serio su papel de guía de guiris que llegaban a Granada; decía saberlo todo sobre las últimas horas de García Lorca, su asesinato y su enterramiento. Porque él se declaraba abiertamente uno de los enterradores del poeta aquella fatídica madrugada del 18 de agosto de 1936.
A partir de las invenciones y manipulaciones de Manolillo el Comunista se creó una mentira que fue engordando con los años. La realidad es que Manuel Castilla no estaba detenido y trabajando de enterrador en el Camino del Obispo el 18 de julio de 1936 en que mataron a Lorca.
Había llegado detenido unos días más tarde, cuando Federico ya estaba bajo tierra. Se inventó una realidad que nunca vivió. Otro ejemplo: vendió una fotografía con varios masones y él mismo, a la puerta de La Colonia (la última cárcel de Lorca) que fue tomada una semana más tarde (el 24 de agosto), pero él la daba como auténtica de los enterradores del poeta. (El original de aquella fotografía la entregó en el bar Fernando, calle Molinos, 4, para pagar sus consumiciones. Acabó en poder de una editorial de Barcelona por cien mil pesetas).
Manolillo el Comunista sabía del enterramiento de Lorca lo que había oído de quienes le precedieron: Lorca fue fusilado y enterrado al pie de unos olivos. Nada más. Y eso fue lo que trasmitió a Agustín Penón. Un olivar por encima de la Fuente, a unos 400 metros del lugar exacto. Lugar que el tiempo ha desmentido.
Una década más tarde, en 1964, Marcelle Auclair siguió los pasos de sus antecesores. Sin miedo y pidiendo información a la Comisaría de Policía. También contó con la ayuda de otro granadino que le hizo de guía, un joven amante de la obra de Lorca. Se llamaba Rafael Guervós Madrid (fallecido en accidente de moto en 1968).
Era enfermero de una clínica junto a la Gran Vía. Al contrario que Manolillo, éste se limitaba a enseñar todos los escenarios posibles sin apostar por ninguno de ellos, solamente a comentar los que más indicios presentaban de tener fosas rehundidas o marcadas con piedras.
Por fin, en 1965, arriba a Granada el que hasta ahora se considera el mayor biógrafo de Lorca. Con sus muchas luces y alguna sombra. Siguió de manera más ordenada y sistemática los pasos de Agustín Penón.
Hasta contactar con Manolillo el Comunista. Una vez más, el vividor volvió a contar lo que había narrado a otros que se interesaron por el lugar de enterramiento del poeta. Y le llevó al lado de un olivo justo frente a la conexión del camino nuevo del Caracolar.
El croquis sobre el lugar del asesinato y fosa de Federico ─pintado por el falangista Pedro Cuesta Hernández en 1969─ sigue teniendo plena vigencia y es el lugar más probable de su asesinato
Al lado de una vaguada y de unos chalés baratos de reciente construcción. Ian Gibson no dudó del punto que le indicó. Incluso en la actualidad sigue defendiendo aquella impostura de su cicerone.
En aquel primer libro de 1971, Gibson no mencionó sus fuentes de información para delimitar la tumba. Comprensible, estábamos en la dictadura franquista. Lo que desveló fue lo siguiente: «Mis informaciones sobre lo que pasaba en La Colonia proceden de los supervivientes del grupo de enterradores forzosos. Como es lógico, no puedo dar sus nombres por miedo a comprometerles». «Tengo en mi fichero nombres y detalles de catorce voluntarios que actuaban en los asesinatos de La Colonia. La mayoría de ellos han muerto ya, pero otros viven todavía en Granada, odiados por la gente y acaso temiendo por su vida. Después de pensarlo bien, he decidido no dar sus nombres aquí» (Página 93).
A partir de ese momento pareció abrirse la veda en busca de los huesos de García Lorca. En reportajes de prensa internacional, algo en la nacional. Salieron los libros de Vila-San Juan (García Lorca, asesinado: toda la verdad, premio Espejo de España, 1975), Eduardo Castro (Muerte en Granada, la tragedia de Federico García Lorca, 1975). Se murió el dictador, llegó la transición y el tema lorquiano eclosionó.
Monumento en lugar equivocado
Llegamos a 1980. El primer gobierno socialista de la Diputación Provincial decidió ponerle un monolito a Lorca. ¿Dónde? Pues donde los expertos digan. Y los expertos se alinearon con Gibson porque era el que más sabía y más había publicado sobre el tema. Ese punto, bajo el olivo, fue el que marcó Gibson en su primer libro sobre el tema: La represión nacionalista de Granada en 1936 y la muerte de Federico García Lorca (1971. Ruedo Ibérico).
