Fundado en 1910

Lilí Álvarez en 1923

Coincide la Generación del 27 con la llegada a España de nuevos deportes. Además, los practican muchas mujeres modernas, empeñadas en demostrar su capacidad en todas las actividades: nadadoras, esquiadoras, patinadoras, tenistas…

Un ejemplo tomado de la realidad es esa Jacinta la pelirroja, de la que se enamoró y a la que dedicó su libro de poemas en1928 José Moreno Villa, el pintor y escritor malagueño que fue, probablemente, el personaje que vivió más años en la Residencia de Estudiantes, desde 1917 hasta su final, en 1936.

Jacinta la pelirroja

Así presenta la fascinación de su personaje:

«Seguía haciendo su vida de siempre, un tanto incongruente, pues se preocupaba medio día de la salud y media noche, a destruirla. Montaba a caballo y nadaba para estar en forma, enamorada de su cuerpo; y bebía por las noches, entre discusiones intelectualistas que barajaban el arte con la política y las relaciones sexuales».

Al humorista y pesimista Jardiel Poncela, tanta actividad deportiva y lúdica le parecía un signo claro de pedantería y esnobismo:

«Esas muchachas que ahora se estilan tanto, que toman baños de sol, nadan, gastan boina, leen a Freud y se pasan el resto del día encaramadas en un auto…»

No se trataba ya solamente de combatir el calor con un chapuzón en el río o en el estanque del pueblo, sino de practicar un deporte en la piscina, igual que los varones.

Con una fácil rima, reivindicaba ese derecho hasta la «taquimeca» del cuplé La más plantá, que cantaba Raquel Meller:

«Y, después de salir de la oficina,
​
​un baño en la piscina
​
​acostumbro a tomar
​
​porque ya no resulta desatino
​
​que el sexo femenino
​
​se ponga a refrescar».

Esta nueva realidad desencadenó campañas puritanas -que se agravaron en la posguerra- sobre el traje de baño, el momento y el lugar apropiado para que nadaran las mujeres.

Una guía humorística sevillana, El Libro de Galerín (1931), imagina el escándalo que causa a un guardia municipal encontrar por las calles de Sevilla a una joven en maillot, que se justifica así:

«Soy campeona de natación y vengo de entrenarme para cuando inauguren en Sevilla las piscinas. ¡Ay!, ¡qué ganas tengo de ver una piscina! ¿Pero no contestan ustedes a mi pregunta? ¿Les gusto o no les gusto?»

Y el castizo guardia le contesta con un piropo:

«A mí, más que la hora del relevo».

Años antes, los púdicos baños de mar con caseta y bañero, que podemos ver, por ejemplo, en la encantadora película Novio a la vista, de Berlanga, habían inspirado la ingenua picardía del cuplé Tápame, con el que La Goya regocijaba al público masculino:

“En la playa se bañaba
​
​una niña angelical
​
​y acariciaban las olas
​
​su figura escultural.
​
​Al entrar en la caseta
​
​y quedarse en bañador,
​
​le decía a su bañero
​
​con acento encantador:
​
​‘¡Tápame, tápame, tápame,
​
​tápame, tápame, que tengo frío!’ “

Muy diferente es el tono de los poetas del 27, que también cantan a los hombres y mujeres que practican el nuevo deporte. José María Alfaro, uno de los presuntos autores de la letra del Cara al sol, dedica un épico Brindis a los nadadores:

«El brazo de los titanes

os prestará su energía (…)

dirán – si decir se puede –

lo que son músculo y fibra».

Juega Rafael Alberti a imaginar un moderno juicio de Paris, en el que se ofrecen tres manzanas de hierro a la nadadora de tres ríos: el Sena, el Támesis y el Tíber.

Más ambicioso es el poema de Pedro Salinas, incluído en el libro Razón de amor (1935). Canta la belleza de la nadadora como símbolo de la luz, que lucha contra la negrura del mar nocturno:

«Nadadora de noche, nadadora

entre olas y tinieblas

Brazos blancos hundiéndose, naciendo,

con un ritmo

regido por destinos ignorados,

avanzas

contra la doble resistencia sorda

de oscuridad y mar, de mundo oscuro».

levanta«espumas de luceros, sí, de estrellas», acaba triunfando – muriendo, a la vez - en la playa, con la luz del nuevo día:

«Y el rítmico ejercicio de tu cuerpo

soporta, empuja, salva

mucho más que tu carne. Así, tu triunfo

tu fin será y, al cabo, traspasadas

el mar, la noche, las conformidades,

del otro lado ya del mundo negro,

en la playa del día que alborea,

morirás en la aurora que ganaste».

