Del inolvidable Platko al imbatible Ricardo Zamora
Los miembros de la Generación vivieron las nuevas realidades, como la moda del «sport», y les dieron expresión literaria y artística
El guardameta Ricardo Zamora
En la segunda década del siglo XX, coincidiendo con la Generación del 27, la vida cotidiana de los españoles sufrió muchos y muy importantes cambios: la nueva imagen de la mujer; los veloces transportes; la indumentaria; las diversiones populares…
Los miembros de esa Generación vivieron estas nuevas realidades y les dieron expresión literaria y artística.
En ese momento, se puso de moda el «sport» –ése era el término que entonces se usaba–, en sintonía con la nueva estimación de lo juvenil, lo «moderno», lo lúdico… Esa nueva sensibilidad incluía, entre otras muchas cosas, que hombres y mujeres hicieran deporte.
Evoca José Luis Garci el nuevo modelo femenino, influído por el cine, que dibujaba Penagos:
«La mujeres de Penagos –Kathe Hepburn, Ginger Rogers– juegan al tenis en pistas inglesas de yerba alta, esquían en los Alpes, nadan crawl y se tumban al sol del Pacífico, en bañadores de tinta china».
Alfonso XIII probando un automóvil en 1916
El primer deportista español era entonces el propio rey Alfonso XIII, casado con una princesa británica. Winston Churchill lo elogió por ser nadador, jinete, alpinista y aficionado a practicar el polo.
También era un activo deportista Ignacio Sánchez Mejías, el mecenas del acto fundacional de la Generación del 27. Encarnaba un nuevo tipo de torero, menos castizo y más moderno que el tradicional: practicaba la natación, el fútbol, la hípica, el polo, el automovilismo, la aviación…
En toda Europa, los escritores y artistas de vanguardia se oponían a la vieja cultura académica y defendían el deporte.
En España, lo vemos en el Manifiesto que firman en 1928 Salvador Dalí –entonces, un joven pintor casi desconocido, que había sido acogido por los jóvenes de la Residencia de Estudiantes– , el periodista Lluis Montanyá y el crítico de arte Sebastiá Guasch. Lo dicen rotundamente (respeto sus mayúsculas):
«AÑADIREMOS que un sportman virgen de nociones artísticas y de toda erudición está más cerca y es más apto para sentir la poesía de hoy que los intelectuales miopes y embarazados por una preparación negativa».
Frente al teatro, al concierto y a la conferencia, que consideran unas antiguallas, propugnan la nueva cultura:
«HAY el salón del automóvil y de la aeronáutica».
Entre nosotros, el origen de esta nueva sensibilidad está en la moda del excursionismo, que tuvo una doble raíz: por un lado, el ideal educativo de la Institución Libre de Enseñanza; por otro, la llegada del movimiento de los boy scouts, que se convirtieron aquí en los Exploradores de España.
Este nuevo fervor por la naturaleza suscitaba también sátiras. Por ejemplo, en El malvado Carabel, Fernández Flórez cuenta la historia de un burócrata que está a punto de morir, cuando respira por primera vez el aire libre del campo. (En los ambientes literarios madrileños, eso mismo se atribuía, como anécdota histórica, a César González Ruano, que escribía siempre en el café).
Balompié es la traducción española del inglés «foot-ball». Llega a nosotros por dos vías: el Norte (San Sebastián, Bilbao) y Huelva, por los ingenieros ingleses que trabajaban en las minas de Río Tinto. Por eso, se disputan el honor de ser los equipos españoles más antiguos el Real Unión de Irún y el Recreativo de Huelva.
Parece ser que jugó un papel importante en la introducción del nuevo deporte Stewart Herbert Cooper, Secretario de la Embajada inglesa en Madrid.
Al comienzo, los nombres de algunos equipos anteponían al nombre de la ciudad una hermosa palabra: el Recreativo de Huelva conocido como «el Recre»; la Cultural Leonesa; la Balompédica Linense (popularmente, “la Balona); el Gimnástico de Tarragona…
El Recreativo de Huelva en 1906
Las primeras crónicas futbolísticas, en España, utilizaban muchos anglicismos: «goals» (goles), «fault» (falta), «teams» (equipos), «referee» (árbitro)…
Hasta hace muy poco se han mantenido varias palabras inglesas, en nuestro vocabulario futbolístico: el míster (entrenador). Córner (saque de esquina). Dribling (regate). Chut (disparo). Offside (castellanizado como orsay: fuera de juego). Todavía no se hablaba de «bloque bajo» ni de «miedo escénico» ni de tantas pedanterías actuales…
Los primeros futbolistas españoles lucían grandes mostachos y pantalones hasta la rodilla. No eran profesionales, no cobraban nada. Jugaban en solares o praderas, con el público a su lado…
La pasión popular por el fútbol , en España, estalló en 1920, en la Olimpiada de Amberes, en la que ganamos la Medalla de Plata . Nació entonces la expresión «furia española», por la legendaria frase del gigantón vasco Belauste –cercano a los dos metros de altura y los cien kilos de peso– , cuando pidió que le centraran el balón: «¡A mí, el pelotón, Sabino, que los arrollo!» Sin que los contrarios pudieran impedirlo, logró entrar, con el balón en los pies, en la portería contraria.
