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Shakira y el ejemplo de la decadencia de la música: cómo ha tenido que rebajarse para seguir teniendo éxito

Cualquier tema de sus últimos años no difiere de cualquier tema vulgar de los que se estilan sin diferencia alguna entre ellos. Shakira ha bajado a ese barro de vulgaridad de la industria al que no pertenece

Madrid

Shakira durante su actuación en Madrid el 18 de septiembre

Shakira durante su actuación en Madrid el 18 de septiembreSergio R Moreno

Shakira es una estupenda artista. Más de 30 años de éxitos sostenidos lo demuestran. Ahora se encuentra en plena residencia europea en Madrid. Doce conciertos en un estadio construido expresamente para ella y alrededor de él una suerte de parque temático conceptual con el Macondo de García Márquez como trasfondo.

Su separación del futbolista Gerard Piqué fue portada de todos los medios día tras día. Él le fue infiel y la colombiana, según reiteradas confesiones (que continúan) cayó en la oscuridad que es el contraste con el colorido de su nuevo espectáculo. Un colorido que ya es seña de identidad de sus últimos años, también en contraste con la otra clase de oscuridad de sus inicios.

Una oscuridad no penosa, sino rockera: pelo negro, cuero, pantalones y guitarras. La primera Shakira tenía el alma rockera que se inclinó inteligentemente al pop para convertirse en una estrella, pero sin abandonar su esencia artística. Curiosamente el Rubicón de su desamor acabó con esto. El lema de su gira Las mujeres ya no lloran viene de una canción compuesta junto al DJ Bizarrap.

Se llama Shakira: Bzrp Music Sessions, Vol. 53 y es el tema que cierra sus más que notables conciertos que, por el contrario, comienzan con sus antiguos éxitos. La diferencia entre estos primeros y los nuevos es tan abismal como lo es el hecho de que casi nadie advierta la degradación expresa de la artista que se adapta a los nuevos usos para seguir triunfando.

Aquella canción dedicada a su expareja anunciaba un cambio de rumbo absoluto. Personal y musical. En lo personal parece haber resultado positivo para ella, no tanto en lo musical (o sí, según se mire)al ver el camino escogido. La renuncia a seguir haciendo música para hacer lo que se hace hoy, esa suerte de reguetón y similares donde ha tenido que rebajarse, ser peor artista, para adaptarse a los usos y costumbres.

Cualquier tema de sus últimos años no difiere de cualquier tema de Karol G, la nueva estrella femenina cuya mediocridad se mide de tú a tú con la de Bad Bunny. Shakira ha bajado (o ha tenido que hacerlo o ha decidido hacerlo) a ese barro de vulgaridad al que no pertenece para salir en Spotify (un suponer) a sus pletóricos casi 50 años, como si fuera una joven Lady Gaga que tuviera que ponerse vestidos de filetes para llamar la atención.

Pero al revés: no una artista nueva que necesita posicionarse de distintas formas antes de poder hacer lo que mejor hace, sino una artista consagrada que necesita reposicionarse dejando de hacer lo que mejor hace. La cosa es llamativa y al mismo tiempo triste, sobre todo de ver. De los vídeos personalísimos con sus canciones características, a los vídeos vulgarísimos junto a los nuevos machos del reguetón.

Y como ellos no cantan (ni un pimiento), pues a Shakira le ponen también el autotune y la distorsión para que no desentone a muchísimo mejor. Para igualar no por abajo, sino por las profundidades. Algo inaudito. Y del baile tampoco se habla porque ellos y ellas, los nuevos ídolos de la música, no solo no cantan, sino que tampoco bailan.

Shakira es una bailarina excepcional que en sus colaboraciones con estos artistas de chichinabo deja de bailar para moverse ridículamente como un zombie al son actual. El ejemplo asombroso y mayormente invisible de la decadencia de la música y la industria del que pocos parecen darse cuenta como si Shakira fuera esta y no la otra, aquella que aún se muestra, por fortuna, en sus conciertos madrileños.

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