Lorca habría terminado como Reinaldo Arenas
La bola Negra será un éxito del maniqueísmo que impone una visión parcial, en auge, de la historia, mientras un poeta y ex ministro aporta su contradictoria lucidez al análisis de un mundo que se encamina hacia su definitiva «idiotización»
Fotograma de La bola negra
Los llamados Javis han sido bendecidos por el talento y la suerte casi a partes iguales. En su generación seguramente se encuentren creadores mucho más interesantes, sólidos y lúcidos, pero pocos han sabido interpretar las claves sociológicas del momento presente como ellos, incorporándolas a su obra.
Ambos han conseguido convertir sus propuestas en la plasmación del pensamiento supuestamente más corriente y cool, ese que parece conectar con capas amplias de la sociedad, sobre todo los jóvenes y los colectivos que ellos mismos abanderan: los que se han hecho con el dominio absoluto del discurso cultural, en buena medida por abandono del resto.
Al final ya no se sabe quién moldea a quién: si lo que captan estos directores en sus piezas audiovisuales es el genuino pulso del mundo, o si son sus ideas y aspiraciones las que en cambio parecen destinadas a modificarlo a su imagen y semejanza.
De todo hay. Pero lo cierto es que, tratándose de los elegidos, los «putos amos» como diría Guardiola, la implacable maquinaria de la publicidad, siempre atenta «a lo que hay», ha apostado por ellos sin reservas. No lo ha hecho por casualidad, el comercio no suele equivocarse: al olfato de los tiempos, modas y tendencias se suma el innegable conocimiento del oficio que ambos exhiben, su incontestable riqueza expresiva, teñida de un lirismo tantas veces almibarado, como también les ocurre en su nueva película, sobre todo hacia el final.
De ahí que La bola negra vaya a ser un éxito que acaparará todos los premios: resulta construida para triunfar aquí y allí. En casa, ajusta cuentas con el enemigo para ejercer la revancha frente a los ganadores de la guerra, una causa simpática para muchos. Y fuera, ofrece una exaltación de la supuesta diversidad (en realidad la opción homosexual prevalece frente al resto casi como la única y correcta) que encaja con la sensibilidad de los defensores de lo woke.
Javier Calvo y Javier Ambrossi, los Javis, directores de la película La bola negra
Añádase la posibilidad de situar por encima de todo ello a Lorca como esencial mártir de la causa, prácticamente un mesías (en las postreras secuencias en blanco y negro el escritor parece adquirir la dimensión de Jesucristo tal como lo retrató Pasolini en el cine), y la cortada intelectual ya se encuentra, además, plenamente servida.
La película cuenta con buen pulso cinematográfico una historia original, las actuaciones son destacables, el diseño de producción (un hándicap habitual en el cine español) resulta magnífico, lo mejor, y la banda sonora (blanda y sentimental sin remedio hacia la conclusión) presenta algunos hallazgos relevantes, sobre todo cuando se basa en Falla o asoman el flamenco y el cuplé. Pero básicamente, La bola negra es el enésimo ejercicio de un maniqueísmo deliberado a la hora de hablar de la guerra civil española.
Se afirma que hay un elemento que consagra el entendimiento y hasta la reconciliación de los bandos opuestos, pero parte de una licencia interesada: para poder «absolverlo», el soldado reclutado por los nacionales, que luego se enamorará de su prisionero, amigo de Lorca y perteneciente a su sofisticado círculo, no es un «convencido», ha caído en ese bando no por una cuestión ideológica, sino por pura necesidad de salvar el pellejo. No comulga con los suyos, aunque se deje arrastrar por la corriente.
Para los Javis, Chaves Nogales, al que quizá hayan leído, no se tratará de un reconocido falangista. En 1929, el periodista culmina las notas sobre su viaje por Rusia (contenidas en las crónicas de La vuelta a Europa en avión), con una mirada ambivalente hacia el comunismo: «…Sin desechar la posibilidad del alumbramiento de una nueva humanidad, pero sin perder de vista al mismo tiempo que puede haberse errado la senda».
Fotograma de Guitarricadelafuente, en La bola negra
El escepticismo del escritor resultaba, en cambio, algo menos tolerante cuando, unas semanas antes, se había dado un garbeo por Berlín, al referirse a la homosexualidad: «Me dicen que este vicio tuvo su periodo culminante en lo que los alemanes llaman ‘el gran tiempo’, la Alemania exuberante de antes de la guerra. Fue según parece una secuela del militarismo; Alemania era un cuartel, y por entre la férrea disciplina de los cuarteles, el apetito sexual se torcía y deformaba para ir a dar al homosexualismo».