España ganó entonces a Italia, a pesar de que fue expulsado nuestro portero y tuvo que ocupar su puesto nuestro extremo izquierdo. El ABC comentó, recordando el popular drama poético de Eduardo Marquina: «En Flandes se ha puesto el sol, no cabe duda».
Ricardo Zamora en un partido contra el Español
La pasión española por el fútbol se consolidó en el Campeonato Mundial de 1934, que tuvo lugar en Italia. Antes de los partidos, los jugadores locales, los azzurri, saludaban al Duce, con el brazo en alto. El árbitró los favoreció descaradamente; varios jugadores españoles cayeron lesionados.
Volvieron a España como héroes: el diario madrileño La Voz abrió entonces una suscripción pública para regalar una medalla de oro a cada uno de los jugadores.
Había surgido ya un nuevo ídolo popular, Ricardo Zamora, considerado el mejor portero del mundo. Fue el inventor de una nueva jugada, la zamorana: despejar los tiros a puerta con el codo, impertérrito.
El pueblo español lo comparaba con San Pedro, el portero del cielo. Nació entonces una frase popular, para ponderar una situación ideal: «Uno a cero y Zamora, de portero».
El fútbol se había convertido ya en un notable tema literario. En 1928, Rafael Alberti escribió el que suele considerarse el primer gran poema español de tema futbolístico, la Oda a Platko. No voy a repetir aquí lo que he comentado ampliamente en mi reciente libro Se canta lo que se pierde. Los 50 mejores poemas españoles comentados. Resumo solamente los datos básicos.
El FC Barcelona 1927-28 con Platko de pie a la derecha
El 20 de mayo de 1928, José María de Cossío, Rafael Alberti y Carlos Gardel acudieron a Santander, a los Campos de Sport del Sardinero, a presenciar la final de la Copa del Rey Alfonso XIII de fútbol, que disputaron el Barcelona y la Real Sociedad.
El portero del Barcelona era el húngaro Ferenc Platko. En La arboleda perdida, su libro de memorias, Rafael Alberti cuenta su hazaña:
“En un momento desesperado, Platko fue acometido tan furiosamente por los del (sic) Real que quedó ensangrentado, sin sentido, a pocos metros de su puesto, pero con el balón entre las manos. En medio de ovaciones y gritos de protesta, fue levantado en hombros por los suyos y sacado del campo, cundiendo el desánimo entre sus filas, al ser sustituido por otro.
«Mas, cuando ya el partido estaba tocando a su fin, apareció Platko de nuevo, vendada la cabeza, fuerte y hermoso, decidido a dejarse matar, La reacción del Barcelona fue instantánea. A los pocos segundos, el gol de la victoria penetró por el arco del (sic) Real, que abandonó la cancha, entre la ira de muchos y los desilusionados aplausos de sus partidarios».
En los documentales y fotografías de la época, se ve a Platko, en cuclillas, mientras le vendan la cabeza. Acabado el partido, en el sanatorio, el portero húngaro continúa con un aparatoso vendaje; a su lado, Samitier luce otra venda y Carlos Gardel sonríe a la cámara, como un galán de cine.
Alberti tuvo siempre una gran facilidad para escribir poemas. Unos días después, apareció ya su Oda a Platko en un periódico, La Voz de Cantabria; dos meses más tarde, en una revista sevillana de vanguardia, Papel de aleluyas; luego, la incluyó en su libro Cal y canto (1929).
Describe Alberti el ambiente y canta al héroe con una sucesión de metáforas:
mandó el aire en las venas.
Alas, alas celestes y blancas, rotas alas,
combatidas, sus plumas, escalaron la yerba».