En aquella primera publicación no le prestó demasiada atención al lugar de la tumba, le dedicó poco espacio. En su página 98 dice que la Fuente Grande está «… a pocos pasos de la tumba del mejor poeta granadino de nuestro tiempo. Pues fue a este lugar donde los verdugos de la represión llevaron en la madrugada del 19 de agosto de 1936 a García Lorca y sus tres compañeros de infortunios, fue aquí donde los esbirros de Valdés cometieron su vil atentado».
Compraron la parcela en torno al sitio señalado por Manolillo el Comunista a todos los que subió por allí; hicieron un parque y colocaron un monolito bajo un olivo. De paso, arramblaron con otras tumbas que había en lo poco que quedaba de olivar. (Continúa el enigma del saco de huesos supuestamente enterrado en el parque resultante).
Esta es la verdad oficial desde entonces: Lorca y sus tres acompañantes estaban enterrados en el lugar del monolito. Buena parte del club de la Zeja de Granada consiguió convencer al arqueólogo Francisco Carrión, profesor de la UGR, para hacer unas excavaciones profesionales en el entorno del monolito de Manolillo. La expectación era máxima. El resultado fue desalentador: ni una esquirla de hueso. Aquel lugar tenía poca tierra y ningún vestigio de fusilamientos ni fosas.
Después, aquellos mismos promotores, no consiguieron permiso para seguir buscando en la zona del Caracolar, e incluso por debajo de la Acequia como defendían otros investigadores.
El segundo intento con permiso oficial se centró justo frente al Cortijo de Pepino, en el centro de lo que había sido campo de instrucción durante la guerra civil. También llamado Llanos de Corvera. El problema que se presentó es que es una zona muy extensa, como dos campos de fútbol. Para mayor inri, los labriegos del lugar señalaban que aquel terreno ya había sido removido en 1998 para hacer el fallido campo de fútbol. Otro nuevo fracaso tras un aparatoso movimiento de tierras con maquinaria pesada y con una metodología más que cuestionada por arqueólogos granadinos. «Parecen más caballeros zahoríes que arqueólogos», reían al verlos abrir la cantera.
Aquellos sondeos llevaron la desconfianza a los políticos responsables de autorizar nuevas excavaciones. Imagino que también el temor de nuevos fracasos por parte de otros promotores. Hace una década que no se han concedido más autorizaciones para excavar; a excepción de los Pozos de Víznar, donde sí hay cientos de enterrados en tandas.
El arrepentimiento de Manolillo el Comunista
Regresemos unos años atrás. Manuel Castilla Blanco era un vivalavirgen. O sea, un vividor.
Se creía sus propios inventos. Desde que Agustín Penón empezó a llenarle la boca y a darle billetes de veinte duros, no hacía otra cosa que ir contándolo por los bares de Granada. Especialmente el Realejo y el Campillo que eran sus círculos vitales. Se jactaba de que vivía a costa de contar patrañas a turistas y guiris. Todo a cambio de dinero.
Llegaba a autocalificarse como el Chorrojumo del momento. Aquel gitano de la Alhambra que se inventaba los cuentos más inverosímiles.
A partir de la publicación de la primera historia de Gibson alguien dijo por Granada que una fuente de información había sido Manuel Castilla Blanco.
Tampoco era un secreto para la secreta. Por entonces lo tenía ocupado el subjefe provincial del Movimiento (Sebastián Pérez Linares) en la Jefatura; hacía labores propias de ujier, recadero, etc. Lo llamó a su despacho y le dijo que hiciera el favor de cerrar la boca, no embaucara a la gente y contara medias verdades o, directamente, mentiras de mucho calado. Manuel Castilla se justificó diciendo algo así: «Me dan de comer y les saco 500 pesetas. ¿Qué hay de malo en ello?». El jefe provincial le amenazó con prescindir de sus servicios si no cambiaba de actitud.
Al final, la jefatura del Movimiento acabó por retirarse su confianza porque seguía en boca de mucha gente. El problema de Manolillo aumentó un día del verano de 1975 en que su nombre apareció en los papeles como el que había enterrado a García Lorca. Se había pasado de castaño a oscuro.
Manuel Castilla Blanco fue llamado al edificio del Movimiento y, en presencia del coronel José María Nestares Cuéllar, firmó una declaración desmintiéndose a sí mismo: en el papel asegura que ni él estaba en Víznar la madrugada del 18 de agosto de 1936 ni había enterrado a Lorca.
