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Andrés Amorós
Historias del 27Andrés Amorós

Celia en la Revolución

En este caso, lo que nos ofrece Celia ya no son las divertidas travesuras de una chiquilla sino el punto de vista de una adolescente sobre lo que Goya llamó los desastres de la guerra

Cubierta de 'Celia en la Revolución'

Cubierta de 'Celia en la Revolución'Renacimiento

Se ha repetido muchas veces la sentencia de un gramático latino: «Los libros tienen su destino» (Habent sua fata libelli). Parece ser que su autor, Terenciano Mauro, se refería a lo que pueden encontrar en los libros diferentes tipos de lectores: lo que ahora llamaríamos la estética de la recepción.

Solemos interpretarlo, hoy en día, en el sentido de que un libro tiene su propia vida y ésta depende de muchos factores, que el autor nunca podrá controlar. Lo único que él puede hacer es escribirlo y ponerlo a disposición del lector: en una metáfora que le gustaba repetir a Antonio Gala, el escritor es como el náufrago, que lanza al mar una botella con un mensaje, sin saber a dónde o a quién llegaré.

No estoy haciendo literatura, esto es la pura verdad. Las modas hacen caer en el olvido o recuperan obras literarias más que notables. Un autor posterior –o un crítico– puede aportar nueva luz sobre un libro bien conocido…

Hay ejemplos de sobra. Dentro de la Generación del 27, Dámaso Alonso consiguió iluminar los poemas más oscuros de Góngora. Con una ingeniosa boutade, mi amigo Paco Rico afirmaba que ahora entendemos mejor a Quevedo, gracias a Valle-Inclán. Los novelistas franceses del Nouveau roman redescubrieron a Flaubert. Como mostró Jan Kott, vemos ahora un nuevo Shakespeare, gracias al teatro de la crueldad y del absurdo…

Algo relativamente similar puede aplicarse al caso de Elena Fortún y su serie de novelas sobre Celia.

Como tantos españoles de la posguerra, a mí, de chico, me divertían mucho las aventuras de Celia, de Cuchifritín, su hermano, y de Matonkiki…

Tuvieron mucho éxito entonces esos libros, reducidos al ámbito de la literatura infantil; luego, pasaron de moda. Creíamos que era algo definitivo: la sociedad española había cambiado tanto que parecían haber quedado definitivamente superados.

Sin embargo, no fue así: nuevas lecturas descubrieron valores nuevos en la serie de Celia, que podía atraer también a los adultos.

En esta reivindicación, jugó un papel decisivo Carmen Martín Gaite, con su fina sensibilidad y con su autoridad literaria. Ella elogió estas novelas, las prologó y participó en los guiones de la serie de Televisión Española sobre Celia, dirigida por José Luis Borau, que atrajo a nuevas promociones de lectores, infantiles y adultos.

Además, algunas estudiosas, como Marisol Dorao, nos han mostrado aspectos olvidados de la interesante y compleja biografía de Elena Fortún.

El remate a todo esto, quizá, lo puso la publicación póstuma de una novela, Celia en la revolución, que aportaba una interesantísima visión de la vida cotidiana en Madrid, durante la guerra civil.

Resumo los datos de la biografía. Elena Fortún es el seudónimo literario que adoptó Encarna Aragoneses, que nació en Madrid en 1886 y murió en la misma ciudad, en 1950. Ella tomó el apellido de una novela escrita por su marido, Los mil años de Elena Fortún.

Como otras mujeres de su tiempo, Encarna no tuvo estudios pero sí muchas inquietudes. A los diecinueve años, se casó con un militar, Eusebio Gorbea, primo segundo suyo. Él era escritor por vocación: una de sus obras teatrales, Los que no perdonan (1929), obtuvo el Premio Fastenrath de la Real Academia Española.

El matrimonio vivió con cierta estrechez. Coincidían marido y mujer en ser republicanos. Con gran empeño, ella fue ampliando su formación: estudió Biblioteconomía en la Residencia de Señoritas. Fue secretaria de una Asociación de Amigas de los Ciegos.

