Fotograma de La bola negra
Crítica de cine
'La bola negra': una caricatura de la Guerra Civil en clave 'queer'
Una producción espectacular y una puesta en escena apabullante cuyo guion entrelaza tres tramas distintas
Javier Calvo y Javier Ambrossi, conocidos como los Javis, afrontan su segundo largometraje tras La llamada y después de su éxito creciente en el ámbito de las series televisivas, como La mesías. Aquí llevan a la pantalla una idea de Alberto Conejero, inspirada en la obra inconclusa de Federico García Lorca, La bola negra, que empezó a escribir en 1936, poco antes de su asesinato.
Con una producción espectacular y una puesta en escena apabullante, el guion entrelaza tres tramas: una arranca en 2017, cuando Alberto (Carlos González), un autor de teatro homosexual, recibe la noticia de que ha muerto su abuelo, del que ha heredado un misterioso sobre; otra trama arranca en los comienzos de la Guerra Civil y está protagonizada por Sebastián (Guitarricadelafuente), un joven al que le sorprende la contienda en el bando nacional y que recibe el encargo de custodiar a un prisionero rojo herido, Rafael (Miguel Bernardeau), secretario de un grupo teatral, La Barraca, que dirigía Federico García Lorca desde 1931. La tercera trama es una recreación ficcionada e imaginaria de la citada obra La bola negra.
Las tres líneas argumentales se van alternando en un guion férreamente armado en el que se nos van desvelando las incógnitas abiertas. Sin embargo, el desenlace se dilata en exceso, y la última media hora ya no añade nada y demora innecesariamente el final.
La bola negra es una aproximación a la guerra civil desde una perspectiva queer. Fascismo y homofobia son la misma cosa y la película cuenta en realidad la guerra entre los que defienden la vida y la libertad, que serían los gays, y los que oprimen y siembran el odio y el miedo. Por eso el mensaje que se oye al final del film viene a ser que la guerra continúa porque todavía hay homofobia en nuestra sociedad.
Para los guionistas, los fascistas y la Iglesia son los grandes adalides de esta persecución homofóbica. Por ello monjas, curas y fascistas son representados en el film de una forma cruelmente caricaturesca y brutal. Como botón de muestra recordemos la escena en la que las monjas se fuman sus cigarros (¡?) mientras disfrutan del inminente fusilamiento de los soldados rojos detenidos en Reinosa, o la escena en la que esas mismas monjas separan los muertos de los heridos con la misma indolencia fría y calculadora de quien separa el pescado fresco del podrido en una lonja de un puerto de mar.
Tráiler de La bola negra
Frente al horror de la guerra la película dibuja el universo gay como lugar de fantasía, de creatividad, de amor, de libertad, de ternura y de autenticidad. La actriz Glenn Close interpreta a una hispanista norteamericana que viene a afirmar que nuestra historia está llena de amores homosexuales ocultos y silenciados por el tradicionalismo multisecular de las familias españolas.
La película está atravesada de estética queer, empezando por el color rosa de los créditos, siguiendo por la iconografía de San Sebastián, las camisetas sudadas, los torsos aceitosos de los marineros, los desnudos integrales de los soldados con botas en la playa, o el cuerpo musculado de Rafael, siempre con sus calzoncillos con blancura de Ariel.
Los Javis firman por tanto una película absolutamente queer (nunca Pedro Almodóvar llegó tan lejos), extremadamente guerracivilista –con un maniqueísmo que raya lo histriónico- y decimonónicamente anticlerical. Tres razones por las que el presidente Pedro Sánchez la ha recomendado; tres razones por las que el film nos representa en los Oscar; tres razones por las que ha sido aclamada en San Sebastián; tres razones por las que me parece una historia sin pizca de frescura ni autenticidad y sobrada de sermón y de doctrina. Tarkovski decía que había directores que buscaban la verdad en el arte, y directores que buscaban el aplauso del Poder. Hay que reconocer a los Javis su olfato para contentar a los que diseñan la opinión pública.