El texto concreto es el siguiente: «Respecto al fusilamiento y enterramiento de García Lorca, a él no le consta directamente nada, pues llegó a Víznar por el 21 de agosto y esto ya había sucedido entonces» (…) «Que decían que había sido enterrado antes de llegar a la Fuente Grande, en el camino que va de Víznar a Fuente Grande, en el olivar que por allí había».
Fragmento de la carta de Manolillo el Comunista
Aquel documento de autodesmentido (que lleva fecha de 15 de julio de 1975) fue trascrito por Eduardo Molina Fajardo en su libro de 1983. El papel orinal es de los pocos documentos que se salvaron de la quema del archivo de Falange y del Movimiento iniciado en 1971 y acabada en diciembre de 1975. Manuel Castilla Blanco falleció en el Granada en el año 1995.
La verdad de Pedro Cuesta Hernández
En el año 1983 vio la luz el libro póstumo de Eduardo Molina Fajardo: Los últimos días de García Lorca. Había estado documentándolo durante décadas. Quizás desde que en 1955 estuvo en su despacho el hispanista Agustín Penón. Trabajaba en el diario falangista Patria y allí acudía Penón a buscar información. De hecho, el colaborador José Carlos Gallardo le publicó una entrevista a toda página en la que hablaba de su proyecto y de su origen puertorriqueño, aunque descendiente de catalanes (Patria, 5 diciembre de 1955).
Eduardo Molina Fajardo era un falangista con mucho poder en la Granada de esos años. Tuvo un acceso privilegiado a sus archivos y a las estructuras y personas de Falange. Era íntimo amigo y vecino del subjefe provincial del Movimiento. Por eso su libro contiene uno de los mejores materiales para conocer cómo discurrió la guerra civil y, concretamente, lo relativo a Federico García Lorca.
Este libro arrojó bastante luz a la cuestión lorquiana, pero… como estaba escrito por un falangista, en pleno auge del inicio del mandato socialista de Felipe González… Fue ninguneado por los medios nacionales. Pasó completamente desapercibido. Pocos investigadores supieron ver en él todo lo que aportaba. Porque la moda era seguir la verdad oficial.
De tal manera que sólo este año 2026 ha conseguido ser reeditado a cargo de la Diputación de Granada.
Ese libro está a rebosar de revelaciones con las que las nuevas investigaciones van completando el puzle del destino de Lorca. El más importante, para mí, en lo referido al lugar del enterramiento de Lorca, lo aportó Pedro Cuesta Hernández. Aquel hombre era un labrador de Guevéjar, pueblo cercano a Granada. Era camisa vieja. Nacido el 15 de diciembre de 1908.
Se encontraba en Víznar los días de agosto de 1936 en que llevaron a fusilar a Lorca. Concretamente, su escuadra estuvo allí entre el 12 y 25 de agosto.
Estaba encargado de la guardia la noche que subieron a Federico a La Colonia. Junto con alguna gente más. Al único que conocía personalmente era al maestro cojo Dióscoro Galindo. De madrugada, Lorca y los otros fueron sacados por guardias de asalto y unos desconocidos. Se los llevaron a fusilar en un vehículo, al Camino del Arzobispo.
Ya de día, fue al lugar de fusilamiento a vigilar al grupo de presos que hacían de enterradores con órdenes de dar «… sepultura a unos muertos que hay antes de llegar a la Fuente Grande, a la derecha, que fue donde ya fuimos y pude ver el sitio donde estaban… era así como un pozo alargado, pero con forma de pozo, de haber sacado tierra gris; recuerdo perfectamente el color de la tierra, que era gris, pero ya estaban los muertos en la sepultura». Se podrían localizar porque echaron encima la muleta del maestro Dióscoro Galindo (Molina Fajardo, pág. 279 y ss.).
Aunque lo más interesante de las aportaciones de Pedro Cuesta Hernández fue el croquis que hizo de la zona. En julio de 1969. Se lo entregó al director del diario Patria y al subjefe provincial del Movimiento (Eduardo Molina Fajardo y Sebastián Pérez Linares, respectivamente).
También aportó un listado de personas que formaban el pelotón de fusilamiento y los enterrados. El croquis marca el semicírculo que forma el Camino del Obispo para bordear el Peñón del Colorao y el Caracolar; dibujó dos filas de olivos y el hoyo pegado a la primera fila de árboles. Ahí estaba la fosa.