Pues no, eso supuestos negadores de la homosexualidad (y Chaves Nogales, pese a sus juicios, tampoco lo fue) no eran únicamente, en aquella España de Lorca, tal como los representa la película, cerriles falangistas, zafios líderes del ejército de Franco, obispos venales o hasta las siniestras monjitas que primero curaban a los heridos de las tropas enemigas para que luego, una vez recuperados, ya pudieran sacarles información y pegarles el tiro de gracia. También entre la crema de la intelectualidad, alineada con el marxismo, contaba esta opción con sus detractores. Siempre ha sido así.
Si las fuerzas defensoras de la República hubieran vencido, lo más probable es que el bolchevismo se hubiese impuesto también. En algún momento Stalin habría reclamado su parte del botín, después de la siguiente guerra, como territorio conquistado para la causa, hasta imponer en España sus reglas. O, como poco, se habría convertido en un remedo de la Yugoslavia de Tito.
Como una especie de proyecto futuro de Cuba, el comunismo de los títeres que la URSS habrían propiciado aquí, a modo de leales capataces, seguramente hubiesen replicado la represión de homosexuales, gitanos y judíos.
En ese contexto, Lorca, de no haber optado por el exilio, podía haber acabado en su país como Reinaldo Arenas en el suyo al reivindicar la libertad. El poeta cubano fue encarcelado por órdenes de Fidel Castro por su doble disidencia: la política y la sexual. Al final tuvo que escapar, como pudo, a EE UU escondido entre los delincuentes del Mariel.
Para entonces, la más reciente película de los Javis ya no tendría sentido. O debería parecerse más a la que Julian Schnabel realizó en su día sobre el autor de Antes de que anochezca, con Javier Bardem (en uno de sus mejores trabajos) como referente contra al castrismo.
La sabiduría destilada de un poeta
Hay libros que se adelantan a su tiempo y por eso a veces no obtienen, en su momento, toda la atención imprescindible que deberían concitar. Creo que le pasó a uno de los más lúcidos ensayos que, sobre la época actual, escribió el poeta, ex ministro de Cultura, César Antonio Molina, ese que tituló con galaica ironía ¡Qué bello sería vivir sin cultura!.
Al volver ahora sobre sus páginas, para la amplia entrevista con este autor y ex-político que aparecerá estos días en Eldivandewonenburger.com, me he reencontrado con el fruto debidamente madurado de toda una vida de intelectual, una suerte de puesta al día de Marco Aurelio, Pascal, Gracián y Montaigne, con paradas recientes en Steiner, Baumann o Lipovetsky.
El escritor César Antonio Molina durante una conferencia
Nada de lo humano le resulta ajeno al autor de Vivir sin ser visto cuando precisa con trazo firme la simiente y los efectos de los desvaríos de un mundo que, como él mismo advierte, se encamina sin frenos hacia la definitiva «idiotización».
La conclusión puede resultar desoladora: «Todo aquello que se inventó la cultura para aminorar y mejorar nuestras angustias (la filosofía, la religión, el amor, el arte, la familia, la comunidad, la arquitectura, etc.) está camino de la defunción, está agonizante».
Aunque poco más adelante, siguiendo el consejo de su amigo Castoriadis, Molina ofrece también quizá el único, precario antídoto posible al desastre que ya presentía inevitable: «Sigamos trabajando en lo nuestro, creando, esparciendo la semilla de la libertad de pensar y expresarla; por ahora es suficiente. Cuando lleguen los problemas, buscaremos la solución. Seguro que la tienen».
Ser homosexual, una categoría superior
Regresando a La bola negra, reparo en una de sus infladas proclamas, esas frases destinadas a la galería, expuestas como al azar por un personaje en trance de luminosa confesión, pero por donde, en realidad, pretende asomar su patita la exquisita brillantez del guionista.
Dice el nieto del soldado que acabará abandonando a su familia para vivir su amor con un hombre al que conoce en una sala de cine, propicia para los efímeros encuentros clandestinos entre hombres: «El corazón de un maricón es un océano de secretos».
Pues un poco como el de todos, ¿no? ¿Por qué esa necesidad de establecer diferencias, convirtiéndolas además en categoría? ¿O es que ser homosexual te convierte inmediatamente no ya en alguien distinto, si no, como se deduce claramente del filme de los Javis, seguramente superior?