Durante una estancia en Tenerife, se hicieron amigos del matrimonio formado por Mercedes Hernández y Eduardo Díez del Corral: ellos fueron, quizá, el modelo de los futuros padres de Celia.

Ingresó Encarna en el Lyceum Club Femenino, cuya importancia ya he destacado. Fue algo así como su segunda casa: leyó mucho, en la Biblioteca; asistió a conferencias, que ampliaron su horizonte. Allí, conoció a María Lejárraga, la autora de las obras teatrales que firmaba su marido, Gregorio Martínez Sierra: ella fue, para Encarna, una especie de Pigmalión.

Entre las inquietudes de estas «nuevas mujeres» estaba también la renovación de la literatura infantil. En el Lyceum, pudo conocer Encarna a dos cultivadoras del género: Magda Donato y Matilde Ras, la introductora en España de la grafología, con la que mantuvo toda su vida una profunda relación.

Quizá fue María Lejárraga la que presentó a Encarna a don Torcuato Luca de Tena. En 1928, ella comenzó a publicar en Gente Menuda, el suplemento infantil de Blanco y Negro, la revista que él dirigía.

El 28 de junio de ese año apareció por primera vez el nombre de Celia en un cuento breve, dialogado: Celia dice a su madre, firmado con el seudónimo «Luisa». El 6 de enero de 1929 se publicó Celia sueña en la noche de Reyes. El personaje se había convertido ya en el protagonista de una sección fija, ilustrada por su amigo Regidor.

El éxito fue tan grande que la Editorial Aguilar contrató la publicación de la serie de libros de Celia: aquella niña rubia entraba ya, como amiga, en casa de muchos lectores españoles.

Gracias a ella, Elena Fortún se había hecho famosa. Eso mejoró la situación económica pero no la felicidad del matrimonio:

«Me empezó a odiar Eusebio, que siempre se había dado mucha importancia conmigo».

Pasaron en Madrid la guerra, con todas las penalidades que luego relatará en su novela. Con el triunfo de Franco, marcharon al exilio: a Francia, Argentina y Estados Unidos. Quizá creían, como otros exiliados, que volverían muy pronto…

El 17 de diciembre de 1948, se suicidó Eusebio Gorbea: durante mucho tiempo, ella dudó si le correspondía parte de la culpa… Su amiga Inés Field la orientó por el camino de la espiritualidad.

Su salud había empeorado, cuando volvió a España. En Barcelona, conoció a Carmen Laforet, que había experimentado una evolución espiritual semejante.

Elena Fortún murió en Madrid, el 8 de mayo de 1952. He visto su esquela: incluye la cruz, la mención de haber recibido los últimos sacramentos, citas del Apocalipsis, el Libro de Job y el Eclesiastés, además de una preciosa frase de San Agustín:

«Pensó demasiado en los demás para ser nunca olvidada».

Al comienzo de la serie de Celia, la niña acaba de cumplir siete años. Se lo dicen sus padres: ya tiene «la edad de la razón». Ella no va a dejar de utilizar esa arma:

«Así, pensando y pensando, ha comprendido que, siendo los mayores tan grandes y tan ásperos, tan diferentes en todo a los niños, no pueden comprender nada de lo que los niños piensan o hacen».

En estos relatos, el mundo de los adultos se contempla desde la perspectiva infantil. Descubre Celia que los mayores mienten y no cumplen sus promesas. Por eso, algunas veces, ella está triste, llora mucho: tiene sed de cariño, desea ser escuchada.

Su implacable lógica infantil desmonta las frases hechas, los tópicos que dominan las relaciones sociales de los mayores. Coincide, así, con lo que harán los humoristas de La Codorniz.

Nos sitúa Elena Fortún en un mundo normal y corriente, absolutamente verosímil: el de una familia ilustrada madrileña, a comienzos de los años treinta. Presenta personajes que también son normales y corrientes: iguales a tantos otros, que todos los lectores hemos conocido. Los diálogos encajan perfectamente en esos personajes y en ese ambiente.