Cuando sufre la lesión, el portero Platko se convierte en una «llave rota». Las camisetas son «diez rápidas banderas, / incendiadas, sin freno». Los pañuelos de los aficionados, «alas, alas celestes y blancas, rotas alas». Llega el gol de la victoria:
Todo el poema se resume en el estribillo, repetido al comienzo, al final y siete veces más:
no, nadie, nadie, nadie,
oso rubio de Hungría».
Gracias al talento poético de Alberti, el portero húngaro Ferenc Platko ha mantenido vivo su recuerdo, para los lectores de poesía española.
Sabemos que Miguel Hernández era muy aficionado al fútbol. En su pueblo, Orihuela, no sólo acudía a los partidos sino que él mismo jugaba en un equipo de su barrio, que tenía el pintoresco nombre «La Repartiora» (sic). ¿Qué repartían, fruta o patadas?. No lo sabemos.
Cuentan sus biógrafos que sus compañeros le llamaban a Miguel «Barbacha» (‘caracol’) porque era fuerte pero no rápido. Parece ser que escribió unas coplas para que las cantaran los aficionados, como himno del equipo, con la música de Por la calle de Alcalá:
pues lo ha mandado el Pá
la terrible y colosal Repartiora…»
Cuatro años después de la Oda a Platko, de Alberti, Miguel Hernández escribió un poema claramente influido por ella, su Elegía al guardameta, que lleva esta dedicatoria:
«A Lolo, sampedro joven en la portería del cielo de Orihuela».
La hazaña de Manuel Soler, apodado Lolo, no fue muy diferente de la de Platko: logró parar un disparo peligroso a costa de darse un porrazo en la cabeza, contra el poste. No murió, desde luego, pero Miguel Hernández imagina que así sucedió y que está ya en el cielo de los grandes porteros de fútbol, junto a San Pedro.
Como en el poema de Alberti, el tono es rotundamente épico, para cantar a un héroe:
acechando tu acierto,
nadie más que la red le pone trabas
porque nadie ha cubierto
el sitio, vivo, que has dejado, muerto».
En esta etapa gongorina, Miguel Hernández acumula metáforas: los silbatos son «grillos de plata»; el árbitro, un «domador de jugadores»; la yerba, «el alpiste verde»; la herida, en la cabeza del portero, es «como un sexo femenino»…
La crítica ha elogiado el acierto poético de llamar «araña parda» al portero de fútbol porque, con sus largos brazos extendidos, guarda su red:
la portería aún, araña parda».
Muchas veces, la poesía se anticipa a la historia. El 21 de junio de 1964, en el Estadio de Chamartín, nos emocionamos todos los que allí estábamos viendo el gol de cabeza del zaragocista Marcelino al legendario portero ruso Lev Yashin, el único guardameta que ha ganado el Balón de Oro. Por sus largos brazos y por el color de su indumentaria, le llamaban «la araña negra».
Años después, recordando sus juegos infantiles en los Arenales de Santander, Gerardo Diego cantará la emoción de un balón de cuero marrón, que algunas veces se desinflaba:
qué planeta de fortuna»…
En prosa, el fútbol es también el tema del relato Chiripi (1931), de Juan Antonio Zunzunegui. Lo comenta Jacinto Miquelarena en Stadium. Notas de sport (1934). Aparece también –como ya he indicado– en una obra maestra del humor, la novela La tournée de Dios (1932), de Jardiel Poncela.
En ella, Dios decide darse por una vuelta por la tierra. Llega a Madrid, se compra en la calle Imperial un guardapolvo y se coloca, en el pecho, la insignia del Madrid:
«Tan simpático se le hizo el club madrileño que, sin poder contenerse, lo tomó bajo su protección. No se hizo esperar el resultado y fue que, en lo sucesivo, el Madrid quedó triunfador en todos los combates. Zamora desarrolló una larga serie de tardes, rotundamente victoriosas, en las que no marró una sola parada. En cambio, el Atletic de Bilbao, eterno enemigo del Madrid, empezó a fracasar ruidosamente: ‘Están dejados de la mano de Dios – decía el público. (Y era verdad)».
En aquellos años, también nacieron héroes populares en el boxeo. Pocos se hicieron pronto tan populares como el vasco Paulino Uzcudun.
El boxeador Paulino Uzcudun
El 18 de mayo de 1926, se enfrentó en la Plaza de Toros Monumental de Barcelona al italiano Herminio Spalla. Miles de personas se reunieron en la madrileña Puerta del Sol para seguir las incidencias del combate por medio de grandes cartelones. A pesar de las marrullerías del italiano, Uzcudun se proclamó campeón de Europa de los pesos pesados.