No es frecuente que un tema poético nuevo, del mundo del deporte, se integre tanto como en este caso de Pedro Salinas en la metáfora del amor y en el estilo personal de un gran poeta.

A la vez que los españoles descubrían el gusto por el patinaje y por el esquí, también los poetas de vanguardia los utilizaban como temas literarios.

Durante la Segunda República, alcanzó amplia difusión la revista Campeón. Semanario deportivo ilustrado, que fundó Juan Ignacio Luca de Tena y editaba Prensa Española (la empresa editora del ABC). En 1934, publicó allí José María Alfaro un galante Madrigal a Margarita, esquiadora, en endecasílabos:

«Sueño de rocas y de pinos blancos,

vista feliz para tu ruta suave,

sueño de ver la luna entre la nieve,

arrastrando los vuelos de tu traje».

El suave deslizar y el limpio trazo sobre el hielo de los patinadores atrajo de modo especial a los vanguardistas.

Mi amigo Guillermo de Torre fue el gran divulgador en España , junto con Ramón Gómez de la Serna, de las Literaturas europeas de vanguardia (ése es el título de su clásico libro, publicado en 1925). En otro libro suyo, Hélices, de estilo ultraísta, incluye el poema titulado Skating Ring (Pista de patinaje); leído hoy, me resulta bastante pedantón, con su acumulación de cultismos, presuntamente científicos:

«Refracciones argénteas de la pista

bajo los últimos globos luminosos del crepúsculo.

Sobre nuestras cabezas se despiertan los arcos voltaicos».

Sobre el mismo tema, mucho más popular es el tono que emplea Concha Méndez, la mujer de Altolaguirre:

«¡Seguidme, patinadores,

que llevo el alma y el traje

encendido de colores!»

El protagonista de Cazador en el alba, el relato vanguardista de Francisco Ayala , pasa un buen rato tumbado en la cama, sin hacer nada más que contemplar el techo de la habitación. Como indica Rosa Navarro, es un «cazador de imágenes fugitivas, cuya belleza permanece». Para expresar el libre discurrir de su imaginación, utiliza el narrador una bella metáfora, a la vez geométrica y lírica:

"Sus miradas recorrían la muda superficie del techo. Compases, escuadras y cartabones dibujaban en aquel estanque helado difíciles paisajes, itinerarios complicados.

«Patinaba en finos esquís su imaginación: volvía, giraba, ebria de trayectos. La blancura contagiosa del techo borraba pronto el rastro delicado, regeneraba la idéntica nieve».

La fascinación estética que sienten muchos vanguardistas por el patinaje sobre hielo la ejemplifica bien un novelista norteamericano, Roberth Natan. Ese tema aparece en dos escenas sentimentales de dos novelas suyas, que alcanzaron gran popularidad, en Estados Unidos: La mujer del predicador (1928) y El retrato de Jenny (1940).

Las dos fueron llevadas al cine con éxito. La primera, dirigida por Henry Koster, con Cary Grant, David Niven y Loretta Young.

La segunda, dirigida por William Dieterle, con Joseph Cotten y Jennifer Jones, es una preciosa historia sobre dos enamorados, separados por el tiempo. Se filmó en blanco y negro pero con una notable singularidad: algunas escenas, con música de Debussy, están viradas en azul…. Luis Buñuel la menciona como una de sus películas favoritas.

Los ingleses residentes en España trajeron aquí – igual que el fútbol – el que entonces se llamaba «lawn tennis»: un deporte elitista, en su origen, que se fue popularizando.

Los escritores de vanguardia comenzaron pronto a cantar un nuevo tipo femenino: la joven que juega al tenis y se mueve por la pista con gracia alada.

El poeta catalán Josep Carner publicó un poema titulado Joc de tennis (en la primera versión, lo escribe con dos enes, como entonces era habitual). Así dice, traducido, el comienzo:

«Cuando vuela tu brazo adolescente,

agujeros de tu alzada raqueta

atraviesa la luz del sol poniente».

En 1924, el gran crítico musical Enrique Díez Canedo todavía mantiene los anglicismos, en un soneto titulado Lawn Tennis, que incluye algún matiz erótico:

«Vuelve al recuerdo mío

tu juvenil prestancia de sportwoman (…)

y el anhelar del pecho adolescente

y la estirada media, fugazmente

vista, al volar de la cumplida falda».

Las teorías que había defendido Ortega en La deshumanización del arte influyeron decisivamente en un grupo de novelas poéticas: se publicaron en la colección Nova Novorum, auspiciada por la Revista de Occidente.