Además de ser una gran observadora, Celia es rebelde, por naturaleza. Por eso, choca con miss Nelly, su rígida institutriz inglesa, y se burla de ella sin piedad. A la vez, es capaz de soñar que la vida sea de otra manera, que ella pueda convertirse en un espíritu benefactor…

Por debajo del relato de las travesuras infantiles, existe aquí una evidente crítica social. La conclusión es clara: estos libros no se han escrito sólo para lectores infantiles; también, para que los lean los adultos. Ésa es una de las claves de su éxito.

En el libro Celia, novelista, sus padres se han ido de viaje con Cuchifritín, su hermano, y la han dejado sola, en el colegio. Le han regalado un bonito cuaderno con tapas de piel y hojas en blanco: «Para que escribas en él tus fantasías». Muy pronto, ella renuncia a los elementos fantásticos, que ha leído en otros cuentos: princesas, dragones, viajes extraordinarios… Quiere escribir su propia novela:

«Yo tenía que inventarlo todo, todo, y contarlo como si fuera verdad y estuviera pasando. Sería la historia de una niña que se llamaría Celia, como yo, y andaría sola por el mundo. ¿Una niña como yo? Yo, misma».

En el prólogo, Andrés Trapiello la califica como «una de las grandes novelas de la guerra civil española»

Está descubriendo Celia la verdad de las mentiras: el secreto de la gran literatura. ¿Puede extrañarnos que le encanten estos relatos a una narradora como Carmen Martín Gaite?

Ni siquiera una chiquilla tan lista como Celia puede derrotar al tiempo, el gran enemigo. Cuando ella crece, acaba diciendo una frase que recuerda claramente a las últimas palabras de Don Quijote:

«Lloré sobre mis catorce años y sobre los pájaros de mi cabeza, que aleteaban moribundos».

En 1987, los lectores de las aventuras de Celia y Cuchifritín acogimos con alborozo la publicación, en la editorial sevillana Renacimiento, de una novela olvidada, Celia en la revolución. Elena Fortún acabó de escribir su borrador en 1943; la ha recuperado Marisol Dorao, su estudiosa.

En el prólogo, Andrés Trapiello la califica como «una de las grandes novelas de la guerra civil española». Y añade algo que la hace todavía más atractiva: la sitúa dentro de esa «tercera España», ni comunista ni fascista, de la que también es buen ejemplo Chaves Nogales.

Subrayo yo una palabra muy significativa, en el título: no habla de guerra sino de revolución. Aparece también esa palabra en el título de la obra de Clara Campoamor: La revolución española, vista por una republicana. También es la que elige Pío Baroja para el título de su novela póstuma, Madrid en la revolución.

Comenta con acierto Trapiello:

«Los republicanos no estaban luchando sólo en una guerra civil, sino haciendo la revolución».

Si luego evitaron esa palabra fue «para obtener ayuda de las democracias burguesas… siguiendo órdenes del propio Stalin».

Todo esto –por desgracia– no es un producto de la fantasía de la novelista Elena Fortún: lo sufrió en su carne

Cuenta en su novela Elena Fortún que Celia tenía quince años pero parecía mayor y estaba veraneando con su familia en Segovia. Al estallar la guerra, decide volver a Madrid; luego, va a Valencia, Barcelona, otra vez Madrid. Finalmente, en 1939, consigue salir de España en un barco, que la llevará a Francia y América. (Evidentemente, el personaje está reproduciendo lo que vivió la propia narradora).

En este caso, lo que nos ofrece Celia ya no son las divertidas travesuras de una chiquilla sino el punto de vista de una adolescente sobre lo que Goya llamó los desastres de la guerra: sacas, checas, «paseos»… El imperio del hambre, de la crueldad y la barbarie.

Todo esto –por desgracia– no es un producto de la fantasía de la novelista Elena Fortún: lo sufrió en su carne Encarna Aragoneses, en aquel Madrid.

Evidentemente, ésta es una novela realista: para Carmen Martín Gaite, se trata de un desahogo, por lo que ella vivió. Para Trapiello, es, simplemente, una crónica verdadera.