Intentó luego conquistar el título mundial pero fue derrotado por el gigantón italiano Primo Carnera, un ídolo del fascismo, que, al retirarse, emprendió una nueva carrera como actor de cine. Lo he visto, por ejemplo, en la película inglesa El niño y el unicornio, dirigida por Carol Reed, junto a la exuberante rubia Diana Dors..
Vivió luego Uzcudun en Estados Unidos muchas pintoresquísimas aventuras: rubias peligrosas, tongos, apuestas trucadas por la Mafia… Cuando sufrió una dura derrota ante Joe Louis, el temible «bombardero de Detroit», decidió volver a España.
De chico, he visto yo al mítico «leñador de Régil», paseando por la madrileña Glorieta de Iglesia: un gigante un poco encorvado, apoyado en su cachava, con su permanente sonrisa de oreja a oreja. Era ya uno de los juguetes rotos que aparecían en la película de Summers.
Para los vanguardistas, el boxeo suponía una de las mejores expresiones de la vida moderna: admiraban la belleza corporal del púgil, su fuerza, su velocidad, su coordinación de movimientos… Lo consideraban un ejemplo del nuevo héroe.
Por eso, desde su personal óptica, interpretaron a boxeadores Chaplin y Buster Keaton. Pintaron escenas de boxeo Umberto Boccioni, Braque, Delaunay, Raoul Dufy… Lo han utilizado como tema literario el poeta-boxeador Arthur Cravan, Jean Cocteau, Blaise Cendrars, Hemingway…
También los vanguardistas españoles de la Generación del 27 se ocuparon del boxeo: le dedican comentarios, junto a los temas literarios y artísticos, algunos artículos de La Gaceta Literaria, de Ernesto Giménez Caballero.
En la muy interesante novela vanguardista La Venus mecánica (1929), José Díaz Fernández menciona a los boxeadores Max Schmelling y Paulino Uzcudun, junto a Picasso, Max Jacob, Maruja Mallo, Concha Méndez…
Como intenta «rehumanizar» la nueva estética, añadiéndole un elemento de crítica política, dedica un capítulo, titulado Fábula del boxeador y la paloma, a prevenirnos de los riesgos del nacionalismo deportivo:
«En realidad, a Eusebio no le había vencido su contrincante sino el nacionalismo deportivo, que es, probablemente, el más intransigente de los nacionalismos».
Eugenio Montes, que pasó del ultraísmo a ser uno de los fundadores de Falange Española, titula Match uno de sus caligramas:
y el collar de cuerdas ahogando el ring.
Los boxeadores, remando con los brazos.
La balsa no quiere navegar».
Francisco Ayala, mi gran amigo, dedica a este tema uno de sus primeros relatos de vanguardia, El boxeador y el ángel (1929): un boxeador blanco consigue vencer a su rival, negro, gracias a la ayuda de un ángel.
Algunos lo consideran el texto fundacional del surrealismo español. Como la anécdota se disuelve en una sucesión de metáforas, José Carlos Mainer lo compara con la estética cubista. Es un juego literario, que le permite al joven Ayala acumular metáforas vanguardistas, cercanas a las greguerías:
“Y, en frente – en su esquina, apoyado en los cables del ring- el negro – fuego y jazmines, con todo su cuerpo envuelto en amarillo.
«Sonrisa de jazmines. Sonrisa de… Pero, ¡ya verás, negro! (Sin embargo, un hombre blanco parece como que pelea más al descubierto)».
En una época posterior, he tenido la fortuna de ser amigo de grandes escritores, que conocían y admiraban el boxeo.
El entrañable poeta Manolo Alcántara, por ejemplo, escribió estupendas crónicas de muchos combates.
Eduardo Arroyo, pintor y escritor, consideraba el boxeo «una tragedia, estructurada en asaltos». Pintó muchas veces a figuras míticas como Arthur Cravan, Kid Chocolate y Panamá Al Brown, del que también escribió la biografía.
Julio Cortázar admiraba tanto el swing elegante de Ray «Sugar» Robinson como el de «Satchmo» (Louis Armstrong). Escribió y grabó en disco, con acento lunfardo, Torito, uno de sus mejores cuentos.
Cuenta la conmovedora historia de Luis Ángel Firpo, «el toro salvaje de las Pampas», que, en el llamado «combate del siglo», fue capaz de lanzar fuera del ring al gigantón Jack Dempsey pero no de derrotarlo…
Desde la época de las vanguardias, el «noble arte del boxeo» se había consolidado ya como un gran tema literario.