Dentro de ese grupo, una de las más interesantes es Los terribles amores de Agliberto y Celedonia (1931), de Mauricio Bacarisse. En ella, uno de los atractivos del nuevo modelo femenino que presenta es precisamente que juegue al tenis:

«Desde su juventud, había soñado con un nuevo tipo de mujer, esbelta y escultural, de ojos muy negros, suavemente casta, pero inflamable y poderosa, de exquisitas virtudes domésticas (…) Aquella preciosa alegoría había encarnado en Mab, excelente bailarina, temible jugadora de tenis».

En Proserpina rescatada, publicada por Espasa-Calpe en Madrid en 1931, el mejicano Jaime Torres Bodet, cercano a Benjamín Jarnés y a los narradores poéticos, compara la raqueta de tenis con un piano que podría tocar Paderewski -el pianista polaco que llegó a primer ministro de su país- y con un instrumento musical, capaz de interpretar la sinfonía Pastoral de Beethoven.

Para la popularización del tenis en España, fue decisiva la repercusión de los triunfos de Lilí Álvarez: una gran tenista y un personaje muy singular.

En una de sus Glosas, citaba Eugenio d’Ors los escasos nombres españoles que, en los años veinte, «resonaban en Europa»: La Cierva, Primo de Rivera, Ramón y Cajal, Picasso, el aviador Ramón Franco, La Argentina… y Lilí Álvarez.

Supo aprovechar Lilí las posibilidades que le dió pertenecer a una familia acomodada y educarse en Suiza. Demostró pronto unas aptitudes para el deporte fuera de lo común. En resumen, ganó campeonatos de billar, patinaje sobre hielo, automovilismo y esquí. Además, triunfó en un concurso de bailar tangos.

Lilí Álvarez solía jugar al tenis con el rey Gustavo de Suecia. Fue amiga de Churchill, que la animó a escribir. Publicó artículos periodísticos en el Daily Mail. Defendió, en España y fuera de ella, los derechos de las mujeres.

Una lesión le impidió a Lilí ser la primera española que participara en unos Juegos Olímpicos, en 1923, en la prueba de patinaje sobre hielo.

Llegó tres veces a la final de Wimbledon: en 1926, 1927 y 1928. Alfonso XIII, que la vió jugar, comentó: «Se mueve por la pista como un torero». Ganó el torneo de Roland Garros, en dobles, en 1929.

Los ingleses, que la adoraban, la llamaban «The Senorita» (sin eñe, naturalmente). Llamó la atención del muy tradicional público inglés jugando al tenis con una falda-pantalón, dividida - antecedente de los pantalones cortos- , que diseñó para ella Elsa Schiaparelli…

Después de la guerra civil, volvió a España. En 1941, en Candanchú, cuando iba a participar en una competición de esquí, se peleó con los directivos de la Federación Española, por dar prioridad a los hombres sobre las mujeres.

Había publicado ya un libro en inglés: Modern Lawn Tennis. En la posguerra, cuando se retiró de la práctica del deporte , publicó libros sobre temas deportivos, feminismo y espiritualidad; este último, un tema que le apasionó, al final de su vida: Plenitud . Mar adentro…

También, mantuvo correspondencia con la novelista Carmen Laforet, que había tenido una evolución espiritual semejante.

En aquellos años, la conocí yo porque ella formaba parte de un grupo feminista, con grandes amigas mías, como Consuelo de la Gándara y Elena Catena. (Un feminismo, por supuesto, muy alejado de las exageraciones que ahora vemos). Defendía una espiritualidad seglar y un feminismo moderno, vinculado al deporte:

"Las mujeres somos idiotas porque nos han hecho idiotas; en cambio, el defecto de los hombres es su primitivismo… Mientras no haya diálogo en una relación humana, no hay pareja. Tenemos unos dictadores que se creerán muy machos pero que no son hombres.

«El deporte no es más que la expresión moderna de la feminidad. Una feminidad nueva, más amplia, más consciente, pero siempre femenina. Las mujeres podemos ser muchas cosas, pero siempre quedándonos mujeres».

Era una persona inteligente, inquieta, brillante. Suelo contar la broma de que, conociendo mi afición al tenis, me invitaba a jugar con ella: aunque andaba ya cerca de los setenta años, declinaba yo su amable invitación, asustado por la vergüenza que iba yo a pasar…

Creía Lilí en las virtudes del tenis, para enseñarte a vivir mejor:

«Ayuda a tener una actitud feliz y generosa en la vida. Pero no es sólo esto lo que te mantiene en forma, sino el interés que tengas por la vida, que es maravillosa».

Ese interés por la vida no le faltó nunca a Lilí Álvarez.

En los años veinte, las nuevas españolas demostraron que, además de otros talentos, eran capaces de competir en muchos deportes: natación, esquí, patinaje, tenis… Por eso, los poetas y prosistas del 27 cantaron sus triunfos.