No resulta extraño, por lo tanto, que, junto a los personajes ficticios, mencione la novelista a otros, históricos: por ejemplo, la cupletista Amelia de Isaura, que ofreció recitales con Miguel de Molina. El editor Manuel Aguilar, que había editado las novelas de la serie de Celia y que, años después, publicará, en la España franquista, las Obras Completas de García Lorca. Isabel García Lorca, la hermana de Federico. Su amiga Laura de los Ríos, hija de don Fernando, el catedrático que protegió La Barraca, casada con Francisco García Lorca, el hermano menor de Federico. Ramiro de Maeztu, asesinado por los rojos, durante la guerra civil. Pedro Muñoz Seca, una de las víctimas de Paracuellos… La triste historia de España.

En esta novela, predomina el tono costumbrista, con abundancia de diálogos. Algunos discursos republicanos, ingenuamente pedantes, del padre de Celia pueden reproducir la forma de hablar del marido de Elena Fortún.

En la gran tragedia colectiva que suponían la guerra civil y el asedio de Madrid, inevitablemente, la vida cotidiana tenía que continuar

Quizá el mérito literario mayor de la novela –como ha señalado Marisol Dorao– es contar hechos terribles con expresiones sencillas. Cuando la realidad es tan dura, no hace falta adornarla con retórica, basta con presentarla con sencillez y verosimilitud para que nos conmueva.

En la gran tragedia colectiva que suponían la guerra civil y el asedio de Madrid, inevitablemente, la vida cotidiana tenía que continuar: los niños chicos pasaban de pelearse con almohadas a jugar, levantando el puño. Los madrileños comían arroz con sebo y bebían un brebaje al que llamaban vermú.

En medio de las matanzas cotidianas, la adolescente Celia quisiera tener vestidos bonitos; vive una especie de noviazgo con un joven que le recuerda a Gary Cooper; a pesar de todo, siente la alegría de la llegada de la primavera… No es algo demasiado lejano de lo que presenta Fernando Fernán Gómez en la conmovedora obra de teatro Las bicicletas son para el verano.

Elena Fortún combina hábilmente diferentes niveles lingüísticos: menciona refranes, adivinanzas, oraciones, juegos, canciones. Sus personajes utilizan palabras tomadas del lenguaje popular, que, probablemente, a muchos jóvenes actuales les suenen a chino: «aparentero, cordera (como piropo), alfeñique, parleras, la andorga, tarabilla, un tabardillo, un pitoche, un pingo»…

También, usan expresiones coloquiales, llenas de sabor castizo:

«¿Qué tripa se te ha roto?... Las diez de últimas… Tié la sal por arrobas… Sabe más que Lepe… Estás muerta por sus pedazos»…

El humor, casi arnichesco, no oculta la gran tragedia: en una guerra civil, es obligatorio ser de un partido. En la novela, algunos acusan a Celia de cercanía al fascismo. Su casi-novio, en cambio, intenta que se haga del Partido Comunista pero ella se niega, lo tiene claro:

«Lo primero es ser libre y hacer lo que se quiere».

Más allá de la retórica y de la propaganda política, la causa última de esta guerra entre hermanos no puede ser más triste:

«Es que somos salvajes… verdaderos salvajes… Todos somos unos asesinos… Nada une tanto a la gente como el odio».

Un detalle anecdótico resume el horror colectivo:

«En Madrid, alquilan sillas y bancos a real, para ir a ver fusilar».

La emoción nace de los detalles concretos, que constituyen la entraña de la vida cotidiana: por ejemplo, de ver cómo Celia intenta llevarse al exilio una vieja bata de casa, la que usaba su madre…

Leyendo a Elena Fortún, no puede extrañarnos que Carmiña Martín Gaite escribiera que no ha tenido mejor amiga que Celia: la chiquilla rebelde, primero; luego, la jovencita que nos transmite, sin buenismos, los horrores de aquella guerra.

En medio de tanta negrura, la única esperanza, quizá, es la que puede nacer de la ingenua oración de una anciana:

«Señor, que no se mate a nadie más, que se estropeen todos los aviones y no puedan volar, y se moje la pólvora, y tengan todos juicio, y no sean brutos».

Al lector, sólo le cabe repetir, con Celia y con Elena Fortún: «Amén».

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