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Filósofos como Platón, Aristóteles o Byung-Chul Han han puesto en valor la necesidad de asombrarse.

Filósofos como Platón, Aristóteles o Byung-Chul Han han puesto en valor la necesidad de asombrarse.Getty Images

Filosofía para todos

El antídoto contra la rutina y la mediocridad

Juan Pablo II abogó por la necesidad de replantearse la manera en la que el hombre mira al mundo

Señala Byung-Chul Han en su ensayo Sobre Dios que una de las causas más importantes de la crisis de fe de nuestro tiempo es la pérdida generalizada de la atención. Más allá de su deriva religiosa, de la que hablamos hace algunas semanas, es evidente que el hombre del siglo XXI tiene muchas dificultades a la hora de fijar su mirada en la realidad y ver en ella algo lo suficientemente atractivo como para dejar de lado el resto de infinitos estímulos que lo acechan.

Ante este panorama, no es de extrañar la pérdida de relevancia de la filosofía en el panorama intelectual. Si se quiere elaborar una definición completa de esta disciplina no se puede dejar de mencionar al asombro como causa primera de esta actividad humana. Solo la admiración mayúscula ante aquello que tenemos delante nos puede hacer preguntarnos por su esencia última.

Señala el mencionado autor surcoreano que nuestra sociedad lo mide todo en una escala de rendimiento y producción. Esta dinámica conduce al individuo a una rutina que es más bien un círculo de «autoexplotación». No queda en esta descripción espacio para el asombro.

Sin embargo, ya advertía Aristóteles en su Metafísica que la filosofía nace de la admiración. Las grandes preguntas y la búsqueda de conocimiento no parten de la utilidad sino del reconocimiento de nuestra propia ignorancia ante cosas que pueden parecer «sorprendentemente comunes», en palabras del Estagirita.

Por ese motivo, una vuelta a la filosofía puede convertirse en el remedio contra un mundo rutinario y en el que parecemos abocados a la repetición de una serie de patrones. El hombre puede poner en jaque semejante panorama mediante «el asombro suscitado en él por la contemplación de la creación».

Así lo considera san Juan Pablo II, quien, en su encíclica Fides et ratio, aboga por recuperar una forma de mirar al mundo que mueva al hombre a fortalecer su «deseo de descubrir la verdad última sobre la existencia». De esta forma, esas situaciones comunes de las que hablaba Aristóteles se convierten en punto de partida de un «camino que lo llevará al descubrimiento de horizontes de conocimientos siempre nuevos».

Una vida vivida con semejante actitud y abierta al asombro no se deja llevar por la mediocridad. Quien se admira, busca, se pregunta, indaga, critica y, con esfuerzo, encuentra. De lo contrario, tal y como advertía el Papa: «El hombre caería en la repetitividad y, poco a poco, sería incapaz de vivir una existencia verdaderamente personal».

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