En cuanto al número de personas enterradas en el lugar, Pedro Cuesta mencionó a Lorca, los banderilleros Galadí y Cabezas, el maestro Galindo y dos rateros. Según su versión, esta fosa contendría seis cadáveres.
El lugar no deja dudas: se trata de la linde del antiguo olivar, con una vaguada intermedia que lo separaba de la explanada en rampa del campo de instrucción. Ese punto fue trasladado al mapa del Instituto Geográfico y publicado por Molina Fajardo, según las indicaciones del coronel Nestares.
Es el lugar que hoy ocupa, aproximadamente, la zona delantera del redil montado hace una década. La mayoría de olivos han desaparecido; pero todavía queda en la esquina de la parcela uno que actúa como testigo del arbolado que había allí. Quizás sus raíces se hundan en la fosa de Lorca.
Este redil está a unos 60-80 metros del lugar de las aparatosas excavaciones fallidas finalizadas en el año 2016.
Es el mismo punto que yo vengo defendiendo desde hace muchos años en prensa y en mi libro Lorca, el último paseo (Almed, 2009). También el punto marcado por el general Fernando Nestares García-Trevijano/Federico Molina Fajardo (respectivamente, hijo del capitán Nestares que mandaba el frente en 1936 y primo hermano del Eduardo Molina Fajardo). En su libro García Lorca y Víznar (Ultramarina, 2012) incluyeron detallados esquemas, fotos y mapas. Pero le ocurrió lo que al de su antecesor de 1983: también fue ninguneado por los medios de comunicación.
Por mi proximidad familiar y de amistad en Guevéjar, siempre quise conocer más datos sobre ese croquis pintado por Pedro Cuesta Hernández. Supe de él por su entrevista en el libro de Molina Fajardo. No quiso explayarse. Lo más que conseguí sacarle fue que todo era tan cierto como se explicaba en el libro.
Rehuía hablar de un asunto tan desagradable para él. Pedro Cuesta era un hombre llano, de campo, que jamás aspiró a nada. Fue nombrado alcalde de su pueblo en los años cincuenta y hasta 1961. Después le eligieron sus vecinos como presidente de la Hermandad de Labradores. También fue jefe local del movimiento una larga época. En el tramo final de su vida fue nombrado juez de paz de pueblo. Falleció a los 81 años, el 19 de diciembre de 1990. Dejó un recuerdo de hombre bueno, sencillo y honesto.
Pocos años después de la muerte de Pedro, una sobrina de Federico García Lorca quiso hablar con él. Lo más que consiguió es contactar con una de sus hijas. Los tres descendientes de Pedro Cuesta (Pedro, Estrella y Francisca) nunca escucharon aquella historia por boca de su padre. Saben lo que aparece en el libro de Molina Fajardo.
Actualmente ─treinta y cinco años después de la muerte del hombre que vio aquella fosa llena de cadáveres junto a Lorca─ sus explicaciones y el croquis que dibujó sobre el lugar donde fue enterrado Lorca continúan con el máximo valor. Y así lo seguirán teniendo mientras no aparezcan los restos del poeta, lo confirmen o una excavación demuestre lo contrario. ¡Si es que alguna vez hay nuevas apuestas de caballeros zahoríes para buscarlo!
El cadáver de Federico García Lorca sigue enterrado ahí, donde dibujó Pedro Cuesta Hernández. A las puertas de un horroroso redil de cabras.
¿Compra del terreno para eliminar el redil?
Las fincas del antiguo olivar donde se asienta el redil son propiedad de la empresa Hitamarín Ibérica. La plantación fue abandonada tras la guerra civil. Los árboles han ido desapareciendo poco a poco. En la actualidad quedan poquísimos ejemplares. La parte baja, donde suponemos está la fosa, fue un barranco del que extrajeron tierra en el siglo XIX. A finales de los años sesenta-principios de los setenta fue emparejada con tierra de las primeras excavaciones que hizo el fundador de la sociedad, Francisco Javier Hita Marín. Es probable que el nivel de los enterramientos esté dos o tres metros más abajo.
Hace unos meses ha surgido un grupo de amigos de Granada y Madrid, amantes de la vida y obra de Federico García Lorca, que hemos hecho una oferta a los propietarios de las parcelas para la adquisición de la parte que ocupa el redil. Nuestro objetivo es retirar el aprisco, sembrar el lugar de vegetación autóctona, colocar un sencillo monolito y donarla al Ayuntamiento de Alfacar para su preservación, con la dignidad que ahora no tiene.